PRÓLOGODecía don Marcelino Menéndez y Pelayo que existen tres maneras de acercarse al tema de la heterodoxia, que es de lo que aquí se trata: en sentido de indiferencia absoluta, con un criterio heterodoxo o desde la perspectiva de la ortodoxia católica, que es la que él elige y recomienda para llegar a una historia parcial en los principios e imparcial en los hechos. Desobedeciendo al sabio polígrafo, yo elijo la disidencia, la duda cuestionadora, el salto sin red. Por tanto, me acerco a los hechos históricos sin prejuicio previo para glosarlos sin pretensión docente, sabiendo perfectamente que ya otros muchos lo hicieron antes que yo. De este modo, puede que mis versiones gocen de parcialidad en los hechos y de imparcialidad en los principios. Como la historia del hombre es la historia de su estupidez, para narrarla sin tomar partido conviene acercarse a ella con cierta ironía y piedad, sin mentir ni mentirse y, por supuesto, sin tratar de convencer a nadie. Al fin y al cabo, la experiencia dicta que el hombre cree lo que necesita creer y no lo que impone el sentido común. Tal vez la peor forma de querer convencer a alguien es intentar hacerlo. Como no escribo para la banda de los eruditos, sin duda el lector sabrá disculpar mis frivolidades cuando trato asuntos de altos vuelos que quizá debieran haber sido tratados con gesto adusto, seriedad sepulcral y rostro escandalizado. Por el contrario, y puesto que no he querido escribir este libro con el estilo de una esquela, siempre que me ha parecido oportuno he deslizado alguna broma, algún burla, algún sarcasmo que aligerara tanta gravedad. Eso sí, cuando ha habido que ponerse serio he fingido la indignación de un verdadero historiador apasionado. En algún momento, incluso, creo que el arrebato está tan conseguido que apenas se nota la astucia. Por último, quiero hacer una recomendación a modo de manual de instrucciones. Convendría leer este ensayo de principio a fin, comenzando por la primera página y acabando en la última. Esto, que puede parecer una perogrullada, no lo es, sin embargo. De sobra sabemos que existen los fisgones impacientes y ansiosos que saltan de capítulo en capítulo con olvido de otras sabrosas distracciones. Por supuesto, nada puede hacer el autor para evitar esta picaresca, salvo lamentarlo, claro está, pero que no se diga que no se ha dicho: desconfiamos, por tanto, de los leedores ajetreados. En cuanto a ti, desocupado lector que lees esto pudiendo leer otras cosas, mi semejante, mi hermano, te invito a compartir o repasar algunas barbaridades. O quizá se trate tan sólo de algunas incertidumbres. |
De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.
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Agustín Celis Sánchez