ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL PUERTO INFORMACIÓN  
EN EL AÑO 2003


                       Elogio de la Navidad    (26 / 12 / 2003)
                       Jerigonza política    (19/ 12 / 2003)
                       Premio Cervantes     (12 / 12 / 2003)
                       Mojaditos   (05 / 12 / 2003)
                       Violencia de género   (28 / 11 / 2003)
                       Carmen   (21 / 11 / 2003)
                       Literatura en El Puerto   (14 / 11 / 2003)
                       La novia del príncipe    (07 / 11 / 2003)
                       La benemérita   (31 / 10 / 2003)
                       Las reglas del juego   (24 / 10 / 2003)
                       Éxito y fracaso   (17 / 10 / 2003)
                       Puntualizaciones sobre el paro   (10 / 10 / 2003)
                       Leer a Maquiavelo   (03 / 10 / 2003)
                       La educación portátil   (26 / 09 / 2003)
                       Gran Hermano   (19 / 09 / 20003)
                       Los cascos II   (12 / 09 / 2003)
                       Los cascos    (05 / 09 / 2003)
                       Prostitutas    (29 / 08 / 2003)
                       Morir de calor   (22 / 08 / 2003)
                       La queja de un lector   (15 / 08 / 2003)
                       Una muerte lenta y dolorosa   (08 / 08 / 2003)
                       Nudismo en El Puerto   (01 / 08 / 2003)
                       Transfuguismo   (25 / 07 / 2003)
                       Niños Saharauis   (18 / 07 / 2003)



 ELOGIO DE LA NAVIDAD

                Hay que santificar las fiestas. Lo tengo claro. Nada de hacerles caso a esos tristes que todos los años nos repiten la misma cantinela con una profundidad de abismo mítico. Tenemos ya calados a estos cursis; son los que vienen a decirnos que no les gusta la Navidad porque es melancólica y se acuerdan de las miserias del mundo y de los niños hambrientos mientras nosotros consumimos y del dolor que padece la Tierra y de la vejez de los ancianos sin familia y de los muertos recientes. ¡Venga ya! Todos los años sale por televisión algún intelectualoide pomposo que pone a parir la Navidad porque a él le parece una fiesta añeja y conservadora y una campaña de consumo promovida por los grandes supermercados. Pues vale.
Como a mí estas ñoñeces no me afectan voy a escribir mi personal elogio. Las de estos espirituales son posturas huecas que pretenden distanciarse de la tónica general de la embrutecida especie, pero que sólo responden a un curioso fenómeno de nuestra época que habría que exponer con más detalle y en lugar aparte; es lo que yo llamo el pensamiento boomerang. Ya otro día sentaré cátedra al respecto. Hoy no quiero hablar de los argumentos impostados, de los lugares comunes en nuestra ilustrada sociedad, de las consideraciones prefabricadas y de las bocas llenas de sonidos mil veces pronunciados.  
Ya digo que hay que santificar las fiestas y comerse los polvorones y las uvas. Está bien eso de reunirse con la familia en Nochebuena y con los amigos en Nochevieja. Dejémonos de chorradas; quedarse sólo sí que debe de ser triste. Igual que resulta patético no tener a nadie con quien ir al cine para ver El señor de los Anillos, por ejemplo. O qué se yo,  que no haya a quien regalarle algo en estos días o despedir el año sin descorchar algunas botellas y hacer los brindis. Para mí sería doloroso que me sorprendiera el nuevo año sabiendo que nadie se acordó de mí.
Será que voy perdiendo vehemencia, pero cada día soy más partidario de conservar los ritos de la tribu, que eso son al fin y al cabo estas fiestas, parte de nuestra identidad, señales de lo que hemos sido y estamos condenados a ser aunque renunciemos a ello como idiotas. Una idea conservadora, sin duda, pero es que uno va descubriendo poco a poco pero hasta la médula que la vida también es creer y esperar, mentir y mentirse y confiar en que es posible inventar estrategias para aplazar los malestares. El más eficaz ansiolítico para estos días es pasárselo bien con familiares y amigos. Al fin y al cabo ése es el sentido último de todo los ritos que la tribu nos impone; engañar a la tristeza a fuerza de jugar con ella al escondite.
Prefiero pensar que la Navidad puede ser también eso: un juego para suprimir o abolir muchas cosas; un campamento base donde pararse a descansar un rato y volver a cobrar impulso; una táctica y una estrategia para que la vida tal como es nos importe menos de lo que somos capaces de tolerar.  Felices Fiestas.

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 JERIGONZA POLÍTICA

La otra noche me encontré con un amigo de la infancia al que no veía desde hacía años y lo encontré francamente mejorado. Por su parte, tras comprobar de un sólo vistazo que ya no soy el que solía aunque sigo estando casi igual, me recomendó el tío que hiciera como él y aprovechara las ocasiones que nos brinda la vida. Abrió los brazos para mostrarme el mundo, sacó pecho para indicarme que estaba tremendamente orgulloso de su móvil fotográfico y me anunció que se había metido en política y que ahí estaba, hecho un campeón, que tener un carné hoy día abre muchas puertas y que quien no corre vuela y donde las dan las toman. No recuerdo ya qué partido fue el que me dijo. Qué más da. En cuestiones políticas, si no hay razones no hay distingos. Supuse tan sólo que, abrumado ante la imposibilidad de ganarse la vida honradamente, había tomado el atajo más corto, así que avivé mi mirada de rayos X y me entretuve en estudiar toda la extensión de su mentira.
Total, que para putearle un rato sin que se hiciera el ofendido me puse a su altura y pasamos las horas hablando de esas cosas en su idioma. A saber: de las gestiones centralizadoras en un marco comunitario que fomente las prestaciones para un bienestar sin incertidumbres, de las codecisiones individuales y colectivas para el desarrollo de una administración viable en el seno de los nuevos horizontes políticos, de las fórmulas hacendísticas que promuevan una fiscalidad en un entorno concreto acorde con el entramado de los proyectos de futuro, de los recortes basados en decisiones pertinentes a nivel europeo según las cotas prefijadas por una perspectiva global en los ejes de la actuación marcada por las directrices del líder en base a un programa firme y a una disciplina de partido férrea y sostenida, del punto de inflexión diametralmente opuesto a las afloraciones espúreas de nuestros adversarios parlamentarios que sin definir un proyecto con calado propio restan importancia a los requerimientos para el diálogo de ambas partes y de todo su conjunto sin descartar de ningún modo y en ningún caso la responsabilidad que compete en absoluto a la administración que nos representa ni mucho menos. Y así se nos vino encima la mañana repasando las cuestiones que nos interesan a todos y a todas, a los jóvenes y a las jóvenas, y que con tanto ahínco defienden los hombres públicos y las mujeres públicas.
Recuerdo que en el siglo XVII a Quevedo le encantaba reírse de la pedantería impuesta por la estética cultista. Si viviera en nuestro tiempo, el objeto de sus invectivas serían los políticos. Me apetece humildemente parafrasear al genial barroco. Quien quisiere hacer política en sólo un día, la jeri (aprenderá) gonza siguiente: entorno, nivel, entramado, fuente, ámbito, directriz, filtración, vía; tránsfuga, arrestar, posible, cliente, opción propia, postura, independiente, eje del mal, legión envía; diseño, área, terrorista, empate, marco internacional, división interna, quien no ande a derechas que esté al loro; poca libertad, muchas libertades, un poco de espúreo y de detenta, anden listos avanzar, proyecto y foro.
Vean qué fácil resulta. Con el estudio a conciencia de esta simple cartilla, el complejo mundo del politiqueo no tendrá ya secretos para nadie.

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 PREMIO CERVANTES

Yo dispongo de una regla infalible para valorar a un buen escritor. Ignoro si los críticos literarios la conocen pero mantengo mis dudas al respecto. Desde luego los señores del jurado que este año han concedido el premio Cervantes deben de ignorarla. Yo esperaba que por fin se lo dieran a Juan Marsé, pero no ha sucedido. Tenía razón Pérez Reverte hace unas semanas cuando afirmaba que, junto a Miguel Delibes, se trata de uno de los dos mejores novelistas vivos con que cuenta este país. A pesar de esta verdad incuestionable, le ha faltado un punto para hacerse con el premio. Vaya por Dios.
Existe una enorme similitud entre la vida y la literatura y es la siguiente. Tanto en una como en otra una persona puede ser él mismo, disponer de una voz personal, caminar por el mundo según unos criterios propios, unas leyes íntimas que sólo a él le sirven, mirar lo que hay a su alrededor con una mirada única y ser en todo momento una especie de francotirador que cuando llega por fin el momento de introducir en la recámara del fusil la última bala, se encuentra solo ante el ejército enemigo que amenaza a las puertas de la ciudad sitiada. Y aún así, a pesar de encontrarse solo en lo alto de un campanario derruido, decide disparar el único proyectil que le queda con dos cojones.
En la vida, esta actitud personal propia, aún siendo muy loable, no le vale de mucho a los otros. No tiene valor de cambio. Disponer de un modo de pensar propio, ser auténtico, ser uno mismo, no le sirve al mundo si eso que uno es no se corresponde con aquello que los otros quieren que uno sea. En la literatura ocurre algo parecido; de nada vale la voz personal de un escritor si lo que ese escritor es no le sirve a lo que sean cada uno de los lectores que se acercan a su obra. En sí mismo, ser un autor personal no equivale a ser dueño de una obra con alto valor literario. La literatura debe ser intercambio, debe comunicar, debe decirle algo al lector, debe hablarle. El buen escritor está obligado a tener cosas que contar si desea tener lectores. Juan Marsé no sólo es un autor personalísimo y único, de los que a mí me gusta considerar como francotiradores de la literatura, sino que además tiene muchas cosas que aportar.
En esto consiste mi regla de oro; en saber entresacar del valioso mundo de un autor con voz propia las balas que rellenen mi último cartucho cuando me vea rodeado por el ejército enemigo. Los libros de Juan Marsé me han proporcionado todo un arsenal.
Junto a esta regla, llevo siempre en la mochila una precaución que sobre todo practico con algunos poetas. Hay que andarse con ojo con ésos que siempre nos hablan de ellos mismos, de su profundísimo mundo interior, de la nada eterna que les acecha a diario y de la angustia que padecen los muy desgraciados. Estos estafadores de la bella página y del verso ilegible no sólo no tienen nada que contarnos sobre nuestra realidad, que es la que nos importa, sino que además tienen la osadía de esperar que a nosotros puedan interesarnos sus realidades.
Disponiendo de Juan Marsé para el Cervantes, van y se lo dan a otro poeta. Madre mía.

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 MOJADITOS

Leyendo la última novela de Montero Glez, Cuando la noche obliga, que por cierto es muy recomendable, me entero de lo que es un mojadito, y como la definición que da en su libro me parece la más exacta, dura y eficaz para entender el tema que nos ocupa, la voy a recoger en esta página: “un mojadito es un plato típico del Estrecho cuyos ingredientes son carne humana y otros despojos servidos en crudo y a la orilla. Las chichas más comunes son las que tienen el pellejo tostado o magrebí, o bien negro del todo, siendo la tonalidad de negro azulón la que más deleita a las gaviotas, a juzgar por los graznidos que emiten. Es curioso, al principio forman anillos alrededor del cuerpo putrefacto. Se agitan a cierta distancia y se van trayendo, de a poco, cautelosas y como si se presentase una trampa bajo el aspecto tranquilo de un podrido cadáver, es decir, con confianza en las alas pero desconfiadas en su interior”.
Así es. Los mojaditos son los cadáveres putrefactos de los inmigrantes que perecen en la aventura de la patera, los fiambres inflados que aparecen en las playas de la Bahía totalmente irreconocibles, los muertos que flotan a la deriva tan llenos de agua que casi parecen babosas, ejemplares destinados a formar parte de un macabro museo nacional del horror, modelitos a los que fotografiamos desnudos porque ya no pueden defenderse ni insultarnos por violar con una cámara la dignidad que ellos ya no pueden proteger. Con el celo profesional que les caracteriza, los periodistas televisivos graban las imágenes y luego las emiten con la previa advertencia de que pueden herir nuestra sensibilidad de europeos biencomidos. Y a joderse toca porque la audiencia manda.
Que nadie se rasgue las vestiduras por este lenguaje realista y altamente efectivo. Que nadie se ofenda porque un novelista relate por escrito lo que todos hemos visto con sorpresa por televisión. Que nadie se encoja porque las verdades se cuenten con estilo tosco y malhablado. Que a nadie le dé un soponcio emocional si pedimos la prohibición de ese tipo de imágenes que atentan contra la dignidad del ser humano y no contra la sensiblería hipócrita de nuestra mirada cómplice. Que a nadie se le ericen ahora los pelos del culo si antes no se le cayó la cara de vergüenza.
Le hemos perdido tanto respeto a la muerte del ser humano que llegará el día en que esas fotos sirvan de reclamo turístico para la visita a nuestro litoral. Ya me imagino el próspero negocio: “Pasen y vean, señores, la monstruosidad al alcance de todos. No pierdan la ocasión de sentir en sus nucas el cosquilleo que proporciona la atrocidad. Traigan a sus hijos al Circo del Horror y pasen en familia una divertida tarde de repugnancia contemplando a los mojaditos de nuestra última remesa”. O vendrá algún emplumado artista de arte moderno a decirnos que los cadáveres de los inmigrantes son un hecho estético sobre la arena de la playa, y que colocados de determinada manera forman una performance muy revolucionaria.
Abochorna saber que los ciudadanos libres de esta parte africana de Europa somos como las gaviotas de las que hablaba Monterito, “con confianza en las alas, pero desconfiadas en su interior”.

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 VIOLENCIA DE GÉNERO

Yo no quise incumplir el único consejo que tú me diste, abuela. Ni siquiera recuerdo bien cómo pasó el primer día y porqué estaba tirada en la cama si un segundo antes estaba de pie, junto a las cortinas, mirándolo. Ocurrió tan de repente, me dejó tan confundida, que cuando quise reaccionar él ya estaba en el salón viendo la tele y cambiando de canal cada treinta segundos. Sólo pensé en ti, abuela, en tus setenta años de mujer apaleada y en tus palabras, en la cara que pondrías si supieras que tampoco yo he podido cumplirlo: “nunca dejes que un macho te ponga la mano encima, Carmen, mira en hacerte una mujer que no tenga que dar cuentas a ningún hombre”.
Siempre pensé que eso era algo que le ocurría a las otras. No a mí, abuela, nunca a la mejor de las nietas, a la más lista, a la más guapa, a la que fue a la universidad y se sacó su carrera para no dar cuentas a ningún macho. Todavía no he cumplido los treinta. Todavía no he tenido un hijo. Todavía no me he casado, abuela, vivo con mi novio en un apartamento alquilado que pagamos a medias y que encontramos muy baratito aquí mismo, en pleno centro, muy cerca de su trabajo y del mío. Estamos ahorrando para comprarnos un piso y podernos casar y tener un hijo. Yo también me quiero casar. Yo también quiero tener un hijo.
Ya sé que debería estar viviendo mis locos años veinte, abuela, pero es que no sabía que iba a sentir esta vergüenza, estas ganas de echarme en el sofá y apagar la luz, estas ganas de no ver a nadie con tal de que no sepan lo que me está pasando. Es como si estuviese muy cansada y siempre tuviera sueño. No quiero ver a mis amigas porque sé que no podré soportar sus miradas cuando les cuente que a mí también, que yo también. ¿Cómo les voy a contar esta vergüenza, esta humillación, esta culpabilidad sin culpa, este temor a que todo el que me conoce se sienta defraudado porque a mí también, porque yo también? ¿Con qué palabras les hablo del miedo por la noche, de las palabras con que después se arrastra y de mi perdón casi diario después del beso tembloroso que me estampa en la cara antes de dormirse en esta cama en la que follo poco y cada vez menos?
              Me empieza a dar asco mirarme al espejo y reconocer en mí esta debilidad. Yo no quiero ser una de esas mujeres vencidas que salen por la tele, abuela. Yo no, la más lista, la más guapa, la que fue a la universidad y se sacó su carrera para no dar cuentas a ningún macho, la segura, la autosuficiente, la luchadora, la que nunca se iba a dejar pisotear y ahora se maquilla por las mañanas los moratones con un pegotón de crema, la que no consigue ocultar con el rímel la huella que me dejan sus insultos y después se contempla en el espejo, guapísima, antes de irse a trabajar deseando, por Dios, que él tenga hoy un buen día.

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 CARMEN

Carmen es la última película de Vicente Aranda y la estuve viendo anoche en los cines de El Paseo. Tenía yo ganas ya de echarle una nueva ojeada a las intimidades de Paz Vega y va y se me presenta la ocasión en forma de mujer satánica y lujuriosa del siglo XIX en medio de una trama de bandoleros y hombres desesperados. No es una obra maestra pero retrata muy bien el desequilibrio vital de un hombre condenado por culpa de una mujer. Es la historia de amor del hombre que se pierde y humilla cuando el dedo del destino lo señala y se cruza en su camino la mujer fatal que será su perdición. Hace falta recuperar el pasado y la literatura para contar historias como ésta. Este argumento no sirve en nuestro presente mediocre; no se podría escribir hoy, no vale como trama actual, sería políticamente incorrecta, ofendería la sensibilidad de todos, provocaría los odios de muchos, ofendería a los ofendidos, insultaría a las víctimas. No vale porque la mujer fatal ha sido sustituida por la mujer maltratada. Tampoco existen ya hombres humillados, ahora todos somos maltratadores. Si un escritor se atreviera a perfilar en su obra a una Carmen del siglo XXI, tendría que pedir perdón por la osadía. Estaría obligado a justificarse por no ofrecer la visión única, oficial, correcta y establecida que demanda la época. Hay que dar más de los mismo, repetir lo que dicen los otros, pensar lo que piensan los otros. Hay que ser ortodoxo por cojones.
Habría que hacer más películas históricas. La realidad, que es una y la misma, se ve de otra forma si se la mira con prudente distancia. Siempre habrá alguno que sepa mirar y ver lo que se oculta detrás de un traje de época. Habría que acabar con ese remilgo tan español de no querer mirar el pasado. Habría que imitar a los franceses, que todos los años hacen varias películas de corte histórico para recuperar una memoria que les parece digna de elogio. Aquí nos han enseñado que el pasado es de derechas, que ver con interés las pasiones de otros tiempos resulta conservador, que es reaccionario mirar para atrás y tratar de comprender cuáles son esos conceptos que antes movían a un hombre a la prudencia o a la temeridad. Ahora nos mueven esos mismos valores pero hemos olvidado sus nombres. Si conociéramos un poco más, por ejemplo, los dramas de venganza y honor manchado de sangre de Lope y de Calderón comprenderíamos muchos de los crímenes actuales y tal vez podríamos evitarlos, porque en el fondo se trata de lo mismo.
No revelo nada si digo que a Carmen la termina asesinando el protagonista, enloquecido por una vehemencia destructiva. En los asesinos domésticos actuales echamos de menos ese perfil de héroe atormentado, de hombre consciente de la pasión que ha vivido y que ha terminado convirtiéndolo en una piltrafa humana. Son asesinos patéticos. Son tan vulgares como la época en que vivimos. Pero el deseo enfermizo de posesión sí es idéntico. Como lo es también la sensibilidad caótica del ser torturado por una moral del dominio o la idea oculta del honor manchado.  

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 LITERATURA EN EL PUERTO

Esta noche se dará sepultura en el Hotel Monasterio al undécimo Simposio Internacional sobre narrativa hispánica contemporánea organizado por la Fundación de Luis Goytisolo, al que yo he asistido para enterarme de qué va eso del personaje en la narrativa actual. Hace unos años, cuando estudiaba en Cádiz una carrera de letras que ha terminado convirtiéndome en el opositor que nunca quise ser, yo detestaba esta clase de congresos. No me gustaban ni las caras de los participantes ni la manera que tenían de entender la literatura, a la que convertían en un desierto de interpretaciones críticas con efectos somníferos. Sólo con mirar a estos señores me entraba sueño. Probablemente ustedes no se lo imaginan, pero una reunión de estudiosos puede llegar a parecerse mucho a una nana, por lo que es recomendable una prudente administración. La sintomatología por sobredosis incluye pérdidas de apetito, mareos, hipotensión grave y estados de calma peligrosa debido a sus componentes sedantes, tranquilizantes o hipnóticos.
Por aquel entonces uno era muy apasionado en sus opiniones. Todavía no tenía una idea cabal de lo que era la literatura, pero ya sabía que aquel desierto no era el lugar que yo frecuentaba mientras leía. Con el tiempo uno se da cuenta de que gracias a la estrecha colaboración de autores, editores y libreros, la literatura se ha convertido en una especie de plaza de abastos donde todos, con la complicidad de la crítica, trafican con los libros como si se tratara de un género especulativo. Es entonces cuando uno se reconcilia con aquellas muchachas feas de léxico estructuralista y sintaxis jeroglífica. Aquellos señores aburridos y miopes se iban convirtiendo en mi recuerdo en una especie de sociedad secreta de individuos en peligro de extinción. Me he querido reconciliar con ellos y por eso he asistido a este congreso después de muchos años. He oído las conferencias y las comunicaciones y he sacado algunas conclusiones valiosas.
Lo único que lamento es que nadie haya reparado en la naturaleza ficticia de los personajes que conviven en las ciudades en este principio de milenio. El ser humano como personaje de esta narrativa mediocre y actual que escribimos entre todos. Sólo el genial Fogwill aludió de pasada en su conferencia a la posibilidad de conceder categoría de personaje a quienes pululan por ese espacio al que él llamó narrativa periodística.
 Las noticias de actualidad son historias de ficción protagonizadas casi siempre por personajes mal construidos. Se me ocurren a bote pronto algunos ejemplos. Los políticos que nos gobiernan y que tratan de engatusarnos con un discurso propio de retrasados mentales, se adaptan con perfección teórica y práctica a la definición de personajes planos. Los inmigrantes que sobreviven a la aventura de la patera serían los personajes de una epopeya del siglo XXI. Individuos como Bin Laden o Sadam Husein están perfectamente caracterizados para interpretar el papel del antagonista en una película del agente 007. Pero la más triste historia jamás escrita es la de nuestros señores del gobierno, que nos aburren desde hace ocho años con la misma farsa de guiñol mientras los miembros de los partidos de izquierda interpretan una mediocre versión de una tragicomedia escrita por un autor iluso.

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 LA NOVIA DEL PRÍNCIPE

Todo el mundo conoce ya la noticia de la semana. Se nos casa el príncipe y lo hace con una mujer actual, española y periodista de profesión. Parece que la sorpresa ha sido bien recibida por los monárquicos más recalcitrantes, que por primera vez dan su consentimiento y aplauden sin ponerle peros al buen gusto que tiene el futuro rey. No tenían otro remedio, la decisión estaba tomada. Venía siendo incluso peligrosa la intromisión de tanto comentarista en las decisiones de la realeza. Uno cree que esta vez el príncipe se ha dado a valer y ha impuesto sus condiciones con valentía y sin negociar posturas. Nos quitamos el sombrero ante su resolución de hombre cansado de que se metan en su vida. Esta vez le tocaba dar un porrazo en la mesa y hacer oír su voz y lo ha hecho. En dos ocasiones dejó que le ganaran la partida y ya no podía consentir que los nostálgicos de las monarquías acartonadas y de papel cuché le prohibieran morder el bellezón elegido.  
Se llama Letizia Ortiz y todos la habíamos visto en los telediarios de TVE. Nos gustaba entonces y nos sigue gustando ahora, claro que también nos gustaba la belleza vikinga de Eva Sannum y la belleza natural de la Sartorius. Definimos la de Letizia como una belleza telúrica, apegada a la tierra, diríamos incluso geológica. Si nos dedicáramos a hacer su retrato habría que detenerse durante un tiempo en describir con detalle la simetría terrenal del rostro, en perfecta concordancia con un conjunto diseñado con cierto equilibrio atmosférico, como si hubiese sido fabricada bajo los efectos alucinógenos de un alcaloide sutil y gaseoso.
Si todavía nos faltaban argumentos para acabar de convencernos, la pedida de mano ha despejado todas las dudas. Además de los gemelos de zafiro y oro blanco que le regaló para la foto, la chica va y nos sorprende a todos con un libro casi inencontrable de Mariano José de Larra en edición de 1850. Una mujer que le regala a su novio un libro de Larra está destinada a ser una magnífica reina. Sin ninguna clase de dudas. Este gesto nos dice mucho y nos lo dice muy bien. Letizia pertenece a la raza de los españoles que improvisan, a los heterodoxos que vienen a dar su punto de vista lúcido, a los que van por libre y terminan imponiendo su visión novedosa de lo real de cada día. A una mujer que abona su inteligencia con Larra hay que prestarle atención y oír con gusto lo que viene a proponernos.  Esto era lo que yo necesitaba para renunciar a mis firmes principios de ácrata convencido. Cuando esta mujer sea reina yo seré monárquico, pero en el sentido literario que le dieron a esta palabra los mosqueteros de la novela de Alejandro Dumas, que no eran monárquicos porque sí, sino por vasallaje ante la reina, que era un bellezón.
Si el príncipe había perdido muchos puntos en estos años de incertidumbres y esperas, los ha recuperado de pronto con esta jugada maestra. Se lo tenía muy callado y hacía bien, porque escondía un as en la manga.  

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 LA BENEMÉRITA

              Desde que leo a Lorenzo Silva miro con otros ojos a la Guardia Civil. Su serie sobre el sargento Bevilacqua y la guarda Chamorro, recién ascendida a cabo en la última novela, me ha reconciliado con la Benemérita, que yo tenía hasta ahora recluida y a la sombra. Uno se ha llevado toda la vida leyendo libros y ha terminado por mirar la realidad a través de un prisma deformante, literario, estetizante y ambiguo. Algo es algo. Es una forma como otra cualquiera, y al fin no es la peor. Cualquier cosa antes que lo evidente y ya sabido. Antes la literatura que el tricornio temible y el furioso bigote. Antes la invención lúdica que el discurso aprendido y de memoria.
               El sargento Bevilacqua es un psicólogo frustrado que, cansado de aceptar el destino que la sociedad reserva en la lista del INEM a la mayoría de los licenciados de este país, un día perdió las ganas de ganar y decidió ingresar en el cuerpo para acallar los fantasmas del fracaso. No tendría vocación, pero tenía un as en la manga y ahí reside la grandeza del personaje. En definitiva es un héroe cansado con una interpretación acabada de las cosas que yo estoy en privilegiada situación para entender. Resulta que el tío vale, es inteligente, es agudo, es resolutivo y es eficaz. No tiene vocación pero el tío vale. Lo hace bien y resuelve los casos, y además les da un barniz ilustrado que convierte la rutina diaria en un ejercicio de supervivencia intelectual, que no es poco.
                Yo no sé si en la Guardia Civil hay muchos como el sargento Bevilacqua, y además es cosa que me importa bastante poco. Me sobra con saber que el suyo no es un mal plan, que es incluso una postura digna de ser imitada, una solución a tener en cuenta cuando se pierden hasta las ganas de perder. Lo mismo me decido un día y me hago detective privado con cultura autodidacta inicialmente dirigida.
                Uno se puede echar sobre las espaldas su sentido de la individualidad y salir a la calle a cumplir con el deber impuesto en perfecta sincronía con sus leyes íntimas. También puede dejarse persuadir a diario con el ideario del colectivo y, por ejemplo, hartarse de poner multas en espera de la jubilación y de la esquela que exalte su espíritu de sacrificio y los servicios prestados. Como tantas otras profesiones, la de Guardia Civil aglutina a héroes y a canallas, a temerarios y a oficinistas, a políticos y a politizados. Supongo que la frontera entre la dignidad y la servidumbre la establece cada cual según su entereza y discreción. Y hasta aquí la literatura y la filosofía de cada viernes.
                 Lo que resta es realidad y el deseo de que les entreguen cuanto antes el nuevo cuartel con viviendas dignas. Si luego hacen o no lo mismo con la comisaría de la Policía Nacional será sólo política. Mira por dónde, ahora que dicen que los dos cuerpos andan con piques, no está tan mal pensado.

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 LAS REGLAS DEL JUEGO

Más que la falta de auténtica ideología en los políticos, lo que uno lamenta de verdad es la actual ausencia de razonamiento crítico. Empezamos a sospechar que no existe una alternativa política porque los señores que asisten a las urnas para ser votados han abandonado la dialéctica de la seducción por incapacidad. No se preocupan y por eso no hay una renovación del saber social, que podría traducirse en el descubrimiento de nuestros techos culturales, que ahora ni vemos. No entienden, no saben, no seducen.
A uno le encantaría que lo sedujeran con palabras, que le alegraran el oído con un pensamiento iluminador; oír a uno de éstos y poder decir después “¡qué inteligente este tío!”. Pero no ocurre. Y lo peor es que no ocurre nunca. De verdad que no importa si estamos o no de acuerdo, pero un poco de inteligencia, please.
Y ya puestos a pedir, a uno le gustaría que ese lujo intelectual se diera sobre todo entre los políticos que a sí mismos se denominan de izquierdas con total impudor. A lo mejor entonces uno se decide al fin y les vota, porque habría un partido de izquierdas al que votar. A lo mejor entonces uno se decide por fin a votar.
En cambio, lo que hay en nuestra clase política es un permanente estado de idiotez insultante. Si yo fuera un tío serio y riguroso como ustedes me sentiría ofendido a diario, pero como soy un frívolo la ofensa permanece en estado latente y levita a dos metros de tanta oligofrenia.
              La última tontería tiene como protagonista a una banderita. Hablo del ámbito provinciano, por supuesto, que es mayormente lo que he decidido reseñar. Definimos este tema como una esquizofrenia a dos bandas. De nuevo, los supuestos políticos de izquierda se equivocan en su reacción y pierden puntos. De nuevo le funciona al PP la estrategia de la provocación dialéctica. Arrojan el anzuelo y los otros pican. Si se cultivaran un poco no pasaría. La alcaldesa de Jerez propone un astuto disparate y se torna en contra de la izquierda porque fluyen las salidas de tono que para muchos pueden resultar insultantes. Que si eso es franquista, que si es reaccionario, que si es anacrónico, que si por ahí no paso, etc. Y claro, los otros ganan porque tampoco es eso. Si la izquierda delimitara políticamente al antagonista no pasaría.
              Una cosa es evitar el culto exagerado de los emblemas nacionales y otra repudiar directamente la bandera, no porque no se pueda hacer, sino porque no lo puede hacer un político en activo. Y aquí viene la moraleja: la política también es un juego, y como tal tiene sus reglas, que los contendientes deben conocer. La bandera es una de ellas. Así que si la ambición es ganar, hay que jugar según las reglas convenidas.
Por mi parte, y por si quedara alguna duda sobre tendencias y quereres, propongo besar la única bandera que yo reconozco y adoro, la negra que lleva por corona dos tibias y una calavera; pero claro, ni yo me meto en politiqueos ni como de la olla grande.

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 ÉXITO Y FRACASO

                  De tanto releer a Onetti he terminado por convencerme de que todo ha de terminar en fracaso. Para mí y para ustedes, desengáñense. Es un principio ineludible, una ley que nos iguala a todos. Terminaremos pareciéndonos al sueño de nuestra sombra en la pared. Quienes vayan sobrados de esperanzas comprobarán sorprendidos que en la aduana existencial le requisan a uno las ilusiones. Podrás sacar un cartón de tabaco y dos o tres tabletas de chocolate, pero no dejarán que te vayas sin pagar caro tus osadías. Hay veces en que a uno le apetece vomitar las pequeñas satisfacciones obtenidas durante el día con tal de poder disfrutar de un poco de tranquilidad cuando llega la noche. Hay veces que hasta el más pequeño de los entusiasmos te lo cobran con IVA. Las bofetadas te las dan en dinero negro para no tener que expedir factura.
                   Aún así, conviene enfrentarse a la realidad con arrogancia y optimismo. A lo mejor tienes un buen día y puedes cambiar tu talento por un plato de comida. Si te sobra soberbia, siempre puedes hacerte con ella un anzuelo con el que pescar un resfriado. Quizás la culpa de esto la tenga Dios por multiplicar tantos peces gordos.
Si me pongo de ejemplo, quizás no me haya ido tan mal como parece. Al fin y al cabo sigo conservando la línea y, aunque llevo casado cuatro años, todavía no me he convertido en un hombre gordito. Llevo toda la vida sin hacer deporte, pero me entreno a diario para conseguir mostrar lucidez sin resentimiento. Creo que uno de los diez mandamientos debería ordenar la ofrenda diaria de calor desprovisto de cinismo. Mi mayor sagacidad consiste en trocar los fracasos en excusas.
                Son algunos de mis méritos propios. Podría poner un par de ejemplos más pero empiezo a notar en las mejillas los calores del pudor.  No sé si alguien los aceptaría como moneda de cambio. También me ofrezco para impartir clases particulares sobre el arte de perder. Considero muy necesaria la introducción de esta materia en la enseñanza obligatoria. Mucho más que el triunfo, el fracaso nos proporciona las herramientas precisas para andar por el mundo sin estar enajenado.
               Por todo esto que vengo diciendo, yo no veo tragedia alguna en que a Isabel la hayan expulsado de Operación Triunfo. Estuvo muy bien la reunión de apoyo en la plaza del Polvorista. La chica alcanzó la gloria televisiva durante una semana y presenció el aliento de un pueblo en los momentos difíciles. Es lo que se hace siempre, o te montan una manifestación o ponen una placa con tu nombre en una calle si te matan en un partido de fútbol. Hoy por hoy no hay quien dé más. Cantó bien y ahora le toca ser paciente e insistir. En su capacidad de insistencia veremos si lo suyo era la música o los fuegos de artificio. Así están las cosas. Cometería un error si creyera a quienes le digan que hay muchas esperanzas puestas en ella. Seguro que también le sorben la oreja diciéndole que es una joven promesa, cuando lo único que puede ser es ella misma.

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 PUNTUALIZACIONES SOBRE EL PARO

                El editorial del miércoles trataba la cuestión del paro con todo lujo de detalles estadísticos y demostraba, con ardiente pasión femenina, que los datos del INEM referidos a la provincia y concretamente a El Puerto son escalofriantes. Se trata de un editorial convincente y abrasivo; diríamos incluso quirúrgico. Leyéndolo con atención y estudio uno sospecha que el redactor, probablemente redactora, puso todo el entusiasmo en el asador para obtener un argumento definitivo. Es casi una denuncia a la bochornosa situación del desempleo. Pero he aquí que el valiente escrito se atreve a más y casi invita a la elucubración de argumentos que expliquen las causas. Dice así el guante que yo he de recoger: “quien trate de convencer a los gaditanos -sea a título personal o un partido político- de que el incremento de parados al final de la temporada estival no es fruto de los contratos basura de julio y agosto y minimice estas cifras está no sólo faltando a la verdad, sino también insultando a la inteligencia de la ciudadanía y no digamos nada a la de los afectados”.
                Pues bien, aún a riesgo de que se me acuse de bromear con cuestiones tan preocupantes, me atrevo, a título personal, por supuesto, a proponer una explicación alternativa. Y es ésta:
No hay más que darle la vuelta a la página del periódico del miércoles para descubrir, en la sección titulada Perspectivas del mundo, que la causa radical del desempleo en la provincia estriba en que somos bajitos. Así lo afirma Nicolas Herpin, autor de un estudio titulado La talla de los hombres: su incidencia en la vida en pareja y en la carrera profesional.
                 La tesis del estudio está clarísima y puede tener su lectura gaditana. No sólo somos bajos, los más bajos de España, sino que además no damos la talla, motivo por el cual se reducen nuestras posibilidades de alcanzar un puesto de trabajo, logrado sin esfuerzo por uno más alto que nosotros. Pero ¡ojo!, que más preocupante aún me parece nuestra relación con las mujeres, que nos explica el señor Herpin. Según esta inquietante parida no tenemos nada que hacer, no sólo porque estemos en paro, sino porque al parecer las mujeres tienen un sexto sentido que les hace intuir esto, y al ver que somos irremediablemente bajos atisban también nuestro futuro laboral y se van con el más alto, que suele ser también el más guapo y al que más le suena el bolsillo.  
                 ¡Cuidado!, que esta estupidez no la digo yo, la dice este señor, que es un erudito de la cosa. Yo sólo la traigo a colación porque no me sorprendería nada que, tal y como está el patio, saliera alguno de nuestros gobernantes haciendo referencia al trabajo del señor Herpin, y con cinismo proverbial aludiera de pasada a nuestra talla. A lo mejor es que no estamos en la media europea de estatura laboral óptima.
                  Si uno se pasa por cualquier oficina del INEM puede que allí vea a algún hombre bajito con pinta de estar harto de todo, cansado de seguir buscándose la vida llamando a puertas medio abiertas después de tantos años de currelo. Pero no se trata de un hombre pequeño. Ocurre que fue empequeñecido por la vida, que todavía le acepta un último esfuerzo.

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 LEER A MAQUIAVELO

Yo no sé si nuestro señor alcalde se ha leído El Príncipe de Maquiavelo. Si no es así, ésta es una lectura que yo le recomiendo encarecidamente. Es más, incluso me presento voluntario para explicarle algunos pasajes oscuros de la obra. Después de medio milenio de injurias, El Príncipe sigue siendo el perfecto manual para el perfecto político. Ningún representante del pueblo puede ignorar algunos de los principios más lúcidos de la ética maquiavélica. Ahora que todos los políticos predican desde la hipocresía más refinada las más altas virtudes del alma humana como cosa propia, el dirigente que quiera desmarcarse con talento de la tendencia general debe recurrir a posturas más heterodoxas.
La verdad es que a mí tanto me da que nuestro alcalde sea Hernán Díaz o cualquier otro, pero ya que ustedes lo eligen a él con tanta insistencia para que sea nuestro señorito, lo que Maquiavelo llamaría nuestro príncipe, no está de más ayudarle con propuestas como ésta en su ardua labor. Creemos que es deber de la ciudadanía seria y responsable proponer, con argumentos razonados, nuevas maneras de dirigir a un pueblo. De esta sencilla operación, fíjense, puede salir, si se la repite con la debida frecuencia, y como destilado de un alambique, el alcalde soñado por todos en nuestras más ansiosas elucubraciones.
Así pues, tenga usted en cuenta, don Hernán, que el de la política es un mundo de intrigas, conspiraciones, delaciones y villanías. A más de un chacal debe conocer usted por esos territorios, hombres que son lobos para el hombre y hacen del lugar donde se hallan un lugar para las bestias. Oiga usted la voz de Maquiavelo: “viéndose un príncipe en la necesidad de saber obrar competentemente según la naturaleza de los animales, debe entre ellos imitar a la zorra y al león a un tiempo; porque el león no se defiende de las trampas, y la zorra no se defiende de los lobos. Es necesario, pues, ser zorra para conocer las trampas, y león para destrozar a los lobos”.
No tema usted frecuentar estos duros principios. Tenga en cuenta que muchos de los hombres con los que usted trata son “desagradecidos, volubles, falsos, cobardes y avariciosos”, y que aún así, para todos ellos debe usted tener siempre una mano delante y otra detrás.
Empápese de Maquiavelo. ¿Quiere ser usted estimado como el mejor alcalde que ha tenido El Puerto? Cuide entonces su imagen. Sepa que “el vulgo se deja llevar bobaliconamente por las apariencias”. Atienda con interés estas palabras: “Ninguna cosa le granjea mayor estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras”. No dé crédito a las voces que critican los grandes proyectos que parecen descabellados a simple vista. Insista en ellos cuando advierta palabras de censura en sus adversarios. Continúe impulsándolos.
Y sobre todo, nunca aminore el paso, no se doblegue. Escuche de nuevo a Maquiavelo: “Hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella: porque un hombre que en todas las cosas quiera hacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no puede llegar más que al desastre”.

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 LA EDUCACIÓN PORTÁTIL

                     Parece que este año la vuelta al cole sólo se ha dado en El Corte Inglés. En algunos colegios de El Puerto la han visto haciendo rabona por los patios en obras. En otros, como en el de Valdelagrana, faltan clases y material y sobran niños. Es un fenómeno curiosísimo y muy moderno, que se da tanto en la pública como en la privada, de donde huye un profesor y el director calla con una serenidad de clausura. Son las mejoras que prometió la última reforma educativa. ¿Y qué es lo que dicen desde la Delegación? ¿Y qué es lo que dicen desde el Ayuntamiento? No saben no contestan.
                   Pero este problema educativo y cultural se soluciona rápido. ¿Está usted, señora, realmente preocupada por la educación de sus hijos? ¿Aún tiene la esperanza maternal de ver a sus niños convertidos en monstruos del saber con posibilidades de participar en La Quinta Esfera? No se preocupe. Con el nuevo servicio ADSL 24 horas comprobará cómo en poco tiempo su niño es la envidia del vecindario; todos se acercarán a él, fascinados, al oírle hablar recitando pasajes de Shakespeare.
                   Es el último camelo comercial promovido y animado desde el Ministerio, que pretende hacernos creer que con las nuevas tecnologías se va a paliar el analfabetismo que inunda las aulas. El ordenador, el ADSL, el internet en los pupitres. Chorradas. Es la cultura superficial, la educación portátil, la enseñanza de usar y tirar, globalizada y hueca. Antes fueron los treinta tomos de la Larousse con su cultura compendiada, como si a Shakespeare o a Cervantes se los pudiera entender leyendo un epígrafe de una enciclopedia. La Cultura con mayúsculas la han abaratado tanto que ya ni existe. El esfuerzo para obtenerla se ha devaluado hasta sustituirlo por la palabra Formación, una formación que ya no es ni la profesional de antes. Es un trueque estúpido que complace a todos. La cultura servía para construir hombres lúcidos con capacidad para comprender el mundo que se habita y a las personas con las que se convive. La formación sirve para ser un ejecutivo pintamonas en una empresa y para pagar las letras del piso adosado y del coche vacilón. La cultura valía para mirar de frente la realidad que vivimos. La formación para agachar las orejas ante la humillación que nos propina el jefazo.
                     Se podría hablar mucho sobre el fracaso de todos los modelos educativos desde Solana para acá, socialistas o populares, no importa; reformas que sólo han fomentado la pereza, la desidia, la desgana, la vagueza, la pérdida de la autoridad que tiene el saber, el olvido de la historia, el descrédito de la lengua española, el descuido de la ética, el ninguneo a los profesores, el poder inútil de los padres complacientes, la tiranía inculta de los alumnos perezosos y toda clase de atropellos al sentido común.
Pero la madre y el padre están contentos porque el niño aprueba. No ven que está sin base, sin raíces, sin arraigo. Parecen no saber que su hijo no lee, que no escribe, que no entiende. Entérese de una vez, oiga, su hijo no vale para estudiar, señora. Su hijo sale de la escuela sin saber hacer la O con un canuto y la culpa la tiene usted.

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 GRAN HERMANO

No he podido evitar la tentación. Iba yo a escribir un artículo sesudo y cultural sobre el problema que padecen los alumnos de algunos colegios de la zona, pero me he enterado a tiempo de que comienza ya una nueva edición del Gran Hermano y hombre, no hay color. Tenía incluso preparada mi tesis del día y mi propuesta pionera, muy participativa e integradora, pero la dejo para otra semana y voy a lo que nos interesa a todos y a todas.
Para mí que la grandeza de Gran Hermano radica en la igualdad de oportunidades que propicia y fomenta. En un país donde los jóvenes se han quedado sin futuro, este tipo de programas reconfortan y animan porque ofrecen una esperanza, un modo de salvarse, una solución para tu vida. Ocurre lo mismo con Operación Triunfo, otro éxito mediático y otro espejo al que mirarse y en el que preguntar “espejito, espejito, ¿quién es el más guapo y el más listo?”. Y pongo tres ejemplos ilustrativos; que tú has estudiado, por ejemplo, psicología y sólo encuentras trabajo en el McDonald's por las tardes, pues te haces cantante y en paz, que además siempre te gustó y en el karaoke del pueblo apuntabas maneras; que te dio por estudiar derecho o filología y has terminado por prepararte unas oposiciones para la Guardia Civil, que no apruebas ni a la de tres por culpa de las pruebas físicas, pues lo mismo, te vas al Gran Hermano y te conviertes en comentarista del famoseo; que te hiciste periodista y trabajas catorce horas diarias por cuatro perras haciendo tú solito el diario, no problem: si te lo propones en serio tendrás tu sitio en la tele junto a Coto Matamoros y la madre de Tamara. ¿Estás triste y deprimido? ¿Consideras que la sociedad compró tus esfuerzos de tantos años a un precio demasiado bajo? No te preocupes, todavía hay una oportunidad para tu preocupación sin esperanzas: acude a Gran Hermano y comprueba cómo en sólo tres meses varía el rumbo de tu destino inmundo.
Así es. Esa es la verdad que nos venden teñida de entretenimiento. ¿Cuánta es la gente que se acerca al casting y cuáles son sus propósitos? ¿Cuál es el porqué?
Yo no sé ustedes, pero en lo que a mí respecta, mientras me decido o no a echar los papeles para el año que viene, voy a ver este Gran Hermano con otros ojos. Incluso les propongo un juego. No se trata esta vez de acertar quién será el ganador del concurso, que eso está muy visto. Traten de adivinar el pasado y el futuro de los personajes en cuestión. Tiene su fundamento y su aprendizaje. Antes de que salga en los papeles, acierten conmigo quién es este año la ex puta por obligación, o el joven enamorado y arrepentido, o la ex de Jesulín o el ambiguo sexual. Hagan su quiniela y apuesten por el cruce de relaciones sentimentales en morboso total. Descubran otra vez y de nuevo al héroe y al traidor.

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 LOS CASCOS II

              El artículo de la semana pasada motivó una momentánea crisis conyugal con mi santa esposa. Se quejaba mi Santa del tratamiento que yo hice del tema y de la sospecha última con que cerraba mi Oda. Casi me acusaba de ser un frívolo por la tesis que proponía. Sostenía incluso que en mis palabras se ocultaba una crítica sesgada hacia la policía local por poner multas a los irresponsables que van sin cascos. ¡Maldita sea!¡Cuánta injusticia puede haber en el mundo! Hasta en el hogar de uno se esconde la incomprensión. ¡Dios mío! Qué injusta reprimenda. A mí, que considero a la policía la más segura de las protecciones con que puede contar un ciudadano en esta ola de malhechores que nos amenaza. A mí, que sé de la abnegación con que enfrentan a diario su cometido esos hombres y mujeres valerosos que oyeron a tiempo el mandato de su vocación. A mí, que estoy en paro y contemplo muy seriamente la posibilidad de prepararme unas oposiciones al cuerpo de la policía local.
Entono un mea culpa y rectifico mi opinión de la semana pasada porque no se considere que no hay en mí propósito de enmienda. Al fin y al cabo el curso de mi pensamiento es histórico evolutivo y no me duelen prendas en decir diego donde antes dije digo. Y qué decir de nuestro muy leal y heroico señor Gago, concejal de la policía local, al que muy torpemente traté de enmendarle la plana con débiles argumentos que no alcanzaban siquiera a vislumbrar sus muy altos propósitos. A él, que con sin par esfuerzo y destreza ha acometido la noble tarea de acabar de una vez por todas con toda esa panda de inconscientes y descuidados ciudadanos que con negligencia temeraria conducen sus ciclomotores sin la protección obligatoria y obligada a su bienestar y a su salud. A él, protector de los débiles, guardián de la seguridad, amparo y adalid de la ciudadanía, pido hoy disculpas públicamente por mis sospechas de ayer. Hoy afirmo que la semana pasada caí en el error imperdonable de tomar a la ligera la sesuda campaña que contra el no uso del casco enfrentan a la policía local contra los infractores de la ley. No sólo considero esa propuesta como la más necesaria y acertada solución, sino que juro solemnemente, ante la bandera de El Puerto, delatar a las fuerzas del orden público a toda persona que acometa la conducción de una moto sin el reglamentario casco. Y por lavar aún más si cabe mi torpe crítica de la semana pasada, exhorto a todos los lectores de este insignificante artículo a que combinen sus esfuerzos en nombre del bien común y denuncien al amigo policía a toda cabeza sin cascos que se mueva con dos ruedas.
Se me ocurren ahora algunos eslóganes: Cuida de tu cabeza; la seguridad es un bien de todos. Tu cabeza es mi cabeza, no la estampes contra el bordillo. Ponte el casco; póntelo, pónselo.
Y para reafirmar el importante papel jugado por la policía local, me comprometo a escribir un himno que cante sus alabanzas. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

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 LOS CASCOS

Ya estamos otra vez con los cascos y las obligaciones de todos. De nuevo la autoridad paternalista, con el celo docente que la caracteriza, recurre al argumento del bien común y de la salud de todos para dejar claro quien manda aquí. No voy a hablar hoy de la libertad que tiene el individuo para suicidarse si le sale de los huevos, porque ya se sabe que se ha llegado a admitir como cosa lógica que le vengan a prohibir a uno que atente contra su propia salud. Desde este espacio altruista y reivindicativo, escribo esta Oda para afearle la conducta al señor Gago por un par de salidas desafortunadas.
Mire usted, señor Gago, y vaya por delante que comprendo sus responsabilidades y me hago cargo de su buena intención, pero es que no me convencen sus argumentos y le pido que me los explique de nuevo a ver si así los cojo. Porque vamos a ver; no me termina de quedar clara la relación que usted establece en su personal campaña contra el no uso del casco, a la que usted llama guerra, con la delincuencia que se sirve de una moto para pegarle un tirón al bolso de una anciana que pasea por la acera. Tampoco veo clara la comparación del tema casco con la circulación de las dos ruedas en dirección prohibida y la ausencia de seguros en los ciclomotores. Estas son infracciones que usted debería tratar de paliar en todo momento con la ayuda de sus subordinados al margen de ese mes que usted se va a conceder para solucionar el problema de los cascos porque hablan mal de nosotros las estadísticas.
Mire usted, señor Gago, déjese de guerritas y cuéntemelo otra vez porque no lo veo. Lo del casco es otra cosa, ya le digo. Le diré incluso que puede ser tomada como una medida de salud pública, hombre, por el bien de todos, pero igualar a un despistado con un delincuente es mucho igualar por muy iguales que seamos todos.
 Y que quede claro que le comprendo, pero eso es mucho decir. Acepto incluso que ponga usted sus multas, señor Gago, porque es verdad que las infraestructuras de la policía precisan de una mejora, pero dejemos cada cosa en su sitio, hombre.
Quedo pues a la espera de esa campaña de concienciación para el uso de un casco adecuado en un accidente. Espero no ver más quitamultas en la cabeza de los irresponsables que no cuidan su salud contra la amenaza del bordillo. A ver si así al menos conseguimos bajar el número de denuncias, señor Gago, aunque hoy estoy espeso y tampoco entiendo que alguien pueda pegar un chivatazo porque ha visto al vecino sin el reglamento en la cabeza. ¿De verdad son ciento cuarenta denuncias por no llevar casco? ¿No se habrá confundido usted con el motivo de las susodichas?
En fin, que le dejo actuar con su libretita de multas en la mano. Pero mientras todos sigan llevando en la cabeza un plato que no les protege del golpe pero les libra de la sanción, yo pensaré que lo que usted pretende otra vez es sacar las cuatro perras.

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 PROSTITUTAS

                Nunca sabe nadie de dónde vienen, pero se las ve por los rincones de la ciudad y eso gusta poco.  De cuando en cuando cambian su itinerario y la gente se queja porque traen consigo la mala noche. Ahora me entero de que circulan por los barrios de la Renfe. Antes preferían Valdelagrana y el parque de la Victoria. Son las cosas que pasan. Es lo que tienen la pobreza y la necesidad y la falta de recursos, que nadie las quiere para sí en su territorio y es comprensible. Yo siempre creí que la prostitución arrastraba un problema de orden moral, pero resulta que andaba en el error y voy a exponer aquí mi última tesis para aclararme.
Cada vez que oigo hablar de las prostitutas sale a relucir el asunto de los camellos, de la droga, de la delincuencia, de los bajos fondos, lo que me lleva a pensar que el tema tiene un trasfondo social que es para meditarlo con ayuda de los clásicos y de los vecinos quejumbrosos. Y la pregunta es ésta: ¿de qué se quejan?
Porque por lo que uno escucha y lee se diría que estamos de nuevo ante el problema callejero del proxenetismo y el comercio genitourinario, y no es eso. No es eso. Aquí no se está juzgando a la mujer del suburbio, a la profesional del consuelo, a la cenicienta de saldo y esquina que canta mi admirado Joaquín, aquí se habla de marginación, de tráfico, de enfermedad, de jeringuillas usadas y de la intervención de la policía cada dos por tres.
¿Por qué se elige entonces a la prostituta como chivo emisario? Por una costumbre histórica, por puro atavismo, porque son la cara visible de la nocturnidad oculta y porque dan el cante mientras los otros trabajan. Pero de lo que hablamos todos cuando callamos es de la delincuencia que se cuela en el barrio mientras dormimos.
Y es que no puede ser de otra manera. Quien más, quien menos, aquí todos hemos aceptado que hay quienes precisan del desahogo corporal que ofrecen esos cuerpos en venta. Es otra vez la ley de la oferta y la demanda, y qué se le va a hacer. Yo mismo comprendo que no todos van a tener la suerte de amores de que dispone uno, y no es por fardar, es por hacer el chiste fácil.
               No se puede tomar el tema en serio si no empezamos hablando de la marginación y sus consecuencias. No es de la prostitución de lo que ustedes abominan. En estos últimos años, el comercio sexual ha demostrado ser un estupendo atajo para el logro del ansiado bienestar, que es a lo que vamos todos. No hay más que encender la tele y empezar a comprender que esa es la estrategia a la que con más frecuencia se recurre. A eso se le llama mercado, compra y venta, intercambio de fluidos y carne. Es otra vez el viejo oficio al alcance del más pringao. Y nadie se queja. Yo conozco a muchas madres orgullosísimas de que sus hijas despunten maneras. La niña vale para esto, dicen, y a uno no le cabe duda. Algún día será famosa.

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 MORIR DE CALOR

               Por aquí dicen que van a construir otro geriátrico y yo tengo sobre este asunto mi tesis del día débilmente elaborada, como debe ser. Hace falta, señores míos, un refugio donde guarecerse cuando la vejez aprieta y ya uno va sabiendo que no entra ni en el utilitario vacilón que se compró el hijo con el último plan renove. Mayormente por la calor y porque las casas de protección oficial venían sin aire acondicionado y las pensiones no dan para esos lujos. Hay quienes todavía no saben que la calor es femenina y radical. Se trata de una señora gorda con la faja apretada que se cuela por las rendijas de la persiana y lo sorprende a uno acostado en la cama con las sábanas sudadas.
             Para mí que es la noticia del verano. En las grandes ciudades se mueren los ancianos por el rigor de las calores y los vecinos no se enteran hasta que no les da en la nariz el olorcillo del fiambre. Ni el tráfico bestial con todas sus operaciones salidas y sus conductores suicidas tiene una maquinaria criminal de tal eficacia. Ni el tabaco y el alcohol juntos y hasta proponiéndoselo resultan tan exterminadores en tan corto espacio de tiempo como la canícula que nos invade y abochorna. Yo diría incluso que pocas muertes avergüenzan tanto como que le sorprenda a uno un mal vapor de camino a la cocina para echar un trago de agua.
             Es el consejo de estos días. Hay que tomar mucha agua, queridos niños. Se deshidrata uno si no bebe por lo menos dos litros por día. Si le deja la próstata y le da tiempo de ir al baño, fíjese usted en su pipí, abuelo, que esté clarito y no huela. Si no, malo.
             Ahora nos llegan noticias de que la cosa puede ser todavía peor. Fíjate lo que está pasando en Francia. La empresa de pompas fúnebres, que es una exagerada, dicen que van ya diez mil muertos. Están haciendo su agosto, los tíos, que hasta montan chiringuitos con camillas en los hospitales. Previsores que son por ahí arriba.
El gobierno francés, en un intento de calmar a la población sudada, va y dice que no son tantos, que la mitad, que cinco mil sólo, y para que todos vean que no están gobernados por malhechores sin asistencia sanitaria efectiva, exige responsabilidades y corta cabezas, que es como pedir dimisiones con la guillotina republicana. Y entonces sale un señor, un particular con mando entonando su mea culpa y asunto terminado.
              Eso pasa poco por aquí. Ni siquiera habría responsables. ¿Se lo imaginan ustedes? Si aquí hubiera una catástrofe similar, con miles de muertos como consecuencia de la ola de calor, ya verían. Yo me imagino al ministro de turno, la ministra en este caso, saliendo de su guarida vacacional y buscando la manera de colocarse la medalla. Diría que no pasa nada, hombre, que todo está controlado, que somos la vanguardia de la sanidad pública internacional, que estamos en la media europea de muertos por calor y que de esto no tiene la culpa nadie porque se trata, qué duda cabe, de fallos humanos. Con dos cojones.

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 LA QUEJA DE UN LECTOR

           Abro el periódico con urgencia y leo los titulares con avidez investigadora. Busco en el editorial algo de carnaza saludable. Nada. Hojeo la actualidad local y me pregunto, ¿qué hay aquí que merezca la pena? ¿El tema de los autobuses que acabará en una huelga y en un cabreo de Hernán? ¿Los coches estropeados de la policía? ¿La espera de la licencia de obras para un geriátrico? No, no, nada. Visito el chiste de Maro para ver si me inspira como otras veces pero tampoco me vale, de eso del nudismo ya hablé en su día. No me pone. ¿Es que no hay nada hoy que haga saltar la chispa en mi cerebro? Opinión, deportes, nacional, cultura, televisión, horóscopo, farmacias, cartelera, postales. Nada.
Cuando estoy a punto de desistir descubro el espectáculo en la carta de un lector ofendido. Ésta es la mía, me digo. Y efectivamente. Así que leo con entusiasmo esa prosa enérgica, clara, auténtica, sabia y convencida que produce siempre la indignación de un hombre insultado, y me digo: qué razón que tiene el tío.
¿Y qué es lo que dice el lector en su carta? Muy sencillo. Que esto es una vergüenza, oiga. Que así esto no puede seguir. Que hagan ustedes bien su trabajo y dejen de insultarnos con su lenguaje y sus formas de mercado. Que dejen de tomarnos por subnormales. Que ya está bien, hombre, de tanta tomadura de pelo y tanto rencor y tanto odio y tantos resentimientos como tienen ustedes, hombre, que cualquier bien nacido pensaría que van ustedes al tajo con la sedienta haciendo bulto en los pantalones. Y es que no hay más que ver a ciertos políticos para pensar que accedieron al cargo para liberar algún trauma y ahorrarse los cuatro euros que les llevaba el psicoanalista.
Porque de eso va la carta, de los políticos y la política, y tiene su tesis y su revisión y hasta su propuesta que sería muy largo de glosar aquí pero que tiene su punto. Sólo le achaco cierto tono de discurso exaltado en algún momento, sin duda fruto del entusiasmo que provocan las agallas cuando raspan la verdad. Eso sí, se le olvidó añadir que los políticos aprenden con los años a combatir su vergüenza con sal de frutas. Hay que resignarse primero a esto y luego saber atisbar en la sonrisa de sus labios la coartada de una mentira. Hay que conformarse y aprender cuanto antes a sobrellevar la extrañeza que lo invade a uno cuando va a la urna y presiente que su voto irá a parar a las arcas de su enemigo. Lo mejor que te puede ocurrir si apuestas de verdad por un grupo es amasar una fortuna con la pérdida de tus ilusiones. Si te arriesgas y confías es probable que descubras lo hermoso que es teñir el futuro de estafa.
Pero esto son ocurrencias de última hora por no encontrar tema para el artículo. Me quedo con una frase de la carta: “es necesario que repasen las normas de urbanidad, y que aprendan a usar bien el idioma”. Alguien se lo tendría que decir a nuestros señores en un pleno.

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 UNA MUERTE LENTA Y DOLOROSA

El otro día vi un eslogan publicitario buenísimo en un paquete de cigarrillos. “Fumar provoca una muerte lenta y dolorosa”, así decía el mensaje persuasivo con ejecutiva brevedad. En seguida me dio por pensar una tesis sobre lo acertado del truco, que deja contentas a las autoridades sanitarias y ofrece un tema de debate a los amigos del tabaco. Y es que no hay nada como asistir en vivo a una reunión de fumadores, encantados siempre de departir unos minutos sobre la persecución de la que son víctimas en los últimos tiempos. Ahora incluso interpretan el papel del malo en las películas que nos vienen de Hollywood.
Yo creo que la culpa de todo esto la tienen los fumadores disidentes, que cuando se presenta el cangrejo de la debilidad salen diciendo los tíos que ellos no sabían que la cosa era para tanto, que la responsabilidad es del otro y que a ver cómo se hace, pero que le devuelvan el pulmón bueno porque el de ahora sólo les sirve para desinflar el globo de la respiración asistida. Y claro, las empresas tabacaleras miran para otro lado y se cubren las espaldas. Lo lógico.
Si nos tomáramos el tema en serio convertiríamos el fumar en un deporte de riesgo y le daríamos categoría olímpica, pero como somos gentes de medio pelo hacemos la prueba durante treinta años y luego vamos a que nos devuelvan el importe porque no hemos quedado satisfechos. No, mire usted, ese no es el trato. Si usted se muere a consecuencia de los rigores del tabaco deberían enterrarlo con los mismos honores que se le dispensa al amigo que fallece porque tuvo la osadía de escalar el Himalaya y se le fue el pie.
                Entre escribir sobre las muertes que está provocando este verano el calor y escribir sobre las muertes que provoca el vicio compulsivo de fumar no existen sino diferencias argumentales, pero el fondo es el mismo; a unos les falló el aire acondicionado y a los otros les falló la voluntad. Claro que siempre hay quienes también dicen que el fresquito del aire acondicionado te puede provocar un cáncer de aquí te espero.
Como yo ya me he cansado de llevar una vida saludable y me he decidido por el abandono de mis cualidades físicas y hasta mentales, voy a encender un cigarrillo esperando que alguien solucione la barbaridad esa de los recortes de personal en Altadis, Sevilla y Cádiz, que es de lo que yo quería hablar realmente, pero se me fue el santo al cielo. A ver si al menos consigo la fotogenia de Bogart.

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 NUDISMO EN EL PUERTO

Parece ser que el gobierno de nuestro señor alcalde ha decidido reservar una zona de la playa de Levante para el nudismo total y los baños naturistas y esto merece un comentario. Aunque el chiste de Maro del miércoles trataba el asunto y hasta se le hizo una hábil entrevista en este diario al señor Sánchez, portavoz de los populares de la oposición, para ver si decía alguna barbaridad, yo me estoy temiendo que al asunto no se le dé la debida importancia y se quiera pasar por él de puntillas y sin implicarse.
Porque vamos a ver. ¿No es un acontecimiento singular esta novísima propuesta de nuestros señores independientes? Asunto prioritario para el fomento del turismo en la zona lo llaman ellos con sutil eufemismo y como con vergüenza. Asunto prioritarísimo, señores míos, diría yo, oferta cabal donde las haya e incluso invitación para la relajación de cuerpo y mente en espacio abierto y natural.
Lo que yo estoy echando de menos pero ya mismo es un eslogan publicitario eficaz y una campaña de promoción para esos sesenta mil metros, aunque no se me escapa que estas cosas llevan su tiempo y su periodo de adaptación. Si el señor alcalde me ayudara con el proyecto y me financiara el capricho, yo mismo montaría allí un chiringuito para acoger con regocijo la llegada de los desnudos gloriosos. Sin pudor y sin miedo a los mirones, que aquí no hay nada que ocultar. Que a esta idea hay que darle un empujón sin más demora, don Hernán, que se nos acaba el verano. Yo estoy dispuesto a escribir desnudo el artículo de los viernes en aquel chiringuito si usted me lo permite. Fíjese lo que le digo, estoy dispuesto incluso a votarle a usted en las próximas con tal de que esto no desfallezca.
Y es que el tema me parece casi una metáfora bucólica de las tierras vírgenes, con los Toruños allí mismo, que nos los están quemando día sí y día también; querrán construir más pisos para el turismo familiar. No lo consienta usted, señor Díaz, y habilitemos la playa para andar todos en pelotas. Y si hay que exhibirse al principio para darle un caché al asunto, pues nos exhibimos juntos y en paz.
Y acabo. Se me ocurre otra idea para darle un empujón internacional y publicitario a este proyecto de todos. Tenemos que contratar al tío ese de las fotos de Barcelona para que venga aquí y nos reúna en la playita como dios nos trajo al mundo, que nosotros también tenemos michelines artísticos.

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