EL PUDOR DE UN AUTOR INÉDITO.                         Julio de 2002

              Como se trata de un autor inédito, que los amigos tengan la poca vergüenza de llamarle escritor puede llegar a ser muy duro. Enseguida se siente presionado. Se mortifica pensando que debería estar escribiendo una novela para ellos. No relatos cortos, que es lo que a él le gusta escribir, sino un novelón de seiscientas páginas que les cunda y aproveche. Cuando uno además es un escritor inédito, la cosa se agrava, porque siempre aletea la duda de si podrá o sabrá escribir esa novela que le requieren los amigos como si fuesen editores ansiosos. Él sabe que no es cierto que se escriba para uno mismo como pretenden hacerle creer quienes sacan su ladrillo anual, pero sí debería ser cierta la ilusión de poder escribir lo que verdaderamente se desea.
Llega un momento en la vida del autor inédito en que irremediablemente está bajo sospecha. La impaciencia de los otros es su peor enemiga y su paciencia elástica puede llegar a convertirse en una aliada infiel. Lo triste es que no se es un animal literario porque uno escriba sino porque los otros te creen escritor. Claro que si no publicas es como si nunca hubieras escrito. Así es esto como sabemos todos.
De su traumática experiencia con la palabra escritor nuestro hombre aprovechó sólo una idea muy fundamentada. Aquel ridículo de la palabra, aquel insulto casi. Venir de un lugar donde nadie escribe puede llegar a ser muy provechoso si se insiste en la tarea de emborronar papeles ante la mirada incrédula de los demás hasta llegar incluso a la ocultación. De este modo el ejercicio se convierte sin quererlo en un pecado, en una cosa sucia, obscena por deliberada. La sensación de ridículo puede ser tremenda. Aquel escribir a mano en un cuaderno con un tomo de la enciclopedia Océano encima de la mesa para ocultar lo escrito cada vez que alguien se acercaba, responde sin premeditación ni alevosía a una conciencia vergonzosa aún no fortalecida por el convencimiento.
Ocurre además que nuestro autor favorito no ha sido nunca un marginal, un rebelde, un fuera de la ley, un apestado. Muy al contrario. Esta clase de individuos marginales lo tienen muy fácil para convertirse en escritores. Los empollones, los bichos raros, los sin amigos, los monstruitos tienen ya una práctica, como un aprendizaje por los caminos de la vergüenza. A nadie le va a sorprender que aquel chaval al que ningún grupo elegía en nuestros juegos de la infancia se revele al cabo de los años como un poeta maldito. Se ve que lo venía incubando desde siempre. Estos son los que luego dicen que con siete años ya habían escrito varias novelas bajo la tiranía de Joyce. Y lo peor es que es verdad, me lo creo, existen, los he conocido, han sido siempre así. Y por eso no les da pudor reconocerlo. Pero ¿qué ocurre cuando siempre se ha sido uno más?
El pudor surge cuando se ha vivido felizmente integrado, cuando tu condición es la de tipo normal, sanote, de mitología libre, sin traumas profundos. Ponerse a escribir en estas circunstancias no tiene la más mínima justificación. Es entonces cuando surgen las dudas. ¿Qué hago yo aquí, hostias? Porque ocurre que un escritor no es un señor que pacientemente se para a escribir a diario y ya está. Debería ser así pero no lo es. Un escritor es un señor que en algún momento de su vida está obligado a dejarse crecer el bigote, que usa gafas de monturas llamativas, cuando no sorprendentes, que se pone bufanda en verano o estira extrañas teorías sobre la oscura necesidad de escribir. Si es un borracho, mejor. Si ha sido vagabundo, guerrillero en Nicaragua, juez de paz en Tanzania, monje arrepentido, loco autista con crisis epilépticas, espía del KGB con misión en Madrid, exiliado en Londres, cazador furtivo en Marbella, proxeneta en Las Ramblas o puta en París a nadie le va a sorprender que escriba un libro. Tiene algo que contar, ha hecho carrera, eso se valora, es un valor en alza. Pero ay de aquel que siempre ha querido pasar desapercibido y nunca usó una capa para recitarle unos versos a la luna.
Luego existe otra cuestión paralizante, y es que nuestro autor no es un hombre feo. Incluso se podría decir que es un tipo guapo, resultón, atractivo sin esfuerzos. Carece de físico para la literatura. Entiéndanme, esto es un problema. El autor inédito ignora si se puede ser escritor y guapo a la vez. Hagan la prueba y busquen ejemplos y verán como no los encuentran. Hay algún caso aislado, pero no abundan. Albert Camus tal vez, quizá Neruda. Óscar Wilde se creía guapo pero no lo era, que no se equivoquen sus admiradores, y lo mismo le ocurría a Lord Byron. No se encuentran, ya les digo. Y para colmo a los que él más admira son horrorosos. Fíjense en Quevedo, en Dostoievski, en Becket, en Baudelaire, en Allan Poe, en Valle Inclán, en Stevenson, en Joyce. Son descorazonadores.
Cuando se es una vergüenza andante uno duda de sus posibilidades. No actúa. Y es por esto por lo que nuestro hombre no frecuenta el mundillo literario. No va a tertulias, no pide autógrafos, no busca mentor ni maestro, no intercambia opiniones, no trata de epatar, no ofende a nadie, no sale de caza. A nuestro amigo le hubiera gustado tomarse un whisky a los pies de la cama de Onetti, velar los sueños del viejo Casanova en el castillo del conde Waldstein, ser el guardián de la caja amarilla de Larra, oír con sus ojos a los muertos de Quevedo o meterse en la cama de la Justine de Durrell en su peculiar Alejandría.
Es un error, por supuesto, y los amigos se lo recordamos cada día instándole a la acción. Pero él continúa obstinadamente inconmovible, cada vez más indiferente a nuestras instrucciones, aferrado sólo a un interés que lo va agotando por días, obligado como todos a la desgracia de un trabajo de ocho horas que debiera tratar de evitar como fuese. Se lo hemos dicho muchas veces: resulta imposible ser escritor a tiempo parcial.
Cada vez que por rutina surge el tema nuestro amigo muequea una sonrisa de pudor y descrédito. Aunque su paciencia es incuestionable, en ocasiones parece como si el tiempo se hubiera agotado. Ninguno de los pequeños logros han llegado a tiempo. Y lo que sí permanece, dura y se obstina es esa cara de póquer llena de rubor y consentimiento que nos ofrece cada vez que hemos intentado hacer algo con cada una de sus palabras.