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ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL PUERTO INFORMACIÓN

                       Un año para el Quijote (III)  (11 / 02 / 2005)
                       Un año para el Quijote (II)   (28 / 01 / 2005)
                       Un año para El Quijote (I)    (21 / 12 / 2004)
                       La lección de las víctimas   (17 / 12 / 2004)
                       Actos de fe   (10 / 12 / 2004)
                       Sobre la estupidez humana   (03 / 12 / 2004)
                       Sobre evoluciones e involuciones   (05 / 11 / 2004)
                       Ficciones plausibles   (29 / 10 / 2004)
                       Todos los hombres, el hombre   (15 / 10 / 2004)
                       Vuelven los totalitarismos    (01 / 10 / 2004)
                       Fútbol es fútbol   (25 / 09 / 2004)  
                       Rasputín   (03 / 09 / 2004)
                       Salsa de tomate   (27 / 08 / 2004)
                       Anarquismo y educación  (13 / 08 / 2004)                            
                       Javier Ruibal   (30 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (y III)   (23 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (II)   (16 / 07 / 2004)
                       Sed de champán (I)   (09 / 07 / 2004)
                       Leer a Schopenhauer   (02 / 07 / 2004)
                       Sobre la condición humana   (18 / 06 / 2004)
                       De Fábula   (11 / 06 / 2004)
                       Más difícil todavía (y IV)   (28 / 05 / 2004)           
                       Más difícil todavía (III)    (21 / 05 / 2004)                                            
                       Más difícil todavía (II)   (14 / 05 / 2004)
                       Más difícil todavía (I)  (07 / 05 / 2004)                                 
                       Préstamos de pago    (30 / 04 / 2004)
                       Ofendidos  (23 / 04 / 2004)                        
                       Manifiesto individualista   (16 / 04 / 2004)
                       La banda    (09 / 04 / 2004)
                       Elogio de la mentira    (02/ 04 / 2004)
                              Ainhoa, Ainhoa   (26 / 03 / 2004)       
                               Retrato de una derrota   (19 / 03 / 2004)
                          11-M  (12 / 03 / 2004)
                         El desengaño del perdedor   (05 / 03 / 2004)
                        Pasen y vean   (27 / 02 / 2004)
                       Cuidar la imagen   (20 / 02 / 2004)
                       Crónicas Marcianas   (13 / 02 / 2004)
                       La ironía trágica   (06/ 02 / 2004)
                       La necesidad de batirse   (30 / 01 / 2004)
                       El rival más débil   (23 / 01 / 2004)           
                       Top Manta   (16 / 01 / 2004)
                       Premio Nadal    (09 / 01 / 2004)
                       El Señor de los Anillos    (02 / 01 / 2004)


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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (III)

Han pasado cuatro siglos, pero las cosas no han cambiado demasiado. La pugna entre lo ideal y la realidad que leemos en El Quijote sigue teniendo vigencia en nuestra época, y probablemente en cualquier época; sólo hace falta un poco de lucidez para darse cuenta de esto. Aunque bueno, quizá lo que haga falta, más que la mirada del lúcido, sea la visión del que se hizo con una sólida formación humanística, precisamente aquello de lo que más carece la sociedad actual. Si en la época de Cervantes el debate se entablaba entre las armas y las letras, en la nuestra se entabló entre las letras y las ciencias, entre lo ético y lo práctico, perdiendo las primeras la batalla (y la guerra) en beneficio de las segundas. Vinieron los de siempre con sus modernos planes de estudio, sus reformas y sus currículos y lo dejaron todo pingando. Sin excepción, todos los planteamientos educativos que se han sucedido en España en las últimas décadas tienen el triste honor de haberse cargado para siempre cualquier asomo de Humanismo en las aulas. Y este hecho tan indiscutible debería ser considerado una tragedia social de consecuencias insospechables, aunque visibles a diario.
Una tragedia similar vivieron los hombres de la época de Cervantes en la frontera del Renacimiento al Barroco. Toda la desgracia vital de don Miguel, que tuvo una vida bastante desdichada, se puede resumir en la desgracia de haberse visto obligado a enfrentarse a un nuevo orden para el que no se había preparado. Se educó en la sensibilidad renacentista, vivió el humanismo europeo de la época, probablemente leyó a Erasmo de Rotterdam, luchó en Lepanto y se preocupó de cultivar su ingenio estudiando a los clásicos. Y sin embargo, pese a ser un hombre del Renacimiento, se vio obligado a subirse al tren del Barroco en la España ultracatólica, cerrada y problemática de los felipes. A su regreso a España, después de un largo cautiverio en Argel, se vio reducido al puesto de comisario de abastos para la Armada Invencible, cuya derrota en 1588 inauguró el posterior ocaso español. Sencillamente, Cervantes fue un hombre estafado por las circunstancias de la época que le tocó en suerte, y el resto de su vida adulta la empeñó tratando de encontrar un equilibrio entre lo que él era y lo que estaba obligado a ser. Y el resultado es El Quijote, la burla de un hombre inteligente que, después de haber perdido todas las batallas, se esfuerza por dejar constancia de la opinión que le merece su tiempo.
Los jóvenes que nacimos en España durante el primer lustro de la década del setenta somos una cosecha tan curiosa como aquella de Cervantes. Ni antes ni después ha habido en este país una generación culturalmente mejor preparada que la nuestra. Fuimos educados en la idea de que la formación intelectual nos abriría todas las puertas. Como consecuencia de ello somos la generación de los títulos universitarios, de los másters de esto y de lo otro, del inglés imprescindible y la informática necesaria, de las becas erasmus, de los congresos, los idiomas y los viajes formativos, del currículum deslumbrante y las interminables prácticas para ir cogiendo experiencia. Sin embargo, cuando por fin se abrieron las puertas nos topamos con una sociedad intelectualmente en declive, con una cultura devaluada, con unos títulos bajo sospecha, con un exceso de formación que resulta contraproducente, con unos sueldos miserables y con un trabajo basura. Laboralmente somos comodines; acostumbrados a la exigencia personal, servimos casi para cualquier cosa, lo que nos convierte en mano de obra barata. Como la generación de Cervantes, tratamos de encontrar un equilibrio entre lo que somos y lo que estamos obligados a ser. ¿Qué somos, psicólogos o repartidores de pizzas? ¿Abogados o camareros? ¿Ingenieros o esclavos? ¿Administrativos o porteros? ¿Docentes o niñeras en colegios e institutos?
¿Merece la pena hacerse esta pregunta? Quién sabe; a lo mejor de esta manera, cuando hayamos perdido todas las batallas, encontremos la visión burlesca que acabó salvando a Cervantes. Y ojalá alguien se invente un nuevo Quijote. (continuará)

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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (II)

En ocasiones, estar loco, fingirlo o parecerlo, es la única manera que tienen los hombres lúcidos de ocupar un lugar en la triste realidad que les tocó en suerte. Cervantes debió de reflexionar mucho sobre este tema, pues a este argumento recurre en más de una ocasión a lo largo de su obra, no sólo en El Quijote, donde Alonso Quijano parece en muchas ocasiones estar más cuerdo que los cuerdos, sino también en Las novelas ejemplares. El mejor ejemplo lo encontramos quizá en El licenciado Vidriera, cuyo protagonista es un intelectual que enloquece por haber bebido un filtro amoroso. Pero esto, claro está, es el truco que le sirve a Cervantes para sostener narrativamente lo que quiere contar, para destilar la fina crítica que hay en sus páginas. Cervantes utilizó la locura como un bisturí para desenmascarar la realidad y así mostrarla, aunque veladamente, y gracias a ella pudo decir lo que seguramente no se hubiera atrevido a mantener sin este recurso. Y precisamente porque las palabras salen de la boca de un loco las gentes “sensatas” las escuchan con atención, aunque después la mayoría se ría de ellas. Pero eso no importa, o no pareció importarle a Cervantes. Él tenía que decirlo de alguna manera y lo dijo. Al final siempre hay alguna persona inteligente que pueda dictaminar, como don Lorenzo de Miranda en El Quijote: “Él es un entreverado loco lleno de lúcidos intervalos”.
Sin embargo, Cervantes no se engaña sobre el destino que le espera a este loco. Mientras lo esté o finja estarlo, tendrá una oportunidad entre la masa embrutecida. El licenciado vidriera, gracias a los “disparates” que va soltando, consigue ganarse el sustento y está siempre rodeado de una multitud de gentes que escuchan sus asertos, al igual que ocurre con don Quijote, quien a pesar de las burlas se granjea también el respeto de muchos oyentes. En cambio, en cuanto el licenciado vidriera recupera la cordura y declara ser el licenciado Rueda, graduado en leyes por la prestigiosa universidad de Salamanca, donde estudió con pobreza y adquirió todo su saber, entonces deja de ocupar un lugar en esa sociedad. Ya nadie lo atiende ni lo entiende, y comienza a morirse de hambre. Lo que la gente escuchaba de boca de un loco, ahora se niegan a escucharlo en la boca de un cuerdo, de un lúcido, de una persona con valía y saber. Al final de la novelita, afirma con mucho tino el licenciado Rueda: “¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!”.
Esta es la conclusión crítica a la que llegó el propio Cervantes en su vida desdichada. Y por este motivo, se vio en la obligación de dar al mundo a otro loco que diera testimonio de lo que es ese mundo. Cervantes sabía que sólo un loco puede afirmar sin temor, en su época y en la nuestra, que las putas son doncellas; que las ovejas, soldados; que los galeotes, esclavos inocentes;  que las mozas de una venta, ilustres señoras enamoradas, o que los hospitalarios dueños de la venta, caballeros de alto postín que defienden su plaza.
Pero lo que está afirmando, rotundamente, es que los soldados son como ovejas sumisas que van a morir al matadero, que muchas de las virtuosas mujeres que se mueven en la sociedad son putas de incógnito, y mucho más arrastradas que las que se venden por las esquinas por culpa del hambre, que los aristocráticos castillos de los señores son peores que las sucias ventas del camino, porque en ellas hay que pagar la hospitalidad con servidumbre, o que los desgraciados que se encuentran encadenados por la ley puede que sean, en ocasiones, mucho más inocentes que quienes dictaron las mismas leyes que a ellos los condena.

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 UN AÑO PARA EL QUIJOTE (I)

Como se cumplen cuatro siglos desde que Cervantes publicó la primera parte de El Quijote, quienes siempre deciden han decidido que este año sea el del Quijote. Y bueno, por lo que venimos viendo esto consiste, más o menos, en aprovechar la menor ocasión para apuntarse un tanto, inflar un presupuesto, salir en la foto, soltar dos o tres citas manoseadas, recurrir a lugares comunes o andar diciendo que se es ese lugar de la Mancha de cuyo nombre nunca quiso acordarse el narrador del libro. Pero los pezzi da novanta siguen sin leérselo, o sin habérselo leído como Dios manda, por más que lo nombren en el Parlamento. Y eso se nota.
También hay mucho pasacalle con actores aficionados y mucha adaptación del Quijote para niños realizada por escritores primerizos. Todos los editores tienen la suya. Algunas realmente infames. Yo mismo, en un mano a mano con mi mujer, he hecho una de estas adaptaciones por encargo de una editorial para la que venimos escribiendo desde hace tiempo. Todo ajuste a un público infantil supone una violación del original, y hasta un insulto para el autor de la obra. Pero hasta para insultar hay que tener respeto. He hojeado algunas de esas adaptaciones y es para echarse a llorar de pena. Ya saben, en plan “hace muchos, muchos años vivió un señor que se volvió loco por leer tantos libros”, con olvido de que aquel famoso “en un lugar de la Mancha” respondía a una tradición milenaria de literatura oral, comprensible para todo el mundo, hasta para un niño de cinco años, por lo que no es legítimo comenzar la obra de otro modo que no sea éste: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...” Pero esto no es más que un ejemplo mínimo de la violación a la que es sometido el libro de Cervantes.
Se ha dicho muchas veces, pero es que es la verdad: todos los españoles deberían conocer El Quijote. Leerlo y releerlo, de la primera a la última página y varias veces, si es posible todos los años, subrayando los pasajes más significativos y lúcidos. Sólo de este modo se puede tener una idea cabal de lo que es este desgraciado país y de lo que ha sido.
También se ha dicho muchas veces que se trata de una parodia de lo libros de caballería de la época, y bueno, puede que haya verdad en esto, pero no es toda la verdad. Habría que decir, para ser exactísimos, que Cervantes se ríe de todo y de todos. No sólo del género de la caballería, sino de todos los géneros literarios de la época, y con esa parodia somete a crítica, de paso, a todo el país, a todas las instituciones, a todos los oficios y a todos los estamentos. Y esta risa es la de quien ha reflexionado mucho en soledad sobre todo lo que ha sufrido y al final comprende de qué pasta están hechos los hombres, y entre odiarlos y burlarse de ellos, se decide por la risa, y hace protagonista de su burla a un loco que a veces lo es y otras veces sólo lo aparenta, lo parece o lo finge, porque sobre la clase de locura de Alonso Quijano habría mucho que hablar. Decía Papini que el Quijote no estaba loco, sino que se lo hacía, como Hamlet, otro que se fingió loco para tener una mejor perspectiva de sus semejantes.
Se me ocurre ahora pensar que el propio Cervantes, en su desgraciada vida de hombre humillado y escarnecido, debió de hacerse el loco muchas veces.

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 LA LECCIÓN DE LAS VÍCTIMAS

POR fin hablaron las víctimas del atentado del 11-M en la famosa comisión, y cuando lo han hecho han puesto a todos en su sitio con una contundencia memorable. Como no podía ser de otra manera, han tenido que ir unos ciudadanos de a pie al Congreso de los Diputados para dar una lección moral y silenciar los cacareos de los políticos y las instituciones. Ya resultaba patético que allí opinaran todos y sin embargo los afectados no pudieran expresar su indignación ante el circo que han montado entre todos los partidos. ¿Qué temían nuestros señores comisionados? ¿Por qué pretendían silenciar las voces de las víctimas?
El no va más ocurrió el martes. Cuando por fin aceptaron que también los representantes de las víctimas debían testificar, decidieron que lo hicieran a puerta cerrada. Alegaron como excusa que así sus comparecencias no serían utilizadas de manera partidista, como si las víctimas pudieran estar de parte de alguien que no sea ellos mismos. Comprobamos una vez más la astuta forma que tiene la clase política de censurar la razón e imponer su barbarie.
Afortunadamente no ocurrió así y media hora antes de comenzar las comparecencias recularon un poco y al fin acordaron que los testimonios contasen con “luz y taquígrafos”. Así se expresan, con luz y taquígrafos, y vaya si se hizo la luz y le dieron trabajo a los taquígrafos.
Ya el miércoles nos enteramos de mucho y les vimos las orejas gachas a la gentuza política de este país, con independencia de siglas, idearios, pareceres y doctrinas. Ayer jueves traía la prensa amplios extractos de la intervención de Pilar Manjón, la portavoz de los afectados del 11-M y merece la pena leerlo. Considero, incluso, que todos los ciudadanos de bien deberían acercarse a este texto por lo que tiene de ejemplo ético, de discurso moral y de reflexión coherente, profunda y hasta política, entendiendo el término “política” de modo amplio y no en el sentido en el que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Yo he buscado por internet una copia íntegra del discurso y lo he guardado como un referente, como un ejemplo de dignidad al que volver de vez en cuando.
Probablemente el Congreso de los Diputados no haya asistido a palabras tan sinceras ni de tal altura moral en toda su historia. Se me ocurre ahora compararlo con el Yo acuso del escritor francés Zola, que llevaba como subtitulo La verdad en marcha, ni más ni menos que lo que los afectados andan buscando, que por fin la verdad se ponga en marcha.
La señora Pilar Manjón, en nombre de la Asociación 11-M, pronunció este miércoles en aquella sala, ante los comisionados, palabras contundentes, exactísimas en sus pretensiones, demoledoras en su crítica, pero paseó también ante ellos un espejo. Les obligó a que se pusieran delante de él y a que se miraran la cara, que se observaran durante una hora y que contemplaran su condición bajuna, rayana en la animalidad. A ver si por fin se les cae la cara de vergüenza.


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 ACTOS DE FE

He podido leer en los Anales de la Historia Animal que en el principio de los tiempos se celebró, sobre una arenosa llanura, una convención multilateral en la que participaron todas las especies del planeta menos el hombre, que aún no había nacido. Llegaron de todos los confines del mundo, y cada delegado allí presente tuvo ocasión de informar a sus vecinos sobre los usos y costumbres de su pueblo. Muchos de ellos ya se conocían, y se amaban o se temían según las semejanzas o diferencias físicas que entre ellos hubiera, lo que provocaba no pocos desengaños y sí muchas imprudencias. Otros no se habían visto nunca, de modo que reinaba la desconfianza en aquella importante reunión.
Varias semanas estuvieron parlamentando aquellos celebres tribunos, y muchos fueron los temas que se trataron en la asamblea. Allí fue donde se acordó el lugar que cada especie ocuparía en el reino animal, así como sus competencias, derechos y obligaciones. Se concretaron los postulados básicos de la cuestión alimenticia y se ajustó un plan ecológico para la administración inteligente de los recursos naturales. Muchas especies entablaron acuerdos bilaterales y expusieron sus temores ante la efervescencia terrorista que los amenazaba, pero aún así alcanzaron soluciones pacíficas y lograron calmar a los más belicosos. Y hay quienes dicen que no se ha vuelto a celebrar un conciliábulo como el de aquel día.
No obstante, una de las más importantes cuestiones a tratar no halló consenso en aquella multitud. En lo tocante a la cuestión individual, al comportamiento que debe tener cada sujeto en el mundo, no supieron llegar a una solución satisfactoria. Algunas formas de sociedad desarrollada, como la de las hormigas, hicieron oídos sordos a cualquier propuesta que contrariase la planificación jerárquica que ellas habían acometido con tanta laboriosidad. Y cuando las hormigas expusieron su proyecto en voz alta, muchas otras especies lo refrendaron. “Hay que tener fe en el trabajo”, dijeron ellas, “nacemos para trabajar”, y una prolongada ovación estalló en el hemiciclo.
Entonces salió a la palestra un mono ataviado con una túnica y dijo que no, que ése era un error de base y que había que tener fe en el Gran Tótem. Todos comprendieron que se trataba de un religioso al que había que prestar atención. “Nacemos para creer y confiar”, proclamó, “no somos nada sin el Gran Tótem”, y un estallido de plenitud gozosa recorrió uno a uno los escaños parlamentarios.
Luego, al mono le sucedió el zorro, que con paso firme pero sigiloso subió al estrado. Todos pudieron oír su voz chillona e histérica, y su discurso ladino pero atrayente. “No podemos confiar en ilusiones”, dijo, “debemos organizarnos y tener fe en nuestra capacidad de gestión. Creemos partidos políticos y leyes que contemplen nuestras semejanzas, pero también nuestras diferencias esenciales, y vivamos según ellas”. Un rugido de exaltación recorrió al populacho, que ya lo aclamaba. Y sin poder contenerse más, el zorro propuso su primera ley, que se hizo celebre en aquel mismo instante: “todos los animales son iguales”, dijo, “pero algunos son más iguales que otros”.
Y así fueron pasando uno tras otro hasta que habló, por último, un gato gordo al que todos miraban con desprecio. Habían oído hablar del egoísmo de los gatos y tenían ganas de oír su propuesta. Pero en cuanto el gato abrió la boca empezaron a sospechar de él y lo tuvieron por un individuo francamente peligroso e insensato. “Dejémonos de leyes y zarandajas”, dijo el gato, que se declaró de la liga individualista, “sólo debemos tener fe en nosotros mismos”. Y añadió: “si cada uno de nosotros, sin excepción, se centrara en él solo sin temor de lo que haga o tenga su vecino, todos viviríamos en un mundo más justo y pacífico”. Y sin decir ni una palabra más abandonó la asamblea ofendida por la anarquía que allí se había insinuado. Pero el gato ni se inmutó. Estaba firmemente dispuesto a llevar a cabo su compromiso ético con la sociedad. Así que eligió el sitio más soleado y se tumbó a la bartola, a tomar el sol y a ronronear un poco.

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 SOBRE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Hace unos días llegó a mis manos un interesante ensayo sobre la estupidez humana. Como todos ustedes saben, este tipo de escritos son los que procuran las mejores horas de reflexión sobre la condición de los hombres, sus motivaciones y querencias. En realidad, no descubren nada nuevo, pero aclaran muchas ideas y, sobre todo, hacen pensar. De repente, uno descubre que ya sabía todo lo que ha leído, pero hasta ese momento no sabía que lo sabía.
El ensayo está basado en los estudios del profesor italiano Carlo M. Cipolla, que en uno de sus escritos realizó una importante clasificación de los seres humanos en cuatro tipos, a saber: los desgraciados, los inteligentes, los bandidos y los estúpidos. Por supuesto, estas cuatro tipologías no se dan siempre en estado puro en una misma persona y así nos encontramos, por ejemplo, que un sujeto inteligente puede actuar, en ocasiones, como un perfecto estúpido, lo que nos podría llevar a pensar que esta clasificación es más propia de los comportamientos que de los individuos.
Pero entremos ya en materia para llegar cuanto antes adonde queremos llegar. Según Cipolla, teniendo en cuenta los costes que acarrea o los beneficios que reporta la manera de estar en el mundo que elige cada cual, un desgraciado es aquel que se causa un perjuicio a sí mismo beneficiando a los demás; un inteligente, el que obtiene beneficio favoreciendo, a su vez, a los otros; el bandido será, en cambio, el que consigue un bien para sí mismo perjudicando a sus semejantes y, por último, el estúpido sería el patético personaje que causa pérdidas a los otros sin obtener ningún beneficio para sí.
Tal y como nos enseña el ensayo que vengo comentando, de esta clasificación se deduce una conclusión esencial para convivir en sociedad, y es ésta: ni los inteligentes ni los desgraciados pueden perjudicarnos, por lo que no debemos temerlos; los unos por sabios, los otros por incautos y poco previsores. En cambio, sí debemos cuidarnos mucho de los bandidos y de los estúpidos, pues su modus operandi entraña funestos peligros para quienes se relacionan con ellos. Ahora bien, siempre es preferible la compañía de un bandido a la de un estúpido, porque al bandido lo mueve un propósito racional, aunque perverso, y por tanto podemos preverlo y preparar una defensa adecuada. El estúpido, en cambio, es imprevisible y, por tanto, peligrosísimo. La irracionalidad de su actitud lo convierte en un individuo letal contra el que estamos totalmente desamparados.
Y les pongo un ejemplo que ilustra todo lo dicho. Hace unos días, viendo por la tele la comparecencia del señor Aznar ante lo comisión del 11M, comprobé con estupefacción cómo vencía dialécticamente ante la mirada impotente de sus mediocres interrogadores. Evidentemente, me dije, no se trata de ningún desgraciado. Pero teniendo en cuenta todo el mal que ha traído me resulta imposible considerarlo un hombre inteligente. Nos queda por dirimir, por tanto, si se trata de un bandido o de un estúpido. La entrada de España en la guerra de Iraq le procuró el respeto y el favor del amigo americano, pero las consecuencias criminales de este hecho motivaron la pérdida de las elecciones, que expulsó a su partido del poder. Se da en él, por tanto, una curiosa mezcla. Y es que, como ya observó Cipolla, entre los individuos que están en el poder existe una alarmante proliferación de bandidos con un elevado porcentaje de estupidez, al igual que entre los que no están en el poder se da un temible crecimiento de los desgraciados incautos.

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 SOBRE EVOLUCIONES E INVOLUCIONES

Hay que ver cómo son las cosas. Antiguamente todo lo que decían los curas iba a misa. Bastaba que un señor vestido con una sotana dijera algo para que, inmediatamente, el resto de sus semejantes, en cualquier pueblo perdido, lo tomara como verdad indiscutible. La autoridad vestía de negro y su fuente de información era fundamentalmente la Biblia, apoyada por sabios de otras épocas: Santo Tomás de Aquino, San Agustín, Aristóteles, Isidoro de Sevilla y por ahí más o menos.
Pero he aquí que el hombre evoluciona y comienza a cuestionar lo dicho por la autoridad competente, y surgen otras voces que, apoyadas en conceptos como “racionalidad”, “espíritu crítico” o “ciencia” ofrecen una alternativa al viejo dogmatismo de la Iglesia y, por ese camino, se llega más o menos hasta el día de hoy, en el que basta que un señor salga vestido con una bata por la tele para que todo cuanto diga vaya a misa. De modo que a la antigua autoridad vestida de negro ha venido a sustituirla una autoridad vestida de blanco. Y si antes los hombres buscaban las respuestas a las grandes preguntas en libros como la Biblia, ahora buscan lo mismo en las revistas mensuales de divulgación científica, cuando no esotérica. En muchos casos, un dogmatismo ha sido sustituido por otro dogmatismo. Y si antes la religión era infalible ahora lo infalible es la ciencia, o lo que llaman ciencias.
Y todo esto no tendría su lado negativo si en el camino que va de un polo a otro no se hubiera producido una involución. Ahora nos apasionan los datos, los hechos, las supuestas demostraciones palpables, los resultados de las estadísticas y las conclusiones que se derivan de ellas. Empieza a no practicarse el pensamiento especulativo, el razonamiento dialéctico, esa práctica tan superflua y tan poco científica, pero que sin embargo nos recuerda que todavía somos seres pensantes (sapiens, sapiens), aunque cada vez menos. Ahora somos, sobre todo, seres procesadores. Procesadores de datos, claro.
Y les pongo un ejemplo de todo esto. Como no nos bastaba la teoría de Adán y Eva, revelada por Dios a Moisés en el Génesis, comenzamos a investigar hasta que dimos con la verdad. El hombre, el homo sapiens sapiens, pertenece a la familia de los homínidos, que pertenecen al orden de los primates, que pertenecen a la clase de los mamíferos. Nos hablaron del eslabón perdido y de la cadena que acaba en nosotros y nos lo creímos a pies juntillas. Y el hombre vio que era razonable y que era cierto. Pero siguieron encontrando fósiles y nos dijeron que no, que ya no era una cadena, sino un árbol de muchas ramas, de donde estábamos colgados, pero cada semana encuentran un fósil nuevo o una nueva rama, y esto ya no hay quien lo entienda. Ahora dicen que no se trata sólo de una evolución, sino de todo un grupo de especies humanas distintas que fueron desapareciendo, pero que llegaron a convivir juntas. ¿La última encontrada?: el homo floresiensis, en Indonesia. Visto lo cual, yo he decidido inventarme mi propia teoría, que resulta esclarecedora al menos para mí. Lo que ocurrió fue lo siguiente: por pudor, Dios no quiso contarle a Moisés toda la verdad, y sólo le dijo que había creado al hombre, es decir, al homo sapiens sapiens, y a la mujer, perdón, la homa, tal y como nos fue revelado en un principio, pero le dio vergüenza reconocer que allí, en el divino laboratorio de pruebas, hubo muchos intentos fallidos hasta conseguir modelarlos a su imagen y semejanza. Y precisamente de estas tentativas surgieron los homo habilis, los erectus, los australopithecus, los neanderthalensis, los antecessor, los floresiensis y sólo él sabe cuántos más.

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 FICCIONES PLAUSIBLES

Hace tiempo leí en un libro de Gore Vidal un diálogo que merece ser reseñado. Ante una serie de circunstancias importantes, un personaje se dirige a otro en los siguientes términos: Estamos haciendo Historia. Y el otro le responde: Amigo mío, no existe la Historia, sólo existen ficciones plausibles.
Como estoy citando de memoria puede que las palabras no sean exactamente ésas, y por eso no las entrecomillo. Pero de lo que sí estoy seguro es de que el segundo personaje llama “ficciones plausibles” a lo que habitualmente conocemos como Historia. Y claro, al leerlo pensé que tal vez se tratara de un error del traductor, que se hacía eco del mal uso de la palabra “plausible” con el significado de “posible”, cuando en realidad su significado recto es “digno de aplauso”. Algo plausible es algo encomiable, elogioso, loable. Y bueno, como todos sabemos, las historias que conforman la Historia no han sido siempre dignas de aplauso, aunque sí merecedoras de recuerdo. Y quizá esto último fue lo que quiso decir el héroe de Gore Vidal. Quizá pensó: “merece la pena recordar lo que hoy nos ha sucedido, aunque al cabo de los años nuestra historia sea manipulada y mal comprendida, usada con propósitos perversos y hasta convertida en una ficción. Pero aún así debemos recordarla”.
Y ahora, a pesar de que ya no es un tema de actualidad candente, permítanme que les recuerde lo que ocurrió hace un mes en la universidad de Georgetown, en Washington. Nuestro ex presidente, el señor Aznar, que dudo mucho que haya leído a una persona tan crítica e inteligente como Gore Vidal, puso en práctica con flagrante alevosía esta manera de entender la Historia y, como no podía ser de otro modo en un ignorante de astucia tan mezquina, convirtió los ocho siglos a los que llamamos Reconquista en una ficción posible, e incluso plausible, pero sobre todo falsa, infantil, malintencionada, deshonesta y peligrosa. Si yo tuviera el talento necesario para llevarlo a cabo, escribiría una Historia Universal del disparate político e histórico y le dedicaría un capítulo entero a esta nueva versión que el señor Aznar se ha inventado para hacer las delicias de todos los fanáticos del mundo. Para ello tendría que olvidarme de todo lo que he estudiado y leído, de las tesis de don Américo Castro sobre las relaciones entre cristianos, musulmanes y judíos que dieron como resultado un país al que luego llamaron España, de las jarchas mozárabes, de la literatura aljamiada medieval e incluso de esos ochocientos años en los que hubo luchas, conquistas y reconquistas, enfrentamientos y muertes, pero también largos periodos de convivencia pacífica y un intercambio mutuo de saberes como quizá no se volverá a repetir nunca.
Frente a esa riqueza, la mediocre y simplista ficción ideada por Aznar viene a ser más o menos ésta: En el año 711 de nuestra era vivían en España los visigodos, que eran un pueblo neoliberal capitalista con una monarquía parlamentaria con tendencia a la globalización y acuerdos bilaterales con otra gran superpotencia. Pero entonces llegó el desastre: los moros de Bin Laden entraron por el sur y en pocos años la cúpula terrorista de AlQaeda se hizo con el poder. Por fortuna, algunos consiguieron escapar hacia el norte y allí, comandados por Don Pelayo, un precedente político de lo que después se conocería con el nombre de PP, iniciaron la gran batalla a la que llamamos Reconquista, y que duró ocho siglos.
Estas son, queridos niños, las tesis que va difundiendo sobre nuestra historia ese pezzonovanti que rigió el destino de este maltratado país durante ocho años. Con historietas como ésta se gana ahora su hueso y recibe los aplausos del amigo americano.

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 TODOS LOS HOMBRES, EL HOMBRE

Buscando documentación para otro escrito que ahora no viene al caso, me encontré el otro día con una afirmación de Borges que ya conocía, pero que tenía olvidada, y que, sin embargo, conviene recordar y tener presente. Borges solía repetir con bastante frecuencia que “cualquier hombre es todos los hombres”, frase que parece una tontería pero que no lo es, y que me dio para un rato de sana reflexión intrascendente en la terraza junto a mi sagrado narguile, por supuesto.
Como se podrán imaginar, el curso de mi pensamiento viró hacia lo más evidente; ya se imaginarán ustedes: los deseos, los miedos, las ambiciones y todo aquello que traza la imagen de un hombre y que, al fin y al cabo, es verdad que viene a ser en todos, más o menos, lo mismo. De hecho, algunos siglos antes de Borges, el eslogan que afirma que todos los hombres son el mismo hombre ya lo había utilizado el padre Bartolomé de las Casas para reivindicar la dignidad de los indios a quienes los españoles estábamos dándoles para el pelo en tierras americanas. Si se dan cuenta, la frase da para mucho y un estudio profundo de la misma nos conduce hacia un pacifismo redentorista.
Pero esto se me ha ocurrido a posteriori. En realidad, al recordar la frase yo me fui por Atapuerca. Y la verdad es que ambos temas están estrechamente relacionados. Como seguramente ya sabrán, en Atapuerca, provincia de Burgos, existe un importantísimo yacimiento paleontológico donde han descubierto, entre otras muchas cosas de enorme trascendencia para comprender la vida del hombre en este bajo suelo, los restos humanos más antiguos de Europa, datados en unos ochocientos mil años antes del día de hoy. Y resulta que a esos restos el equipo investigador de la Sierra de Atapuerca los ha descrito como una nueva especie de la que descendemos, y hasta le han puesto nombre y apellido; a saber: homo antecessor. Pues bien, siguiendo sus investigaciones y estudios, los tíos han llegado a reproducir, a partir del hallazgo de un cráneo casi completo, la cara del hombre que vivió en Atapuerca hace tantísimo tiempo. Y cuidado, que lo nombran así, con todas las letras y en mayúscula, el Hombre de Atapuerca, con un evidente olvido de la individualidad de aquel fulano, porque digo yo que aquel tipo también tendría, como nosotros, su colección de miedos y deseos, sus ambiciones y esperanzas, personales e intransferibles, antes de su día final y del ninguneo histórico que el destino le tenía reservado en una vitrina. Yo me imagino a aquel hombre primitivo filosofando sobre su esencial diferencia respecto a sus compañeros de gruta y siento lástima por él, y lo compadezco y me digo, finalmente: “no somos naide”.
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que dirían los sabios del medievo, me dije. Y entonces el humo del narguile me transportó a miles de años hasta el futuro, en esta misma ciudad, habitada por terrícolas descendientes o extraterrestres invasores, y en un yacimiento encuentran arrumbada junto a otras muchas mi hermosa calavera difunta, y un equipo investigador la selecciona para formar parte de una exposición de mucha trascendencia, y hasta me colocan una plaquita que reza: “he aquí el Hombre del siglo XXI”, ignorando mis caprichos y deseos, mis temores y querencias y hasta mis más profundas convicciones.
Y entonces concluyo diciéndome que no sé si todos los hombres somos el mismo hombre, pero parece indudable que todos seremos la misma calavera.

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 VUELVEN LOS TOTALITARISMOS

Merece la pena acudir al testimonio que nos legaron nuestros mayores para comprobar cómo la historia se repite a sí misma con una obstinación intolerable. Resulta aleccionador y terrible acercarse a las palabras que escribieron otros hace décadas o siglos y constatar lo mucho que nos parecemos a ellos y lo poco o nada que hemos aprendido. Y cómo sus actos se repiten en los nuestros, y quizá también sus crímenes y sus desdichas.
Llevo algunos días leyendo los diarios de Victor Klemperer y me doy cuenta de que los regímenes totalitarios se parecen mucho los unos a los otros. La sociedad no cambia demasiado, tal vez un poco las formas, pero no el modo en que se afronta la realidad, tan maleable siempre si se saben utilizar con maestría las técnicas publicitarias de persuasión y chantaje. En 1933, el año en el que Hitler fue nombrado canciller del Reich, Victor Klemperer tenía ya cincuenta y dos años, era un hombre hecho, casado, judío, con una vida resuelta y acomodada, profesor de literatura en la universidad de Dresde, romanista y filólogo. Era un hombre inteligente y sencillo, se estaba construyendo una casita en el campo y tenía dos gatos. Pero el profesor Klemperer no podía prever, a comienzos de aquel año, el horror al que iba a estar sometido hasta 1945, y que lo perdería todo, a su edad, cuando ya creería estar de vuelta y tener el futuro asegurado. Y sin embargo era un hombre lúcido, con una inmensa capacidad de observación y análisis, consciente de la prepotencia y el salvajismo con el que actuaban los nazis. De hecho, el 21 de febrero de 1933, apenas dos semanas después del nombramiento de Hitler, y ante las inminentes elecciones en Alemania, anotó en su diario: “es una ignominia, que aumenta cada día. Y todo el mundo guarda silencio y dobla el espinazo”. Y un poco más adelante, continúa diciendo: “Lo que más impresiona es la ceguera de la gente frente a lo que está sucediendo, qué falta de idea en cuanto a las verdaderas relaciones de poder”. Con sus diarios, Victor Klemperer se propuso dar testimonio de doce años de horror para conocimiento de las generaciones futuras. Son más de dos mil páginas de análisis minucioso y detallado de las relaciones que establece el poder con el miedo, y de los muchos monstruos que nacen de ese matrimonio explosivo que vuelve al hombre contra el hombre.
En 1933, un 93 % de los alemanes votaron democráticamente a favor de Hitler. Prácticamente toda Alemania se sumó a la barbarie y se hizo cómplice de la carnicería que vendría después. Un pueblo entero fanatizado, convencido y entregado a la voluntad de un líder. Millones de ciudadanos deseosos de creer, hambrientos de soluciones, pidiendo a gritos que fueran otros los que movieran los hilos de sus conciencias mansas.  
Es así como funciona. En 1933 y hoy mismo. Nos va la marcha. Coreamos eslóganes y exigimos líderes. Nos encantan los domadores de multitudes y creemos ingenuamente que vienen a salvarnos. Tenemos miedo y pedimos la ayuda de los poderosos. Si organizan una campaña de indignación internacional, al día siguiente medio mundo está indignado. Por esto o por lo otro, eso da igual. No falla nunca. Somos fácilmente manipulables y nos creemos las historias de los buenos y los malos. Surgen de nuevo los totalitarismos en el mundo y no queremos verlo. Tres fanáticos fantoches se levantaron en las Azores para salvarnos de todo mal y aún pensamos que nada ha cambiado porque nadie llamó a nuestras puertas para enseñarnos de verdad lo que es el horror. Pero ya veremos. Quizá convenga abrir los ojos y cultivar la lucidez como método de supervivencia, porque no sabemos lo que nos va a tocar vivir y podría ser terrible.

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 FÚTBOL ES FÚTBOL

Me quito el sombrero ante Camacho, Agustín, me quito el sombrero por los pies. Como te lo digo. ¿Tú te crees que es justo y razonable lo que está pasando en este club? ¿Tú te crees que esto se puede consentir? Que están jugando los tíos con nuestras ilusiones, Agustín, que cada partido es un disgusto, que ni ponerme puedo ya a ver el partido con mi niño. Yo quisiera que tú vieras la cara que se le queda a la criatura cuando termina el encuentro y ve cómo los otros festejan la goleada. ¿Tú te crees que esto...? Pero estos tíos qué es lo que pretenden. Estos tíos..., ¡qué es lo que pretenden! Señor, que te están pagando una milloná, que te debes a una afición, a una manera de entender el fútbol, a una historia, a un siglo entero de esperanzas puestas en una camiseta. Un siglo, Agustín, un siglo, para que luego vengan esta panda de niñatos y nos paguen con esta moneda. Los galácticos. ¡Me cago en la madre que parió a los galácticos! ¡Pero ustedes qué es lo que os habéis creído! Y claro, después llega un tío serio como Camacho y se siente defraudado. Normal. Un tío que lo que quiere es ver cómo sudan la camiseta, que lo que quiere es buen juego, que lo que quiere son goles hasta decir basta. Lo que queremos todos ni más ni menos. Y llega y se encuentra con este grupito de nenazas que en cuanto se les levanta la voz dos veces ya están llamando al presidente para quejarse del entrenador. ¡Manda cojones!
Y claro. Ahí os quedáis, habrá dicho. ¡Qué os aguanten las guarrillas de la tele con las que os vais de cachondeo todas las noches! Y tiene razón el hombre. Pero esto qué es lo que es... Y que uno comprende que tienen veinte años y que son gente joven, que yo también he tenido esa edad y sólo quería tías y venga juerga, y venga alcohol, y madrugones, y fiestas, y un cachondeo, y otro y otro. Pero hijo, el domingo toca jugar al fútbol y eso es sagrao. Así que vamos a recogernos un poquito. ¡Vamos a recogernos un poquito! El domingo toca atarse los machos y salir al campo a por todas. ¡A ganar! No hay otra, que después la liga es muy larga y esa no perdona a nadie ni sabe de estrellas ni de millones ni de patrocinios ni de nada. Once tíos contra once tíos. Punto. Lo que decía el Cruiff con toda la razón del mundo, que aunque nunca fue santo de mi devoción algo sabe del tema: fútbol es fútbol. Ni adidas, ni vodafone, ni pepsi ni el tinglado que nos tiene montado el Florentino ese. Fútbol. Eso es lo que queremos ver en el terreno de juego. Fútbol. Lo que siempre nos dieron gentes como Camacho y el resto. Y lo que se ha perdido con esta filosofía millonaria que impera. Lo que desgraciadamente ya no hay, Agustín. Al menos en el Madrid de las últimas jornadas yo no lo he visto. Y si ya se ha perdido hasta el respeto que merece un entrenador como Dios manda, mal vamos. Porque aquí lo que hace falta es mano dura y vergüenza torera, dignificar ese color blanco y volver a los orígenes, que no te quepa la menor duda. Y nada más. Que ni se piensen que por seguir tirando de la hucha van a levantar esto. Y si no, al tiempo.

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 RASPUTÍN

Este verano he vuelto a leer en los periódicos el nombre de Rasputín y eso, qué quieren que les diga, a mí me parece todo un acontecimiento. Porque sí, porque este personaje me parece fascinante y porque casi un siglo después de su muerte nos sigue guiñando el ojo desde la tumba para advertirnos de que el mundo de la política sigue siendo, hoy como siempre, una divertida casa de putas caras y ahí está él para recordárnoslo de vez en cuando por si quedara alguna duda.
Rasputín es el seudónimo golfo de un señor que vivió a finales del siglo XIX y principios del XX en la Rusia del último Zar de todas las rusias, hasta que llegaron los bolcheviques y dijeron aquí se acabó el cachondeo y montaron su chiringuito. Pues bien, el verdadero nombre de Rasputín era Grígori Yefímovich y fue por la vida de esóterico total, visionario de ocasión, gobernante improvisado y putero a mucha honra. Al menos tuvo la valentía y la decencia de hacerlo con la cabeza bien alta y diciendo aquí estoy yo para lo que ustedes quieran, señoras. De hecho, la palabra rasputín significa en ruso libertino, disoluto, calavera, juerguista y por ahí más o menos. Pues bien, resulta que una vez curó las hemorragias hemofílicas del hijo del Zar Nicolás II y desde entonces se quedó en la corte haciendo de las suyas. La verdad es que se lo montó mejor que quiso y sus orgías se hicieron legendarias por la multitud y variedad de participantes y por el espectáculo visual que ofrecía su descomunal pene, se dice que unos treinta centímetros en sus mejores momentos, aunque sobre este particular hay importantes discrepancias y dudas aún no disipadas. Ustedes no se lo van a creer, pero alguien tuvo la buena idea de conservar su turgente miembro en formol y en 1968 apareció en París, con el vergajo en la mano, una señora que decía haber sido la gozosa amante de aquel inquietante nigromántico.
Sea como fuere, en la actual Rusia de Putin han tenido la ocurrencia de homenajear a Rasputín  poniéndole su nombre a un puticlub, que ha sido lugar de paso y  visita turística obligada de algunos de nuestros pezzonovanti  de las Islas Baleares. Y a mí esto me parece de perillas por todo aquello de la multiculturalidad, el encuentro entre los pueblos y las relaciones diplomáticas. Lo que ya no me parece bien es que ahora vengan recurriendo al eufemismo, encojan el culo y nos digan que no, que no es de verdad un club, sino un bar de copas, que las heteras no son heteras y que ni siquiera les miraron las tetitas a las niñas. Y qué quieren que les diga, que tomen por subnormales al personal me parece mucho más graves que el hecho de que hayan pasado la factura del servicio y la limpieza como gastos oficiales. Porque a esto ya estamos acostumbrados y a estas alturas nadie se sorprende de que los gastos de los caporegimes nacionales son siempre gastos oficiales. Pero claro, luego vienen los recortes, las congelaciones salariales, las reconversiones industriales porque los presupuestos públicos para cualquier cosa son elevadísimos y esto no hay quien lo mantenga. Y uno, claro, comprende enseguida y se hace cargo.

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 SALSA DE TOMATE

En 1974, un escritor alemán llamado Heinrich Böll escribió un libro titulado El honor perdido de Katharina Blum, que yo creo que debería ser de lectura obligatoria en las facultades de periodismo. Y resulta que treinta años después esta novela sigue contando verdades como puños; quizá incluso haya ganado en actualidad. Su argumento se resume en lo siguiente: una señora sensible y discreta se ve, de la noche a la mañana, acosada por la prensa rosa, y tan insoportables llegan a ser las calumnias, las mentiras y las difamaciones que se vierten sobre ella que un buen día estalla y comete un crimen con impresionante sangre fría. Esto se cuenta desde el primer párrafo, así que no les estoy levantando la intriga narrativa. Claro que no hace falta recurrir a la novela de Böll para enterarse de estas cosas. Basta con encender la tele para comprobar que cualquier día de éstos alguno de nuestros famosos se disfraza de Katharina Blum y se arma la de dios es Cristo.
Por supuesto, las ratas de cloaca del mundo rosa actual no se han leído el libro. Si lo hubieran hecho, andarían con más cuidado y se cortarían un pelo a la hora de decir según qué cosas. Porque bueno, todo eso de la libertad de expresión está muy bien, y la calle es de todos, y de algo hay que comer y que si patatín y que si patatán. Pero claro, la vida es muy perra, y existen esos días en los que a cualquiera se le presenta el diablo y le echa una mirada de reojo, y entonces ocurre la desgracia y todos se quedan acojonados, porque quién lo iba a pensar, de fulanito, él, que tanto ha vendido y que tantas exclusivas nos ha dado, él, que siempre consintió en que le mentáramos a la madre y nos pitorreáramos un poquito de su vida y amoríos, que hasta conseguimos hacerle una foto en la playa enseñando un huevo, y que nunca pasaba nada si cogíamos una frase y la sacábamos de contexto, que ese es un recurso cómico cojonudo y que le encanta a la gente, y después la repetíamos una y otra vez con el pavo allí, impotente ante nuestra audacia y desfachatez para hurgar en su vida, nosotros aquí, con nuestro periodismo de investigación y nuestro celo profesional, y él allí sin saber qué decir, ni dónde meterse, ni cómo ocultarse ni cómo escapar de nuestras atrevidas preguntas, cargadas de doble sentido y de mala leche.
Y es que hay que tener poca vergüenza para ganarse la vida de un modo tan asqueroso y tan rastrero. Es que es mi trabajo, dicen los notas cuando les rompen la cámara y les levantan la mano. Pues bueno, perfecto, chaval, sigue a lo tuyo, pero te estás metiendo en camisas de once varas. Y será que me estoy volviendo un primitivo y un radical, pero me encanta ver cómo un torero o un futbolista o un actor pierde los papeles y se lía a hostias con el niñato y la niñata que le pone un micrófono en la boca y le hurga en la herida que más le duele. Y me estoy acostumbrando tanto a reírme con los programas rosas, que se han vuelto humorísticos, que creo que me voy a descojonar de risa el día que a un famoso se le vaya la olla y se líe a tiros desde su terraza con los paparazzis apostados día y noche frente a su chalet de la Moraleja. Porque la vida es así y así son las situaciones límites. Y será una ocasión magnífica para un especial del programa Salsa de Tomate. Ya los veo a todos compungidos y llorosos, de luto por el compañero que se pasó de curioso, de listo y de gilipollas.

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 ANARQUISMO Y EDUCACIÓN

Acabo de leerme un ensayo sobre la evolución histórica del anarquismo y sus planteamientos pedagógicos y me apetece recomendarlo en esta página. Su autor es Francisco José Cuevas Noa y se titula Anarquismo y Educación. Está editado por la Fundación Anselmo Lorenzo y el colectivo Buena Espina de Jerez, del que Paco Cuevas es fundador y donde desarrolla su actividad profesional, consistente en realizar actividades formativas de carácter transformador. Transformador de la sociedad, se entiende. ¿Le suena eso del diálogo, del respeto, de la paz, de la cooperación, de la noviolencia? Pues bien, sobre este tipo de cuestiones trata también el libro, que rescata del olvido las ideas educativas anarquistas.
Pero déjeme que le haga una pregunta: ¿ha sentido usted un cosquilleo en la nuca al leer la palabra anarquista? ¿Ha sentido miedo? ¿O, por el contrario, ha esbozado una sonrisilla irónica creyendo adivinar de antemano lo que vienen a decirnos éstos? Todo eso tan sabido de la libertad y la explotación, ¿verdad? Todo eso de la solidaridad y la crítica a la moral burguesa, ¿no cree? ¿O es usted de los que se creyeron que los anarquistas promueven el desorden y el caos, y se comen a los niños, y queman las iglesias, y tienen rabo y pretenden acabar con la familia, la seguridad y el confort en el que usted vive?
Resulta que ése es el principal obstáculo con que se encuentra todo el que elige la opción moral anarquista: la avalancha de prejuicios que decoran o ensucian a la palabra “anarquismo”. ¿De verdad sabe usted lo que es la “anarquía”? ¿No? ¿Así, así? Entonces léase ese libro. Quizá se sorprenda. Quizá descubra que muchos de los planteamientos sobre los que reflexiona su autor coinciden asombrosamente con lo que usted piensa, aunque no lo practique. ¿O acaso no está usted de acuerdo con esta aseveración?: “El poder corrompe, ninguna persona que llegue a él se puede mantener a salvo de la inmoralidad, desde el mismo momento en que acumula mayor capacidad de decisión en sus manos que el resto de sus conciudadanos, y en que puede anular a un inferior con su capacidad de mando. La tendencia normal del poder es la de perpetuarse y concentrarse, y ahí reside su tremenda potencialidad corruptora”. Pero éste es sólo un ejemplo, una reflexión de entre las muchísimas que hay en las ciento setenta páginas de que consta el libro.
Al anarquismo le ocurre lo que a cualquier tipo de lucidez que busca poner el dedo en la llaga, que de tan disolvente a nadie le interesa que tenga voz. Ni a unos ni a otros, ni a las políticas diestras ni a las siniestras; a nadie le gusta que le descubran la farsa que tiene montada, a nadie le gusta que lo pongan en evidencia. En una sociedad tan profundamente inmoral como la nuestra, el anarquismo es posiblemente el último de los humanismos. Políticamente quizá sea el último refugio en donde puede encontrar asilo la honestidad. En cuestiones pedagógicas, las propuestas libertarias provocan una atracción inmediata, y muchas de ellas no han caído en saco roto y hasta han sido utilizadas en la configuración de la enseñanza actual. Lástima que estén siendo desperdiciadas por la perversa moral del neoliberalismo. Pero algo es algo. Queda siempre la esperanza de que algún lúcido profesor sepa aprovecharlas y se resista a troquelar a sus alumnos en esa maquinaria de producción en serie que crea individuos para el lucro, el consumo y la obediencia.

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 JAVIER RUIBAL

La última vez que lo escuché fue hace un par de semanas, en el San Luis Gonzaga, y desde que salí del concierto estoy queriendo escribir sobre él. Otros asuntos me han tenido ocupado hasta este mismo momento en el que, por supuesto, estoy escuchando a Ruibal mientras escribo. “Por el callejón del Tinte, ya no paso yo bailando para divertirte” escucho, y recuerdo que fue en 1995 cuando lo descubrí precisamente en Cádiz, en la Central Lechera, mientras me preparaba para ser, aunque ni yo mismo lo supiera entonces, un corredor de fondo. Fue uno de esos conciertos que logran adhesiones de por vida, en los que uno se encuentra en lugar hospitalario, como entre amigos, y entonces se reconcilia con el mundo, y se dice que sólo por esto merece la pena, y que a lo mejor no todo está perdido, que todavía quedan burladeros donde guarecerse antes de que venga nuestro destino para aplastarnos del todo con su bota traicionera.
Por eso procuro ir a escuchar a Javier Ruibal cada vez que puedo, y formar parte de esa inmensa minoría que acude con entusiasmo a sus conciertos. En Las damas primero nos da las gracias a todos los que hemos llenado alguna vez la sala donde él canta, a los que llevamos de la mano a alguien nuevo y formamos parte de esa tradición humilde del boca a boca. Gracias a ti, hombre, por seguir ahí, fiel a ti mismo, resistiendo, entero con tus canciones, acordándote de nosotros, dedicando algún verso a los que siempre estuvieron del lado de la fatalidad, recordándonos que todavía es posible hacer pañuelos con el hilo blanco de nuestra tristeza.
Cuando uno lee lo que otros han dicho de Javier Ruibal, se da cuenta de que se repite una pregunta que es ya casi un tópico: ¿por qué no tiene más éxito un hombre con tanto talento? ¿Cómo es posible que no venda más discos? ¿Cuándo alcanzará la cumbre de los éxitos Ruibal? Y bueno, la respuesta está clara: quién sabe, es el precio que paga la integridad por hacer lo que quiere y sabe. Es el impuesto que paga la honestidad que se niega a ser una marioneta movida por los hilos que manejan las manos sucias.
De todas formas, a mí me da la impresión de que Javier Ruibal contempla esos asuntos comerciales con la indiferencia propia de quienes conocen perfectamente su destino. Y su destino es hacer buenas canciones y ya está, y dejar en ellas todo ese bagaje vital que ha ido acumulando en años de trabajo concienzudo y honesto, para luego  administrarlas en sabias dosis de ternura y sensibilidad poética, integrando en ellas la sabiduría del flamenco con el jazz, o los aires arábigo andaluces con la música de Oriente, guardando en cada pieza algo del desorden de los días y mucho de los lances que tiene la vida con la suerte.
Como si las hubiese destilado en un alambique sexual prodigioso y sutil, este hombre tiene en su harén de autor a algunas de las mujeres más inquietantes y hermosas que yo he podido conocer o imaginar: La Rosa Azul de Alejandría, Aurora, Amada, Carmen, la Novia del Corto, la Flor de Estambul y muchas más. Y, por supuesto, nos sigue bastando “con una canción, un vino para repetir, un solo beso en Plaza Nueva”.

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 SED DE CHAMPÁN (y III)

De tanto leer a George Orwell he acabado completamente convencido de algunas de sus ideas sobre la literatura, así que se las voy a exponer a ustedes aquí a propósito de Montero Glez., el autor de Sed de champán y Cuando la noche obliga. Como para mí Orwell es, junto a Onetti, el escritor más íntegro del siglo XX, no me avergüenza adueñarme, por derecho de conquista,  de sus convicciones estéticas e intelectuales para mi personal uso y disfrute.
Después de leer las dos novelas de Montero Glez, ya recomendadas, me doy cuenta de que en él fluctúan los cuatro motivos que, según Orwell, tienen los autores valiosos para escribir en prosa, y que, dejando a un lado las pretensiones económicas de cada cual, son éstos: egoísmo agudo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Y me explico:
Por egoísmo agudo debemos entender el deseo de vivir la propia vida hasta el final y asumiendo las consecuencias, libre de la opinión ajena, que es una cosa que en realidad practica muy poca gente, aunque parezca extraño y difícil de creer. Si se dan cuenta, la mayoría de las personas claudican ante la presión destructiva y autoritaria que ejerce la sociedad sobre ellos; algunos incluso pierden la conciencia de ser individuos con voluntad propia, se echan sobre sus espaldas las responsabilidades o los caprichos que les imponen otros, lo que trae consigo terribles resultados: frustración, vacío, desesperanza y la puerca sensación de saberse ninguneado. Y luego, cuando cambian las tornas, aparece el deseo de humillar después de haber sufrido tantas veces la humillación.
Por entusiasmo estético entendemos la belleza lograda, el placer que provoca el impacto de cada una de las palabras en la novela, el relato bien construido, pero también la aspiración de compartir con los otros una historia que creemos valiosa y que no debería perderse.
El impulso histórico comporta una postura rebelde, no necesariamente política. Es el deseo de plasmar la realidad tal y como nosotros la vemos en la época que nos tocó en suerte, y no como nos dijeron los otros que sería esa misma realidad. Es la ambición por comprender la vida tal y como ésta es, y no como los demás nos quieren hacer creer que es.
Y, por último, el propósito político, que es inevitable. Entendemos aquí el término “político” en sentido amplio, claro, como una condición propia del ser humano, que se mueve en un entorno altamente jerarquizado. Está por escribirse aún el libro que carezca de matiz político. Todas las novelas empujan el mundo en una determinada dirección. En buena medida, la historia de la literatura es la historia de una serie de sumisiones y rebeldías hacia el orden establecido, hacia la autoridad que impone una época.
De la acertada o fallida combinación de estos cuatro ingredientes depende la calidad de cualquier obra literaria. En Sed de champán y Cuando la noche obliga predominan los tres primeros ingredientes sobre el cuarto, lo que nos da una idea del talante libertario de su autor. Después de leer las dos novelas de Montero Glez, estoy en privilegiada situación para afirmar que se trata de un hábil novelista con un mundo propio y muchas cosas que ofrecer a quien quiera saciar su apetito con sus libros. Pero sobre todo, léanlo y juzguen ustedes mismos. Y luego vuelvan a la realidad.

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 SED DE CHAMPÁN (II)

En algún sitio he leído que el propio autor, Montero Glez, ha bautizado el estilo de sus novelas como “folklore cósmico”. Yo prefiero denominarlo “picaresca artística” y me explico y lo justifico: para mí los libros de Montero forman ya, por sí solos, una nueva pieza de la columna vertebral que nutre de arte, verdades y realismo la mejor literatura española, esa línea dura, ensoñadora y realista que comienza yéndose de farra con el cachondo autor del Libro de Buen Amor, continúa con La Celestina, se nutre del Lazarillo y de Cervantes, se emborracha con Quevedo, se llena de sueños y mentiras con Torres Villarroel, renace tras el sueño dogmático con Galdós, se trasforma con Baroja, se viste de esperpento y poesía en Valle, palpita en algunos libros de Torrente, y después de serpentear mucho buscando su sitio encuentra un lugar hospitalario en la obra de Juan Marsé y algún otro y ahora en Sed de champán y Cuando la noche obliga.
Puestos a venir de algún sitio dentro del panorama literario español, Montero Glez  viene de donde hay que venir, y eso se nota leyendo la novela, teniendo la pupila despierta y la mitología personal en orden. Ahora que los sesudos y expertos comentaristas de las obras de otros andan por ahí diciendo que ya no hay nadie que cree personajes, Montero va y nos presenta al Charolito de Sed de champán, uno de esos personajes de dudosa reputación con los que, sin embargo, merece la pena caminar un tramo de la calle para escuchar las mentiras que tiene que contarnos, esas aventis que le susurra por detrás de la conciencia una oscura voz interior. Aunque él se considere hijo de sí mismo, es una sombra rota en mitad de la calle, de madre gitana y padre juali y putativo, amigo de lo ajeno y lúcido mixtificador de sí mismo que, como muchos, aprendió con el tiempo a esperar y a confiar sólo en su polla, que es una de las formas de supervivencia elegida por todos aquellos que aún se resisten a dejarse masticar por las muelas podridas del decoro impuesto a empujones. “De ahí las hebras canas que plateaban sus huevos: rizos lúbricos, honorables, debidos al don de la espera”. Asimismo es hijo de la rabia.  
Para que nadie se llame a engaño, Sed de champán no es una novela apta para los lectores que encojan el culo cada vez que el atrevimiento del autor le presente la realidad rebanándole el ojo con una navaja de barbero. Hay que saber que la historia del libro se quedó preñada por las verdades fecundas de unos personajes a los que merece la pena conocer, y a los que el mismo autor reseña en un curioso Dramatis personae al final de la novela, supongo que consciente de la importancia del trazo poético con el que ha ido creándolos, pero los principales son, junto al paciente protagonista, la Carmelilla, Dolores Laredo, el Flaco Pimienta y por supuesto Emilio Mostaza, “repeinado personaje creado por el Charolito a su imagen y semejanza”, esa imaginada ficción que muy pocos consiguen ver reflejada en el azogue del espejo antes de que la espera forje su leyenda, arruine su vida y le devuelva sin contemplaciones a la pútrida realidad. (continuará).

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 SED DE CHAMPÁN (I)

Sed de champán es la última novela que yo he leído de Montero Glez. Seguramente ustedes no lo recuerden, pero hace unos meses les recomendé en esta misma página otro libro suyo: Cuando la noche obliga. Lo hice en el artículo titulado Mojaditos, que pretendía ser una denuncia de las fotografías e imágenes que periodistas sin escrúpulos ni respeto por la dignidad humana habían emitido de los cuerpos putrefactos de inmigrantes ahogados en las aguas de la bahía, con la connivencia sucia de nuestra mirada cómplice. La crítica que yo hice por aquel entonces venía apoyada por una cita de Montero Glez, que me proporcionó la mirada lúcida que hay que tener sobre esta cuestión.
Pues bien, resulta que me voy dando cuenta de que estamos ante un escritor valioso al que conviene seguirle la pista, y por ese motivo lo reseño aquí y ahora. Si yo fuese uno de esos críticos que en media hora de lectura son capaces de tener una opinión fundamentada sobre un libro, les diría, por ejemplo, que se trata de un francotirador agudo que bebe en las aguas de la picaresca y ofrece una visión negrísima de esa otra realidad, desarraigada y compleja, que queda oculta a la mirada ciega de la ciudadanía conforme. Les diría que se trata de un novelista de raza, nervioso y urgente, que ametralla nuestra lectura con metáforas preñadas de ingenio, con una frecuencia e intensidad parecidas a las de Quevedo. Les diría que es un escritor empeñado en contarnos una y mil historias dentro de su historia. O podría recurrir al adjetivo fácil y decir: ¡Magnífico! ¡Un talentazo! ¡Un ritmo de vértigo! ¡Un narrador poco común!, y etc. Y todo eso sería verdad, pero sonaría a mentira. Pero como tengo la arraigada costumbre de leerme los libros de cabo a rabo, con relecturas y subrayados incluidos, me apetece comentar más y mejor la obra narrativa de este escritor que va por libre y no se somete a los caprichos que impone el mercado editorial.
Lo ideal sería que ustedes me hicieran caso por una vez y se leyeran sus dos libros, comenzando por Sed de champán, que es anterior, aunque por esas cosas que pasan se presenta ahora como la nueva novela de Montero Glez. Muy probablemente les ocurra como a mí, que después de leer una entrevista que le hicieron en una revista cultural y quedar sorprendido por sus respuestas directísimas, no puede evitar buscar en internet algo sobre este fulano hasta dar con su web: www.monteroglez.com, que les recomiendo encarecidamente a todos aquellos que no teman toparse con verdades dichas con los puños cerrados. Y ya luego, iniciados en el mundo de la persona y los personajes, acérquense a Cuando la noche obliga, esa novela de amor emputecido y heridas mal cerradas, la historia de un viajero que lleva consigo una fatalidad que respiró desde la cuna.
Para ir abriendo boca les presento al Charolito, el personaje protagonista de Sed de champán. A modo de anzuelo para lectores exigentes, lanzo las dos primeras frases del libro: “El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo”. (continuará)

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 LEER A SCHOPENHAUER

Hace ya algunos meses, en esta misma página le recomendé yo a nuestro alcalde la lectura de El Príncipe de Maquiavelo. Decía entonces, y lo sigo manteniendo ahora, que es deber de la ciudadanía seria y responsable proponer, con argumentos razonados, nuevas maneras de dirigir a un pueblo. Creemos en la formación humanística de nuestros gobernantes y por eso insistimos. Creemos que es necesaria esta formación. Es incluso urgente.
Así pues, don Hernán, mi segunda lección consiste en recomendarle la lectura de la Dialéctica erística de Schopenhauer, cuyo subtítulo no puede ser más jugoso: El arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas. ¿Acaso no le gustaría a usted tener razón, don Hernán? ¿No le tienta la posibilidad de convertirse en un nuevo Castelar y comprobar orgulloso cómo la ciudadanía se acerca, fascinada, al verle abrir la boca? ¿No desea, en fin, conseguir la elegante fluencia de un locutor de televisión?
Nada más fácil entonces. Sólo tiene que pedirlo. Sepa usted que los más astutos gobernantes de la historia siempre recurrieron a los servicios de sabios consejeros en busca de soluciones dialécticas y retóricas con las que vencer a sus adversarios políticos. Por desgracia, esta buena costumbre se ha perdido y ahora todos recurren a simples asesores de imagen para que les elijan la corbata o les indiquen cómo tienen que colocar las manos, pero, ¿ha oído usted como hablan, don Hernán? ¿Ha escuchado usted con atención sus razonamientos? Si los escucha con atención comprobará que no saben, que no razonan, que no dialogan. Seguramente a usted ya no le sorprenderá descubrir que cuando un político se siente acorralado recurre al insulto para zafarse de la presión a la que lo somete su antagonista. ¡Craso error en el que no debería caer usted nunca, señor Díaz! Recuerde las palabras de Nietzsche, sin duda aprendidas tras la lectura atenta de Schopenhauer: “no comprendo para qué se necesita calumniar. Si se quiere perjudicar a alguien lo único que hace falta es decir de él alguna verdad”.
Lea a Schopenhauer y descubra los distintos modos que existen de tener razón. Seguramente le habrá ocurrido alguna vez el haber expuesto una afirmación y, ante la actitud displicente del adversario, no saber luego cómo defenderla. Nada más fácil; debe concederle parte del protagonismo que está demandando, y para ello debe someterlo sutilmente a un razonable interrogatorio sobre su postura, de modo que de las respuestas del adversario deduzca la verdad de su afirmación. Si alguna vez le ocurre que su contrincante ocupa una posición ventajosa en la discusión, es decir, que comienza peligrosamente a adueñarse de la razón, no se preocupe, no se amilane: róbele la idea y hágale saber que no está de acuerdo con lo que está afirmando, adjudicándole la tesis más disparatada que se le ocurra. Con esta estratagema insolente conseguirá indignarlo, de tal manera que la irritación provocada no le permita aprovechar la ventaja que antes tenía.
Y sobre todo recuerde estas palabras de Schopenhauer, muy útiles para su oficio: “pueden refutarse tesis falsas del adversario mediante otras tesis también falsas, pero que él sostiene como verdaderas: puesto que hay que tratar con él, debe utilizarse su propia forma de pensar”. Por ejemplo, si pertenece a algún partido con historia, nada mejor que recurrir al hueso, a las máximas fundacionales del partido, que seguramente habrán quedado obsoletas dejando a sus defensores sin defensas.

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 SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA

Enciendo la tele por cualquier cadena y oigo con repugnancia la noticia que en ese momento están dando, y me digo: “joder, qué hija de puta”. Una joven se queda encinta y, con habilidad y camisas anchas, consigue ocultar el embarazo que a ella tanto le avergüenza. Sorprendentemente, como suele ocurrir con la realidad más realista, a los nueve meses y, cuando ya no queda más remedio que actuar, se mete en el cuarto de baño y sin decir ni pío consigue dar a luz allí mismo sin que se entere nadie. Luego, ahoga al recién nacido en la bañera y lo esconde en un rincón del armario empotrado. Para no levantar sospechas, a la mañana siguiente coge al bebé, lo deja en el maletero del coche y, como un día cualquiera, se va a la facultad donde estudia. Finalmente, terminada la jornada estudiantil, abre su maletero, recoge el bulto y lo tira a un contenedor de basura.
Acojonado, cambio de canal y compruebo la feroz competencia que existe entre los medios. El tío de las noticias nos informa de que que un señor, Fulanito, de tantos años de edad y casado desde hace cuantos, respetable vecino de la ciudad Tal, le metió a su mujer doscientas puñaladas entre pecho y espalda, la cortó en trocitos y en pocos días se deshizo del cadáver dándoselo de comer al perro que le protege por las noches la casa. Luego, continúa el del informativo, cuando fue descubierto por las fuerzas de seguridad del estado intentó suicidarse, sin lograrlo, tirándose de culo desde un primer piso. Y me digo: “!Hostia, cómo está la peña!”. Y añado, en plan filosófico: “¡Qué hijo de puta!”
Como me doy cuenta de que he vuelto a ignorar la  máxima aprendida en Onetti, según la cual conviene valorar los actos humanos con piedad e ironía, me dispongo a reparar mi descuido sumergiéndome en profundas meditaciones sobre la condición humana. Así que cojo mi Sagrado Nargile, me voy a la terraza y me enfrento con las primeras dudas que me van embistiendo. Por suerte, no ha saltado el levante en Valdelagrana y de la playa me llega un fresquito muy adecuado para reflexionar sin urgencias. Mientras me voy castigando la salud con el humo de la pipa imagino la sorpresa del respetable público, los vecinos y amigos que no saben, no contestan, los familiares que nunca lo sospecharon, los compañeros de trabajo que no pueden creérselo. Quién lo hubiera dicho; parecían personas tan afables, tan sencillas, tan normales. Mil veces te los hubieras cruzado por la calle y ni una sola vez habrías pensado que detrás de unas caras tan normales como ésas se ocultaban unos asesinos capaces de llevar a cabo sus crimenes según unas pautas fríamente calculadas. Con premeditación como quien dice. Y me digo: “claro”. Parece que no siempre la cara es el espejo del alma. Resulta que va a ser verdad eso que dicen. Al final va a ser cierto que las apariencias engañan. Y pienso que cuando la representación de la realidad es tan prosaica, su reseña ha de ser igualmente prosaica. Si la cara de un hijo de puta es una cara normal, entonces cualquier cara normal puede ser la de un hijo de puta.

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 DE FÁBULA

Un buen día los animales descubrieron que el ser humano había desaparecido de la faz de la Tierra. Ocurrió de buenas a primeras y sin que ninguno de ellos supiera el motivo. Ninguno pudo nunca explicar cómo fue que el hombre dejó de existir. No queda testimonio de esto en los anales de la nueva era animal. Los más sorprendidos, claro, fueron las mascotas, los animales de compañía, que desde ese día se vieron obligados a buscarse el sustento por ellos mismos. Hubo muchos que no se adaptaron a la nueva situación, y menos que ninguno los gatos ronroneadores y mimados, que asistieron atónitos y sorprendidos al expolio que en sus casas llevaron a cabo los gatos callejeros. Pero aún así, la naturaleza siguió su curso y el reino animal comenzó a vivir nuevos días de gloria.
Durante muchos siglos hubo paz y tranquilidad en el mundo. Sin embargo, algunos animales que se creían más sabios que la mayoría, comenzaron a investigar la historia de la humanidad y decidieron conocer sus costumbres. Sentían muchísima curiosidad por aquella primitiva forma de vida que una vez gobernó la Tierra y los subyugó a todos. “¿Cómo fue posible que los hombres llegaran a dominarnos?”, se preguntaban los monos. Así que comenzaron a recopilar documentos y montaron sus cátedras y sus institutos tecnológicos y de investigación. Con ayuda de los burros, que resultaron ser muy útiles como bibliotecarios, en poco tiempo consiguieron una ingente cantidad de información sobre el hombre, al que llamaron “el civilizado”.
Aunque algunas versiones dicen que fue un ratón de biblioteca, la verdad es que fue un asno el que por casualidad encontró unos escritos antiguos, propiedad de los primitivos hombres que poblaron la tierra, donde pudieron leerse unas historias con moraleja protagonizadas por otros animales. Se llamaban fábulas y los humanos las utilizaban para ser más sabios y más listos.
“He aquí el secreto”, dijo el mono mayor. “Por medio de la imitación de las costumbres del resto de los animales llegaron a ser lo que fueron. Imitemos, pues, todos al hombre, cada cual según su naturaleza, y llegaremos a ser tan poderosos como lo fue él”.
Y desde aquel día los animales del mundo comenzaron a adaptar las costumbres de los hombres. Muy pronto los leones instauraron sus monarquías absolutas. Los felinos decidieron ser la nueva aristocracia, y los zorros, que son las criaturas más astutas que existen, comenzaron a fundar los partidos políticos, tan grande era el poder que anhelaban. No se quedaron atrás los cerdos que, cansados de revolcarse en sus pocilgas, se levantaron sobre dos patas, crearon los sindicatos y convencieron a las gallinas, a los conejos y a los patos para que se dejaran representar por ellos. Muy buen negocio hizo la cigarra, que se dedicó a la especulación inmobiliaria y empezó a cobrarles hipotecas y alquileres a las trabajadoras hormigas, que siguieron a lo suyo sin saber que el mundo estaba cambiando. Los caballos organizaron sus ejércitos de tierra, los tiburones emprendieron la formación de la marina y los halcones formaron a las aves en una nueva aviación invencible. Las hienas se hicieron terroristas y los buitres banqueros, y así, en poco tiempo, los perros fueron más perros, y los cerdos más cerdos, el zorro más traidor y el león más fiero, cada uno de los animales empezó a parecerse más y más al hombre y fue dejando, sin apenas darse cuenta, de estar civilizado.  

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 MÁS DIFÍCIL TODAVÍA (y  IV)

Los miembros de la generación del más difícil todavía haríamos bien si nos aliáramos con nuestros abuelos en contra de nuestros padres. Ya dije que no hablo de individuos, sino de generaciones.
La nuestra es la que está obligada a comprarse pisos nacidos de la especulación a precios prohibitivos con sueldos miserables, la que paga alquileres a costes de hipoteca, la que no tiene cobertura sindical, la que reconoce el abuso y la explotación en el trabajo y aún así los acepta porque así lo exigen los roñosos convenios que pactan esas sofisticadas empresas actuales que llamamos sindicatos. Somos la generación del móvil y del mobbing, la que ficha  para las estadísticas de la oficina por ocho horas de trabajo y luego invierte catorce para cumplir con el jefazo que te dice “tú verás, chavalote, pero ojito, que hay doscientos como tú deseando pillar lo que tú tienes”. Somos la generación de los pringaos; la que da las gracias por los cien días de maternidad y luego tiene que llevar al niño recién nacido a una guardería con sólo tres meses; la que agradece el favor de los cien euros mensuales a las madres trabajadoras para que paguen a la niñera que cobra trescientos. Somos también la generación que no tiene hijos, o que tarda mucho en tenerlos (no nos arriesgamos, no nos atrevemos, dicen). Somos nosotros los que nos estamos quedando con los espermatozoides vagos y los que vivimos la tragedia de una ironía gubernamental. A saber: cada día son más los que se aferran a la solución de unas oposiciones estatales con tal de escapar de otra vuelta de tuerca de la empresa privada, mientras asisten anonadados a las imparables privatizaciones de los sucesivos gobiernos, pragmáticos y sin ideología, que se balancean entre el fascismo y la derecha.
Aún así, somos unos privilegiados. Sobrevivimos a pesar de todo, y avanzamos, y conseguimos nuestras cosas, y se sale, hombre, se sale, ya verás como se sale. En lo más íntimo lo sabemos. Nos lo susurra al oído el buen recuerdo que tenemos de nuestros locos años veinte, ahora que andamos ya por los treinta. Empezamos a tener recuerdos. Empezamos a tener historia. Casi ha llegado la hora de inventarse un pasado, de trazar una mitología personal, de diseñar desde ahora un futuro preñado de batallitas con las que contar todo lo que hemos hecho. Como la generación sumisa y revolucionaria que nos precedió inventando para nosotros este novedoso totalitarismo, también nosotros canjearemos nuestros fracasos en victorias. Y así, por ejemplo, podremos decir que no fuimos los perros que rabiaban y sufrían un año tras otro el desprecio de los socialistas que ignoraban nuestra demanda de eliminar un servicio militar absurdo y obsoleto, que nos humillaba y nos hacía perder un año de vida. Muy al contrario; nos pondremos la medallita y diremos que fuimos nosotros los que conseguimos eliminar la mili gracias a nuestras reivindicaciones. Y así, por ejemplo, nunca reconoceremos haberle dado el voto, ni siquiera en Madrid, al gobierno neofascista de los populares que nos llevaron al desastre de una guerra criminal que todavía nos pasa factura. Muy al contrario; nos pondremos la medallita y diremos que fuimos nosotros los que los derrocamos y vencimos. Y a lo mejor, incluso, quién lo sabe, una cosa y la otra sean verdad. Como será verdad también, quién lo sabe, que también nosotros exprimiremos a los que vengan detrás igual que a nosotros nos han exprimido. Otra vez y siempre, homo homini lupus.

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 MÁS DIFÍCIL TODAVÍA (III)

A mí me ha tocado pertenecer a esta generación perdida y desde que tengo uso de sinrazón vengo escuchando hablar de lo afortunados que somos, de todo lo que tenemos y tuvimos y del paraíso que construyeron para nosotros nuestros papás, sobre los que hay discrepancia de opiniones, por supuesto; todo es según el tipo de lente deformante que se elija para enfrentarse a la realidad. Según los últimos románticos mitómanos inventores de fantasías, ahora resulta que los miembros de la generación que hoy gobierna el mundo fueron en su día unos jóvenes revolucionarios que por las noches tramaban conjuras contra el orden establecido hasta que finalmente consiguieron derrocarlo. Sin embargo otros, más calumniadores o más realistas, afirman que se encontraron de la noche a la mañana con un cambio social privilegiado que aprovecharon en beneficio propio para construir este nuevo totalitarismo y esta cultura del más difícil todavía, de las que todavía nadie habla. Paz y Democracia, dicen los primeros; aquella milonga de la Egalité, Liberté y Fraternité, ya saben. La mala conciencia de los segundos les hace mirar con mayor lucidez y pronuncian palabras atrevidas: especulación hasta decir basta, control absoluto de las cotas de poder, desprecio por el valor que tiene el trabajo de los otros, destrucción sistemática de toda noción de humanismo, burocratización de la dignidad personal, elitismo ultramoderno disfrazado de oportunidad, abaratamiento de la educación, devaluación de la cultura, superproducción masiva con muy bajo coste, reparto exclusivo de los beneficios, perversión estadística, olvido de la memoria histórica y por hay más o menos. Podría seguir enumerando perversiones sociales hasta provocarme la vomitona.
La generación de nuestros papás está logrando hacer realidad El mundo feliz de Huxley, el ambiente opresor y asfixiante del 1984 de Orwell, donde todo el mundo era feliz porque no sabían que no lo eran. Qué curioso que uno y otro pertenezcan por edad a la generación de nuestros abuelos.
Por supuesto estoy hablando de generaciones, no de individuos. La nuestra tiene unos límites muy concretos. Si es verdad que una generación abarca quince años más o menos la nuestra termina en mil novecientos ochenta. Los que nacieron en este año ya son otra cosa. De ahí para abajo. Fuimos el boom de la natalidad antes de que nuestras madres descubrieran la píldora y la planificación familiar. Fuimos los últimos en ser concebidos con el sofisticado método de la marcha atrás. Nos criamos con La bola de cristal y vimos con ojos niños el mundial de Naranjito. La mayoría fuimos a escuelas públicas y cuando terminamos la antigua EGB empezaron a cargarse la Educación. No nos cogió de chiripa, y por eso dicen que somos la generación mejor preparada de la historia. A lo mejor, incluso, es verdad. Hay que joderse entonces. Porque somos también la generación de los trabajos basura, de la inestabilidad laboral, de los sueldos miserables y de las prácticas interminables para ir cogiendo experiencia. Somos los que fuimos a la universidad y nos sacamos la carrera, los del inglés imprescindible, los de la informática necesaria. Somos los que trabajan los dos, él y ella, y aún así no llegan. (Continuará)

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 MÁS DIFÍCIL TODAVÍA (II)

Pero no todo es política. Aunque los políticos dejan lleno de pringue todo lo que tocan, no todo pueden tocarlo. Aunque no existieran ellos, esto no sería jauja. En la Era del Más Difícil Todavía, la nuestra, la del aquí y ahora, se despiertan viejas supersticiones, nacen nuevos profetas disfrazados con ropas decentes, aumenta el sectarismo, el oscurantismo crece, los brujos televisivos se reproducen como las ratas, suenan los augurios y las predicciones, los fenómenos astrológicos juegan a la contra y los reality shows también. Los cometas, los meteoritos y los eclipses están en contra nuestra. Las estrellas van a por nosotros. Todos los años se anuncia una nueva fatalidad. Un día sí y otro también se habla de sustancias invisibles  contenidas en los alimentos, hay que andarse con ojo. Como te cojan desprevenido te provocan un cáncer. Dicen por ahí que como fumes tendrás una muerte lenta y dolorosa. Ni te cuento lo que te ocurrirá si te da por drogarte; como decía mi abuela, te puede dar una dobledosis.
No hay quien lo entienda. Es todo muy complicado. El agujero de la capa de ozono sigue aumentando y, aunque en los países desarrollados el descenso de la natalidad es preocupante, las estadísticas sobre el aumento de la población mundial no se equivoca y no desciende. La conclusión es fácil: de aquí a poco todos de pie. Con la creación de los nuevos órdenes mundiales apareció una palabra clave: Globalización, y junto a ella, competitividad. Lo contrario, eso que los más listos llaman Antiglobalización no es más que una doctrina que se protege a sí misma. Como Sión en Matrix. Es la pequeña infección que el cuerpo de la sociedad precisa para organizar con más habilidad sus defensas y hacerse cada vez más fuerte. Es un invento de las empresas. Los gurús del Antisistema también toman Coca Cola, frecuentan los pantalones vaqueros de Pepe y viajan en aviones privados. Los tíos se han forrado con el cuento del bueno y el malo. Con la apertura de los mercados y el chollo de las privatizaciones se puso de moda la prepotencia de los arribistas y la lucha sin cuartel por el enriquecimiento rápido y el deseo de notoriedad. Ahora todos quieren ser famosos. Los espíritus más puritanos ven en todo este tinglado las señales del infierno de la deshumanización.
En las corrientes artísticas todo se funde, se mezcla, se interrelaciona, se multiplica; algunos hablan de boom, otros de agotamiento. Si tienes pensado meterte a artista no olvides ser estrafalario. Independientemente de que cada día se produzca más, se habla de crisis de la novela, del cine, del teatro, de la moda, de todo. Optimismo y pesimismo conviven. Donde unos ven novedad, otros sólo ven repetición. En la cultura del más difícil todavía los golpes de efecto son protagonistas; hay que asombrar, sorprender, estar al día, reciclarse, si te paras te pierdes, o te mueves o caducas, rezaba un anuncio de hace unos años en televisión, donde un joven era el protagonista. Y aunque están sin futuro y sin arraigo los jóvenes son moda e imponen moda. Ser joven está bien visto, siempre y cuando seas un joven diseñado por las compañías de publicidad. Los jóvenes son noticia, crean corrientes de estilo, imponen valores culturales, demandan o exigen reformas sociales y educativas, o pasan de ellas. Se incorporan tarde al mercado laboral y no se emancipan; son caprichosos. Son independientes, atrevidos y vanguardistas, o todo lo contrario: son borrachos, impúdicos y drogadictos, o solidarios, conservadores y ecológicos. Son la esperanza y son la decepción. Otro tanto ocurre con las mujeres. Unos y otras retrasan la edad en la que tienen el primer hijo, que en muchos casos será el único. ¡Pobre generación perdida! (Continuará).

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 MÁS DIFÍCIL TODAVÍA (I)

Vivimos, como siempre, entre el derrumbe y la ilusión. Todas las épocas tienen sus profetas y sus alarmistas. Los hombres siempre han temido la llegada del fin del mundo, e incluso la han visto próxima y han querido reconocer en la degeneración de las costumbres, y aun en los cambios, los símbolos inequívocos de las mayores catástrofes. En piedras escritas con caracteres cuneiformes de la antigua Asiria, de casi tres milenios antes de Cristo, los investigadores han podido leer lo siguiente: “en estos últimos tiempos nuestra tierra está degenerada. Hay señales de que el mundo está llegando a su fin. El cohecho y la corrupción son comunes”.
Y sin embargo aquí estamos. Aquí seguimos, idénticos a nosotros mismos, esperando el fin del mundo, la llegada del apocalipsis, la pesadilla, el desastre, la catástrofe, creyendo que nos va a tocar a nosotros, que vamos a tener la desgracia de vivirlo para no contarlo, que somos los últimos de una estirpe maldita y que podremos decir, como Luis XV, “después de mí, el caos”. Es una idea obsesiva que pertenece a nuestro bagaje ideológico y cultural, se repite de manera cíclica cada cierto tiempo. Como todos sabemos, la hecatombe lleva miles de años a punto de producirse, tiene carácter omnipresente. Pero se hace esperar, y la espera propicia la otra apetencia irreprimible: la esperanza, ensoñadora e ingenua, de un mundo mejor, la imagen gloriosa de un futuro lleno de soluciones. Hoy, como ayer y siempre, ambas tendencias conviven en la loca realidad en la que nos movemos, época difícil donde todo pasa, y en la que el pesimismo y el optimismo tienen cabida justificada y disfraces asegurados. El  que los quiera ver, los verá.
Vivimos en la cultura del más difícil todavía. Tenemos talento para la complicación. Somos barrocos en el retorcimiento de las ideas. Si antes era una divinidad enfurecida la que iba a determinar el final de todo, ahora no; ahora dicen por ahí que es el hombre el responsable único de su final, si alguna vez llega. ¿Y cuál es el monstruo que los seres humanos hemos inventado para que ejecute tal hazaña? Tiene muchos nombres: crisis económica, globalización, vértigo tecnológico, drogas de diseño, internet, apertura de mercado, privatización, telefonía móvil, descenso de la natalidad, nacionalismo, inmigración, xenofobia, Norte y Sur, competitividad, terrorismo, destrucción del medio ambiente, pérdida progresiva de la intimidad, etc.
La cultura del más difícil todavía nos tiene un poco histéricos. Vamos a ir a opinar todos, a ver si así nos entendemos. Se abre el debate. La polémica está servida. El que grite más alto tendrá razón. Algunos afirman que vivimos en un mundo pendiente de su inseguridad. Los acontecimientos históricos parecen avalar esta afirmación. Hay quienes dicen que el 11 de septiembre que vivieron en Nueva York supuso un antes y un después en el orden mundial en el que vivimos. Mirad cómo se balancea. Vendrán y os dirán que no tardará en derrumbarse. A lo mejor ya ha comenzado.
(continuará)

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 PRÉSTAMOS DE PAGO

No sé si ustedes se han enterado, pero parece que existe cierto interés, por parte de algunas sociedades que gestionan los derechos de los autores, de hacer cumplir una normativa europea consistente en el establecimiento del pago de una tasa por el préstamo de los libros en las bibliotecas públicas. El argumento que esgrimen para apoyar este disparate es el de siempre, a saber: que en otros países europeos ya se están beneficiando de estas ventajosas medidas. Pero claro, se les olvida añadir que son las sociedades de autores, y no los autores, y ni siquiera los editores, por no hablar de los lectores y el sentido común, quienes se ven recompensados por estas disposiciones, o asaltos, o abordajes, o atropellos, o tropelías, o abusos o gilipolleces. También se olvidan de completar la información haciendo saber que esa directiva de la Comisión Europea no es vinculante, y que da potestad a los Estados para eximir del pago de este canon a determinadas instituciones, como pueden ser las bibliotecas y todo tipo de asociaciones culturales preocupadas por el fomento de la lectura, la difusión del patrimonio cultural y el respeto al derecho de los ciudadanos a la formación, la educación y la instrucción pública y gratuita.
Con muy buen sentido, los bibliotecarios han puesto el grito en el cielo y se han echado a la calle para protestar ante estas pretensiones abusivas y ridículas. El pasado 23 de abril, día del libro, rodearon la Biblioteca Nacional para manifestarse y exponer algunas de las muchas razones que existen para que no se lleve a cabo esta disposición, venga de donde venga. Queda por saber qué opinan de todo esto los autores españoles, que son parte implicada, y que se convertirían en cómplices de esta ratería si apoyaran las medidas propuestas por las gestoras de sus derechos. Esperemos que no ocurra como en Francia, donde doscientos ochenta y ocho escritores perdieron la cabeza entre los cheques y se negaron a que sus libros se prestaran en las bibliotecas públicas. Pues bien, peor para ellos, porque el derecho de un autor no se limita al beneficio económico que le puedan rentar sus libros, sino también a poder ser leídos, y a una ventajosa difusión, y a la promoción y divulgación gratuita y continuada que se hace en las bibliotecas, y a que sus libros permanezcan con vida, latiendo, pudiéndose encontrar y ser leídos en cualquier estantería después de transcurridos los escasos seis meses que los libreros los mantienen en el escaparate de las novedades. Se equivoca el escritor que piensa que su éxito o notoriedad se debe únicamente a la calidad de su obra, a las excelencias de su prosa o a su cara bonita. Además de las mil y una formas que los escritores han descubierto para promocionarse, estar de actualidad y no caer en el olvido, desde la bufanda en verano hasta el exabrupto en la prensa o el compadreo fino y chorreante con los críticos, también precisan de la resonancia monumental y de la cobertura que se les da en las bibliotecas.
Pero si de lo que se trata realmente es de que todos nos volvamos un poco más imbéciles, ya puestos, las sociedades generales de autores deberían meter mano en la fabricación de los libros, y conseguir que su producción se realice con alguna especie de tinta simpática que se borre transcurrido algún tiempo razonable al contacto con el aire, pocos segundos después de haber pasado la página, por ejemplo, para evitar de este modo que otra persona que no sea su comprador pueda tener la intención, o el capricho o el deseo de acceder a él. Para que no pueda cometer el delito de leerlo.

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 OFENDIDOS

Hay que tener cuidado con lo que se dice porque podemos ofender y eso, en una época tan puritana como la nuestra, es el peor de los delitos. Siempre habrá alguno al que molestará lo que tú digas; digas lo que digas y tengas las ideas que tengas. Incluso si no tienes ninguna, que eso es lo peor que puedes hacer. ¡Ni se te ocurra! Estarás bajo sospecha, chaval, te mirarán de reojo y creerán saber las oscuras intenciones que te dominan, porque seguro que te dominan. Instalarse en la duda es la peor de las decisiones; te creerán débil y confiado; serás un ingenuo de por vida; nunca darás el perfil que andan buscando; carecerás de empaque para las decisiones firmes; te catalogarán entre los escrupulosos y los demagogos; te adjudicarán idearios que nunca frecuentaste; y serás un apestado, un triste, un hombre sin creencias firmes, un veleta, una bala perdida, un oportunista. Quedarse callado no siempre es el mejor plan. Invertir el tiempo pensando nunca fue la mejor opción. Si no te pronuncias te pueden achacar todas las debilidades; si no tomas partido pierdes el tren; si dudas, tu actuación será tachada de ridículamente tímida; si no actúas te verán como a un cobarde; si esperas, creerán que dudas, y eso es lo peor que puedes hacer.
Pero ojito con lo que dices. Antes de hablar piensa a quién vas a ofender, porque seguro que ofendes. Si no te lo crees, mira bien a tu alrededor y comprobarás por ti mismo cuál es el signo de los tiempos. Están todos ofendidos. Están todos humillados. Son muy sensibles. El victimismo es el último grito. Vivimos en la era del agravio y quien no es víctima no es persona. De modo que si quieres vivir acorde con la época, no olvides ofenderte siempre que se te presente la ocasión. Descubre la tiranía pasiva de los que hoy dominan el mundo. Consíguete cuanto antes el kit del perfecto agraviado. Obtendrás así tu patente de corso para vivir conforme a los cánones de la época, que parecen ser éstos: llora cuanto quieras, y quéjate siempre, incluso cuando las circunstancias te confundan y creas que no tienes motivos. Calumnia todo lo que puedas, pero no olvides sentirte calumniado. Intriga y siéntete víctima de los intrigantes. Humilla sin faltar, pero procura estar siempre a bien con los humillados. Miente más de lo que sepas y abusa de la buena fe de los que no puedan defenderse. Intenta conocer a los hombres y procúrate la amistad de sus mujeres. Habla siempre a favor, y nunca en contra, del que esté por encima de ti. Hazte una opinión de todo, y defiéndela a diestro y siniestro mientras te convenga, pero íntimamente debes despreciarlas todas. Ten claro que debes abonar el suelo por el que has de pasar; cultiva, por tanto, la amistad del poderoso como terreno productivo. Déjate los escrúpulos en casa y convéncete de que todas las personas que conoces son instrumentos dispuestos para el uso de tu ambición. Y sobre todo, evita cada mañana la reconvención que te haga el espejo; nunca oigas la voz de tu conciencia.

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 MANIFIESTO INDIVIDUALISTA

Confiamos más en las divagaciones que en las resoluciones firmes. Vivimos con más dudas que creencias. Preferimos antes la compañía de los bribones que la de los moralistas. Buscamos más la indiferencia que la verdad. Sospechamos menos de la locura de los perversos que de la buena intención de los que imponen su ortodoxia. Creemos más en la desesperación de los desertores que en el poder de los ejércitos. Huimos de los profetas y nos escondemos de sus acólitos. Ni buscamos mesías ni somos prosélitos. Desertamos de idearios y doctrinas. Sin lemas ni estandartes, imitamos a Don Quijote y donde hay políticos nosotros vemos bufones. Como Cyrano, pregonamos nuestro orgullo y somos independientes. Pertenecemos a una sociedad secreta de hombres sin fe que sólo reivindican la dicha de poder gemir con desgana.  
Para sobrevivir, pactamos con la sociedad dejando que nos muerda la mano mientras le damos de comer. Llevamos siglos ocultándonos. Estamos cansados. Aceptamos los insultos por cortesía. Nos conformamos por imitación. Nos rebelamos con pasión de autómatas. Le volvemos la espalda al tiempo. Y observamos. Vigilamos con paciencia y, sin convicción, miramos la embriaguez de los otros. Ya ni siquiera nos agitamos debajo de las convenciones. Repudiamos a escondidas nuestra pereza, pero a diario hacemos nuestra revolución desde la cama. Poco a poco nos vamos entregando sin luchar.
Aún así no claudicamos del todo. Nos aceptamos como cadáveres. Permanecemos a la sombra. Cada día proclamamos nuestra individualidad y sin quererlo somos incómodos. ¿Qué tenemos que hacer para vivir y morir en primera persona? ¿Imitar a los profetas, a los fanáticos, a los inventores de carnicerías? ¿Unirnos al club? ¿Imponer también nosotros nuestras propuestas y esperar luego el momento? ¿Tomar lecciones de corrupción y de retórica? ¿Distribuir recetas de felicidad? ¿Intervenir en los asuntos de los otros? ¿Abrazar doctrinas? ¿Depender del capricho ajeno? ¿Adular al poderoso y adoptar la adulación como un credo? ¿Hacer nuestras las mentiras tramadas por los grandes hombres, por su gran época, por su partido, por sus logros y visiones? ¿Alentar con palabras la ilusión de la gente? ¿Tomar prestada su confianza? ¿Esperar que los emprendedores y los oportunistas llenen su saca, recojan sus frutos, y desear luego que del bolsillo se les derrame una limosna? ¿Asentir a cada palabra que pronuncia un líder? ¿Oír hablar de porvenir, de ideales, de oportunidad, de bien común, de nosotros frente a ellos y después tomar parte en el saqueo? ¿Pensar que se pertenece a algo sólo porque se corea el eslogan que ideó un imbécil? ¿Cerrar los ojos y la boca y creer que la ambición ajena puede salvarnos del deseo de notoriedad del ambicioso? ¿Pertenecer a la élite? ¿Tener vista y fomentar el negocio? ¿Hacer con la insolencia una bandera y levarla en nombre del comercio? ¿Tirar por tierra la templanza? ¿Dejarnos convencer por cantos de sirenas? ¿Forjar con una imagen una patria? ¿Aplaudir el grito de la muchedumbre que aclama al que más trepa? ¿Ensuciar, en fin, la voz y su martillo por ceder el humor ante el capricho de algún otro? No, gracias. No, gracias. No, gracias.

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 LA BANDA

Está visto que nuestros señores del PP no estudiaron en colegios públicos, o en colegios pobres, o en colegios laicos, que alguno había en la otra época. Tampoco se criaron en el fragor de la calle, entre los escombros de una barriada a las afueras de una ciudad, amenazado por bandas enemigas que acechaban en los columpios con la arqueta preparada para abrirte la cabeza. Porque claro, esto imprime un determinado carácter, proporciona una visión especial de las cosas y una manera de escupir muy distinta y que ellos no tienen. Fíjense bien y verán como no la tienen.
Y es comprensible. Es comprensible, hombre. Porque si uno se ha educado, pongamos por caso, en algún colegio de los escolásticos padres prepucios, pues qué sé yo, como mucho puede llegar a provocar una guerra, que es muy fácil, pero nunca llegará a comprender cabalmente lo peligroso que resulta ofender y humillar a los otros. Cuando se ha crecido arropado por los algodones de una élite, es muy difícil entender que la prepotencia pueda ser un insulto, que una mirada arrogante es una ofensa, o que el ejercicio del poder despierta en el agredido la sed de venganza. Estas son cosas que se aprenden de niño, en la calle, cuando se vive amenazado por los gamberros, perseguido por las bandas enemigas, obligado a pactar de vez en cuando el alto el fuego de las pedradas para poder acceder a los barrios vecinos. Uno se buscaba la forma de sobrevivir entre pandillas enfrentadas. Uno se conseguía sus patentes de corso para él y los suyos y luego miraba desde la distancia, con las manos en los bolsillos, cómo los otros se partían la cara los muy gilipollas. Nos ejercitábamos ya, tan pronto, en el noble arte de la diplomacia. Éramos los amigos de todos y en los partidos de fútbol nos pedíamos ser el árbitro. Aprendimos a ser egoístas, comenzamos a ser hipócritas, pero nunca nos rompieron un brazo en ninguna peleíta. No era nuestra guerra. No iba con nosotros. De vez en cuando se calentaban los ánimos y los niños malos hacían de las suyas. Algún tonto se pasó de listo. Entonces era cuando aparecía alguno por la plazoleta con el pelo rociado de gasoil, o le frotaban a otro la espalda con la esponja de un frigorífico, o iban a por el hermano del ofensor para pegarle una paliza y tirarlo luego a un contenedor de basura. Eran cosas que pasaban. Podía ocurrirle a cualquiera que no anduviera con ojo. Las madres tenían miedo. La calle se volvía un lugar inhóspito.
Cuando éramos perros callejeros ya intuíamos por dónde iban los tiros. Nunca ofender. Nunca humillar. Luego, cuando leímos a Shakespeare, terminamos de convencernos: El Mercader de Venecia, acto tercero, escena primera, parlamento de Shylock. Por eso jode que Aznar y Cía ejecutaran su villanía ante nuestro no rotundo. Montaron su pandillita; mirad lo que han traído. Bonita manera de protegernos del eje del mal. Valiente forma de acabar con el terrorismo. Menuda banda.

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 ELOGIO DE LA MENTIRA

La mentira es la más humana de las debilidades. Es una afición, un arte, un regalo, un modo de aguantar, una virtud. Nos sentiríamos incompletos sin nuestras mentiras. La vida se nos caería a pedazos y tendríamos miedo de enfrentarnos a nuestras penosas verdades. Sobrevivimos gracias a nuestra capacidad para mentirnos. Nos salvamos en el caldo de nuestras mentiras. El más feliz es el que más se miente. Lo que más se persigue en nuestros días, el éxito, el triunfo, no sólo es un malentendido, es sobretodo una mentira. Nos mintieron hasta los mitos griegos; cuando Pandora abrió la caja que los dioses entregaron a Epimeteo y de ella salieron todos los males que infestan la tierra, lo último que salió de ella para soportar la catástrofe que se nos venía encima no fue la Esperanza, sino la Mentira. La mentira es la última de nuestras esperanzas. Cuando Adán le dio el primer mordisco a la manzana no sólo dejó de ser inocente, empezó también a creer en verdades que terminarían convirtiéndolo en un hombre engañado. Se sospechará de los mentirosos oficiales, de los que van con la mentira por delante, pero no se les puede culpar de ninguna de las grandes convulsiones de la historia. Nos abandonan a nuestra suerte sin implicarse en nuestras decisiones. Mirad en cambio todos los desastres que provocaron las creencias, los ideales y los juicios de quienes hablan en nombre de los otros. Pensad en todos los idealistas que pisaron la tierra y tendréis todo un listado de culpables. La más pura de las verdades es mil veces más dañina que la más sucia de las mentiras. Si nos sentimos tan a gusto rodeado de ficciones, si nos siguen conmoviendo el cine y la literatura es porque están llenas de mentiras inocentes.
             La historia de la  Mentira es la historia de la humanidad y como tal debería estar contemplada en los planes de estudio como asignatura obligatoria. Nos iría mejor si fuéramos expertos en mentir y mentirnos. Hasta ahora sólo hemos conseguido ser unos aficionados. Recurrimos a mentiras piadosas, pero seguimos sospechando de la piedad de las mentiras. Tenemos talento para la mixtificación pero seguimos ocultándolo. Me lo dijo un amigo el otro día cuando se le cayó el mundo encima: “yo querría ser un personaje de ficción, pero sólo soy una persona estafada”. Somos demasiado reales y esa es nuestra tragedia. Nos sostienen los engaños, pero los maquillamos con el nombre de creencias. Nos seducen los embaucadores, pero nos resistimos a creer que somos uno de ellos, y a pesar de nuestra vergüenza seguimos mintiéndonos.
A través de la mentira y de la ficción huyo de toda clase de mesianismos. Me resisto a ser prosélito de causas ajenas. Quiero engañarme y aspirar al humor de los que se devoran para librarse de sí mismos. Me lo dijo Groucho Marx la otra noche con una bocanada de humo en la cara: “me encanta que me mientan, me siento correspondido”.

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 RETRATO DE UNA DERROTA

La foto está destinada a formar parte de nuestra memoria histórica. La vimos todos en la prensa al día siguiente de las elecciones y una y otra vez por televisión, en los resúmenes de los telediarios y en los programas de debates donde los contertulios comentaban sorprendidos o entusiasmados la jugada. Esa foto ilustra como ninguna otra imagen la derrota del PP. Aznar y Rajoy desde una ventana de la sede de su partido en la calle Génova de Madrid poco después de conocer los resultados.
¿Ustedes la han mirado bien? Si no lo han hecho o han pasado por ella los ojos con distracción y todavía conservan el periódico del lunes, les pido por favor que vuelvan a verla. Quien quiera puede recortarla por la línea de puntos y pegarla en el álbum familiar. La cara de Aznar no sólo es un poema, es también un sepulcro. Los dos permanecen con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana, en pie, mirando a sus más devotos seguidores. Resulta curioso e ilustrativo observarlos. Rajoy, el perdedor oficial, todavía tiene la entereza de fijar la mirada sonriente, aunque con aflicción. Sin embargo Aznar permanece ausente, absolutamente hundido. Sus ojos se pierden en un negrísimo vacío de sorpresa. Acostumbrado sólo a la risa cínica que procura la indiferencia y el desprecio hacia toda opinión que no sea idéntica a la suya, no es capaz de esbozar la sonrisa de consuelo que la concurrencia le está suplicando. Más que sonreír parece estar apretando. Ahí la tienen, es la cara de un hombre descompuesto. Aún no se lo cree. No se lo explica. Está tan habituado a que los demás acaten sin oponer resistencia todas y cada una de sus palabras, que no comprende todavía de dónde le ha venido el mazazo de esos once millones de votos que expulsan a su partido del poder.
Antes de comparecer ante la afición ya se lo han soplado al oído. Sus hombres de confianza ya han tratado de convencerlo. Ya lo han asesorado. En secreto, a solas y sin testigos, tal vez le han escupido la verdad a la cara, pero sigue sin creerla. A juzgar por la cara que exhibe en la foto, todavía es incapaz de reconocer que los ciudadanos del país del que ha sido presidente están muy lejos de ser los perfectos imbéciles que él suponía que eran. El castigo ha sido tan ejemplar que le cuesta trabajo mantenerse en pie. Se aferra a la ventana para sostenerse. Mírenle las manos, merece la pena. La zurda es sólo una anécdota en el conjunto; parece endeble. Con la diestra se aferra casi con rabia. Es su único asidero. Sólo quiere desaparecer, cerrar la ventana y permanecer en silencio, rumiar a solas su fracaso. No estaba preparado para esto. No puede decir que haya comprendido el mensaje. Llegó sin aviso y lo despojó de sus armas; de su talento para crispar al adversario mediante insultos, de su altivez ofensiva, de su turbia prepotencia.

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 11-M

Crees vivir seguro instalado en tu rutina diaria y no sospechas que hoy tu vida dará un vuelco y mañana ya todo será diferente. Te levantas cómo cada día y nada puede hacerte dudar de que tu normalidad está seriamente amenazada. Imposible imaginar que en el tren que estás a punto de coger como cada mañana alguien dejó un paquete de explosivos que pocos minutos después sembrará el caos y el terror en todo el vagón, en todo el tren, en toda la ciudad. Quizás en el andén te impacientas durante unos segundos y miras el reloj apurado. Por nada del mundo querrías llegar tarde al trabajo. Tú eres un empleado modelo, un buen ciudadano, un hombre puntual que cumple con sus responsabilidades diarias. No te gusta que perturben tu paz. Quizás creas, como todos, que basta con no hacerle daño a nadie para ser respetado y evitar la inquina de los otros. Tú no tienes enemigos. Eres un pacifista convencido. Te aterran las armas, huyes del peligro, siempre supiste sortear las broncas. No comprendes la violencia. Nunca entendiste cómo alguien puede llegar a matar en nombre de una ideología. Huyes de los radicalismos como de una plaga y piensas que así estás a salvo.
Por fin llega el tren. La gente se agolpa en el andén deseosos de acceder a él. Buscas el vagón de todos los días, ése del centro, para que cuando las puertas se abran puedas acceder más rápidamente a la primera puerta de salida. Pero hoy te resulta imposible penetrar en él, ya está abarrotado. Se te adelantaron otros. La última persona que pudo entrar te empujó con su mochila y te dejó fuera. Pero eres una persona con recursos. Inmediatamente corres hacia otro vagón y ahora sí, ya estás dentro. Respiras tranquilo. Vas bien de tiempo. Ha ocurrido lo de todos los días. Piensas que la rutina vela por tu seguridad. Te sientas en el único lugar que queda libre y abres el periódico.
De repente oyes una explosión y notas que todo tu cuerpo es impulsado hacia delante hasta caer al suelo. La detonación ha sido tan tremenda que durante unos minutos se te taponan los oídos. Estás confundido y magullado, pero todavía no te duele nada. No sabes lo que pasa. También los otros tienen miedo. Durante mucho tiempo oyes gritos hasta que alguien consigue abrir la puerta del vagón. Todo a tu alrededor es pánico.
Te has quedado tirado en una vía sin poderte mover. Comienzan a llegar las fuerzas de seguridad, la policía, los bomberos, los del SAMUR. Por primera vez te das cuenta de que el tren es ahora un amasijo de chatarra humeante. El vagón en el que no pudiste entrar en la estación es un agujero. Entonces ves que en una camilla se llevan al chico de la mochila que no te dejó entrar. Sabes que podrías ser tú, aunque prefieras no creerlo. Desde ese momento formas parte de una lista de víctimas del terror. Nunca imaginaste que tu nombre podría figurar un día en un listado de heridos por un atentado terrorista. Te libraste de formar parte de la otra lista, pero comprendes que estás amenazado, que no estás seguro en ningún sitio, que tienes enemigos que no te conocen, y que nunca buscaste.  

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 EL DESENGAÑO DEL PERDEDOR

Mira, Agustín, tú eres un tío joven al que le queda todo por hacer pero yo, mírame, yo ya estoy duro, yo ya estoy hecho y deshecho, estoy cansado, y ya no va a venir nadie a arreglarlo, por eso no lo puedes comprender y por eso insistes sin hacerte cargo, que ya son muchos años y muchos votos y en mi casa está todo igual, que yo he visto cómo se enriquecían todos los que iban a salvarnos, los tíos están forraos, así como te lo digo, que sólo se salvaron ellos, les gustó demasiado el paso por las alfombras rojas y cambiaron la ilusión de las gentes por un puñado de acciones en los bolsillos llenos, como todos, como éstos de ahora, como los que fueron y serán, buscando lo mismo, el dinero, Agustín, el dinero, el poder, las influencias, los pactos, las recomendaciones, el capital y su puta madre, el capital, la banca, los fondos reservados, la riqueza del país, una enorme saca donde meter los dedos, que en mi casa está todo igual, esté quien esté, qué más da, son todos lo mismo, desengáñate, no creo ya en nadie, fíjate lo que te digo, ni me molesto, me quedo en mi casa y que les den, o me voy al bar y me emborracho mientras veo lo que ponen por televisión, como el otro día, pusieron un reportaje por Canal Sur, de cuando la autonomía, hay que joderse, lo emocionados que estábamos todos, hace tanto, tú serías un niño pero yo estuve allí y lo vi todo, se me hizo un nudo viendo las imágenes, aquí, en la garganta, mira si seríamos incrédulos, la gente llorando y en la calle gritando sus derechos, llorando, créetelo, llorando de emoción y esperanza, por el futuro, por las promesas incumplidas, ni cuando el doblete del Athleti lloré tanto, y mira ahora, quién llora ahora, quién cree ahora como nosotros creímos, nos robaron las creencias, nos quitaron hasta las ilusiones pero nos siguen pidiendo el voto con la sonrisa pegada en el cartel que ya no engaña a nadie, no sé si es que no se dan cuenta del absentismo que hay, la abstención es una fuerza política poderosa sin representación en el congreso, pero no quieren verlo, la gente no escucha ya lo que dicen, pero les da igual, es su negocio, es su trabajo, es el pan de sus hijos lo que está en juego, es un tren de vida lo que hay que mantener, si hay que sonreír se sonríe, si hay que mentir se miente, si hay que trincar se trinca, hay que comprenderlo, y se comprende, hombre, se comprende, pero a quién quieres tú que vote yo, ¿a éstos?, no jodas, por quién quieres tú que me deje engañar de nuevo, para ti es fácil, tú eres joven, tienes tiempo, te puedes equivocar unas cuantas veces todavía, pero yo ya cometí todos los errores y así me ha ido, ya lo ves, si lo pones ponlo clarito para que se entienda, sin retóricas, que últimamente no me hago cargo de lo que quieres decir con los artículos que escribes, ponlo como te lo digo, que voten los otros que a mí ya me da igual.

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 PASEN Y VEAN

Entré porque en la puerta había un cartel luminoso que decía “Pasen y vean”. Me salieron a recibir unos señores muy amables que elogiaron mi decisión y me anunciaron a bombo y platillo que nunca lamentaría haber accedido a ese lugar. Había en ellos algo de profetas y también algo de mercaderes. Parecían estar custodiando cada una de las entradas de un laberinto que quedaba a sus espaldas. Supuse que querrían venderme alguna mercancía y me adelanté diciéndoles que no, que sólo pasaba por allí, que estaba de paso y que, por favor, me indicaran la salida. Me dijeron que precisamente de eso se trataba y me ofrecieron su ayuda. Aunque el trato era exquisito, en sus maneras había un deje de superioridad casi ofensiva, la misma que le dedica un señor a su vasallo antes de dictar una orden. Por educación, no quise molestarme.
Fue entonces cuando sacaron sus propuestas, sus programas, sus panfletos y toda la metralla sibilina de sus palabras dedicadas a mí, destinadas a convencerme de algo; yo no sabía qué. Aunque eran diferentes, todas me parecieron lo mismo. Tanta amabilidad en un desconocido me pareció sospechosa, pero fui prudente. Oí por piedad lo que tenían que decirme y resolví tomar uno de los caminos, el más estrecho. Lo hice más por librarme de su influencia que por convencimiento. La verdad es que la compañía de aquellos tipos no me brindaba demasiadas garantías. Aún así, el rostro de uno de los hombres dibujó una sonrisa y vi en sus ojos la sombra de un triunfo deseado. Por cortesía o por interés me acompañó hasta su puerta y allí me despidió con unas palmaditas en la espalda.
El resto del camino lo hice solo y a pie. Creí haberme librado de ellos y me dispuse a salir de aquel laberinto en el que me habían metido. Pronto descubrí que el sendero se bifurcaba y cada pocos pasos planteaba una nueva alternativa en forma de confluencia. Descubrí que mi camino convergía una y otra vez en los otros que yo había rechazado y que juntos iban a dar a uno mayor en el que estaba también la salida. La única salida. Por curiosidad, dediqué toda la tarde a la tarea de encontrar un sendero independiente, ajeno a la calle mayor, pero no lo hallé, no lo había. Pensé en los hombres de la entrada y deduje que debían de estar gastándome una broma. Aquello debía de ser un espectáculo de circo, un divertimento para un público escondido detrás de unas cámaras que me miraban sin que yo pudiera verlos. Pensé otra vez en aquellos hombres y deduje que debían de ser los payasos en aquella atracción. No me pareció inverosímil. Había otra posibilidad, pero no quise contemplarla. ¿Cobrarían alguna especie de comisión aquellos tipos por cada caminante que cruzara su puerta? Yo no podía saberlo.
Cansado y aburrido, me rendí ante la evidencia de aquel misterio sin solución. Juzgué inútil desandar lo andado y crucé por fin la única puerta de salida. Salí a la calle y me vi de nuevo en el mismo lugar del principio. Un neón encendido anunciaba la función: “Pasen y vean”.

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 CUIDAR LA IMAGEN

            Hoy más que nunca hay que cuidar la imagen. Hay que procurar vestirse para la ocasión y salir a la calle dejando el mínimo margen de improvisación posible. Hay que estar preparado para todo, incluso para los sorteos del caprichoso azar. Hay que llevar el disfraz preciso, tener el discurso preparado, la sonrisa puesta, el maquillaje siempre a punto, la escopeta cargada, las tragaderas elásticas y el culo en pompa. Hay que imitar a la cebolla y procurarse un atavío de muchas capas, una para cada persona a la que vayamos a ver ese día. Si nuestra imagen ya no es una propiedad nuestra sino del otro, más que nunca hay que cuidarla. Es el mundo al revés. Supongo que la culpa será de la publicidad, que nos convence de todo y educa nuestro norte ético. No hay más que salir a la calle y echar un vistazo para ver cómo imitamos a los modelos que nos ofrece la televisión educativa. Dirán que son reflejos de la realidad más cotidiana, pero no es cierto; lo real es un calco del ideal inventado. Todos conocemos al tipejo orgulloso de movistar, o al que por no tomarse el frenadol a tiempo se libra de ir al fiestorro que organizó la suegra, o al que se presta voluntario para fregar los platos con tal de no soportar la tortura somnífera del vídeo del bodorrio y el viaje de la pareja de amigos recién casados que todavía se toleran, o a ése que va en el tren sentado al lado de una chavala llorando y le ofrece un kleenex en lugar de los bombones zahor que se va comiendo el tío y que ella espera con ansias. Cada vez nos parecemos menos a nosotros mismos. Somos la sombra que proyecta un anuncio en la pared del salón. Vivimos una subasta en la que el artículo con licitación y puja lleva nuestro nombre. Estamos en venta. Deseamos ser comprados y nos adaptamos a las necesidades del otro con tal de ser adquiridos. Nos quitamos los calcetines blancos para tener acceso al local donde se realiza nuestra venta. Estamos contentos de llevar un precio en la solapa.
             Luego pasa lo que pasa. Siempre hay alguien que no se entera y la vida se le echa encima. Hace algunas semanas una mujer tuvo la osadía de ser ella misma. Se atrevió a vestirse de ella. Se maquilló como siempre y se expresó con los gestos habituales. Al juez que instruía el caso se le ocurrió hablarle como suele hacerlo a cualquier persona en todo momento y en todo lugar. Esta mujer había denunciado a su pareja por malos tratos y creyó que el asunto se trataría en un juzgado. No sospechaba o no sabía que su señoría, el señor juez, la había convocado a un casting. Y claro, no iba arreglada para la ocasión. Se le olvidó ponerse el modelito de apaleada para el pase que esperaba su ilustrísima, o lo que sean los jueces. Seguramente el juez esperaba verla lisiada y con el ojo moraíto de martirio, la voz llorosa y un riñón desplazado de una patada. Como la vio entera y de una pieza dictó sin más que no daba el perfil de mujer maltratada y se quedó tan ancho.

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 CRÓNICAS MARCIANAS

Algunos de mis amigos no comprenden mi fervor por Crónicas Marcianas. Son personas cultas y madrugadoras que se preocupan por las cuestiones educativas y reivindican una televisión de Calidad con mayúsculas, individuos apasionados que aún creen que es posible recuperar algo del naufragio. A ellos les gustan los programas de debates serios y las entrevistas aseadas donde la gente importante del país se lava la cara con cosméticos pactados. En cambio yo, que vivo en la paz de mis desiertos de invierno en Valdelagrana, entregado al estudio y la contemplación de mi aurea mediocritas, veo cada noche el programa de Sardá y me harto de reír. Para mí es el descanso del guerrero cansado, la mirada heterodoxa y la hora del pitorreo nacional.
Luego voy, les expongo mis argumentos razonados y me hago sospechoso. Me miran con altivez erudita y se asombran cuando les suelto que soy fan de la Pantoja de Puerto Rico y de las hermanas del Baptisterio que entrevista de vez en cuando Javier Cárdenas. Ellos creen, por ejemplo, que es incompatible leer con provecho a Fray Luis de León y reírse de las paridas de las criaturas del Gran Hermano.
Después de los Ratones colorados de Jesús Quintero, el programa de Javier Sardá me parece el más inteligente que se emite ahora mismo por televisión, seguido muy de cerca por la Noche con Fuentes y Cía. La fórmula es impecable y el secreto de su éxito radica en practicar con arte y decoro uno de los deportes nacionales por excelencia. En Crónicas Marcianas saben de sobra que nos sigue gustando mucho reírnos del tonto del pueblo y eso es lo que nos dan, aunque ellos lo negarían con mordacidad modélica, porque ese es su papel. Es la exaltación del cinismo y el cachondeo a espuertas, el arrebato lúcido del esperpento nacional. Ahora el tonto del pueblo lo puede ser cualquiera: el político con tics nerviosos o altaneros, el intelectual que se columpia demasiado, el escritor con salidas de tono, la actriz de la época del despelote que reivindica su talento artístico, el payaso de la tele al que se le olvidó pintarse la sonrisa, el cantante y la cantanta que no tienen éxito por culpa de los negros del manta, el afamado periodista que dejó de lado la alta misión histórica que vino a realizar a este mundo y se pasó de listo con un comentario impropio del estatus en el que creyó estar, el jovencito de OT que conoció el triunfo y no termina de encajar el fracaso, el crítico de cine que permitió que su vehemencia lo traicionara y ahora está en paro y, por supuesto, los mil y un personajes estrambóticos que pueblan los platós de televisión; sin olvidar, claro, al elenco de famosos y famosillos que sirven de carnaza a los periodistas que tienen veneno en lugar de sangre.
Existe una enorme diferencia entre Crónicas Marcianas y otros espacios que escriben el diario del famoseo y es ésta: en otros programas nos enteramos, por ejemplo, del paso ligero y del entusiasmo lúbrico de Marlene Morreau, pero sólo en Crónicas nos reímos con los dedetes de la francesa.

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 LA IRONÍA TRÁGICA

               Como ocurre con los personajes de la literatura y del cine, también nosotros ignoramos las verdaderas dimensiones de lo que sucede a nuestro alrededor. Con el paso de los siglos nuestra impertinencia ha evolucionado tanto que creemos estar seguros de la posición que ocupamos en el mundo. La buscamos, la perseguimos, a veces la encontramos y hacemos nuestros pronósticos, y porque alguna vez tuvimos la fortuna de acertar creemos que existe un orden y que basta con respetarlo para ser también nosotros respetados. Creemos tener el control y con frecuencia nos mostramos soberbios.
Luego la vida se encarga de abrirnos con violencia los ojos para revelarnos la irrisoria pequeñez de nuestra existencia, a veces con ironía trágica, a menudo con evidente injusticia, casi siempre sin compasión. Nos movemos a ciegas por un intrincado laberinto buscando un destino que acecha donde nunca lo esperamos. Entonces nos coge por sorpresa, descubrimos que la decisión tomada se vuelve en nuestra contra y que todos nuestros cálculos se derrumban bajo la fuerza de un puño invisible.
Como muñecos patéticos, afrontamos a tientas una lucha para la que no contamos con armas eficaces. Desconocemos el poder de nuestro enemigo. Olvidamos que el azar es su aliado más poderoso. A menudo tomamos precauciones contra circunstancias que acaban pasando de largo sin preocuparse de nosotros y sin causarnos daño alguno, y sin embargo nos vapulea lo que no esperábamos, caemos derrotados ante acontecimientos que ni siquiera habíamos previsto.
Ocurre todos los días y los ejemplos se cuentan por millares, pero sólo nombraré uno que ha ocurrido esta misma semana. Un buen día una muchacha invidente sale como siempre con su perro a la calle. Se trata de un buen animal, adiestrado para ser sus ojos y su guardia, fiel a su dueña como sólo pueden serlo algunos animales, capaz de dejarse matar con tal de permanecer a su lado.
Como todos los días, la chica ciega y su perro recorren las calles que ya conocen. Ella se siente segura porque confía en su rutina diaria. Como todos, cree estar avalada por la experiencia. De tanto como lo ha frecuentado, conoce el camino y no sospecha o no intuye que también por allí se aventura al acecho la fatalidad.
Al cruzar una esquina que conoce no repara en que otro animal ha sido elegido como instrumento de su desgracia. ¿De dónde ha salido ese otro perro y quién lo ha educado hasta convertirlo en una máquina asesina? Quizás alguien creyó que merecía la pena precaverse contra posibles peligros futuros y avivó en el animal un reflejo agresivo. Quizás fue un instinto ciego el que aguijoneó al otro perro y lo incitó hacia el ataque.
De repente, y sin que ella pueda hacer nada para impedirlo, su perro recibe la embestida, pero no se defiende. No lo educaron para eso y se deja morder por el otro, que lo destroza con maña y lo deja sangrando y tirado en el suelo. Probablemente la muchacha invidente no sepa dar una explicación a este capricho del destino. Con toda seguridad, no podrá entender qué ley no escrita condenó a muerte al mejor amigo que tuvo nunca.

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 LA NECESIDAD DE BATIRSE

Estos días me ha dado por releer Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas. Es la tercera vez en mi vida que lo leo, pero hasta ahora no había reparado en toda la materia reflexiva que oculta en sus páginas este folletín preñado de aventuras. Andan muy equivocados los que desaprueban esta clase de libros por considerar que en ellos sólo hay entretenimiento, como si eso pudiera ser un defecto vergonzoso. Pero muy al contrario; resulta que no, caballeros, que hay en él toda una filosofía para ejercitarse en el noble oficio de vivir y os lo voy a demostrar con un sólo argumento, aprovechando la ocasión para esgrimir una de mis invectivas sobre nuestros usos y costumbres. Las detesto tanto que a menudo me veo en la obligación de recurrir a la ficción o al pasado para encontrar un poco de dignidad y decoro.
No pasa nada, señores míos. Sin rencores. Arrojo con garbo mi sombrero, aprieto con ansia el puño de mi espada, la desenvaino con seguridad y convencimiento y me coloco en posición de ataque. ¡En guardia!
En las primeras páginas del libro, cuando D`Artagnan se está preparando para salir hacia París en busca de fortuna, recibe de su padre unos consejos que quiero incluir aquí y ahora: “Por el valor, entendedlo bien, sólo por el valor se labra hoy día un gentilhombre su camino. Quien tiembla un segundo deja escapar quizás el cebo que precisamente durante ese segundo la fortuna le tendía”. Y un poco más adelante continúa el valiente gascón: “Os he hecho aprender a manejar la espada, tenéis un jarrete de hierro, un puño de acero; batíos por cualquier motivo; batíos, tanto más cuanto que están prohibidos los duelos, y por consiguiente hay dos veces valor al batirse”.
No es mal consejo éste. Si algo descubrimos en el libro de Dumas es que los cuatro protagonistas no paran de batirse como único medio de defender su estado y su honra, su dignidad y su orgullo. Aunque los veamos pobres y en peligro, aunque pasen hambre en la novela y tengan que recurrir al sablazo y la mentira para mantenerse en pie, aunque se les vaya la esperanza en ello, no paran de batirse con tal de mantener la cabeza bien alta. El valor en el duelo como único modo de seguir en pie sin avergonzarse. Otros consiguen antes los favores del rey o del cardenal; utilizan medios más sibilinos, se arrastran como alimañas en busca de la limosna que les arrojan a las botas que después deben besar o lamer. Ellos se baten y a veces salen malheridos.
Como en todo lugar y toda época, en la que nos ha tocado vivir prevalece en pie el convencimiento de que merece la pena ser un cobarde. Ahora, como siempre, se consiguen más cosas arrastrándose que batiéndose. Hay que aceptar, hay que decir que sí, hay que entrar por el aro. La única diferencia es que ya no quedan hombres dispuestos al duelo para defenderse de las humillaciones de que son objeto.
Lo que nos legó Dumas con su novela es un consejo muy sencillo, una verdad que debiera ser una referencia en nuestro norte ético: aunque se nos vaya todo en ello, aunque perdamos vida y hacienda, a veces hay que batirse para mantener la fe en nosotros mismos.

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 EL RIVAL MÁS DÉBIL

Es una pena que los dirigentes políticos ya no quieran enfrentarse cara a cara en un debate televisivo. Ahora parece que se cuidan mucho más que antes de mostrar a las claras su incapacidad para el diálogo. Su discurso programático lo tienen tan bien estudiado y aprendido que abochorna ver los esfuerzos que hacen para salir del paso cada vez que un hábil reportero se infiltra con audacia entre la muchedumbre para ponerlos en evidencia con una pregunta inteligente. No superan la prueba en las distancias cortas. Se derrumban en la improvisación, que siempre ha sido el lado fuerte de las mentes claras. Echamos de menos los días en que un programa de corte humorístico como Caiga quien caiga nos mostraba cada domingo el vacío intelectual que reside en las cabezas de nuestros poderosos. La falta de elocuencia discursiva y la más absoluta ignorancia histórica se alía con el desparpajo cómico y las salidas de tono de nuestros representantes para convertir el mapa político nacional en un escenario de guiñol. La incapacidad y la incultura de nuestra clase política es tan evidente que resulta aterrador saberse en manos de tales muñegotes. Los vemos hablar por televisión y maldecimos nuestra mala suerte por tener que decidirnos entre unos y otros a la hora de votar.
Pero lo cierto es que no se trata de una obra de teatro. Realmente son así, queridos niños. Son estos los políticos con los que nos ha tocado dialogar. Parece cosa de ficción, pero la verdad es que nos vemos en la encrucijada de negociar con ellos buena parte de nuestro lugar en el mundo. Estoy deseando que llegue la jornada de reflexión para decidir entre lo peor y lo menos malo.
Entre tanto, me invento guiones para pasar el rato y acudo a programas de televisión para idear mis argumentos. Los protagonistas son ellos, políticos concursantes practicando en directo el deporte de la cerrilidad ante un cuestionario ideado con esmero para ponerlos a prueba y decidir el ganador. Ahora que el Un, dos, tres ha vuelto a nuestras pantallas y propone la lectura de los clásicos como estrategia para la superación de pruebas que han de resolver el triunfo del inevitable ganador, imagínense un mano a mano para toda España entre Rajoy y Zapatero respondiendo a algunas de nuestras dudas más escrupulosas. Es una pena que no dediquen el último viernes anterior a los comicios a un programa estrella que nos ayude a decidir el voto. Qué mejor manera que ésta para iniciar todos juntos la jornada de reflexión. Una de las primeras cuestiones a plantear podría decir así: por el importe de una pensión no contributiva, dígannos maneras ideadas para engañar a los ciudadanos en su programa electoral. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Pero tal vez el mejor y el más duro concurso para poner a prueba la manifiesta debilidad mental de los políticos sea El rival más débil, que emite de lunes a viernes TVE. ¿Quién cree que Karl Marx interpretó junto a su hermano Groucho la película Sopa de ganso? ¿Quién cuando va a escribir una dirección de email pregunta todavía si la arroba se escribe con h o sin h, con b o con v? Juguemos  todos el día 14 de marzo al rival más débil.

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 TOP MANTA

La verdad es que no comprendemos la histeria que está produciendo el fenómeno del top manta entre músicos y discográficas. Los inevitables apocalípticos de siempre alzan la voz para decir que este es el fin, que la ruina está próxima y que sálvese quien pueda. No estamos de acuerdo con estas valoraciones simplistas. Nosotros seguimos creyendo que el lucro de los poderosos es imparable, que nada araña la brutal organización del capitalismo actual y que la propia lucha contra el poder beneficia a las infraestructuras de las grandes empresas, que se ven beneficiadas por la actuación de sus competidores, que al fin y al cabo generan mercado. Son una pequeña infección que el cuerpo de la sociedad precisa para organizar con más habilidad sus defensas y hacerse cada vez más fuerte. Al fin y al cabo, quién lo duda, el top manta es una eficaz y gratuita forma de difusión que beneficia el consumo, que es de lo que se trata al fin y al cabo. Cada día conocemos a más artistas y cada día se compran más discos, siguen las estrellas ocupando las listas de más vendidos y los músicos prefabricados conquistando con obediencia el puesto que diseñaron para ellos los monstruos de la publicidad. Todo como siempre, ninguna crisis.
En una sociedad plena de cinismo como la nuestra, donde el trabajo ya no se valora, que vengan a pedirnos que no compremos los discos del top manta resulta de una procacidad casi insultante. En una sociedad donde todo es producto porque así lo quisieron los que anhelaron las riquezas a toda costa, y donde ya no cabe la vuelta atrás porque en el camino acechan como alimañas los mismos que se vendieron con tal de enriquecerse, pretender que hagamos un desembolso de quince euros por un producto que nos puede salir por tres, no sólo es un disparate, sino una propuesta que roza el timo. La cuestión, como siempre, es ésta: ¿por qué pagar más, si podemos pagar menos?
¿No ocurre esto a diario en todos los ámbitos de la sociedad? ¿No despiden todos los días a trabajadores veteranos porque a los empleados novatos se les puede pagar menos? ¿No impera la filosofía del más por menos, de la reducción de gastos, del bajo coste? ¿No se pretende, incluso, conseguir de modo gratuito tantas cosas que debieran ser remuneradas?  
               No existen salvadores que nos libren de la estafa cada vez que vamos a ofrecer el producto de nuestro trabajo. Los sueldos son humillantes, pero hay que aceptarlos. Los sindicatos, convertidos en empresas, miran para otro lado o se animan también ellos a pisotear un poco. No sólo nos insultan, sino que estamos obligados a dejarnos insultar. Es lo que hay. Es lo que tiene vivir en el primer mundo. Así que todos tranquilos.
               El top manta es un producto de nuestra época destinado a convertirse, por arte de paradoja, en una herramienta del marketing de las discográficas. Los músicos a los que nadie hace caso pueden estar tranquilos. Sólo tienen su entusiasmo y sus buenas ideas, su talento y parte del humor con el que aguantan que todas las puertas se les cierren en la cara. Los discos caseros con sus canciones que ellos mismos graban y distribuyen, nunca se venderán en el top manta.

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 PREMIO NADAL

Este año han tenido el buen gusto de darle el Premio Nadal a la novela titulada El camino de los ingleses de Antonio Soler, un escritor malagueño al que sigo desde hace mucho y cuya lectura y relectura recomendé hace un par de meses en el Simposio de la Fundación Luis Goytisolo, a propósito de una comunicación que presenté allí y que versaba sobre sus personajes y los de Onetti. Como sus libros me han proporcionado muchas horas de placer, no veo ningún inconveniente en echarle ahora y desde esta página algunas flores.
Antonio Soler pertenece a la estirpe de los novelistas de la fatalidad, en su obra hay una continua indagación en los límites de la conciencia a través del ejercicio de memoria que suelen hacer sus personajes, que en la mayoría de los casos son seres exhaustos y al borde de sí mismos, con poca o ninguna capacidad de elección en sus vidas deshechas, que no suelen rebelarse ante el destino implacable que les amenaza, que aceptan con lucidez y cierta pasividad las desgracias a las que sucumben, que admiten sin rebeldía su irremediable condición de piltrafa humana, sin salida posible, con el fracaso y la desilusión como únicos finales. La derrota como destino. No en vano Soler es heredero de Juan Carlos Onetti, con el que a mí me gusta compararlo. Puestos a ser herederos de alguien, nada mejor que serlo de un escritor como Onetti, probablemente el novelista más lúcido y abrasivo del siglo XX en lengua castellana y, como dice un alemán muy devoto de su obra, seguramente el padrino oculto de toda la literatura hispanoamericana contemporánea de calidad, mucho más que Borges, muchísimo más que Cortázar.
Como la novela ganadora del Nadal todavía no ha sido publicada, sólo voy a hacer un comentario de su tema, que me ha llamado la atención. Al parecer es una obra coral sobre un grupo de jóvenes a punto de ingresar en la vida adulta con todo lo que ello implica. Tema muy onettiano, por otra parte. Sospechamos por dónde van a ir los tiros. Si algo hay de noble en el ser humano, eso se encuentra en la infancia y en la adolescencia y siempre que quede algún pulso juvenil en el hombre que todos estamos condenados a ser. En cuanto cruzamos el umbral de la vida adulta estamos perdidos, cerramos los ojos y nos entregamos sin lucha a un pelotón de jefes y empleados, embaucadores y profetas, desequilibrios y señoras gordas. Cada cual tiene la llave que abre y cierra la puerta de su madurez y sólo a él compete la decisión de cruzarla o no y el momento idóneo para hacerlo. Allá cada cual con su impaciencia.
Escritores como Antonio Soler proporcionan dudas necesarias para tomar esta decisión. Nadie que quiera conocer con lucidez y profundidad al ser humano debe dejar de leer sus libros. Extranjeros en la noche, Los héroes de la frontera, Las bailarinas muertas o El nombre que ahora digo son muy recomendables para todo aquél que aún pretenda inventarse a sí mismo o abrigue alguna esperanza de conservar intactos sus sueños rotos.

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 EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

Después de ver El Señor de los Anillos regresé a casa deseando sumergirme en profundas meditaciones trascendentales. Así que cogí el Sagrado Nargile que mi amigo Sergio me trajo de Estambul y lo aliñé a conciencia para maldecir la fatalidad de haber nacido en una época tan propicia para la blasfemia. Dejé que la pastilla de carbón encendiera el tabaco y me recosté entre cojines para dejar que la cabeza volara sin ataduras terrenales. Luego acerqué la boquilla de la chicha a mi boca y me dejé guiar por algo que era más fuerte que yo y que iba convirtiendo todos mis problemas en humo.
Como el rey Theodem de la película, también yo me pregunté: “¿cómo hemos llegado a esta situación?”. Lástima que no haya ningún anillo que arrojar al Monte del Destino en el que todo mal fue forjado. Aciagos tiempos nos han tocado vivir. Más de tres mil años hemos hollado esta tierra y apenas nos queda tiempo para enmendarla. Recordé las viejas palabras del poeta bondadoso: “por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre” Si eso fue alguna vez verdad la era de los hombres ha acabado y un nuevo orden ya comienza, embrutecido y hostil, amenazante y vengativo. Hace mucho tiempo que los sabios dejaron estas tierras y nos abandonaron a nuestra suerte. Ahora un terrible mal se perfila en el oeste y la sombra penetra en secreto aprovechando la debilidad de una raza de hombres agotados. Las viejas palabras de las que habla la película perdieron su significado, están gastadas por el uso de los siglos; el honor pertenece a una época caballeresca ya olvidada; la amistad ahora sólo se utiliza para escalar los peldaños que conducen a la cumbre de los éxitos; el valor se desmorona; la inteligencia y la astucia cedieron ante las traiciones; el bien y el mal son monedas de cambio de idéntico valor para el tráfico de los ricos.
                  Los gobiernos nos traicionan y todavía tienen la audacia de llamarse liberales. Los políticos son los Uruk-hai de los que habla la leyenda, raza de Orcos con enorme fuerza y ambición. Todos quieren ser siervos de Sauron. Los intelectuales de ahora, esas grimosas criaturas tan poco agraciadas, contaminan nuestros cerebros con sus lenguas bífidas y derraman la ponzoña de su voz en nuestros oídos como un veneno. Los sindicalistas de todo calibre, seducidos por el poder del Señor Oscuro, aprovechan cualquier coyuntura en beneficio propio con tal de conservar su posición de marionetas. Los periódicos, que una vez fueron armas poderosas para luchar contra el enemigo, hoy son los Espectros del anillo, los temibles Nazgul, criaturas sin voluntad propia, esclavos del poder que tanto anhelaron.
Ya no queda tiempo, señor Frodo. Todo se acaba y se desvanece. Hemos perdido la fe en el hombre. No hay esperanza. Estamos solos, mi señor Aragorn. No existen ya las viejas alianzas. Después de la inevitable batalla, no habrá nadie que nos recuerde. No habrá nadie que rubrique nuestra derrota en letras de molde.

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