AUTORRETRATO. Septiembre de 2001
Hay tipos a los que enseguida se les nota que les han vendido más de una moto. He aquí un ejemplo. Ni siquiera la estudiada pose del personaje consigue mitigar la huella de perplejidad que intenta ocultar la mirada, siempre en continua recuperación por todo lo que estuvo obligado a ver y oír a lo largo del día. Está justificada por tanto la nerviosa impaciencia envuelta en expectación que le dedica a quien le habla como esperando sin remedio alguna gilipollez.
Se comprende así que la boca esté tentada por el silencio. Hay en ella algo que no gusta, un rumor de latigazo maldiciente o una sombra de burla y pereza. Aquí no se ven, pero las mejillas van a juego y ofrecen el contrapunto humilde que arregla lo que la boca deshizo. No termina de caer mal por el juego de las cejas y el mentón, apacible y somnoliento. La nariz orgullosa le resta protagonismo al tenso escrutinio de los ojos desconfiados. Aun así, al conjunto le falta ímpetu, esa cualidad avarienta de los muy campeones. Quizá por eso detesta tanto a los figuras.
La caricatura de nuestro hombre no recoge del todo esa cualidad maldiciente que anima al personaje. Aunque lo finja, su pecado es la cólera. Lo que sí ha recogido con acierto el dibujante es su condición de marioneta. Marioneta en las manos de sus propios sueños; de su esperanza rota; a lo mejor, incluso, del destino. La marioneta se defiende torpe con su escepticismo descreído, de ahí la sonrisa exagerada del muñeco, aunque no es para tanto.
Algo hay en el cuerpo de este fulano que parece estar en continua construcción sin arreglo. Unas piezas no encajan con otras. Y mira que ha estudiado posibilidades. En ocasiones se desarma en pedazos, ordena las piezas sueltas y las arma interesándose por las varias posibilidades. El resultado final nunca le complace.
No tiene el gusto de haber encontrado todavía una solución para sus piezas, lo que le convierte de alguna forma en un muñeco roto. Vaya por Dios.