RESEÑAS LITERARIAS EN EL DIARIO DE CÁDIZ Junio de 1997 - Junio de 1998
LOS PLACERES DEL TACTO
Fernando Fernán Gómez, ¡Stop! Novela de Amor, Ed. Espasa, 309 pp.
Fernando Fernán Gómez ha conseguido ser un hombre del Renacimiento a finales del siglo XX sin llegar a padecer por ello de anacronismo. Encarna hoy día al hombre ilustrado, al artista total que ha conseguido el privilegio de poseer más prestigio que fama, cosa de la que muy pocos pueden presumir. Fernán Gómez creo que ha alcanzado más el respeto y la admiración de sus colegas que el realce y el clamor de las muchedumbres, tan efímeros. Le ocurre como a Serrat en el mundo de la música, no sé si me explico. Hoy es ya un intocable, un cineasta reconocidísimo y un escritor sólido.
En su última novela, ¡Stop!, novela de amor , concierta el mundo del cine con el de la literatura, en un ensamblaje amoroso que unifica la peripecia vital y afectiva de un guionista, Enrique Lafuente, con el rodaje lioso y absurdo de una película, precisamente ¡Stop! La alianza de estos dos componentes le vale al autor tanto para la presentación irónica y crítica y nostálgica de toda una época del cine español (años 60), como para hacer una reflexión con tintes memorialistas sobre el amor, bálsamo dulce o cuenco de la crueldad.
El amor, esa cosa con alitas, mortifica al guionista Enrique Lafuente porque no vale para el amor, porque no tiene vocación, porque no sabe renunciar al sufrimiento que éste acarrea, porque, en definitiva, no sabe limitarse a disfrutar del goce que proporcionan los placeres del tacto, tan saludables.
¡Stop! Novela de Amor es una apuesta irónica y ácida por la memoria crítica que se atreve a ponerle nombre a lo vivido mediante los recuerdos, y sobre todo mediante el análisis de la memoria, tan cáustica, tan deformante, tan aficionada a la mezcla de ficción y realidad, tal y como en esta obra ocurre. Una novela con el componente que nos gusta: la identificación total de la realidad y la ficción, donde lo real entra y sale en el arte fecundándolo.
LA DERECHA ETERNA
Francisco Umbral, La Derechona, Ed. Planeta, 253 pp.
Quienes lo han leído poco (otros no lo han leído), quienes no han llegado a comprender el hondo sentido de sus palabras, lo consideran sólo una prosa brillante. Los que lo seguimos por galerías encendidas, por traspatios sin luz que dan a callejones reales o ficticios, quienes lo seguimos en su quehacer diario leyéndolo y releyéndolo, lo consideramos (a él también) una complejísima y dilatada literatura, como ya dijera Borges de Quevedo.
La Derechona es otra entrega de Umbral a la realidad actualísima de su tiempo, a modo de crónica o artículos (que lo son), como ya lo fueron otros libros suyos: Diario de un Snob, Amar en Madrid, Los Cuerpos Gloriosos, Mis placeres y mis días y un larguísimo etcétera que lo encumbra como el más lúcido y lucido cronista de su época, como el mejor comentarista de lo cotidiano y de la cosa política.
La derechona de Umbral es la derecha eterna, tan reseñada por él en tantos artículos, esa derecha que encuentra su utopía en el pasado, pues que la derecha posee el sabor cetrino del ayer, de la nostalgia, de lo que no acierta a decir su nombre pues que no sabe cuál es su época, por eso ahora esgrime dentro de su vocabulario los nombres de centro o liberalismo, sin que tenga nada que ver con los liberales de los tiempos de Isabel II.
La derechona de Umbral sobrepasa los límites del actual gobierno, aunque sea el actual gobierno el que sufre la mordaz crítica, la sátira ácida del rojo de izquierdas. En La Derechona de Umbral cabe de todo, como en el PP, que es la pensión donde se da acogida a lo más decente y puro de la sociedad. Se trata de la crónica de la actuación de la derecha desde que llegó al poder el 3/M o casi, y la visión lírica y dulce de los "viejos franquistas, viejos falangistas, democracia cristiana, chicos del SEU, Derechona de toda la vida, Opus Dei, centro progresistas y otras especies".
VOLVERÁ A REÍR LA PRIMAVERA
Francisco Umbral, Capital del dolor, Ed. Planeta, 234 pp.
Umbral era un snob que reivindicaba la figura de Larra y amaba a Gómez de la Serna sobre todas las cosas. Hoy Umbral es un dandy con bufanda y pelo largo que reivindica el estilo y la metáfora como motores de toda buena literatura, una prosa lírica que se pasea por Madrid para airear al personaje.
En Capital del dolor Umbral ensaya eso que tiene él tan bien aprendido / comprendido, la capacidad de poner la imaginación no ya al servicio de la historia, sino de cada frase, que el vocablo es un descubrimiento de cada día. Una novela histórica de amor y crimen, entre la insolencia y el desafío, una novela con La Falange al fondo y la guerra en la vuelta de la esquina, el homenaje a la utopía de los que siempre pierden, el fatalismo de la retaguardia, de los que esperan el amor de la puta Luguillano y el éxito diario en las páginas de un papel de periódico.
Capital del dolor es una mezcolanza de memoria y juicio crítico que juega con el estilo y propone una relectura más personal y de más hondura de nuestra propia historia. Umbral descubre e inventa, por medio de Paulo (trasunto literario del autor), los misterios de la barbarie, los miedos existenciales de la clase media y de los obreros desclasados y aniquilados por los flechas al alba. No se trata de una novelita burguesa de lector acomodado en su aburrimiento, sino de un híbrido entre la realidad y la ficción que exige la atención continua que desvele la crónica local y la verdad humana que esconden sus páginas.
Capital del dolor es una novela que participa de la doble condición de la que hemos hablado ya, una ficticia realidad o un realismo artificioso desde el que quizá debiéramos observar, descubrir o inventar la literatura.
DEL SUBYUGANTE PLACER DE LAS MUJERES
Federico Andahazi, El Anatomista, Ed. Planeta, 233 pags.

El anatomista al que se refiere el título de la novela es Mateo Renaldo Colón, descubridor del Amor Veneris, el órgano mediante cuyo dominio es posible gobernar a las mujeres. La "América" de este Colón es el clítoris femenino, la llave que abre las puertas del Cielo y del Infierno. Pero no es ésta una novela erótica de atropello y revolcón. Tampoco un tratado misógino o "machista"; es, sí, la historia de un descubrimiento y de un amor obsesivo, el del protagonista por una puta de sonrisa subyugante en la Venecia del siglo XVI. El deseo de poseer a Mona Sofía conduce a Mateo Colón a sondear la ignorada naturaleza de las mujeres, a profundizar en el lugar natural del equívoco. Puestos a la tarea, el humorismo distanciador que esgrime Andahazi encuentra su tierra prometida en una sexualidad que incumple lo que promete y halla satisfacción en el despecho y el abandono. Entre la intimidad y la mentira, la convención amorosa supone el dominio de una de las partes. La novela ofrece la original tesis de que el clítoris constituye "un verdadero instrumento de potestad sobre la volátil voluntad femenina".
Las armas de que se vale el autor para mantener el ritmo y la intriga del relato son el humor y una tenue ironía que rebasan la quimera y la historia. También las continuas notas a pie de página generan una sustancia de consistencia variable entre la ficción y la realidad muy del gusto hispanoamericano.
Federico Andahazi invita al lector a perderse en una fábula renacentista de amor y deseo insatisfecho, donde no faltan el temor a las hogueras del Santo Oficio ni la exposición del sistema de pensamiento de la época en que transcurre la historia. El Anatomista es un alarde de imaginación y estilo depuradísimo, un balbuceo poético que encuentra su máximo ejemplo en las sorprendentes greguerías del capítulo titulado "Llueve".
DESOLACIÓN Y QUIMERA
E. L. Doctorow, El libro de Daniel, Muchnik Editores, 448 pp.
No se puede reseñar esta novela y no mencionar que fue publicada por vez primera en 1971. Hay que añadir que supuso un alegato en contra de la pena de muerte, además de una férrea diatriba a la sociedad norteamericana, ignorante y consentidora, que se recrea en su propia miseria y se enorgullece de su frustración ética y de ese vagabundeo en una continua crisis infantil que es tal vez su seña de identidad más característica. Como toda gran novela, El libro de Daniel admite varias lecturas. Quizá la más frecuente o recurrida sea la de argumentación en defensa de los Rosenberg, un matrimonio ajusticiado en la silla eléctrica por un delito que no habían cometido. Se les acusaba de colaboracionismo con la Unión Soviética, y de comunistas, terrible delito, sobre todo mientras duró la caza de brujas, actitud duramente amonestada en la segunda parte de la novela, que Doctorow titula con acierto Noche de Halloween. En El libro los Rosenberg son los Isaacson.
Doctorow es en este libro un agudo y obstinado observador de las fluctuaciones de la memoria, y construye una complejísima novela donde el protagonista, Daniel, con inteligencia de desollado vivo va desgranando, como de un sueño que hay que interpretar, como en el libro de la Biblia, las pequeñas y crueles verdades que entretejen su vida, la de su hermana, la de sus padres ajusticiados y también la de sus padres adoptivos. No hay lugar para el optimismo en esta novela durísima, todo es verdad en ella, todo es incertidumbre, crueldad, desconsuelo, mezquindad, egoísmo, sordidez. Nada se salva de la invectiva reprobadora de Daniel, ni siquiera los movimientos pacifistas que pululaban en la época. Todo se derrumba, en un presente caótico, en un país yermo, ante la implacable visión de una inteligencia desolada.
LA LUZ CETRINA DE LA REALIDAD
Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe, Ed. Valdemar, 598 pags.

Pocos escritores hay que consigan a lo largo de toda su labor de creación un sólo personaje inolvidable, que nos parezca real en cualquiera de sus manifestaciones, por más que éstas puedan parecer absurdas o irrisorias, que permanezca en la memoria del lector como representante de un conflicto, como Hamlet encarna la duda y Othelo los celos, por ejemplo. De vez en cuando leo un libro donde esto ocurre y eso me basta para recomendarlo. Así pues, quiero recomendar al lector de esta columna la novela de Juan Manuel de Prada, pero como buen lector que me considero, no como crítico. Porque ésta es una novela para el devorador de libros, que sabe descubrir en la palabra impresa las posibilidades infinitas de la realidad y la ficción, sobre todo cuando ambas se entremezclan, como es el caso. Dejo a un lado todo comentario sobre el virtuosismo del autor al construir la frase, o sobre la perspectiva crítica que esconde la fauna animal o humana que en el libro se convoca, que es una visión real o ficticia de la golfemia madrileña de principios de siglo, por donde pululan unos personajes canallas o entrañables, irreverentes o visionarios, absurdos o golfos, hambrientos o sentimentales, pero en todos los casos, contaminados de literatura y deseos. Dejo cualquier comentario de este tipo porque ésta no es una novela para juzgar con la óptica limitada de la crítica. Las máscaras del héroe es un libro para el lector que se deja las dioptrías en sus páginas, y sobre todo es una novela con una figura perfectamente elaborada, el escritor Pedro Luis de Gálvez, cuyo retrato participa de esa ficticia realidad o de ese realismo artificioso que ya hemos reivindicado alguna vez desde esta columna. Juan Manuel de Prada nos relata mediante unas memorias, las de Fernando Navales, y a la luz cetrina de la realidad, la historia de un pícaro que posee todas las características del personaje trágico y doliente.
ESE LEPIDÓPTERO CARNAL
Juan Manuel de Prada, Coños, Ed. Valdemar, 155 pp.
Aunque este título no es una novedad, aunque este librito lleva ya en las librerías un par de años, quiero aprovechar la ocasión para reseñarlo, por ser la primera obra de Juan Manuel de Prada. Sólo nos quedaban por comentar los sublimes Coños de este autor. Desde esta página José Antonio Arias nos advertía hace tiempo del libro de relatos El silencio del patinador, y yo mismo les recomendaba aún no hace dos meses su novela Las máscaras del héroe, espléndida recreación memorialista de principios de siglo y magistral lección de quehacer literario. Creemos que es fundamental hacer un comentario mínimo sobre la primera obra del escritor que ya muchos consideran el mejor de su generación. Por cierto: hace dos semanas le concedieron el premio Planeta, galardón esperadísimo por tan cantado.
Coños es un libro insólito y divertidísimo, episódico y lúdico, retórico y disparatado, mojadísimo y locuaz, lírico y único. Inevitablemente Coños está lleno de flujos y metáforas, y posee en cada una de sus páginas la ferocidad burlona de un combate campal o amoroso, pues su fin último es traernos y llevarnos por entre tipologías púbicas y femeninas, como en un asalto carnal obsesivo y mortificante, en lo que constituye un homenaje a la mujer y una celebración orgullosa del coño. Para los iniciados en materia tan sagrada Coños podría ser un opúsculo imprescindible, un manual de consulta práctica (aunque Prada no es ginecólogo) o un libro de cabecera, pero no es esto, no es sólo esto. Que no se confundan los muy castos o muy púdicos, no es una obra machista o pornográfica, es el ejercicio minucioso de un orfebre, la labor entusiasta de un humorista, las memorias apócrifas de un cuenta cuentos, el mensaje inagotable de un enamorado, la íntima creación narrativa de un poeta, el peregrinaje corporal de un ingenio...
Para mí, simple iniciado, ha sido un descubrimiento y un placer.
ENTRE LA RISA Y LA NADA
E. M. Cioran, Conversaciones, Ed. Tusquets, 264 páginas.
E. M. Cioran (1911-1995) fue un escéptico al que tentó alguna vez algo más que una duda, un lúcido crónico atareado en desarticular las consecuencias de cada pensamiento, un diletante enemistado con la historia, que reconoció en sí mismo la desgracia de haber caído del tiempo, un estilista preñado de humorismo que entre la truculencia y el capricho permaneció atado a la negación y la carcajada.
Tras su muerte, y como homenaje, se publican estas asombrosas Conversaciones con un pensador que, escéptico ante cualquier postura, afirmó que "toda palabra es una palabra de más". En ellas, a la vez que se exponen las claves fundamentales para conocer su obra, se da cuenta de la experiencia de un apátrida que permanece alerta ante cualquier forma de sistema, ante cualquier dominio que obligue a reprimir una ilusión por consideraciones sociales o políticas. Esta obra recala en lo esencial de un autor independiente: su infancia en Rasinari (Rumanía), su radical inconformismo, sus impresiones sobre una Europa vanidosa y autocomplacida, y en fin, su experiencia del tedio y el insomnio, fatalidad que sufrió durante años y que le despertó del vacío que inspira y promueve lo real.
Las veinte entrevistas que conforman la obra (una de ellas de Fernando Savater) no ceden al impulso del patetismo expresivo que se encuentra en las certezas, sino que dejan paso a la confesión de un pesimista, a la venial clarividencia de quien reconoció estar En las cimas de la Desesperación y hurgó en la ansiedad que provoca La tentación de existir.
ESE AFABLE DESPOTISMO
Iván Turguéniev, Rudin, Alba Editorial, 165 páginas.
No es fácil poseer una creencia y reprimir la tentación de proclamarla. Quien, apoyado por su elocuencia, crea disfrutar de un discurso válido para muchos (para todos), ése está tan cerca de la tiranía que sólo un error o un capricho puede desarmarle. Ésta parece ser la moraleja de la primera novela de Turguéniev (1818-1883), que ahora publica Alba Editorial. La buena voluntad de quien se alza como representante de los otros, no basta para evitar los reveses del infortunio.
Dmitri Nikolaich Rudin es un optimista rezagado y sincero, un filósofo de la verdad, una cabeza pensante que se pasea por el mundo haciendo extensivas sus creencias, pero también sus fobias. Amigo de obtener un público que le atienda y que le admire se frustra si su deseo no le es concedido. Rudin es la crónica de una frustración, de un anhelo insatisfecho; el retrato del conflicto entre la palabra y la acción.
Ninguna literatura como la rusa ha sabido explorar más y mejor los mecanismos del sentir humano, los recovecos por donde se filtran las pasiones más bajas. Iván Turguéniev elaboró en esta novela su ejemplar de hombre que ríe y que llora, y que unas veces se encuentra pensativo y otras muestra toda la majestad de lo lúgubre, como ya hicieran Cervantes, Shakespeare, Sófocles o Beaumarchais. Rudin es el brillante mediocre, el intelectual ambiguo perpetuamente atrapado entre su valía y su ineptitud. Tanto por la dualidad de su persona, como por el carácter enérgico de sus propuestas merece figurar en el mausoleo que forman Don Quijote, Hamlet, Edipo o Fígaro, entre otros.
Novela típica del siglo XIX, Rudin escruta el viejo tema de la realidad y el deseo, y bucea en el sentimiento de naufragio que encubre el hallazgo de la incapacidad.
EL PODER
Manuel Vázquez Montalbán, El Poder, Edición de Fco. J. Satué, Espasa Calpe, 363 pp.
No había leído nada de Vázquez Montalbán y ha sido un amor a primera página, de los que marcan y dejan en los ojos el presagio de futuras dioptrías perdidas. Necesito leerme ahora mismo sus obras completas.
El Poder es una mezcolanza a modo de ejemplo de la obra que Vázquez Montalbán ha ido cultivando en multitud de diarios y en semanarios diversos, en novelas y ensayos donde ha dejado la huella animal de un escritor total que se arrastra y nos arrastra por la orgía de las cosas, devolviéndonos un discurso preñado de humorismo entre Groucho y Carlos Marx.
Montalbán es un superviviente de la dictadura franquista; Montalbán es Pepe Carvalho en multitud de novelas policiacas; Montalbán es Sixto Cámara en infinidad de artículos periodísticos; Montalbán es un camaleón que se viste con los fundamentos de la razón crítica para reivindicar una militancia humana las veinticuatro horas del día; Montalbán camina de puntillas por entre Cuestiones marxistas A la sombra de las muchachas sin flor, pero siempre entre la renuncia al orden y el desprecio por las jerarquías.
Y aunque Montalbán es un periodista todoterreno que se nutre de la realidad para dar sentido completo a su obra, no copia nada de la realidad, la interpreta, y de ahí surge la visión lúcida de un mundo de idiotez donde lo que abunda es la subnormalidad o el estado continuo de canibalismo salvaje. Como el racionalista no arrepentido que se considera, a lo largo de este libro-meditación sobre el poder, hecho de años y experiencia, envejecido por la razón, Vázquez Montalbán viene a exponernos la tesis, no sin melancolía fin de milenio, de que aunque se nos ha agotado la capacidad de distinguir referentes estables, seguimos necesitando del poder de los jefes, precisamente porque no creemos en nosotros mismos.
LA OBSCENIDAD ES BELLA
D. H Lawrence, El Amante de Lady Chatterley, Ediciones B, 1997, 473 pp.
Conviene de vez en cuando darse un homenaje y cubrir de paso ese déficit literario que mantenemos desde antiguo y que no deja de aumentar como el hambre o como una preñez no deseada. Es conveniente encerrarse en la lectura de lo que siempre faltó, o simplemente de lo que dejamos de leer, adormecidos por la incuria o la estulticia. El amante de Lady Chatterley me esperó siempre en los anaqueles de la biblioteca de mi colegio, en edición de bolsillo (la vieja Bruguera), pero la incuria y la estulticia me impidieron disfrutarla, además de una portada poco convincente, más acorde con el argumento de una novela de Corín Tellado que con la prosa seminal del primer obsceno del siglo XX. Homenajeo a Lawrence leyéndolo en edición novísima, y santifico mis días con una lectura testicular y valiente que vale tanto para la sociedad victoriana inglesa como para la no menos puritana sociedad española. Y esto aún hoy.
El aviso me lo dieron hace años Anaïs Nin y Henry Miller, esos dos bellos obscenos, que no pornógrafos, a quienes tengo muy leídos. Hay que leer a Lawrence y dejarse subyugar por la bomba humana que esconden sus párrafos, por la obscenidad apenas encubierta de sus argumentos, por su lirismo vaginal y absolutamente masculino, y, por supuesto, por esa entrega suicida que hace de la buena literatura una amenaza para las dioptrías.
Perdonen mi entusiasmo, pero no comulgo con la crítica al uso, siempre de vuelo corto, y que con charlatanería irrisoria impide el disfrute de la obra de arte. Lean el libro y ya está, y luego me cuentan. Aunque uno es joven, ya tiene hecha su lista de autores (Quevedo, Umbral, Henry Miller, Cioran y por ahí). Son los nunca entendidos, los siempre acusados. Voy a meter en la lista a Lawrence: la obscenidad es bella y merece alguna dioptría.
CADA LOCO CON SU TEMA
Jesús Ferrero, Ulaluna, Ediciones SM, El Barco de Vapor, 158 pp.
La literatura infantil o juvenil parece confirmarse últimamente como la mejor portadora de lecciones éticas o filosóficas. En los últimos años, las incursiones de Jostein Gaarder en este terreno han hecho viable una superficie demasiado sujeta a equívocos, en la que siempre se han tratado de aunar la enseñanza y el deleite como aconsejaba el antiguo precepto neoclasicista. Aunque ya anteriormente autores como Michael Ende o Tolkien habían intercalado mensajes pedagógicos en sus libros, no eran éstos los ejes que sostenían la trama de la obra; al menos no parecían serlo. Ahora se multiplican los libritos que a un argumento mínimo incorporan todo un arte de vivir. Ahora todo el mundo posee su interpretación de las cosas y a todos quieren hacer partícipe de su juicio. Renacen los aprendices de mesías, invocan a los otros y se estiman su intérprete.
El librito de Jesús Ferrero es una muestra más de literatura infantil con lectura ética incorporada, pero que no cae en el exceso moralizador. Personalmente me ha gustado, y si no fuera un libro para lectores no adultos, diría que el autor ha tratado de expresar el deseo del hombre por negar la mortalidad. Como una Alicia en un país maravilloso, Ulaluna se pierde en Verisa y su deseo de llegar a casa la envuelve en un viaje de regreso donde se topa con personajes excéntricos y egoístas, obsesionados cada uno con un tema distinto. "Si no cuentas no existes", dice uno de los personajes, que es un contable; "si no ahorras, no existes", dice el avaro; y así una multitud de figuras que sólo dan importancia a su dedicación personal. Ulaluna es una metáfora de la realidad del hombre, aunque tal vez demasiado escéptica o irónica para un niño, que no sé si capta la invitación a pensar. Como suele ocurrir a menudo con la lectura de estos libros, creo que disfruta más el adulto, que regresa, que el niño.
YA NO HAY ISLAS
Horacio Vázquez-Rial, La isla inútil, Ed. Acento, 109 pp.
Les seré franco por una sola vez en la vida: estoy perplejo y no se me ocurre nada que contarles sobre este libro. Así que ahí va: para mí que La Isla Inútil es un ejercicio de desmitificación del viejo tema de La Isla del tesoro, que como buena novela de aventuras bucea en una aritmética de espejos. Uno de los personajes de La Isla Inútil comenta al final del libro: "ya no hay islas". No hay islas porque, aunque alguien posea un tesoro escondido, no quedan sueños que mantener: "la ilusión es enemiga del progreso", continúa diciendo. Llega un momento que ni siquiera la memoria es portadora de ilusiones, más bien al contrario. La manifestación del recuerdo agita la materia histórica, la modifica y alimenta la tragedia de quien de ella participa.
Debido a que es condición natural del hombre el poseer esa secreta pasión por desmentirse una y otra vez, con la lectura del libro de Vázquez-Rial se me ha caído la opinión de escritor esteticista que me tenía hecha de él. ¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha desmentido el autor o me he desengañado yo? Ni una cosa ni la otra, y ambas a la vez. Esto no es una contradicción, es una paradoja. Si Horacio Vázquez-Rial no fuera un autor esteticista, como yo creo, nunca se daría en él la negación de ser lo que es, y no incurriría él por tanto en paradojas ni yo en contradicciones. Y lo dejo ya, porque a nadie interesa una meditación estética de la estética del autor.
Yo me había leído ya dos libros de él: Oscuras materias de la luz e Historia del triste, y ambos poseían la capacidad inagotable de la sorpresa, en los argumentos y en la prosa, personalísima y sugerente. La isla inútil me descubre un Vázquez Rial inédito, singular y novedoso, pero heredero privilegiado de esa manera de ver la realidad que no hace concesiones a lo evidente.
QUIERO CORRER EL RUMOR
Pedro Maestre, Benidorm, Benidorm, Benidorm, Ed. Destino, 179 pp.
Benidorm, en este libro, quiere ser una huida y una promesa, un paraíso artificial donde olvidarse del tiempo y la familia. Benidorm es el indicio de algo nuevo y desconocido para Pablo, el protagonista de la novela, un cuarentón oxidado y carca que vive con la esperanza de recuperar a su mujer y con el desasosiego de descubrirse cada día completamente solo. Entre sus miedos y su obsesión, Pablo vivirá dos semanas de vacaciones descarnadas, y aquello que en un principio se le apareció como un paraíso orgiástico de sexo fácil y rápido, se irá convirtiendo en el espejo que refleje su mediocridad. Lo cotidiano, lo real de cada día se transforma en trasunto del personaje, en un ámbito de dimensiones semejantes donde únicamente encuentra la propia incapacidad para hacer cumplir sus deseos.
Si en Matando dinosaurios con tirachinas la desnudez estilística de su prosa le servía para plantear el punto de vista de un joven en paro, en su tercer libro, Benidorm, Benidorm, Benidorm, con un humor sardónico que no termina de ser corrosivo, Pedro Maestre nos ha hecho la radiografía vital de un desahucio. La relación de las desventuras de Pablo es el fino hilo argumental de la obra; cada capítulo es una apuesta del personaje por ser otro y una caída en la paranoia en que se termina hundiendo. El fraseo llano de su autor (muy legítimo y muy bien llevado) no evita que la novela sea un libro circunstancial; tampoco su realismo cívico añade nada nuevo a lo cotidiano: la acumulación indiscriminada de tópicos no ayuda a descubrir e inventar aquello de lo que somos parte y cómplices.
El nuevo libro de Pedro Maestre es, en fin, una novelita canicular, un refresco veraniego, el librito que nos llevamos a la piscina para matar el tiempo aunque haga calor. No es la novela ambiciosa del joven que apuesta por sí mismo, pero sí una proposición bien hecha para pasar el rato.
UNA HERENCIA TELÚRICA
Pablo González Cuesta, Los hijos de León Armendiaguirre, Ed. Planeta, 201 pp.
Entre tanta afluencia de libros de memorias, tanta propuesta biográfica, tanto testimonio personal y tanta literatura que se mira el ombligo, he aquí un libro de narración memorialista escrito con el humor distanciado del que escribe con la única intención de entretener al ocioso lector. No está mal que aparezca de vez en cuando un autor joven que plantee el dilema de la herencia con una mirada irónica que niega desde el principio cualquier asomo de intimismo. Éste es un libro completamente lúdico, que conviene leer en una tarde de sol, a ser posible echado en un sofá mullido y confortable, preferentemente solo, y a la sombra de un vaso de licor altamente graduado. Aconsejamos asimismo que se consuma en caliente y de un tirón, para que no pierda sus propiedades festivas.
Los hijos de León Armendiaguirre es una novela alegre de remembranza y llanto, donde el narrador, Pedro, o Rodrigo, según se entienda, va relatando con la ironía distanciada del que ya ha muerto, pero también con ternura, las proezas desmesuradamente crueles y visigodas de su familia. Pero aquí el cinismo se transforma en requiebro ante la comprensión tardía de la herencia telúrica que se cierne sobre los Armendiaguirre como una nube testamentaria o una lengua de fuego.
Pablo González Cuesta ha creado una historia que contiene muchas historias, una novela donde se da cabida a muchos cuentos, valiéndose de una prosa escueta, sin demasiados artificios, los justos, y con la suficiente voluntad de escritor auténtico como para mantener la narración por sí misma, sin valerse de socaliñas bastardas.
Por lo que he leído y por la foto del autor en la contraportada concluyo que en Cuesta tenemos a un autor en alza, con un mundo propio que contar, y con algo de niño mentiroso, de ceja amplia y frente alopécica.