SIN TRIPULACIÓN. Julio de 2002
Ahora que he decidido ser sólo lo que puedo ser, viene Sandra y se le ocurre hacer una página web en la que colgar palabras mías. Me refiero a palabras que yo he escrito en forma de relatos, artículos, reseñas y otras variedades con mayor o menor fortuna. Lo que son las cosas; antes el escritor que no publicaba lo que escribía metía el manuscrito en un cajón o se lo daba en el lecho de muerte a un amigo para que lo quemara; en cambio ahora siempre surge alguien al que le gusta lo que uno hace, te lo repite sin pudor, te monta una web, la deja flotando en algún servidor y luego resulta que la visitan, contra todo pronóstico, unas dos mil personas todos los meses, según la declaración de unas encuestas siempre favorables. ¿Querrá decir esto que tengo ya dos mil lectores?
A mí no me termina de quedar claro esto de la web, porque aquí todo es confuso. Internet es un universo artificial lleno de constelaciones y de estrellas sin brillo. Millones de cuerpos flotando en un espacio infinito. De vez en cuando explota un átomo de materia y surgen cientos o miles de galaxias repletas de luces y de sombras y puede que incluso algún que otro agujero negro. Ignoro en qué galaxia se encuentra ubicada mi web. Ignoro si en esa galaxia desconocida existe más vida que la mía. Me ha ocurrido alguna vez toparme con una página cuya última actualización se remonta a 1998. Sin duda se trata de una nave espacial sin tripulantes y a la deriva, o de un meteorito sin rumbo que surgió de los restos de algún capricho o alguna ilusión. Sólo sirven a modo de altos en el camino para repostar, decidir una nueva ruta o echarse una siestecita. En esos casos puedes especular un poco sobre la posibilidad de que aún haya restos fósiles de alguien como tú, un semejante con idénticos deseos no cumplidos. ¡Quién sabe si en el análisis de esos desechos no encuentras descrito el futuro o el destino de tu web!
No se puede luchar contra el deseo de los otros. No le puedes negar a nadie la ilusión de querer ayudar, de querer participar en lo que un día fue tu ilusión. La webmaster de todo esto, la promotora y artífice se llama Sandra y está empeñada en sacudir mi luz apagada con su onda expansiva. Sólo por ella sigue navegando esta web y sólo por ella me paro a escribir ahora esta confesión tardía. El otro intrigante encargado de aportar un poco de oxígeno de vez en cuando se llama Agustín, como el que esto escribe, y aunque a él le hubiera gustado infinitamente más interpretar el papel de albacea traidor destinado a la quema o mera destrucción de papeles, por ahora se agazapa y espera aportando de cuando en cuando algún simulacro de solución.
Al principio me pareció una idea pretenciosa. Ahora lo veo como una forma de secar la pereza, de contrarrestar la abulia a la que tendemos cuando nos paramos a escribir sin ningún destino concreto. Hacerlo porque sí. Seguir escribiendo, aunque sólo sea para una web sin tripulación ni rumbo, es mucho mejor que tocar madera. La intención puede que opere a modo de hechizo. Puede incluso que equilibre y ordene. Hacer palabras sin parar hasta que se muera el silencio o nos topemos con una nave mayor que nos devuelva las coordenadas pérdidas y quizá también algunos víveres. Y hacerlo por cuenta propia, despreocupado de la opinión ajena, pues nadie paga y a nadie debe su existencia.
Se tiene una web como se guarda una caja de zapatos repleta de juguetes viejos, como se tiene un álbum de fotos, de la misma forma que conservamos un informe médico, procurando siempre que no se convierta en el informe del forense. Una web puede ser también un currículum, una declaración de intenciones, una exposición de artículos de saldo. Evitando siempre la confesión quirúrgica sin anestesia, mi web puede que se vaya convirtiendo, poco a poco y casi sin pretenderlo en un retrato robot del hombre que yo voy siendo, un hombre que se expresa sin opiniones, que sacude su modorra sin convicción, que escribe a mano lo que de verdad le interesa y luego lo somete a una eventual mutilación, con la sonrisa torcida del que insiste en complacerse en una actividad inútil, como quien escribe cartas sin destinatario y luego las tira en una playa metidas en cualquier botella que antes ha vaciado o bebido.
Y por último, y tal vez sea la razón más importante y la que al fin cuenta, se tiene una web sin motivos, porque a uno le da la gana, porque se puede y se quiere, porque los otros así lo quisieron y en algún arrebato de ingenuidad uno mismo empezó a creer y pronunció el inevitable sí.
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