EL LUTO DE LAS VIUDAS
             Las viudas ya no son lo que eran. Han perdido esa posición social única de la que gozaron hace ya muchos años en favor de las separadas y las divorciadas, que han terminado por hacerse con la exclusiva del amor fallido, de la historia que pudo ser y no fue. Y lo bien que la venden las tías. La viuda apenas tiene nada que hacer en las actuales circunstancias, es una especie en extinción. O se renuevan o acabaran desapareciendo. A la viuda alegre la ha sustituido la alegre divorciada.
Pero hubo una vez en la que las viudas gozaron de la atención de todos. Eran otros tiempos, desde luego. El hombre todavía era inocente y a las viudas se las respetaba como Dios manda. En un libro de Don Álvaro Cunqueiro encontré un buen día una curiosa enumeración que entra muy bien en este libro y por eso la refiero. Se trata de los diferentes lutos que guardaban en Murcia las viudas del siglo XVI. Eso sí que era devoción por el marido muerto, y lo demostraban con los negros años que el finado se merecía; uno de recibo, otro de consuelo, cinco de recuerdo y dos de alivio. Así era el luto de estas mujeres, y por eso se las veneraba.
Durante el primer año el personal femenino del pueblo iba de visita diaria a consolar a la desconsolada y permanecían todas en silencio durante una hora, todos los días del año, hasta que terminaba el de recibo. Con la llegada del consuelo se permitían hablar de los cambios del tiempo, de las rogativas, de los bordados y a lo mejor incluso de ese nuevo párroco o de ese guapo predicador recién llegado de Valencia de quien se dice esto y lo otro y lo de más allá y ten cuidado fulanita que te pierdes. Pero ni hablar de refrescos ni de dulces ni de hacer de las veladas un convite que estamos todas de luto y qué dirán. Al cabo del año, con la venida del primer año de recuerdo ya se permitían esa copita de vino dulce, solo una, o ese bizcocho casero, solo un poco, o esa fruta confitada, y todo era hablar de las niñas del pueblo que ya estaban maduritas para el casorio y Dios quiera que no les pase como a ti. Y el resto de los años de recuerdo se pasaban así, con visitas cada vez más espaciadas en las que la viuda convidaba a sus amigas a una merienda menos espléndida que la anterior y hablaban y hablaban de esos amoríos que andan diciendo por ahí, y de comuniones y bautizos y difuntos, que a menganita también, fíjate tú la pobre qué lástima. Y así llegaban a los dos años de alivio, que venían a ser los años de la decadencia de su viudez, sólo visitada por otras viudas más viejas que ella hasta que al fin cumplía con su destino y pasaba a formar parte ella también de las visitantes de los lutos y volvía a repetirse la historia.
Ya lo hemos dicho, eran otros tiempos, el amor era cortés y existía el culto al difunto, los encierros y la vigilancia del luto rigurosísimo. Por eso sorprende más la abundancia de viudas alegres de las que hay noticia, mujeres que sin perder el recato social mantenían amoríos secretos con un caballero rondador, aficionado tal vez a las artes y a las letras. La literatura y las partidas de nacimiento han dejado constancia suficiente de que aunque eran tiempos neoplatónicos los amantes cumplían con la urgencia de cama, a ser posible en el jardín. Llegados a este punto muchas no podían soportar los remordimientos y llamaban al confesor que disponía de inmediato la boda por la salvación de su alma. Ocurría entonces que si la viuda no había cumplido con los años de luto que la decencia imponía, y aún así se casaba, era el nuevo marido el que debía vestir un luto de cortesía hacia el primer marido durante un número de años igual al que a su mujer le faltaba por cumplir. Por supuesto han quedado para la historia las quejas de estos maridos consentidores que se sentían como cornudos ante la presencia obsesiva del difunto en sus vidas.
Lo otro que podía ocurrir y ocurría con frecuencia es que no existiera el caballero rondador y sin embargo el confesor, o el párroco, o el guapo predicador ordenara igualmente boda para salvar el alma de la viuda. Siempre había un particular que pasaba por allí y nunca se enteraba de nada, o no se quería enterar, y vestía orgulloso el negro luto que su mujer aún le debía al primero, tan presente. O quizá no existiesen razones para que este nuevo marido sospechara o tuviera escrúpulos. O a lo mejor era que tenía las mismas que el Lazarillo de Tormes con el caso de su mujer y el arcipreste de San Salvador, o que su párroco le había dicho a él algo parecido.
-Fulano, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará; digo esto porque no me maravillaría alguno, viendo entrar en mi casa  a tu mujer y salir della. Ella entra muy a tu honra y suya. Y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca: digo a tu provecho.