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ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL PUERTO INFORMACIÓN

                       Un año para el Quijote (III)  (11 / 02 / 2005)
                       Un año para el Quijote (II)   (28 / 01 / 2005)
                       Un año para El Quijote (I)    (21 / 12 / 2004)
                       La lección de las víctimas   (17 / 12 / 2004)
                       Actos de fe   (10 / 12 / 2004)
                       Sobre la estupidez humana   (03 / 12 / 2004)
                       Sobre evoluciones e involuciones   (05 / 11 / 2004)
                       Ficciones plausibles   (29 / 10 / 2004)
                       Todos los hombres, el hombre   (15 / 10 / 2004)
                       Vuelven los totalitarismos    (01 / 10 / 2004)
                       Fútbol es fútbol   (25 / 09 / 2004)  
                       Rasputín   (03 / 09 / 2004)
                       Salsa de tomate   (27 / 08 / 2004)
                       Anarquismo y educación  (13 / 08 / 2004)                            
                       Javier Ruibal   (30 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (y III)   (23 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (II)   (16 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (I)   (09 / 07 / 2004)
                       Leer a Schopenhauer   (02 / 07 / 2004)
                       Sobre la condición humana   (18 / 06 / 2004)
                       De Fábula   (11 / 06 / 2004)
                       Más difícil todavía (y IV)   (28 / 05 / 2004)           
                       Más difícil todavía (III)    (21 / 05 / 2004)                                            
                       Más difícil todavía (II)   (14 / 05 / 2004)
                       Más difícil todavía (I)  (07 / 05 / 2004)                                 
                       Préstamos de pago    (30 / 04 / 2004)
                       Ofendidos  (23 / 04 / 2004)                        
                       Manifiesto individualista   (16 / 04 / 2004)
                       La banda    (09 / 04 / 2004)
                       Elogio de la mentira    (02/ 04 / 2004)
                              Ainhoa, Ainhoa   (26 / 03 / 2004)       
                               Retrato de una derrota   (19 / 03 / 2004)
                          11-M  (12 / 03 / 2004)
                         El desengaño del perdedor   (05 / 03 / 2004)
                        Pasen y vean   (27 / 02 / 2004)
                       Cuidar la imagen   (20 / 02 / 2004)
                       Crónicas Marcianas   (13 / 02 / 2004)
                       La ironía trágica   (06/ 02 / 2004)
                       La necesidad de batirse   (30 / 01 / 2004)
                       El rival más débil   (23 / 01 / 2004)           
                       Top Manta   (16 / 01 / 2004)
                       Premio Nadal    (09 / 01 / 2004)
                       El Señor de los Anillos    (02 / 01 / 2004)


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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (III)

Han pasado cuatro siglos, pero las cosas no han cambiado demasiado. La pugna entre lo ideal y la realidad que leemos en El Quijote sigue teniendo vigencia en nuestra época, y probablemente en cualquier época; sólo hace falta un poco de lucidez para darse cuenta de esto. Aunque bueno, quizá lo que haga falta, más que la mirada del lúcido, sea la visión del que se hizo con una sólida formación humanística, precisamente aquello de lo que más carece la sociedad actual. Si en la época de Cervantes el debate se entablaba entre las armas y las letras, en la nuestra se entabló entre las letras y las ciencias, entre lo ético y lo práctico, perdiendo las primeras la batalla (y la guerra) en beneficio de las segundas. Vinieron los de siempre con sus modernos planes de estudio, sus reformas y sus currículos y lo dejaron todo pingando. Sin excepción, todos los planteamientos educativos que se han sucedido en España en las últimas décadas tienen el triste honor de haberse cargado para siempre cualquier asomo de Humanismo en las aulas. Y este hecho tan indiscutible debería ser considerado una tragedia social de consecuencias insospechables, aunque visibles a diario.
Una tragedia similar vivieron los hombres de la época de Cervantes en la frontera del Renacimiento al Barroco. Toda la desgracia vital de don Miguel, que tuvo una vida bastante desdichada, se puede resumir en la desgracia de haberse visto obligado a enfrentarse a un nuevo orden para el que no se había preparado. Se educó en la sensibilidad renacentista, vivió el humanismo europeo de la época, probablemente leyó a Erasmo de Rotterdam, luchó en Lepanto y se preocupó de cultivar su ingenio estudiando a los clásicos. Y sin embargo, pese a ser un hombre del Renacimiento, se vio obligado a subirse al tren del Barroco en la España ultracatólica, cerrada y problemática de los felipes. A su regreso a España, después de un largo cautiverio en Argel, se vio reducido al puesto de comisario de abastos para la Armada Invencible, cuya derrota en 1588 inauguró el posterior ocaso español. Sencillamente, Cervantes fue un hombre estafado por las circunstancias de la época que le tocó en suerte, y el resto de su vida adulta la empeñó tratando de encontrar un equilibrio entre lo que él era y lo que estaba obligado a ser. Y el resultado es El Quijote, la burla de un hombre inteligente que, después de haber perdido todas las batallas, se esfuerza por dejar constancia de la opinión que le merece su tiempo.
Los jóvenes que nacimos en España durante el primer lustro de la década del setenta somos una cosecha tan curiosa como aquella de Cervantes. Ni antes ni después ha habido en este país una generación culturalmente mejor preparada que la nuestra. Fuimos educados en la idea de que la formación intelectual nos abriría todas las puertas. Como consecuencia de ello somos la generación de los títulos universitarios, de los másters de esto y de lo otro, del inglés imprescindible y la informática necesaria, de las becas erasmus, de los congresos, los idiomas y los viajes formativos, del currículum deslumbrante y las interminables prácticas para ir cogiendo experiencia. Sin embargo, cuando por fin se abrieron las puertas nos topamos con una sociedad intelectualmente en declive, con una cultura devaluada, con unos títulos bajo sospecha, con un exceso de formación que resulta contraproducente, con unos sueldos miserables y con un trabajo basura. Laboralmente somos comodines; acostumbrados a la exigencia personal, servimos casi para cualquier cosa, lo que nos convierte en mano de obra barata. Como la generación de Cervantes, tratamos de encontrar un equilibrio entre lo que somos y lo que estamos obligados a ser. ¿Qué somos, psicólogos o repartidores de pizzas? ¿Abogados o camareros? ¿Ingenieros o esclavos? ¿Administrativos o porteros? ¿Docentes o niñeras en colegios e institutos?
¿Merece la pena hacerse esta pregunta? Quién sabe; a lo mejor de esta manera, cuando hayamos perdido todas las batallas, encontremos la visión burlesca que acabó salvando a Cervantes. Y ojalá alguien se invente un nuevo Quijote. (continuará)

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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (II)

En ocasiones, estar loco, fingirlo o parecerlo, es la única manera que tienen los hombres lúcidos de ocupar un lugar en la triste realidad que les tocó en suerte. Cervantes debió de reflexionar mucho sobre este tema, pues a este argumento recurre en más de una ocasión a lo largo de su obra, no sólo en El Quijote, donde Alonso Quijano parece en muchas ocasiones estar más cuerdo que los cuerdos, sino también en Las novelas ejemplares. El mejor ejemplo lo encontramos quizá en El licenciado Vidriera, cuyo protagonista es un intelectual que enloquece por haber bebido un filtro amoroso. Pero esto, claro está, es el truco que le sirve a Cervantes para sostener narrativamente lo que quiere contar, para destilar la fina crítica que hay en sus páginas. Cervantes utilizó la locura como un bisturí para desenmascarar la realidad y así mostrarla, aunque veladamente, y gracias a ella pudo decir lo que seguramente no se hubiera atrevido a mantener sin este recurso. Y precisamente porque las palabras salen de la boca de un loco las gentes “sensatas” las escuchan con atención, aunque después la mayoría se ría de ellas. Pero eso no importa, o no pareció importarle a Cervantes. Él tenía que decirlo de alguna manera y lo dijo. Al final siempre hay alguna persona inteligente que pueda dictaminar, como don Lorenzo de Miranda en El Quijote: “Él es un entreverado loco lleno de lúcidos intervalos”.
Sin embargo, Cervantes no se engaña sobre el destino que le espera a este loco. Mientras lo esté o finja estarlo, tendrá una oportunidad entre la masa embrutecida. El licenciado vidriera, gracias a los “disparates” que va soltando, consigue ganarse el sustento y está siempre rodeado de una multitud de gentes que escuchan sus asertos, al igual que ocurre con don Quijote, quien a pesar de las burlas se granjea también el respeto de muchos oyentes. En cambio, en cuanto el licenciado vidriera recupera la cordura y declara ser el licenciado Rueda, graduado en leyes por la prestigiosa universidad de Salamanca, donde estudió con pobreza y adquirió todo su saber, entonces deja de ocupar un lugar en esa sociedad. Ya nadie lo atiende ni lo entiende, y comienza a morirse de hambre. Lo que la gente escuchaba de boca de un loco, ahora se niegan a escucharlo en la boca de un cuerdo, de un lúcido, de una persona con valía y saber. Al final de la novelita, afirma con mucho tino el licenciado Rueda: “¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!”.
Esta es la conclusión crítica a la que llegó el propio Cervantes en su vida desdichada. Y por este motivo, se vio en la obligación de dar al mundo a otro loco que diera testimonio de lo que es ese mundo. Cervantes sabía que sólo un loco puede afirmar sin temor, en su época y en la nuestra, que las putas son doncellas; que las ovejas, soldados; que los galeotes, esclavos inocentes;  que las mozas de una venta, ilustres señoras enamoradas, o que los hospitalarios dueños de la venta, caballeros de alto postín que defienden su plaza.
Pero lo que está afirmando, rotundamente, es que los soldados son como ovejas sumisas que van a morir al matadero, que muchas de las virtuosas mujeres que se mueven en la sociedad son putas de incógnito, y mucho más arrastradas que las que se venden por las esquinas por culpa del hambre, que los aristocráticos castillos de los señores son peores que las sucias ventas del camino, porque en ellas hay que pagar la hospitalidad con servidumbre, o que los desgraciados que se encuentran encadenados por la ley puede que sean, en ocasiones, mucho más inocentes que quienes dictaron las mismas leyes que a ellos los condena.

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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (I)

Como se cumplen cuatro siglos desde que Cervantes publicó la primera parte de El Quijote, quienes siempre deciden han decidido que este año sea el del Quijote. Y bueno, por lo que venimos viendo esto consiste, más o menos, en aprovechar la menor ocasión para apuntarse un tanto, inflar un presupuesto, salir en la foto, soltar dos o tres citas manoseadas, recurrir a lugares comunes o andar diciendo que se es ese lugar de la Mancha de cuyo nombre nunca quiso acordarse el narrador del libro. Pero los pezzi da novanta siguen sin leérselo, o sin habérselo leído como Dios manda, por más que lo nombren en el Parlamento. Y eso se nota.
También hay mucho pasacalle con actores aficionados y mucha adaptación del Quijote para niños realizada por escritores primerizos. Todos los editores tienen la suya. Algunas realmente infames. Yo mismo, en un mano a mano con mi mujer, he hecho una de estas adaptaciones por encargo de una editorial para la que venimos escribiendo desde hace tiempo. Todo ajuste a un público infantil supone una violación del original, y hasta un insulto para el autor de la obra. Pero hasta para insultar hay que tener respeto. He hojeado algunas de esas adaptaciones y es para echarse a llorar de pena. Ya saben, en plan “hace muchos, muchos años vivió un señor que se volvió loco por leer tantos libros”, con olvido de que aquel famoso “en un lugar de la Mancha” respondía a una tradición milenaria de literatura oral, comprensible para todo el mundo, hasta para un niño de cinco años, por lo que no es legítimo comenzar la obra de otro modo que no sea éste: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...” Pero esto no es más que un ejemplo mínimo de la violación a la que es sometido el libro de Cervantes.
Se ha dicho muchas veces, pero es que es la verdad: todos los españoles deberían conocer El Quijote. Leerlo y releerlo, de la primera a la última página y varias veces, si es posible todos los años, subrayando los pasajes más significativos y lúcidos. Sólo de este modo se puede tener una idea cabal de lo que es este desgraciado país y de lo que ha sido.
También se ha dicho muchas veces que se trata de una parodia de lo libros de caballería de la época, y bueno, puede que haya verdad en esto, pero no es toda la verdad. Habría que decir, para ser exactísimos, que Cervantes se ríe de todo y de todos. No sólo del género de la caballería, sino de todos los géneros literarios de la época, y con esa parodia somete a crítica, de paso, a todo el país, a todas las instituciones, a todos los oficios y a todos los estamentos. Y esta risa es la de quien ha reflexionado mucho en soledad sobre todo lo que ha sufrido y al final comprende de qué pasta están hechos los hombres, y entre odiarlos y burlarse de ellos, se decide por la risa, y hace protagonista de su burla a un loco que a veces lo es y otras veces sólo lo aparenta, lo parece o lo finge, porque sobre la clase de locura de Alonso Quijano habría mucho que hablar. Decía Papini que el Quijote no estaba loco, sino que se lo hacía, como Hamlet, otro que se fingió loco para tener una mejor perspectiva de sus semejantes.
Se me ocurre ahora pensar que el propio Cervantes, en su desgraciada vida de hombre humillado y escarnecido, debió de hacerse el loco muchas veces.

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 LA LECCIÓN DE LAS VÍCTIMAS

POR fin hablaron las víctimas del atentado del 11-M en la famosa comisión, y cuando lo han hecho han puesto a todos en su sitio con una contundencia memorable. Como no podía ser de otra manera, han tenido que ir unos ciudadanos de a pie al Congreso de los Diputados para dar una lección moral y silenciar los cacareos de los políticos y las instituciones. Ya resultaba patético que allí opinaran todos y sin embargo los afectados no pudieran expresar su indignación ante el circo que han montado entre todos los partidos. ¿Qué temían nuestros señores comisionados? ¿Por qué pretendían silenciar las voces de las víctimas?
El no va más ocurrió el martes. Cuando por fin aceptaron que también los representantes de las víctimas debían testificar, decidieron que lo hicieran a puerta cerrada. Alegaron como excusa que así sus comparecencias no serían utilizadas de manera partidista, como si las víctimas pudieran estar de parte de alguien que no sea ellos mismos. Comprobamos una vez más la astuta forma que tiene la clase política de censurar la razón e imponer su barbarie.
Afortunadamente no ocurrió así y media hora antes de comenzar las comparecencias recularon un poco y al fin acordaron que los testimonios contasen con “luz y taquígrafos”. Así se expresan, con luz y taquígrafos, y vaya si se hizo la luz y le dieron trabajo a los taquígrafos.
Ya el miércoles nos enteramos de mucho y les vimos las orejas gachas a la gentuza política de este país, con independencia de siglas, idearios, pareceres y doctrinas. Ayer jueves traía la prensa amplios extractos de la intervención de Pilar Manjón, la portavoz de los afectados del 11-M y merece la pena leerlo. Considero, incluso, que todos los ciudadanos de bien deberían acercarse a este texto por lo que tiene de ejemplo ético, de discurso moral y de reflexión coherente, profunda y hasta política, entendiendo el término “política” de modo amplio y no en el sentido en el que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Yo he buscado por internet una copia íntegra del discurso y lo he guardado como un referente, como un ejemplo de dignidad al que volver de vez en cuando.
Probablemente el Congreso de los Diputados no haya asistido a palabras tan sinceras ni de tal altura moral en toda su historia. Se me ocurre ahora compararlo con el Yo acuso del escritor francés Zola, que llevaba como subtitulo La verdad en marcha, ni más ni menos que lo que los afectados andan buscando, que por fin la verdad se ponga en marcha.
La señora Pilar Manjón, en nombre de la Asociación 11-M, pronunció este miércoles en aquella sala, ante los comisionados, palabras contundentes, exactísimas en sus pretensiones, demoledoras en su crítica, pero paseó también ante ellos un espejo. Les obligó a que se pusieran delante de él y a que se miraran la cara, que se observaran durante una hora y que contemplaran su condición bajuna, rayana en la animalidad. A ver si por fin se les cae la cara de vergüenza.


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 ACTOS DE FE

He podido leer en los Anales de la Historia Animal que en el principio de los tiempos se celebró, sobre una arenosa llanura, una convención multilateral en la que participaron todas las especies del planeta menos el hombre, que aún no había nacido. Llegaron de todos los confines del mundo, y cada delegado allí presente tuvo ocasión de informar a sus vecinos sobre los usos y costumbres de su pueblo. Muchos de ellos ya se conocían, y se amaban o se temían según las semejanzas o diferencias físicas que entre ellos hubiera, lo que provocaba no pocos desengaños y sí muchas imprudencias. Otros no se habían visto nunca, de modo que reinaba la desconfianza en aquella importante reunión.
Varias semanas estuvieron parlamentando aquellos celebres tribunos, y muchos fueron los temas que se trataron en la asamblea. Allí fue donde se acordó el lugar que cada especie ocuparía en el reino animal, así como sus competencias, derechos y obligaciones. Se concretaron los postulados básicos de la cuestión alimenticia y se ajustó un plan ecológico para la administración inteligente de los recursos naturales. Muchas especies entablaron acuerdos bilaterales y expusieron sus temores ante la efervescencia terrorista que los amenazaba, pero aún así alcanzaron soluciones pacíficas y lograron calmar a los más belicosos. Y hay quienes dicen que no se ha vuelto a celebrar un conciliábulo como el de aquel día.
No obstante, una de las más importantes cuestiones a tratar no halló consenso en aquella multitud. En lo tocante a la cuestión individual, al comportamiento que debe tener cada sujeto en el mundo, no supieron llegar a una solución satisfactoria. Algunas formas de sociedad desarrollada, como la de las hormigas, hicieron oídos sordos a cualquier propuesta que contrariase la planificación jerárquica que ellas habían acometido con tanta laboriosidad. Y cuando las hormigas expusieron su proyecto en voz alta, muchas otras especies lo refrendaron. “Hay que tener fe en el trabajo”, dijeron ellas, “nacemos para trabajar”, y una prolongada ovación estalló en el hemiciclo.
Entonces salió a la palestra un mono ataviado con una túnica y dijo que no, que ése era un error de base y que había que tener fe en el Gran Tótem. Todos comprendieron que se trataba de un religioso al que había que prestar atención. “Nacemos para creer y confiar”, proclamó, “no somos nada sin el Gran Tótem”, y un estallido de plenitud gozosa recorrió uno a uno los escaños parlamentarios.
Luego, al mono le sucedió el zorro, que con paso firme pero sigiloso subió al estrado. Todos pudieron oír su voz chillona e histérica, y su discurso ladino pero atrayente. “No podemos confiar en ilusiones”, dijo, “debemos organizarnos y tener fe en nuestra capacidad de gestión. Creemos partidos políticos y leyes que contemplen nuestras semejanzas, pero también nuestras diferencias esenciales, y vivamos según ellas”. Un rugido de exaltación recorrió al populacho, que ya lo aclamaba. Y sin poder contenerse más, el zorro propuso su primera ley, que se hizo celebre en aquel mismo instante: “todos los animales son iguales”, dijo, “pero algunos son más iguales que otros”.
Y así fueron pasando uno tras otro hasta que habló, por último, un gato gordo al que todos miraban con desprecio. Habían oído hablar del egoísmo de los gatos y tenían ganas de oír su propuesta. Pero en cuanto el gato abrió la boca empezaron a sospechar de él y lo tuvieron por un individuo francamente peligroso e insensato. “Dejémonos de leyes y zarandajas”, dijo el gato, que se declaró de la liga individualista, “sólo debemos tener fe en nosotros mismos”. Y añadió: “si cada uno de nosotros, sin excepción, se centrara en él solo sin temor de lo que haga o tenga su vecino, todos viviríamos en un mundo más justo y pacífico”. Y sin decir ni una palabra más abandonó la asamblea ofendida por la anarquía que allí se había insinuado. Pero el gato ni se inmutó. Estaba firmemente dispuesto a llevar a cabo su compromiso ético con la sociedad. Así que eligió el sitio más soleado y se tumbó a la bartola, a tomar el sol y a ronronear un poco.

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 SOBRE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Hace unos días llegó a mis manos un interesante ensayo sobre la estupidez humana. Como todos ustedes saben, este tipo de escritos son los que procuran las mejores horas de reflexión sobre la condición de los hombres, sus motivaciones y querencias. En realidad, no descubren nada nuevo, pero aclaran muchas ideas y, sobre todo, hacen pensar. De repente, uno descubre que ya sabía todo lo que ha leído, pero hasta ese momento no sabía que lo sabía.
El ensayo está basado en los estudios del profesor italiano Carlo M. Cipolla, que en uno de sus escritos realizó una importante clasificación de los seres humanos en cuatro tipos, a saber: los desgraciados, los inteligentes, los bandidos y los estúpidos. Por supuesto, estas cuatro tipologías no se dan siempre en estado puro en una misma persona y así nos encontramos, por ejemplo, que un sujeto inteligente puede actuar, en ocasiones, como un perfecto estúpido, lo que nos podría llevar a pensar que esta clasificación es más propia de los comportamientos que de los individuos.
Pero entremos ya en materia para llegar cuanto antes adonde queremos llegar. Según Cipolla, teniendo en cuenta los costes que acarrea o los beneficios que reporta la manera de estar en el mundo que elige cada cual, un desgraciado es aquel que se causa un perjuicio a sí mismo beneficiando a los demás; un inteligente, el que obtiene beneficio favoreciendo, a su vez, a los otros; el bandido será, en cambio, el que consigue un bien para sí mismo perjudicando a sus semejantes y, por último, el estúpido sería el patético personaje que causa pérdidas a los otros sin obtener ningún beneficio para sí.
Tal y como nos enseña el ensayo que vengo comentando, de esta clasificación se deduce una conclusión esencial para convivir en sociedad, y es ésta: ni los inteligentes ni los desgraciados pueden perjudicarnos, por lo que no debemos temerlos; los unos por sabios, los otros por incautos y poco previsores. En cambio, sí debemos cuidarnos mucho de los bandidos y de los estúpidos, pues su modus operandi entraña funestos peligros para quienes se relacionan con ellos. Ahora bien, siempre es preferible la compañía de un bandido a la de un estúpido, porque al bandido lo mueve un propósito racional, aunque perverso, y por tanto podemos preverlo y preparar una defensa adecuada. El estúpido, en cambio, es imprevisible y, por tanto, peligrosísimo. La irracionalidad de su actitud lo convierte en un individuo letal contra el que estamos totalmente desamparados.
Y les pongo un ejemplo que ilustra todo lo dicho. Hace unos días, viendo por la tele la comparecencia del señor Aznar ante lo comisión del 11M, comprobé con estupefacción cómo vencía dialécticamente ante la mirada impotente de sus mediocres interrogadores. Evidentemente, me dije, no se trata de ningún desgraciado. Pero teniendo en cuenta todo el mal que ha traído me resulta imposible considerarlo un hombre inteligente. Nos queda por dirimir, por tanto, si se trata de un bandido o de un estúpido. La entrada de España en la guerra de Iraq le procuró el respeto y el favor del amigo americano, pero las consecuencias criminales de este hecho motivaron la pérdida de las elecciones, que expulsó a su partido del poder. Se da en él, por tanto, una curiosa mezcla. Y es que, como ya observó Cipolla, entre los individuos que están en el poder existe una alarmante proliferación de bandidos con un elevado porcentaje de estupidez, al igual que entre los que no están en el poder se da un temible crecimiento de los desgraciados incautos.

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 SOBRE EVOLUCIONES E INVOLUCIONES

Hay que ver cómo son las cosas. Antiguamente todo lo que decían los curas iba a misa. Bastaba que un señor vestido con una sotana dijera algo para que, inmediatamente, el resto de sus semejantes, en cualquier pueblo perdido, lo tomara como verdad indiscutible. La autoridad vestía de negro y su fuente de información era fundamentalmente la Biblia, apoyada por sabios de otras épocas: Santo Tomás de Aquino, San Agustín, Aristóteles, Isidoro de Sevilla y por ahí más o menos.
Pero he aquí que el hombre evoluciona y comienza a cuestionar lo dicho por la autoridad competente, y surgen otras voces que, apoyadas en conceptos como “racionalidad”, “espíritu crítico” o “ciencia” ofrecen una alternativa al viejo dogmatismo de la Iglesia y, por ese camino, se llega más o menos hasta el día de hoy, en el que basta que un señor salga vestido con una bata por la tele para que todo cuanto diga vaya a misa. De modo que a la antigua autoridad vestida de negro ha venido a sustituirla una autoridad vestida de blanco. Y si antes los hombres buscaban las respuestas a las grandes preguntas en libros como la Biblia, ahora buscan lo mismo en las revistas mensuales de divulgación científica, cuando no esotérica. En muchos casos, un dogmatismo ha sido sustituido por otro dogmatismo. Y si antes la religión era infalible ahora lo infalible es la ciencia, o lo que llaman ciencias.
Y todo esto no tendría su lado negativo si en el camino que va de un polo a otro no se hubiera producido una involución. Ahora nos apasionan los datos, los hechos, las supuestas demostraciones palpables, los resultados de las estadísticas y las conclusiones que se derivan de ellas. Empieza a no practicarse el pensamiento especulativo, el razonamiento dialéctico, esa práctica tan superflua y tan poco científica, pero que sin embargo nos recuerda que todavía somos seres pensantes (sapiens, sapiens), aunque cada vez menos. Ahora somos, sobre todo, seres procesadores. Procesadores de datos, claro.
Y les pongo un ejemplo de todo esto. Como no nos bastaba la teoría de Adán y Eva, revelada por Dios a Moisés en el Génesis, comenzamos a investigar hasta que dimos con la verdad. El hombre, el homo sapiens sapiens, pertenece a la familia de los homínidos, que pertenecen al orden de los primates, que pertenecen a la clase de los mamíferos. Nos hablaron del eslabón perdido y de la cadena que acaba en nosotros y nos lo creímos a pies juntillas. Y el hombre vio que era razonable y que era cierto. Pero siguieron encontrando fósiles y nos dijeron que no, que ya no era una cadena, sino un árbol de muchas ramas, de donde estábamos colgados, pero cada semana encuentran un fósil nuevo o una nueva rama, y esto ya no hay quien lo entienda. Ahora dicen que no se trata sólo de una evolución, sino de todo un grupo de especies humanas distintas que fueron desapareciendo, pero que llegaron a convivir juntas. ¿La última encontrada?: el homo floresiensis, en Indonesia. Visto lo cual, yo he decidido inventarme mi propia teoría, que resulta esclarecedora al menos para mí. Lo que ocurrió fue lo siguiente: por pudor, Dios no quiso contarle a Moisés toda la verdad, y sólo le dijo que había creado al hombre, es decir, al homo sapiens sapiens, y a la mujer, perdón, la homa, tal y como nos fue revelado en un principio, pero le dio vergüenza reconocer que allí, en el divino laboratorio de pruebas, hubo muchos intentos fallidos hasta conseguir modelarlos a su imagen y semejanza. Y precisamente de estas tentativas surgieron los homo habilis, los erectus, los australopithecus, los neanderthalensis, los antecessor, los floresiensis y sólo él sabe cuántos más.

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 FICCIONES PLAUSIBLES

Hace tiempo leí en un libro de Gore Vidal un diálogo que merece ser reseñado. Ante una serie de circunstancias importantes, un personaje se dirige a otro en los siguientes términos: Estamos haciendo Historia. Y el otro le responde: Amigo mío, no existe la Historia, sólo existen ficciones plausibles.
Como estoy citando de memoria puede que las palabras no sean exactamente ésas, y por eso no las entrecomillo. Pero de lo que sí estoy seguro es de que el segundo personaje llama “ficciones plausibles” a lo que habitualmente conocemos como Historia. Y claro, al leerlo pensé que tal vez se tratara de un error del traductor, que se hacía eco del mal uso de la palabra “plausible” con el significado de “posible”, cuando en realidad su significado recto es “digno de aplauso”. Algo plausible es algo encomiable, elogioso, loable. Y bueno, como todos sabemos, las historias que conforman la Historia no han sido siempre dignas de aplauso, aunque sí merecedoras de recuerdo. Y quizá esto último fue lo que quiso decir el héroe de Gore Vidal. Quizá pensó: “merece la pena recordar lo que hoy nos ha sucedido, aunque al cabo de los años nuestra historia sea manipulada y mal comprendida, usada con propósitos perversos y hasta convertida en una ficción. Pero aún así debemos recordarla”.
Y ahora, a pesar de que ya no es un tema de actualidad candente, permítanme que les recuerde lo que ocurrió hace un mes en la universidad de Georgetown, en Washington. Nuestro ex presidente, el señor Aznar, que dudo mucho que haya leído a una persona tan crítica e inteligente como Gore Vidal, puso en práctica con flagrante alevosía esta manera de entender la Historia y, como no podía ser de otro modo en un ignorante de astucia tan mezquina, convirtió los ocho siglos a los que llamamos Reconquista en una ficción posible, e incluso plausible, pero sobre todo falsa, infantil, malintencionada, deshonesta y peligrosa. Si yo tuviera el talento necesario para llevarlo a cabo, escribiría una Historia Universal del disparate político e histórico y le dedicaría un capítulo entero a esta nueva versión que el señor Aznar se ha inventado para hacer las delicias de todos los fanáticos del mundo. Para ello tendría que olvidarme de todo lo que he estudiado y leído, de las tesis de don Américo Castro sobre las relaciones entre cristianos, musulmanes y judíos que dieron como resultado un país al que luego llamaron España, de las jarchas mozárabes, de la literatura aljamiada medieval e incluso de esos ochocientos años en los que hubo luchas, conquistas y reconquistas, enfrentamientos y muertes, pero también largos periodos de convivencia pacífica y un intercambio mutuo de saberes como quizá no se volverá a repetir nunca.
Frente a esa riqueza, la mediocre y simplista ficción ideada por Aznar viene a ser más o menos ésta: En el año 711 de nuestra era vivían en España los visigodos, que eran un pueblo neoliberal capitalista con una monarquía parlamentaria con tendencia a la globalización y acuerdos bilaterales con otra gran superpotencia. Pero entonces llegó el desastre: los moros de Bin Laden entraron por el sur y en pocos años la cúpula terrorista de AlQaeda se hizo con el poder. Por fortuna, algunos consiguieron escapar hacia el norte y allí, comandados por Don Pelayo, un precedente político de lo que después se conocería con el nombre de PP, iniciaron la gran batalla a la que llamamos Reconquista, y que duró ocho siglos.
Estas son, queridos niños, las tesis que va difundiendo sobre nuestra historia ese pezzonovanti que rigió el destino de este maltratado país durante ocho años. Con historietas como ésta se gana ahora su hueso y recibe los aplausos del amigo americano.

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 TODOS LOS HOMBRES, EL HOMBRE

Buscando documentación para otro escrito que ahora no viene al caso, me encontré el otro día con una afirmación de Borges que ya conocía, pero que tenía olvidada, y que, sin embargo, conviene recordar y tener presente. Borges solía repetir con bastante frecuencia que “cualquier hombre es todos los hombres”, frase que parece una tontería pero que no lo es, y que me dio para un rato de sana reflexión intrascendente en la terraza junto a mi sagrado narguile, por supuesto.
Como se podrán imaginar, el curso de mi pensamiento viró hacia lo más evidente; ya se imaginarán ustedes: los deseos, los miedos, las ambiciones y todo aquello que traza la imagen de un hombre y que, al fin y al cabo, es verdad que viene a ser en todos, más o menos, lo mismo. De hecho, algunos siglos antes de Borges, el eslogan que afirma que todos los hombres son el mismo hombre ya lo había utilizado el padre Bartolomé de las Casas para reivindicar la dignidad de los indios a quienes los españoles estábamos dándoles para el pelo en tierras americanas. Si se dan cuenta, la frase da para mucho y un estudio profundo de la misma nos conduce hacia un pacifismo redentorista.
Pero esto se me ha ocurrido a posteriori. En realidad, al recordar la frase yo me fui por Atapuerca. Y la verdad es que ambos temas están estrechamente relacionados. Como seguramente ya sabrán, en Atapuerca, provincia de Burgos, existe un importantísimo yacimiento paleontológico donde han descubierto, entre otras muchas cosas de enorme trascendencia para comprender la vida del hombre en este bajo suelo, los restos humanos más antiguos de Europa, datados en unos ochocientos mil años antes del día de hoy. Y resulta que a esos restos el equipo investigador de la Sierra de Atapuerca los ha descrito como una nueva especie de la que descendemos, y hasta le han puesto nombre y apellido; a saber: homo antecessor. Pues bien, siguiendo sus investigaciones y estudios, los tíos han llegado a reproducir, a partir del hallazgo de un cráneo casi completo, la cara del hombre que vivió en Atapuerca hace tantísimo tiempo. Y cuidado, que lo nombran así, con todas las letras y en mayúscula, el Hombre de Atapuerca, con un evidente olvido de la individualidad de aquel fulano, porque digo yo que aquel tipo también tendría, como nosotros, su colección de miedos y deseos, sus ambiciones y esperanzas, personales e intransferibles, antes de su día final y del ninguneo histórico que el destino le tenía reservado en una vitrina. Yo me imagino a aquel hombre primitivo filosofando sobre su esencial diferencia respecto a sus compañeros de gruta y siento lástima por él, y lo compadezco y me digo, finalmente: “no somos naide”.
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que dirían los sabios del medievo, me dije. Y entonces el humo del narguile me transportó a miles de años hasta el futuro, en esta misma ciudad, habitada por terrícolas descendientes o extraterrestres invasores, y en un yacimiento encuentran arrumbada junto a otras muchas mi hermosa calavera difunta, y un equipo investigador la selecciona para formar parte de una exposición de mucha trascendencia, y hasta me colocan una plaquita que reza: “he aquí el Hombre del siglo XXI”, ignorando mis caprichos y deseos, mis temores y querencias y hasta mis más profundas convicciones.
Y entonces concluyo diciéndome que no sé si todos los hombres somos el mismo hombre, pero parece indudable que todos seremos la misma calavera.

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 VUELVEN LOS TOTALITARISMOS

Merece la pena acudir al testimonio que nos legaron nuestros mayores para comprobar cómo la historia se repite a sí misma con una obstinación intolerable. Resulta aleccionador y terrible acercarse a las palabras que escribieron otros hace décadas o siglos y constatar lo mucho que nos parecemos a ellos y lo poco o nada que hemos aprendido. Y cómo sus actos se repiten en los nuestros, y quizá también sus crímenes y sus desdichas.
Llevo algunos días leyendo los diarios de Victor Klemperer y me doy cuenta de que los regímenes totalitarios se parecen mucho los unos a los otros. La sociedad no cambia demasiado, tal vez un poco las formas, pero no el modo en que se afronta la realidad, tan maleable siempre si se saben utilizar con maestría las técnicas publicitarias de persuasión y chantaje. En 1933, el año en el que Hitler fue nombrado canciller del Reich, Victor Klemperer tenía ya cincuenta y dos años, era un hombre hecho, casado, judío, con una vida resuelta y acomodada, profesor de literatura en la universidad de Dresde, romanista y filólogo. Era un hombre inteligente y sencillo, se estaba construyendo una casita en el campo y tenía dos gatos. Pero el profesor Klemperer no podía prever, a comienzos de aquel año, el horror al que iba a estar sometido hasta 1945, y que lo perdería todo, a su edad, cuando ya creería estar de vuelta y tener el futuro asegurado. Y sin embargo era un hombre lúcido, con una inmensa capacidad de observación y análisis, consciente de la prepotencia y el salvajismo con el que actuaban los nazis. De hecho, el 21 de febrero de 1933, apenas dos semanas después del nombramiento de Hitler, y ante las inminentes elecciones en Alemania, anotó en su diario: “es una ignominia, que aumenta cada día. Y todo el mundo guarda silencio y dobla el espinazo”. Y un poco más adelante, continúa diciendo: “Lo que más impresiona es la ceguera de la gente frente a lo que está sucediendo, qué falta de idea en cuanto a las verdaderas relaciones de poder”. Con sus diarios, Victor Klemperer se propuso dar testimonio de doce años de horror para conocimiento de las generaciones futuras. Son más de dos mil páginas de análisis minucioso y detallado de las relaciones que establece el poder con el miedo, y de los muchos monstruos que nacen de ese matrimonio explosivo que vuelve al hombre contra el hombre.
En 1933, un 93 % de los alemanes votaron democráticamente a favor de Hitler. Prácticamente toda Alemania se sumó a la barbarie y se hizo cómplice de la carnicería que vendría después. Un pueblo entero fanatizado, convencido y entregado a la voluntad de un líder. Millones de ciudadanos deseosos de creer, hambrientos de soluciones, pidiendo a gritos que fueran otros los que movieran los hilos de sus conciencias mansas.  
Es así como funciona. En 1933 y hoy mismo. Nos va la marcha. Coreamos eslóganes y exigimos líderes. Nos encantan los domadores de multitudes y creemos ingenuamente que vienen a salvarnos. Tenemos miedo y pedimos la ayuda de los poderosos. Si organizan una campaña de indignación internacional, al día siguiente medio mundo está indignado. Por esto o por lo otro, eso da igual. No falla nunca. Somos fácilmente manipulables y nos creemos las historias de los buenos y los malos. Surgen de nuevo los totalitarismos en el mundo y no queremos verlo. Tres fanáticos fantoches se levantaron en las Azores para salvarnos de todo mal y aún pensamos que nada ha cambiado porque nadie llamó a nuestras puertas para enseñarnos de verdad lo que es el horror. Pero ya veremos. Quizá convenga abrir los ojos y cultivar la lucidez como método de supervivencia, porque no sabemos lo que nos va a tocar vivir y podría ser terrible.

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 FÚTBOL ES FÚTBOL

Me quito el sombrero ante Camacho, Agustín, me quito el sombrero por los pies. Como te lo digo. ¿Tú te crees que es justo y razonable lo que está pasando en este club? ¿Tú te crees que esto se puede consentir? Que están jugando los tíos con nuestras ilusiones, Agustín, que cada partido es un disgusto, que ni ponerme puedo ya a ver el partido con mi niño. Yo quisiera que tú vieras la cara que se le queda a la criatura cuando termina el encuentro y ve cómo los otros festejan la goleada. ¿Tú te crees que esto...? Pero estos tíos qué es lo que pretenden. Estos tíos..., ¡qué es lo que pretenden! Señor, que te están pagando una milloná, que te debes a una afición, a una manera de entender el fútbol, a una historia, a un siglo entero de esperanzas puestas en una camiseta. Un siglo, Agustín, un siglo, para que luego vengan esta panda de niñatos y nos paguen con esta moneda. Los galácticos. ¡Me cago en la madre que parió a los galácticos! ¡Pero ustedes qué es lo que os habéis creído! Y claro, después llega un tío serio como Camacho y se siente defraudado. Normal. Un tío que lo que quiere es ver cómo sudan la camiseta, que lo que quiere es buen juego, que lo que quiere son goles hasta decir basta. Lo que queremos todos ni más ni menos. Y llega y se encuentra con este grupito de nenazas que en cuanto se les levanta la voz dos veces ya están llamando al presidente para quejarse del entrenador. ¡Manda cojones!
Y claro. Ahí os quedáis, habrá dicho. ¡Qué os aguanten las guarrillas de la tele con las que os vais de cachondeo todas las noches! Y tiene razón el hombre. Pero esto qué es lo que es... Y que uno comprende que tienen veinte años y que son gente joven, que yo también he tenido esa edad y sólo quería tías y venga juerga, y venga alcohol, y madrugones, y fiestas, y un cachondeo, y otro y otro. Pero hijo, el domingo toca jugar al fútbol y eso es sagrao. Así que vamos a recogernos un poquito. ¡Vamos a recogernos un poquito! El domingo toca atarse los machos y salir al campo a por todas. ¡A ganar! No hay otra, que después la liga es muy larga y esa no perdona a nadie ni sabe de estrellas ni de millones ni de patrocinios ni de nada. Once tíos contra once tíos. Punto. Lo que decía el Cruiff con toda la razón del mundo, que aunque nunca fue santo de mi devoción algo sabe del tema: fútbol es fútbol. Ni adidas, ni vodafone, ni pepsi ni el tinglado que nos tiene montado el Florentino ese. Fútbol. Eso es lo que queremos ver en el terreno de juego. Fútbol. Lo que siempre nos dieron gentes como Camacho y el resto. Y lo que se ha perdido con esta filosofía millonaria que impera. Lo que desgraciadamente ya no hay, Agustín. Al menos en el Madrid de las últimas jornadas yo no lo he visto. Y si ya se ha perdido hasta el respeto que merece un entrenador como Dios manda, mal vamos. Porque aquí lo que hace falta es mano dura y vergüenza torera, dignificar ese color blanco y volver a los orígenes, que no te quepa la menor duda. Y nada más. Que ni se piensen que por seguir tirando de la hucha van a levantar esto. Y si no, al tiempo.

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 RASPUTÍN

Este verano he vuelto a leer en los periódicos el nombre de Rasputín y eso, qué quieren que les diga, a mí me parece todo un acontecimiento. Porque sí, porque este personaje me parece fascinante y porque casi un siglo después de su muerte nos sigue guiñando el ojo desde la tumba para advertirnos de que el mundo de la política sigue siendo, hoy como siempre, una divertida casa de putas caras y ahí está él para recordárnoslo de vez en cuando por si quedara alguna duda.
Rasputín es el seudónimo golfo de un señor que vivió a finales del siglo XIX y principios del XX en la Rusia del último Zar de todas las rusias, hasta que llegaron los bolcheviques y dijeron aquí se acabó el cachondeo y montaron su chiringuito. Pues bien, el verdadero nombre de Rasputín era Grígori Yefímovich y fue por la vida de esóterico total, visionario de ocasión, gobernante improvisado y putero a mucha honra. Al menos tuvo la valentía y la decencia de hacerlo con la cabeza bien alta y diciendo aquí estoy yo para lo que ustedes quieran, señoras. De hecho, la palabra rasputín significa en ruso libertino, disoluto, calavera, juerguista y por ahí más o menos. Pues bien, resulta que una vez curó las hemorragias hemofílicas del hijo del Zar Nicolás II y desde entonces se quedó en la corte haciendo de las suyas. La verdad es que se lo montó mejor que quiso y sus orgías se hicieron legendarias por la multitud y variedad de participantes y por el espectáculo visual que ofrecía su descomunal pene, se dice que unos treinta centímetros en sus mejores momentos, aunque sobre este particular hay importantes discrepancias y dudas aún no disipadas. Ustedes no se lo van a creer, pero alguien tuvo la buena idea de conservar su turgente miembro en formol y en 1968 apareció en París, con el vergajo en la mano, una señora que decía haber sido la gozosa amante de aquel inquietante nigromántico.
Sea como fuere, en la actual Rusia de Putin han tenido la ocurrencia de homenajear a Rasputín  poniéndole su nombre a un puticlub, que ha sido lugar de paso y  visita turística obligada de algunos de nuestros pezzonovanti  de las Islas Baleares. Y a mí esto me parece de perillas por todo aquello de la multiculturalidad, el encuentro entre los pueblos y las relaciones diplomáticas. Lo que ya no me parece bien es que ahora vengan recurriendo al eufemismo, encojan el culo y nos digan que no, que no es de verdad un club, sino un bar de copas, que las heteras no son heteras y que ni siquiera les miraron las tetitas a las niñas. Y qué quieren que les diga, que tomen por subnormales al personal me parece mucho más graves que el hecho de que hayan pasado la factura del servicio y la limpieza como gastos oficiales. Porque a esto ya estamos acostumbrados y a estas alturas nadie se sorprende de que los gastos de los caporegimes nacionales son siempre gastos oficiales. Pero claro, luego vienen los recortes, las congelaciones salariales, las reconversiones industriales porque los presupuestos públicos para cualquier cosa son elevadísimos y esto no hay quien lo mantenga. Y uno, claro, comprende enseguida y se hace cargo.

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 SALSA DE TOMATE

En 1974, un escritor alemán llamado Heinrich Böll escribió un libro titulado El honor perdido de Katharina Blum, que yo creo que debería ser de lectura obligatoria en las facultades de periodismo. Y resulta que treinta años después esta novela sigue contando verdades como puños; quizá incluso haya ganado en actualidad. Su argumento se resume en lo siguiente: una señora sensible y discreta se ve, de la noche a la mañana, acosada por la prensa rosa, y tan insoportables llegan a ser las calumnias, las mentiras y las difamaciones que se vierten sobre ella que un buen día estalla y comete un crimen con impresionante sangre fría. Esto se cuenta desde el primer párrafo, así que no les estoy levantando la intriga narrativa. Claro que no hace falta recurrir a la novela de Böll para enterarse de estas cosas. Basta con encender la tele para comprobar que cualquier día de éstos alguno de nuestros famosos se disfraza de Katharina Blum y se arma la de dios es Cristo.
Por supuesto, las ratas de cloaca del mundo rosa actual no se han leído el libro. Si lo hubieran hecho, andarían con más cuidado y se cortarían un pelo a la hora de decir según qué cosas. Porque bueno, todo eso de la libertad de expresión está muy bien, y la calle es de todos, y de algo hay que comer y que si patatín y que si patatán. Pero claro, la vida es muy perra, y existen esos días en los que a cualquiera se le presenta el diablo y le echa una mirada de reojo, y entonces ocurre la desgracia y todos se quedan acojonados, porque quién lo iba a pensar, de fulanito, él, que tanto ha vendido y que tantas exclusivas nos ha dado, él, que siempre consintió en que le mentáramos a la madre y nos pitorreáramos un poquito de su vida y amoríos, que hasta conseguimos hacerle una foto en la playa enseñando un huevo, y que nunca pasaba nada si cogíamos una frase y la sacábamos de contexto, que ese es un recurso cómico cojonudo y que le encanta a la gente, y después la repetíamos una y otra vez con el pavo allí, impotente ante nuestra audacia y desfachatez para hurgar en su vida, nosotros aquí, con nuestro periodismo de investigación y nuestro celo profesional, y él allí sin saber qué decir, ni dónde meterse, ni cómo ocultarse ni cómo escapar de nuestras atrevidas preguntas, cargadas de doble sentido y de mala leche.
Y es que hay que tener poca vergüenza para ganarse la vida de un modo tan asqueroso y tan rastrero. Es que es mi trabajo, dicen los notas cuando les rompen la cámara y les levantan la mano. Pues bueno, perfecto, chaval, sigue a lo tuyo, pero te estás metiendo en camisas de once varas. Y será que me estoy volviendo un primitivo y un radical, pero me encanta ver cómo un torero o un futbolista o un actor pierde los papeles y se lía a hostias con el niñato y la niñata que le pone un micrófono en la boca y le hurga en la herida que más le duele. Y me estoy acostumbrando tanto a reírme con los programas rosas, que se han vuelto humorísticos, que creo que me voy a descojonar de risa el día que a un famoso se le vaya la olla y se líe a tiros desde su terraza con los paparazzis apostados día y noche frente a su chalet de la Moraleja. Porque la vida es así y así son las situaciones límites. Y será una ocasión magnífica para un especial del programa Salsa de Tomate. Ya los veo a todos compungidos y llorosos, de luto por el compañero que se pasó de curioso, de listo y de gilipollas.

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 ANARQUISMO Y EDUCACIÓN

Acabo de leerme un ensayo sobre la evolución histórica del anarquismo y sus planteamientos pedagógicos y me apetece recomendarlo en esta página. Su autor es Francisco José Cuevas Noa y se titula Anarquismo y Educación. Está editado por la Fundación Anselmo Lorenzo y el colectivo Buena Espina de Jerez, del que Paco Cuevas es fundador y donde desarrolla su actividad profesional, consistente en realizar actividades formativas de carácter transformador. Transformador de la sociedad, se entiende. ¿Le suena eso del diálogo, del respeto, de la paz, de la cooperación, de la noviolencia? Pues bien, sobre este tipo de cuestiones trata también el libro, que rescata del olvido las ideas educativas anarquistas.
Pero déjeme que le haga una pregunta: ¿ha sentido usted un cosquilleo en la nuca al leer la palabra anarquista? ¿Ha sentido miedo? ¿O, por el contrario, ha esbozado una sonrisilla irónica creyendo adivinar de antemano lo que vienen a decirnos éstos? Todo eso tan sabido de la libertad y la explotación, ¿verdad? Todo eso de la solidaridad y la crítica a la moral burguesa, ¿no cree? ¿O es usted de los que se creyeron que los anarquistas promueven el desorden y el caos, y se comen a los niños, y queman las iglesias, y tienen rabo y pretenden acabar con la familia, la seguridad y el confort en el que usted vive?
Resulta que ése es el principal obstáculo con que se encuentra todo el que elige la opción moral anarquista: la avalancha de prejuicios que decoran o ensucian a la palabra “anarquismo”. ¿De verdad sabe usted lo que es la “anarquía”? ¿No? ¿Así, así? Entonces léase ese libro. Quizá se sorprenda. Quizá descubra que muchos de los planteamientos sobre los que reflexiona su autor coinciden asombrosamente con lo que usted piensa, aunque no lo practique. ¿O acaso no está usted de acuerdo con esta aseveración?: “El poder corrompe, ninguna persona que llegue a él se puede mantener a salvo de la inmoralidad, desde el mismo momento en que acumula mayor capacidad de decisión en sus manos que el resto de sus conciudadanos, y en que puede anular a un inferior con su capacidad de mando. La tendencia normal del poder es la de perpetuarse y concentrarse, y ahí reside su tremenda potencialidad corruptora”. Pero éste es sólo un ejemplo, una reflexión de entre las muchísimas que hay en las ciento setenta páginas de que consta el libro.
Al anarquismo le ocurre lo que a cualquier tipo de lucidez que busca poner el dedo en la llaga, que de tan disolvente a nadie le interesa que tenga voz. Ni a unos ni a otros, ni a las políticas diestras ni a las siniestras; a nadie le gusta que le descubran la farsa que tiene montada, a nadie le gusta que lo pongan en evidencia. En una sociedad tan profundamente inmoral como la nuestra, el anarquismo es posiblemente el último de los humanismos. Políticamente quizá sea el último refugio en donde puede encontrar asilo la honestidad. En cuestiones pedagógicas, las propuestas libertarias provocan una atracción inmediata, y muchas de ellas no han caído en saco roto y hasta han sido utilizadas en la configuración de la enseñanza actual. Lástima que estén siendo desperdiciadas por la perversa moral del neoliberalismo. Pero algo es algo. Queda siempre la esperanza de que algún lúcido profesor sepa aprovecharlas y se resista a troquelar a sus alumnos en esa maquinaria de producción en serie que crea individuos para el lucro, el consumo y la obediencia.

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 JAVIER RUIBAL

La última vez que lo escuché fue hace un par de semanas, en el San Luis Gonzaga, y desde que salí del concierto estoy queriendo escribir sobre él. Otros asuntos me han tenido ocupado hasta este mismo momento en el que, por supuesto, estoy escuchando a Ruibal mientras escribo. “Por el callejón del Tinte, ya no paso yo bailando para divertirte” escucho, y recuerdo que fue en 1995 cuando lo descubrí precisamente en Cádiz, en la Central Lechera, mientras me preparaba para ser, aunque ni yo mismo lo supiera entonces, un corredor de fondo. Fue uno de esos conciertos que logran adhesiones de por vida, en los que uno se encuentra en lugar hospitalario, como entre amigos, y entonces se reconcilia con el mundo, y se dice que sólo por esto merece la pena, y que a lo mejor no todo está perdido, que todavía quedan burladeros donde guarecerse antes de que venga nuestro destino para aplastarnos del todo con su bota traicionera.
Por eso procuro ir a escuchar a Javier Ruibal cada vez que puedo, y formar parte de esa inmensa minoría que acude con entusiasmo a sus conciertos. En Las damas primero nos da las gracias a todos los que hemos llenado alguna vez la sala donde él canta, a los que llevamos de la mano a alguien nuevo y formamos parte de esa tradición humilde del boca a boca. Gracias a ti, hombre, por seguir ahí, fiel a ti mismo, resistiendo, entero con tus canciones, acordándote de nosotros, dedicando algún verso a los que siempre estuvieron del lado de la fatalidad, recordándonos que todavía es posible hacer pañuelos con el hilo blanco de nuestra tristeza.
Cuando uno lee lo que otros han dicho de Javier Ruibal, se da cuenta de que se repite una pregunta que es ya casi un tópico: ¿por qué no tiene más éxito un hombre con tanto talento? ¿Cómo es posible que no venda más discos? ¿Cuándo alcanzará la cumbre de los éxitos Ruibal? Y bueno, la respuesta está clara: quién sabe, es el precio que paga la integridad por hacer lo que quiere y sabe. Es el impuesto que paga la honestidad que se niega a ser una marioneta movida por los hilos que manejan las manos sucias.
De todas formas, a mí me da la impresión de que Javier Ruibal contempla esos asuntos comerciales con la indiferencia propia de quienes conocen perfectamente su destino. Y su destino es hacer buenas canciones y ya está, y dejar en ellas todo ese bagaje vital que ha ido acumulando en años de trabajo concienzudo y honesto, para luego  administrarlas en sabias dosis de ternura y sensibilidad poética, integrando en ellas la sabiduría del flamenco con el jazz, o los aires arábigo andaluces con la música de Oriente, guardando en cada pieza algo del desorden de los días y mucho de los lances que tiene la vida con la suerte.
Como si las hubiese destilado en un alambique sexual prodigioso y sutil, este hombre tiene en su harén de autor a algunas de las mujeres más inquietantes y hermosas que yo he podido conocer o imaginar: La Rosa Azul de Alejandría, Aurora, Amada, Carmen, la Novia del Corto, la Flor de Estambul y muchas más. Y, por supuesto, nos sigue bastando “con una canción, un vino para repetir, un solo beso en Plaza Nueva”.

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 SED DE CHAMPÁN (y III)

De tanto leer a George Orwell he acabado completamente convencido de algunas de sus ideas sobre la literatura, así que se las voy a exponer a ustedes aquí a propósito de Montero Glez., el autor de Sed de champán y Cuando la noche obliga. Como para mí Orwell es, junto a Onetti, el escritor más íntegro del siglo XX, no me avergüenza adueñarme, por derecho de conquista,  de sus convicciones estéticas e intelectuales para mi personal uso y disfrute.
Después de leer las dos novelas de Montero Glez, ya recomendadas, me doy cuenta de que en él fluctúan los cuatro motivos que, según Orwell, tienen los autores valiosos para escribir en prosa, y que, dejando a un lado las pretensiones económicas de cada cual, son éstos: egoísmo agudo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Y me explico:
Por egoísmo agudo debemos entender el deseo de vivir la propia vida hasta el final y asumiendo las consecuencias, libre de la opinión ajena, que es una cosa que en realidad practica muy poca gente, aunque parezca extraño y difícil de creer. Si se dan cuenta, la mayoría de las personas claudican ante la presión destructiva y autoritaria que ejerce la sociedad sobre ellos; algunos incluso pierden la conciencia de ser individuos con voluntad propia, se echan sobre sus espaldas las responsabilidades o los caprichos que les imponen otros, lo que trae consigo terribles resultados: frustración, vacío, desesperanza y la puerca sensación de saberse ninguneado. Y luego, cuando cambian las tornas, aparece el deseo de humillar después de haber sufrido tantas veces la humillación.
Por entusiasmo estético entendemos la belleza lograda, el placer que provoca el impacto de cada una de las palabras en la novela, el relato bien construido, pero también la aspiración de compartir con los otros una historia que creemos valiosa y que no debería perderse.
El impulso histórico comporta una postura rebelde, no necesariamente política. Es el deseo de plasmar la realidad tal y como nosotros la vemos en la época que nos tocó en suerte, y no como nos dijeron los otros que sería esa misma realidad. Es la ambición por comprender la vida tal y como ésta es, y no como los demás nos quieren hacer creer que es.
Y, por último, el propósito político, que es inevitable. Entendemos aquí el término “político” en sentido amplio, claro, como una condición propia del ser humano, que se mueve en un entorno altamente jerarquizado. Está por escribirse aún el libro que carezca de matiz político. Todas las novelas empujan el mundo en una determinada dirección. En buena medida, la historia de la literatura es la historia de una serie de sumisiones y rebeldías hacia el orden establecido, hacia la autoridad que impone una época.
De la acertada o fallida combinación de estos cuatro ingredientes depende la calidad de cualquier obra literaria. En Sed de champán y Cuando la noche obliga predominan los tres primeros ingredientes sobre el cuarto, lo que nos da una idea del talante libertario de su autor. Después de leer las dos novelas de Montero Glez, estoy en privilegiada situación para afirmar que se trata de un hábil novelista con un mundo propio y muchas cosas que ofrecer a quien quiera saciar su apetito con sus libros. Pero sobre todo, léanlo y juzguen ustedes mismos. Y luego vuelvan a la realidad.

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 SED DE CHAMPÁN (II)

En algún sitio he leído que el propio autor, Montero Glez, ha bautizado el estilo de sus novelas como “folklore cósmico”. Yo prefiero denominarlo “picaresca artística” y me explico y lo justifico: para mí los libros de Montero forman ya, por sí solos, una nueva pieza de la columna vertebral que nutre de arte, verdades y realismo la mejor literatura española, esa línea dura, ensoñadora y realista que comienza yéndose de farra con el cachondo autor del Libro de Buen Amor, continúa con La Celestina, se nutre del Lazarillo y de Cervantes, se emborracha con Quevedo, se llena de sueños y mentiras con Torres Villarroel, renace tras el sueño dogmático con Galdós, se trasforma con Baroja, se viste de esperpento y poesía en Valle, palpita en algunos libros de Torrente, y después de serpentear mucho buscando su sitio encuentra un lugar hospitalario en la obra de Juan Marsé y algún otro y ahora en Sed de champán y Cuando la noche obliga.
Puestos a venir de algún sitio dentro del panorama literario español, Montero Glez  viene de donde hay que venir, y eso se nota leyendo la novela, teniendo la pupila despierta y la mitología personal en orden. Ahora que los sesudos y expertos comentaristas de las obras de otros andan por ahí diciendo que ya no hay nadie que cree personajes, Montero va y nos presenta al Charolito de Sed de champán, uno de esos personajes de dudosa reputación con los que, sin embargo, merece la pena caminar un tramo de la calle para escuchar las mentiras que tiene que contarnos, esas aventis que le susurra por detrás de la conciencia una oscura voz interior. Aunque él se considere hijo de sí mismo, es una sombra rota en mitad de la calle, de madre gitana y padre juali y putativo, amigo de lo ajeno y lúcido mixtificador de sí mismo que, como muchos, aprendió con el tiempo a esperar y a confiar sólo en su polla, que es una de las formas de supervivencia elegida por todos aquellos que aún se resisten a dejarse masticar por las muelas podridas del decoro impuesto a empujones. “De ahí las hebras canas que plateaban sus huevos: rizos lúbricos, honorables, debidos al don de la espera”. Asimismo es hijo de la rabia.  
Para que nadie se llame a engaño, Sed de champán no es una novela apta para los lectores que encojan el culo cada vez que el atrevimiento del autor le presente la realidad rebanándole el ojo con una navaja de barbero. Hay que saber que la historia del libro se quedó preñada por las verdades fecundas de unos personajes a los que merece la pena conocer, y a los que el mismo autor reseña en un curioso Dramatis personae al final de la novela, supongo que consciente de la importancia del trazo poético con el que ha ido creándolos, pero los principales son, junto al paciente protagonista, la Carmelilla, Dolores Laredo, el Flaco Pimienta y por supuesto Emilio Mostaza, “repeinado personaje creado por el Charolito a su imagen y semejanza”, esa imaginada ficción que muy pocos consiguen ver reflejada en el azogue del espejo antes de que la espera forje su leyenda, arruine su vida y le devuelva sin contemplaciones a la pútrida realidad. (continuará).

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 SED DE CHAMPÁN (I)

Sed de champán es la última novela que yo he leído de Montero Glez. Seguramente ustedes no lo recuerden, pero hace unos meses les recomendé en esta misma página otro libro suyo: Cuando la noche obliga. Lo hice en el artículo titulado Mojaditos, que pretendía ser una denuncia de las fotografías e imágenes que periodistas sin escrúpulos ni respeto por la dignidad humana habían emitido de los cuerpos putrefactos de inmigrantes ahogados en las aguas de la bahía, con la connivencia sucia de nuestra mirada cómplice. La crítica que yo hice por aquel entonces venía apoyada por una cita de Montero Glez, que me proporcionó la mirada lúcida que hay que tener sobre esta cuestión.
Pues bien, resulta que me voy dando cuenta de que estamos ante un escritor valioso al que conviene seguirle la pista, y por ese motivo lo reseño aquí y ahora. Si yo fuese uno de esos críticos que en media hora de lectura son capaces de tener una opinión fundamentada sobre un libro, les diría, por ejemplo, que se trata de un francotirador agudo que bebe en las aguas de la picaresca y ofrece una visión negrísima de esa otra realidad, desarraigada y compleja, que queda oculta a la mirada ciega de la ciudadanía conforme. Les diría que se trata de un novelista de raza, nervioso y urgente, que ametralla nuestra lectura con metáforas preñadas de ingenio, con una frecuencia e intensidad parecidas a las de Quevedo. Les diría que es un escritor empeñado en contarnos una y mil historias dentro de su historia. O podría recurrir al adjetivo fácil y decir: ¡Magnífico! ¡Un talentazo! ¡Un ritmo de vértigo! ¡Un narrador poco común!, y etc. Y todo eso sería verdad, pero sonaría a mentira. Pero como tengo la arraigada costumbre de leerme los libros de cabo a rabo, con relecturas y subrayados incluidos, me apetece comentar más y mejor la obra narrativa de este escritor que va por libre y no se somete a los caprichos que impone el mercado editorial.
Lo ideal sería que ustedes me hicieran caso por una vez y se leyeran sus dos libros, comenzando por Sed de champán, que es anterior, aunque por esas cosas que pasan se presenta ahora como la nueva novela de Montero Glez. Muy probablemente les ocurra como a mí, que después de leer una entrevista que le hicieron en una revista cultural y quedar sorprendido por sus respuestas directísimas, no puede evitar buscar en internet algo sobre este fulano hasta dar con su web: www.monteroglez.com, que les recomiendo encarecidamente a todos aquellos que no teman toparse con verdades dichas con los puños cerrados. Y ya luego, iniciados en el mundo de la persona y los personajes, acérquense a Cuando la noche obliga, esa novela de amor emputecido y heridas mal cerradas, la historia de un viajero que lleva consigo una fatalidad que respiró desde la cuna.
Para ir abriendo boca les presento al Charolito, el personaje protagonista de Sed de champán. A modo de anzuelo para lectores exigentes, lanzo las dos primeras frases del libro: “El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo”. (continuará)

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 LEER A SCHOPENHAUER

Hace ya algunos meses, en esta misma página le recomendé yo a nuestro alcalde la lectura de El Príncipe de Maquiavelo. Decía entonces, y lo sigo manteniendo ahora, que es deber de la ciudadanía seria y responsable proponer, con argumentos razonados, nuevas maneras de dirigir a un pueblo. Creemos en la formación humanística de nuestros gobernantes y por eso insistimos. Creemos que es necesaria esta formación. Es incluso urgente.
Así pues, don Hernán, mi segunda lección consiste en recomendarle la lectura de la Dialéctica erística de Schopenhauer, cuyo subtítulo no puede ser más jugoso: El arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas. ¿Acaso no le gustaría a usted tener razón, don Hernán? ¿No le tienta la posibilidad de convertirse en un nuevo Castelar y comprobar orgulloso cómo la ciudadanía se acerca, fascinada, al verle abrir la boca? ¿No desea, en fin, conseguir la elegante fluencia de un locutor de televisión?
Nada más fácil entonces. Sólo tiene que pedirlo. Sepa usted que los más astutos gobernantes de la historia siempre recurrieron a los servicios de sabios consejeros en busca de soluciones dialécticas y retóricas con las que vencer a sus adversarios políticos. Por desgracia, esta buena costumbre se ha perdido y ahora todos recurren a simples asesores de imagen para que les elijan la corbata o les indiquen cómo tienen que colocar las manos, pero, ¿ha oído usted como hablan, don Hernán? ¿Ha escuchado usted con atención sus razonamientos? Si los escucha con atención comprobará que no saben, que no razonan, que no dialogan. Seguramente a usted ya no le sorprenderá descubrir que cuando un político se siente acorralado recurre al insulto para zafarse de la presión a la que lo somete su antagonista. ¡Craso error en el que no debería caer usted nunca, señor Díaz! Recuerde las palabras de Nietzsche, sin duda aprendidas tras la lectura atenta de Schopenhauer: “no comprendo para qué se necesita calumniar. Si se quiere perjudicar a alguien lo único que hace falta es decir de él alguna verdad”.
Lea a Schopenhauer y descubra los distintos modos que existen de tener razón. Seguramente le habrá ocurrido alguna vez el haber expuesto una afirmación y, ante la actitud displicente del adversario, no saber luego cómo defenderla. Nada más fácil; debe concederle parte del protagonismo que está demandando, y para ello debe someterlo sutilmente a un razonable interrogatorio sobre su postura, de modo que de las respuestas del adversario deduzca la verdad de su afirmación. Si alguna vez le ocurre que su contrincante ocupa una posición ventajosa en la discusión, es decir, que comienza peligrosamente a adueñarse de la razón, no se preocupe, no se amilane: róbele la idea y hágale saber que no está de acuerdo con lo que está afirmando, adjudicándole la tesis más disparatada que se le ocurra. Con esta estratagema insolente conseguirá indignarlo, de tal manera que la irritación provocada no le permita aprovechar la ventaja que antes tenía.
Y sobre todo recuerde estas palabras de Schopenhauer, muy útiles para su oficio: “pueden refutarse tesis falsas del adversario mediante otras tesis también falsas, pero que él sostiene como verdaderas: puesto que hay que tratar con él, debe utilizarse su propia forma de pensar”. Por ejemplo, si pertenece a algún partido con historia, nada mejor que recurrir al hueso, a las máximas fundacionales del partido, que seguramente habrán quedado obsoletas dejando a sus defensores sin defensas.

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 SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA

Enciendo la tele por cualquier cadena y oigo con repugnancia la noticia que en ese momento están dando, y me digo: “joder, qué hija de puta”. Una joven se queda encinta y, con habilidad y camisas anchas, consigue ocultar el embarazo que a ella tanto le avergüenza. Sorprendentemente, como suele ocurrir con la realidad más realista, a los nueve meses y, cuando ya no queda más remedio que actuar, se mete en el cuarto de baño y sin decir ni pío consigue dar a luz allí mismo sin que se entere nadie. Luego, ahoga al recién nacido en la bañera y lo esconde en un rincón del armario empotrado. Para no levantar sospechas, a la mañana siguiente coge al bebé, lo deja en el maletero del coche y, como un día cualquiera, se va a la facultad donde estudia. Finalmente, terminada la jornada estudiantil, abre su maletero, recoge el bulto y lo tira a un contenedor de basura.
Acojonado, cambio de canal y compruebo la feroz competencia que existe entre los medios. El tío de las noticias nos informa de que que un señor, Fulanito, de tantos años de edad y casado desde hace cuantos, respetable vecino de la ciudad Tal, le metió a su mujer doscientas puñaladas entre pecho y espalda, la cortó en trocitos y en pocos días se deshizo del cadáver dándoselo de comer al perro que le protege por las noches la casa. Luego, continúa el del informativo, cuando fue descubierto por las fuerzas de seguridad del estado intentó suicidarse, sin lograrlo, tirándose de culo desde un primer piso. Y me digo: “!Hostia, cómo está la peña!”. Y añado, en plan filosófico: “¡Qué hijo de puta!”
Como me doy cuenta de que he vuelto a ignorar la  máxima aprendida en Onetti, según la cual conviene valorar los actos humanos con piedad e ironía, me dispongo a reparar mi descuido sumergiéndome en profundas meditaciones sobre la condición humana. Así que cojo mi Sagrado Nargile, me voy a la terraza y me enfrento con las primeras dudas que me van embistiendo. Por suerte, no ha saltado el levante en Valdelagrana y de la playa me llega un fresquito muy adecuado para reflexionar sin urgencias. Mientras me voy castigando la salud con el humo de la pipa imagino la sorpresa del respetable público, los vecinos y amigos que no saben, no contestan, los familiares que nunca lo sospecharon, los compañeros de trabajo que no pueden creérselo. Quién lo hubiera dicho; parecían personas tan afables, tan sencillas, tan normales. Mil veces te los hubieras cruzado por la calle y ni una sola vez habrías pensado que detrás de unas caras tan normales como ésas se ocultaban unos asesinos capaces de llevar a cabo sus crimenes según unas pautas fríamente calculadas. Con premeditación como quien dice. Y me digo: “claro”. Parece que no siempre la cara es el espejo del alma. Resulta que va a ser verdad eso que dicen. Al final va a ser cierto que las apariencias engañan. Y pienso que cuando la representación de la realidad es tan prosaica, su reseña ha de ser igualmente prosaica. Si la cara de un hijo de puta es una cara normal, entonces cualquier cara normal puede ser la de un hijo de puta.

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 DE FÁBULA

Un buen día los animales descubrieron que el ser humano había desaparecido de la faz de la Tierra. Ocurrió de buenas a primeras y sin que ninguno de ellos supiera el motivo. Ninguno pudo nunca explicar cómo fue que el hombre dejó de existir. No queda testimonio de esto en los anales de la nueva era animal. Los más sorprendidos, claro, fueron las mascotas, los animales de compañía, que desde ese día se vieron obligados a buscarse el sustento por ellos mismos. Hubo muchos que