LOS
SERES FANTÁSTICOS EN NUESTRO MUNDO
Bienvenidos
a nuestra aula de exposiciones. Como podrán
comprobar la sala se encuentra dividida en cuatro secciones: En la
literatura,
En el cine, En la música y En otras artes. En todas ellas
hemos hecho un
recorrido por las obras y los autores más relevantes que han
tratado el
fabuloso mundo de los seres fantásticos. Debido al enorme
número de artistas
que sintieron fascinación por estas criaturas, nos hemos
visto obligados a
hacer una exigente selección.
En la
literatura
¿Qué
sabemos
de los hombres de la prehistoria? En realidad no demasiado, aunque se
hayan
escrito tantos libros sobre ese tema. Pero de una cosa podemos estar
seguros:
ya en aquella época los hombres eran aficionados a
manifestar lo que pensaban
del mundo, lo que habían visto durante la jornada y hasta lo
que creían saber
de las generaciones que les habían precedido, y es bueno
saber esto para tener
una memoria común con muchos siglos de antigüedad.
Probablemente,
las historias que hablan de seres fantásticos sean tan
antiguas como el hombre,
y seguramente nacieron como nacen las canciones y los relatos
populares, de la
improvisación de un creador anónimo que se atreve
a narrar lo que sabe, rodeado
de un grupo que entiende su misma lengua, alrededor de un fuego,
apoyado en el
tronco de un árbol o contemplando el movimiento del agua a
la orilla de un río.
Los demás permanecerán en silencio,
escucharán el relato y llegarán a
aprendérselo, y desde ese instante pasará de
generación en generación,
modificándose en mil y una variantes hasta que alguien sea
capaz de ponerlo por
escrito. Pertenecerá a la tradición de los
pueblos, y habrá innumerables
versiones de la misma historia, quizá tantas como narradores
haya tenido.
La
literatura de todas las civilizaciones fue en un
principio literatura oral, y no por carecer de testimonio escrito deja
de ser
literatura. También ahora, en nuestra época,
existe una infinita cantidad de
leyendas que podrían formar parte de la mejor literatura de
todos los tiempos
si fueran puestas sobre papel, y muchos de esos relatos hablan
todavía de seres
fantásticos, y puede que tengan siglos de
antigüedad. A veces ocurre que un
anciano nos cuenta una historia y al acabar comenta: “esta
historia es muy
antigua; me la contó mi madre cuando yo tenía
diez años”. Pero en realidad es
mucho más vieja que la propia madre de ese anciano.
Hemos
comenzado hablando de la literatura oral porque suele ser la gran
olvidada. En
un caso como el de los seres fantásticos es tan importante
como la literatura
escrita, o incluso más. Si no fuera por las leyendas que se
cuentan en los
pueblos no conoceríamos tan bien a estos personajes ni
tendríamos tal cantidad
de noticias sobre ellos, y por eso hemos incluido tantas historias en
el libro,
muchas de ellas pertenecientes a la memoria del pueblo, que ignora por
completo
quién pudo ser su creador. Y aún
habría que decir más: muchos de los libros
escritos sobre los seres fantásticos no son sino
recreaciones artísticas de
leyendas folclóricas. En estos casos, a sus autores les
debemos el talento o la
genialidad de haber construido verdaderas obras maestras a partir de la
materia
legendaria que llegó a sus manos y a la que supieron darle
una forma literaria
capaz de pervivir, pero no su invención. Así
ocurre con casi toda la mitología
clásica, incluidos Homero y Ovidio, pero también
con los autores anónimos que
dejaron por escrito los cuentos medievales, con Shakespeare, con Bram
Stoker y
con muchos otros.
El
libro que
se disputa el honor de ser la primera manifestación de
literatura escrita es el Poema de Gilgamesh, y ya
en él aparecen criaturas fantásticas, entre
ellas el dragón y varias especies relacionadas con el
inframundo. Fue escrito
con caracteres cuneiformes y se conservan varias versiones distintas de
diferentes periodos, aunque la más completa de todas data
del segundo milenio
a. de C. Estas criaturas fantásticas pertenecen a la
mitología sumeria e
influyeron considerablemente en todo el oriente próximo, la
mitología
babilónica, la persa, la hitita e incluso la
bíblica.
Pero
en
realidad todas las mitologías de las antiguas civilizaciones
abundan en seres
que hoy pueden ser considerados como fantásticos, y por
tanto la literatura que
de ellas se deriva manifiesta su interés por ellos. Otro
ejemplo destacado
pueden ser los Upanisad hindúes, del
siglo VI-IV a. de C., donde entre
otros seres fabulosos aparecen las apsaras y los gandharvas, que
guardan
relación con las ninfas, las hadas y los duendes, aunque
también con los
íncubos, pues los gandharvas son espíritus
capaces de poseer a mujeres
mortales.
Mucho
más
cercana a nuestra cultura es, sin duda, la mitología griega,
donde ya nos
encontramos con abundantes obras que recrean las aventuras y
desventuras de una
multitud de criaturas inolvidables. Algunos de los autores
más afamados son
Homero, Hesíodo, Heródoto, Esquilo o
Sófocles. Pero como en este repaso a la
literatura nos hemos propuesto mencionar únicamente obras
esenciales para el
conocimiento de los seres fantásticos, recomendaremos
sólo dos: la Ilíada
y la
Odisea, ambas de
Homero (s. IX a. de C.), donde aparecen un buen repertorio de
personajes
míticos. Tal vez haya que incluir una tercera: la Teogonía
de
Hesíodo (s. VIII a. de C.). Pero sigamos.
A
menudo se
ha dicho que la antigua Roma adoptó el Panteón
griego y se adueñó de sus mitos.
Y bueno, esto es verdad, pero no es totalmente cierto. Los romanos
reorientaron
los mitos y los adaptaron a sus intereses, pero no sólo los
de los griegos; a
medida que fueron ampliando sus territorios fueron haciendo suyos los
mitos de
los pueblos conquistados. El resultado es una mezcolanza de
mitología griega,
egipcia, celta, etc. De este periodo histórico, sin duda el
autor que mejor
supo enriquecer su obra con seres fantásticos de leyenda fue
Ovidio (43 a. de
C.- 17 d. de C.); sus Metamorfosis son un compendio
de narraciones
mitológicas donde aparecen prácticamente todas
las criaturas míticas conocidas
en la época. De igual importancia, pero de distinto
interés, es la Historia
Natural
de Plinio el Viejo, que murió en el año 79 d. de
C. a consecuencia de la
erupción del monte Vesubio. Su curiosidad y su ansia de
conocimientos le
hicieron acercarse demasiado al lugar de la catástrofe para
dar posterior
testimonio de este hecho. No podría hacerlo: los vapores de
la erupción
acabaron con su vida. En su inmensa obra, formada por 37
volúmenes, trata una
enorme variedad de temas, entre ellos la zoología. Muchos de
los seres
fantásticos que nosotros estudiamos en nuestro Bestiario
aparecen nombrados en
la obra de este autor como animales reales. ¿Se equivocaba
este sabio en sus
conclusiones o desaparecieron dichas criaturas?
Con
posterioridad, quizás lo más relevante sean los
muchos bestiarios que se
escribieron debido al interés que la Iglesia
mostró por este tema, que utilizó como
instrucción
moral y religiosa. Abundan los títulos, pero valgan como
referencia el primero
de ellos, el famoso Phisiologus, del siglo II d. de
C., el De
monstris, del siglo VI y el Liber monstruorum,
ya en la
Edad Media. Autores
como San Basilio, San Ambrosio o San Isidoro de Sevilla
también incursionaron
en este terreno. Criaturas como el ave Fénix, el basilisco,
la rémora, el
grifo, la anfisbena o el catoblepas son algunos de los
clásicos en estos
bestiarios, que inspiraron el simbolismo animal de arquitectos,
pintores y
escritores medievales.
También
Dante
Aliguieri (1265-1321) mostró interés por las
criaturas fantásticas. En el
Infierno que imaginó para la Divina
Comedia aparecen como guardianes las
furias, el
can Cerbero, el Minotauro, los centauros, las harpías y los
gigantes.
Mención
aparte merecen las novelas de caballería y los libros de
viajes fantásticos,
más conocidos como novelas bizantinas, en los que, para
mayor honra y fama de
los protagonistas, figuran muchos monstruos con los que el
héroe debe luchar y
a los que siempre vence, siendo los dragones y los gigantes los
más habituales.
Durante
el
Renacimiento y el Barroco, con la exaltación del hombre como
medida de todas
las cosas, se recuperó la cultura grecolatina, y con ella
todos sus mitos y sus
criaturas fantásticas. Pero nombraremos sólo a
dos autores: Luis de Góngora
(1561-1627), con su Fábula de Polifemo y Galatea (1613),
donde aparece
recreada la ternura de un cíclope enamorado de una ninfa; y
Shakespeare
(1564-1616), que en muchas de sus obras demostró ser un
hábil recreador de
mitos y leyendas, no sólo de la cultura clásica
sino también de la tradición
popular. El mejor ejemplo de esto último es El
sueño de una noche de verano,
escrita en 1595, donde la intriga corre a cargo de una serie de parejas
y
amores cruzados y no correspondidos, todo ello bajo el influjo de las
hadas.
A
partir del
siglo XVIII se produce un curioso fenómeno. A pesar de que
el escepticismo
racionalista abolió la creencia en los seres
fantásticos, hasta entonces muy
arraigada en los países protestantes, propició su
tratamiento literario. Será
durante esta época cuando los relatos sobre criaturas
imaginarias se conviertan
en un subgénero claramente diferenciado; primero con
intención satírica y moral,
utilizando a las criaturas fantásticas para burlarse de la
sociedad y del
género humano, y posteriormente, ya cercano el Romanticismo,
como historias de
miedo gracias a la irrupción de la novela gótica.
De la primera tendencia
queremos nombrar Los Viajes de Gulliver (1726) de
Jonathan Swift
(1667-1745). Como el más acabado ejemplo de la novela
gótica, y
fruto de la confianza en la ciencia que
comenzaba a sentirse en la época, tenemos el Frankenstein
(1818) de Mary
Shelley (1797-1851).
Desde
entonces, se multiplican las obras donde los seres
fantásticos cobran un
protagonismo cada vez más relevante. Se multiplican los
títulos, pero
nombraremos sólo obras maestras de indudable trascendencia.
Ahora serán los
fantasmas, las brujas, los muertos vivientes, los vampiros, los ghouls
o las
hadas los protagonistas de muchas obras. Arthur Machen, Lovecraft, Poe,
Conan
Doyle o Charles Dickens son sólo algunos de los
cultivadores. Pero subrayamos
la importancia de dos autores: Lewis Carroll (1832-1898) y Bram Stoker
(1847-1912). Alicia en el País de las Maravillas
(1865) es, sin duda, una de las
creaciones que más han contribuido a ampliar el horizonte de
la literatura
fantástica, para niños y para adultos. En cuanto
a Drácula (1897), sigue
siendo una fuente de ficción que no se agota a pesar del
abuso al que se ha
visto sometido el vampiro por excelencia.
Como
curiosidad, y como rareza, nombraremos una obra aparecida a principios
del
siglo XX y que consiguió una enorme popularidad por el tema
que en ella se
trata. Es El Golem (1915), de Gustav Meyrink
(1868-1932).
El
siglo XX
fue muy fecundo en el tratamiento de los seres fantásticos.
Son tantos los
libros de los que habría que hablar, que no caben en esta
breve exposición que
sólo pretende recomendar una serie de obras fundamentales.
Por sí mismo, el
siglo XX necesitaría un ensayo para él solo. Eso
sí, son de lectura obligatoria
para todos los interesados en las criaturas imaginarias estos tres
autores, de
los que hemos tenido ocasión de hablar en nuestro bestiario:
J. R. R Tolkien
(1892-1973), autor de El Hobbit (1937), El
Señor de los Anillos
(1954-1955) y El Silmarillion (1977); Michael Ende
(1929-1995), autor de Momo (1973) y La
Historia Interminable (1979); y J. K.
Rowling (1965-), autora de la saga de Harry Potter.
En el cine
La
historia
del cine está desde sus inicios ligada a la
ficción. Su propio formato le
permite al hombre soñar y plasmar en el celuloide todo lo
que alguna vez ha
imaginado. Sólo en el cine podemos ver volar a Superman, o a
King Kong
escalando el Empire State o a Harry Potter a lomos del Hipogrifo. Los
seres
fantásticos encontraron su medio de expresión en
el cine, sobre todo en los
géneros de ciencia de ficción y de terror. Pero
el cine necesita argumentos.
Algunos surgen de la imaginación del director, los menos,
pues la mayoría de
estas películas son adaptaciones de novelas o de
cómic.
La
preocupación del hombre por los seres imaginarios
quedó plasmada en los
primeros años del cine, cuando en apenas tres
años vieron la luz películas
míticas como Frankenstein (1931), Drácula
(1931), La momia
(1932), King Kong (1933) y El hombre
invisible (1933). Estas
producciones tuvieron tanto éxito que no tardaron muchos
años en surgir nuevas
secuelas. Sólo del mito de Frankenstein se rodó
en poco tiempo La novia de
Frankestein (1935), La sombra de Frankenstein
(1939) y El
fantasma de Frankenstein (1942). La misma suerte
corrió el legendario
vampiro, que tras el éxito del Drácula
protagonizado por Bela Lugosi en
1931, aparecieron La hija de Drácula
(1936), El hijo de Drácula
(1943) y La mansión de Drácula
(1945), sin olvidar el clásico Nosferatu,
dirigida por el realizador alemán F.W. Murnau en 1922 y
basada en el mismo
mito.
En
estos
primeros años se puede hablar de una auténtica
fiebre del cine. Su precio asequible
para todos los públicos, el atractivo de las sesiones
dobles, que incluían un
serie antes de la película, y el encanto del propio medio,
lo convirtieron en
la principal opción de ocio. La consecuencia fue un
innumerable número de
producciones de baja calidad y escaso presupuesto que daban salida al
ávido
mercado que exigía un título cada noche.
Habrá que esperar hasta los años 60,
cuando la televisión se extienda y se amplíen los
medios de entretenimiento,
para que este sector se normalice y regresen las producciones de
calidad.
En
1945 un
hecho histórico, el lanzamiento de la bomba
atómica sobre las ciudades de
Hiroshima y Nagasaki, da un giro en las películas de ciencia
ficción, que se
ven influidas por el pánico a las radiaciones de la
energía nuclear y los
peligros de la bomba atómica. En los años 50
surgen una serie de películas de
serie B que muestran las mutaciones y las consecuencias de la
energía nuclear
en los seres vivos, con títulos como El ataque de
los monstruos cangrejos (1955), Tarántula
(1955), El increíble hombre menguante
(1957), El
ataque de la mujer de 50 pies (1958) o El ataque de
las sanguijuelas
gigantes (1959). También de 1955, y dirigido por
el director Bert I.
Gordon, es el filme Cíclopes, que
retrata la odiosea de un científico
que se ve convertido en un monstruo de quince metros por culpa de la
radiactividad. Destacamos este título no por su
interés para la historia del
cine, sino porque el Cíclope es uno de los seres que hemos
tratado en
profundidad en nuestro bestiario.
Como
hemos
visto hasta ahora, los seres fantásticos iniciaron su
andadura en la gran
pantalla en los géneros de terror y ciencia
ficción, del que nunca se
apartarán, pero con el transcurso del tiempo acabaron
introduciéndose en otros
géneros como la comedia y el cine de aventuras. Un claro
ejemplo lo encontramos
en la película La momia (The
Mummy, 1999), en la que su director
Stephen Sommers retoma todos los tópicos del personaje de
terror para crear una
entretenida película de aventuras. En vista del
éxito obtenido, el director se
atrevió dos años más tarde con su
continuación en El regreso de la momia
(The Mummy Returns, 2001). En la misma
línea, Chuck Russel dirige El
rey Escorpión (2002).
Unos
años
antes el director Ron Howard ya había estrenado la
película Splash (1984),
la historia de una sirena moderna contada en clave de comedia, mientras
que en
1989 la fábrica Disney lanzó su éxito La
sirenita, una adaptación
bastante libre del cuento de Andersen.
Pero
será
gracias a las adaptaciones cinematográficas de El
Señor de los Anillos y
del jovencísimo Harry Potter, cuando
tengamos ocasión de ver desfilar a
un gran número de seres fantásticos por la
pantalla. De la obra de J.R.R.
Tolkien, profesor de literatura inglesa medieval y autor de El
Señor de los
Anillos, surgirán personajes como los elfos,
idealizados en el papel de
Légolas, los enanos, los orcos, los hobbits, los ents o los
trasgos; llevados
al cine de modo magistral por el director Peter Jackson. A la
imaginación de
J.K. Rowling le debemos la saga de Harry Potter,
adaptada también al
cine, en la que encontramos, entre otros, al mágico
Hipogrifo, al elfo
doméstico, a los Pixies de Cornualles, al mítico
ave fénix y al peligroso
basilisco, aquí convertido en una araña de
tamaño gigantesco que mata con su
mirada.
Muchos
otros
seres de nuestro bestiario han tenido también sus minutos de
gloria en el cine,
éste es el caso del Ghoul, que ha estado en las carteleras
en dos ocasiones:
una dirigida por T. Hayes Hunter y con Boris Karloff en el papel de
Ghoul (The
Ghoul, 1933), y una segunda de manos del director Freddie
Francis y con Don
Henderson en el papel de la bestia (The Ghoul,
1975). Más antigua es la
película alemana El Golem (Der
Golem), dirigida por Paul Wegener
y Carl Boese en 1920 y estrenada en 1926. Ésta era la
tercera versión que
realizaba Wegener sobre el mito del Golem, aunque de la primera no se
conserva
nada y de la segunda apenas cinco minutos en la cinemateca de Munich.
Otra
bestia
mítica que ha traspasado la pantalla ha sido el ave Garuda,
película
dirigida por Monthon Arayangkoon en el año 2004 y basada en
una antigua leyenda
Tailandesa.
Más
suerte ha
tenido un personaje malvado de los cuentos infantiles, el ogro, que ha
visto
alterada su historia para convertirse en el entrañable Shrek,
un ogro
verde y bondadoso de animación creado por los Estudios
DreamWorks en el año
2001.
No
hemos incluido en nuestro bestiario a seres
fantásticos surgidos de la pantalla del cine por ser muy
reciente su creación y
no tener el suficiente peso en el folclore, aunque bien
merecerían un lugar en
un bestiario del año 3000. Pensamos en personajes tan
entrañables como los
Gremlins, Eduardo Manos Tijeras, cualquiera de la saga de La Guerra
de las
Galaxias, de El planeta de los Simios o
de La Historia Interminable.
No
queremos
terminar nuestro repaso a los “monstruos” del cine
sin nombrar las versiones
más recientes de mitos como el Vampiro, Frankenstein o el
Hombre Lobo. No
enumeramos todas las películas en las que han aparecido
porque su listado es
muy extenso. Nos conformamos con que no queden en el olvido
películas tan
hermosas como el Drácula de Bram Stoker (1992),
de Francis Ford Coppola,
o La sombra del vampiro (2000), dirigida por Elias
Merhige y
protagonizada por John Malkovich; un homenaje al Nosferatu
de Murnau.
Menos fortuna tuvo el actor y director Kenneth Branagh con su
película Frankenstein
de Mary Shelley (1994), mientras que el director Anthony
Waller se atrevió
en 1997 con una comedia terrorífica en clave de humor del
legendario licántropo
en su película Un lobo hombre americano en
París. Otras versiones de
gran éxito fueron Entrevista con el vampiro
(1994) y Hombre lobo
americano en Londres (1981).
En
la música
El
hombre es
un ser contradictorio por naturaleza. Por un lado, siente un impulso
natural
que le impele a comunicarse con los seres que le rodean, propio de un
animal
social como él; pero, por otro, su historia está
llena de malentendidos y de
guerras, de odios y de ambiciones que se enfrentan a su tendencia
natural de
ser entendido y escuchado. El hombre espera y anhela, pero sigue sin
saber qué
es lo que está buscando. Así ha sido la historia
de los hombres desde el
principio de los tiempos, una eterna búsqueda que le ha
hecho creer en dioses y
crear mitos. El hombre intenta desesperadamente expresar su mundo
interior y
poner forma a todo lo que siente y piensa. Así surgieron las
lenguas, y la
música, y la pintura y cualquier manifestación de
las inquietudes del hombre
que han venido a llamarse “artes”.
La
música
siempre ha acompañado al hombre en su vida y todos los
pueblos se han expresado
con ella, aunque varíen las formas utilizadas. Tan
música puede ser el sonido
emitido por las piedras cuando las golpeas que la melodía
que se escapa de una
flauta.
Si
la música
es uno de los recursos que ha encontrado el hombre para dar salida a su
mundo
interior, es lógico que incluyan sus temores y sus
sueños.
Hemos
indagado en la historia de la música hasta encontrar seres
fantásticos de los
que forman parte de nuestro bestiario. Obviamente nos hemos tenido que
retrotraer a una época reciente, donde quedara constancia de
las letras o de
los motivos musicales que impulsaron esa composición.
En
nuestro
periplo por la música nos detuvimos primero en la obra de
Henry Purcell, uno de
los compositores ingleses más destacados del siglo XVII y
máximo exponente de
la llamada “semi-ópera”, un
género, o semigénero, derivado de la
ópera, en el
que el argumento y la acción se desarrollan de modo
dialogado, mientras se
intercalan en ella piezas de música instrumental. A este
género corresponde The
Fairy Queen (la Reina
de las Hadas), compuesto por Henry Purcell en 1692,
adaptación musical de
la obra de William Shakespeare El sueño de una
noche de verano. Un siglo
antes, en 1595, el genial escritor William Shakespearse
había escrito esta
deliciosa comedia plagada de hadas y duendes, que vio la luz por
primera vez el
19 de febrero de 1596.
No
fue ésta
la única vez que la inmortal obra Shakespeare fue adaptada a
una pieza musical.
En 1843, y con sólo 17 años, el compositor
alemán Félix Mendelssohn compuso su
obertura el Sueño de una noche de verano,
y ya en el siglo XX Benjamín
Britten compuso una ópera con el mismo título.
En
1791
Wofgang Amadeus Mozart tampoco pudo sustraerse al encanto de la
fantasía y
compuso su ópera La flauta mágica,
un precioso cuento de hadas que se
estrenó el 30 de septiembre de 1791 y en la que el propio
Mozart dirigió el
estreno. La flauta mágica nos narra la
historia de un príncipe llamado
Tamino que cae desmayado cuando huye de un dragón. Tres
hadas, damas de la Reina de la Noche,
salen a su encuentro,
matan a la bestia y lo salvan. Al despertar el príncipe, es
informado por las
damas de que la hija de la Reina
de la
Noche ha
sido secuestrada y le enseñan un retrato. Cuando el
príncipe Tamino ve el
rostro de la joven Pamina se enamora perdidamente de ella y se ofrece
para ir a
su rescate. La
Reina
de la
Noche le
promete entregársela en matrimonio si logra liberarla. Para
hacer más fácil su
viaje, las tres damas le entregan una flauta mágica de oro y
tres pequeños
duendes le acompañan en su viaje. Antes de lograrlo, el
héroe tendrá que
sortear una serie de pruebas. Finalmente, Tamino logrará su
propósito y entrará
en el templo acompañado por Pamina, mientras son recibidos
con cantos de alegría.
En
1876, el
compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky compone por un encargo de los
Teatros
Imperiales de Moscú su ballet El lago de los cisnes,
basado en una
antigua leyenda que narra los amores entre un hombre y una mujer cisne.
En este
caso él se llama Siefrid y es un joven príncipe,
y ella es la hermosa Odette,
convertida en cisne por el malvado hechicero Rotbard. Este encargo le
llena de
entusiasmo, pues era el primer ballet que componía, pero su
estreno en marzo de
1877 no tuvo muy buena acogida entre el público, lo que le
sumió en una
profunda depresión. Como suele ser habitual, a la muerte de
Tchaikovsky en
noviembre de 1893 le siguió un resurgir de su obra. En 1895
se reestrena este
ballet obteniendo el éxito que le fue negado a su autor en
vida.
Afortunadamente
para la historia de la música, este fracaso no le hizo
rendirse, y en 1889
compone su ballet La bella Durmiente y dos
años después su famoso Cascanueces,
continuando la línea fantástica iniciada con su
primer ballet.
El
cascanueces de Tchaikovsky desborda imaginación y
fantasía, a la vez que
envuelve el escenario con un cuento que nos hace soñar. En
él se narra la
historia de una niña llamada Clara que recibe como regalo de
navidad un soldado
de madera que sirve de cascanueces. La niña juega con sus
primos que tratan de
rompérselo, pero finalmente lo coge y se duerme en su
salón, mientras sueña que
el salón está tomado por unos ratones gigantes y
que su soldado cascanueces es
un soldado de verdad, así como los soldados de su primo, que
se enfrentan en
una dura batalla contra los ratones. En su imaginación, la
niña recorre el
reino de las nieves y el reino de las golosinas, y conoce a la reina de
las
nives y a la reina de las peladillas, hasta que despierta y descubre
que todo
ha sido un sueño. Una de las danzas del ballet de
Tchaickovsky es la Danza del hada Peladilla.
Contemporáneo
de Tchaickovsky es el compositor alemán Richard Wagner, que
en 1833 compone su
primera ópera, Las Hadas, con lugares y
personajes mitológicos, aunque
la obra que lo hará inmortal es su famosa
tetralogía El anillo de los
Nibelungos (integrada por las óperas El
oro del Rin, La Valquiria, Sigfrido y El
ocaso de los dioses), que compone entre 1853 y 1874. En esta
dramática
tetralogía, Wagner recrea la figura de las valquirias, las
doncellas guerreras
de Odín, en la segunda ópera de esta saga. El
mito de las valquirias ha sido
contado con mayor detenimiento en nuestro bestiario.
Por estas mismas fechas el
compositor francés
Charles Gounod compone su ópera Fausto
(1859), basada en el famoso mito
del hombre que hace un pacto con el diablo y le vende su alma a cambio
de
sabiduría. Este mito ha sido varias veces recreado
musicalmente, como en 1846,
cuando el compositor francés Héctor Berlioz se
entrega a su cantata La
condenación de Fausto, entre otros, aunque
será el Fausto de Gounod
el que tenga mayor prestigio.
Estamos
en
pleno siglo XIX, época en que la corriente del Romanticismo
se extiende por
toda Europa y abunda la temática fantástica. De
principios del siglo XIX es el ballet La sílfide y
el escocés, del compositor noruego Hermann von
Lovenskjold,
obra que estrenó en marzo de 1832 en la Ópera de
París.
Y
con este
repaso entramos en el siglo XX, en el que se amplían las
manifestaciones
musicales que nos hablan de seres fantásticos, pasando por
el rock, el heavy o
la música de cantautor.
En
1976 el
grupo musical Génesis le dedicó al Squonk uno de
los temas de su disco A
trick of the tail. En esta canción el
mítico grupo británico de rock narra
la leyenda de un cazador que se encuentra con el triste Squonk, al que
trata de
atrapar pero que acaba muerto disuelto en sus propias
lágrimas.
El
cantautor
asturiano Víctor Manuel recoge en sus canciones las
historias de muchos de los
personajes de la mitología asturiana que hemos tratado en
nuestro libro. Así,
en 1976 canta en asturiano el tema la Danza
del Cuélebre en su disco Canto para
todos, que dos años después
incluirá en castellano en su disco Soy un
corazón tendido al sol. Siguiendo la
temática fantástica le dedica a la Xana
una canción del mismo
nombre en su disco Luna, mientras que de la sirena
y del Trasgo nos
habla en su disco Ay, amor (1981).
No
son los
únicos cantautores que han recurrido a los seres
fantásticos para sus
canciones. En 1982 el cubano Silvio Rodríguez
sorprendió a todos con su
conocidísimo unicornio azul, mientras que Joaquín
Sabina y Fito Páez invocan la
vuelta de la fantasía en su canción Si
volvieran los dragones (1998).
Y
para que
nuestro recorrido sea lo más amplio posible, no queremos
terminar sin nombrar
por lo menos al cantante alemán de heavy progresivo Hubi
Meisel, que en el año
2003 sacó un disco llamado EmOcean, en
el que incluye elementos de
fantasía propios del mundo de las hadas, en su deseo de
dejar de ser algo más
que un cantante para ser un narrador de historias.
Probablemente
el lector conoce muchísimos más nombres de
grupos, composiciones y cantantes en
los que han aparecido algunos de los personajes de nuestro bestiario.
Enumerarlos todos sería una tarea casi imposible.
En
otras artes
Y
es que el
hombre no puede dejar de mirarse el ombligo y tratar de expresar todo
lo que
tiene en su mente o ve ante sus ojos. Gracias a esta
“condena” nos sentimos más
cercanos a los hombres que vivieron en otras épocas y que
nos han dejado
constancia de sus creencias a través de los cuadros, las
construcciones
arquitectónicas, la escultura, los tapices o cualquier otra
manifestación
artística.
Probablemente
la primera incursión de los seres fantásticos en
la cultura tuvo lugar en el
periodo Paleolítico, cuando un unicornio aparece
representado en las cuevas de
Lascaux, en el valle del Vézère, al suroeste de
Francia. Pronto comenzó su
andadura el unicornio, que ha aparecido en cuentos, canciones, poemas,
escudos
heráldicos y tapices.
También
muy
antigua es la gran esfinge de Gizeh, construida por orden del
faraón egipcio
Kefrén en el tercer milenio a. de C. La esfinge es otro de
los seres más
representados en la historia de los hombres, como testimonian las
avenidas de
esfinges que los egipcios colocaban a la entrada de sus templos, que
puede
contemplarse en los templos egipcios de Karnak y Luxor, levantados
entre el
siglo XV y XVII a. de C. cerca de la ciudad de Tebas. Los griegos la
utilizaban
como motivo decorativo en su cerámica, como constatan
algunas vasijas, mientras
que los etruscos la esculpieron en bronce. En el arte
mesopotámico aparece
decorando los paneles del palacio real de Susa, junto al grifo, otro de
los
seres fantásticos más representados en la
antigüedad y cada vez más olvidado.
El
grifo, el
animal fabuloso mitad león mitad águila,
símbolo de poder y de grandeza de
ánimo, ya aparecía en las pinturas murales de los
palacios mesopotámicos,
aunque la primera joya de la que tenemos constancia hecha con esta
imagen es un
brazalete de oro realizado en Persia durante la dinastía
Aqueménida. Los
romanos lo utilizaban con fines decorativos en frisos y candelabros y
en la
baja edad media era un motivo habitual en las gárgolas. Otra
criatura
fantástica que sirvió como adorno para los frisos
romanos fue el centauro, que
aparece en los frisos antiguos del palacio Espada de Roma. Y
continuando con el
recorrido del grifo a través de la historia del arte, nos
detenemos en esta
ocasión ante la Ermita
de Nuestra Señora de Loreto, en la Higuera
del Real, en Badajoz, para contemplar sorprendidos
una enorme estatua de mármol blanco, conocida con el nombre
de la “mamarracha”
y que representa al mítico grifo. En las iglesias
románicas estaba presente en
los capiteles de puertas y ventanas, como guardián de los
lugares sagrados.
Las
representaciones de animales fabulosos fueron la fuente
iconográfica principal
de la escultura románica, así no debe
sorprendernos el abundante número de
animales y seres imaginarios que pueblan los capiteles de estas
iglesias, como
la anfisbena que adorna un capitel de la iglesia de Sarthe en Francia o
la que
se encuentra en otro en la iglesia de Valgañón,
en La
Rioja. Otros seres
que también aparecen en motivos románicos son el
basilisco, la harpía, los
centauros, los dragones y las ninfas.
Al
románico
le sucedió el arte gótico, que destacó
sobre todo por la arquitectura de sus
inmensas catedrales. En esta época son frecuentes las
gárgolas de piedra que
controlan la ciudad desde las cornisas de muchos edificios de estilo
gótico,
muchas con forma de serpientes, leones o dragones.
Como
su
propio nombre indica, el renacimiento europeo supuso un renacimiento o
redescubrimiento de la cultura clásica,
introduciéndose en el arte los motivos
mitológicos tan frecuentes en las manifestaciones del arte
grecorromano, que
continuarán en la época del barroco. En la
pintura comenzaron a retratarse los
mitos griegos, como encontramos en la obra de Rubens,
Velázquez o Zurbarán.
Del
pintor
flamenco Petrus Paulus Rubens (1577–1640) destacamos los
cuadros Hércules y
el Cancerbero, Mercurio y Argos, Polifemo,
Ninfas y
sátiros, y Diana y sus ninfas
sorprendidas por sátiros, que se
encuentran todos ellos en el Museo del Prado de Madrid.
También de temática
mitológica es el cuadro Mercurio y Argos
del universal pintor sevillano
Diego de Silva Velázquez (1599-1660).
Una
mención especial merece la serie de diez lienzos
que el pintor religioso Francisco Zurbarán (1598-1664)
dedicó a los Trabajos de
Hércules. En el segundo de los cuadros de esta serie
Zurbarán retrató la lucha
de Hérculas con la Hidra
de Lerna.
La
época
Barroca coincidió con el movimiento religioso de la
Contrarreforma, lo
que supuso un aumento de la temática religiosa en la pintura
y un amplio número
de cuadros que retrataban a vírgenes y ángeles.
Ya en el Renacimiento los
ángeles fueron representados como modelos grecolatinos;
Miguel Ángel los
imaginó como hermosos jóvenes y Tiziano
difundió su imagen de “cupidos
infantiles”. En la pintura abundan los cuadros que los
retratan, aunque será el
pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) quien los inmortalice como
tiernos niños de
gran dulzura que rodean a la
Inmaculada Concepción.
En
los
últimos años del siglo XIX y en los primeros
años del XX surge un nuevo
movimiento artístico por toda Europa, que en
España recibirá el nombre de modernismo,
y que supondrá un gusto por lo exótico, un
aumento de las formas sinuosas y la
introducción, de nuevo, de elementos fantásticos
que añadan colorido. En España
el máximo representante del modernismo en arquitectura
será Gaudí, aunque no
será el único arquitecto modernista que haga las
delicias de todo visitante que
se adentra en la ciudad condal de Barcelona. Del año 1887 es
el edificio
conocido como el Castillo de los Tres Dragones (Castell dels
Tres Dragons),
del arquitecto Domènech i Montaner, muestra del primer
modernismo barcelonés y
que está ocupado desde 1920 por el museo de
Zoología. También de la misma
época, aunque no modernista, es el edificio de la Aduana
que se encuentra
junto al paseo marítimo, delante del monumento a
Colón, también en Barcelona,
realizado por Enric Sagnier y Pere García Faria entre 1895 y
1902. En la parte
superior de la fachada de este edificio pueden contemplarse diversas
estatuas
con figuras mitológicas, entre las que destacan dos hermosos
grifos.
Y
de
Barcelona nos trasladamos al Parque del Retiro de Madrid para visitar
la
estatua del Ángel Caído,
realizada por Ricardo Bellver en 1874.
Como
vemos,
los seres fantásticos han estado presentes en todas las
manifestaciones artísticas
del hombre, pasando por la pintura, la arquitectura, la
música, la escultura,
el teatro, el cine o la literatura. Aquí hemos querido hacer
una pequeña
enumeración de obras en las que han aparecido, sabiendo que
mostramos apenas
una milésima parte de lo que el hombre ha creado en su
imaginación. Los seres
fantásticos forman parte de nuestra vida, aunque no siempre
le demos
credibilidad. Los jardines los decoramos con enanitos, y las cabeceras
de las
camas con angelitos de escayola, en los brazos nos tatuamos hermosas
hadas, en
carnavales nos disfrazamos de demonios y a nuestros hijos le contamos
la
historia de la sirenita.
Después
de
todo esto, ¿aún cree que no existen los seres
fantásticos en nuestro mundo?
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