AGUSTÍN CELIS SÁNCHEZ

RELATOS


LIMPIA DE LUTO

Se llamaba Patricia y su abrazo era tenue como una almohada de espuma. Era la hija de unos amigos de la familia. La conocí en su casa y me enamoré de ella al instante, en cuanto la vi. Mis padres eran maestros y los suyos médicos; ella dentista y él ginecólogo, una pareja simpática, aficionada a la espeleología y a la exploración de geografías poco comunes. Un día los padres de Patricia invitaron a los míos a una cena en su casa y me llevaron a mí, doliente y crónico, porque no pudieron encontrar una niñera convincente.

La casa olía a golosinas y a café, y ella olía a pan y a castañas en invierno. Su cuerpo era un invierno virgen y extraño, que me subyugaba hasta el remordimiento, que me atraía por su vejez prematura, porque Patricia era una niña vieja y hermosa, de una belleza violenta que se transformó en peligro cuando nos quedamos solos, y que me costaría mi primer ataque de asma, mi primera asfixia, que me debilitó para siempre y alertó en mí una prudencia masculina y un recelo hacia lo femenino, pues advertí el perpetuo estado de beligerancia en que se encuentran las mujeres, siempre dispuestas a satisfacer una curiosidad, una ambición, un deseo o un programa.

Yo tenía entonces cinco años y Patricia ocho, y la edad descubría un abismo de ingenio entre los dos. Me hallaba perdido en presencia de ella, sometido a su capricho, como luego me he encontrado con otras mujeres, y entonces la experiencia ha sido sólo un amparo, una adarga que apenas me protegía.

Acabada la cena los padres se dispusieron a charlar, y yo sabía que nos darían las tantas, y Patricia lo sabía también, y también lo sabían su inteligencia de hija única, su egoísmo de primogénita, su ferocidad de niña bien, su hospitalidad de burguesita amparada en los dineros de sus papás, su reserva de putita precoz, pero ya subyugante. Y lo sabían su cuerpo virgen, su boca deseable, sus ojos silenciados por la astucia, su cintura alada, su carne mollar y blanca, su apetito de niña vampiresa y sus uñas casi adolescentes. Yo temía esas uñas porque me atraían con su desgarro aéreo cada vez que ella movía las manos. Permanecía en las uñas la huella de una pintura adulta que la hacía mayor, como si el esmalte hubiera provocado una metamorfosis en ella y le hubiese inoculado un pasado sentimental de adulterios y amoríos. Seguramente se pintaba a escondidas de la madre, que no reconocía en su hija la madurez que yo miraba entre la sorpresa y el temor. Me enamoraba su cara pecosa de mujer que oculta su puterío en un rostro infantil, y el miedo luchaba contra el amor, que se abría paso a empujones por todo el cuerpo. Me invitaba a su habitación y no podía negarme. Ella buscaba las frases oportunas en un ejercicio retrospectivo e indeleble, como si recordara a antiguos amantes, otros niños parecidos a mí con los que también jugara a los médicos:

-¿Te vienes a mi cuarto a jugar a los médicos, Agustín?

Los padres nos miraban sonrientes, o serios, según, pero siempre  orgullosos, con esa formalidad primitiva de los que ya no recuerdan los juegos de la niñez, porque ha pasado el tiempo o porque no jugaron, y no imaginan siquiera el alcance de un juego.

Yo permanecía instalado en mi laconismo enfermo, en mi pasividad de siempre, y me relamía con la perspectiva de una aventura, pero también temblaba ante sus ojos de vidrio o acero.

-Vale, si quieres...

Ya en la habitación yo fui el paciente, claro, debido seguramente a mi apostura. Patricia echaba el pestillo de la habitación buscando una intimidad con su enfermo, ahora que ya era la enfermera. Me ordenaba que me recostara en la cama y que me quitase los zapatos para no manchar el edredón:

-Échate en la camilla, pero quítate antes los zapatos.

Patricia se quitó la blusa y la falda, y sus zapatitos negros de un brillo esmaltado, como sus uñas. Yo la miraba con la sorpresa en la boca y no dije nada. Se bajó también las bragas y vi las diferencias, perfectamente. No era la primera vez que veía a una mujer desnuda, pero sí la primera vez que vi a una niña sin ropa.

Patricia tenía el pubis limpio de luto. Patricia, mi primer amor, a quien siempre recordaré. Patricia me iniciaba en la perversión de la carne, ya vestida o disfrazada, porque necesitaba interpretar correctamente su papel:

-Espera, que me voy a poner mi ropa de enfermera.

Y me curaba vestida de enfermera. Me recorría el cuerpo con las manos, con un sigilo aprendido con otros niños, con una pasión joven o nueva que no era yo el primero en comprobar, con un amor que había sentido antes por otros, que no me pertenecía, que no me era exclusivo.

Yo permanecía boca arriba en la cama y ella me auscultaba el cuerpo entero, desde la cabeza hasta la planta del pie. Me abría las piernas y me bajaba la cremallera.

-Mi padre cura así a las mujeres que van a su consulta.

Se había convertido en una urólogo y sondeaba mi polla infantil, libre de pecado, frágil y estéril. Yo me dejaba llevar por su experiencia, por la caricia lábil de sus manos en mi avellana pelada y seca.

Nuestros padres jugaban en el salón al bingo, rellenando cartones con garbanzos que ya no comerían, manoseados como estaban por unos dedos ambiciosos o ludópatas. Los padres no se suelen preocupar del comportamiento sexual de sus hijas hasta que no les viene la regla. Entonces les informan un poco, no demasiado, les previenen y es cuando destruyen su naturalidad, su irresistible propensión al pecado, y las convierten mediante consejos inútiles en lascivas ilustradas, en fieras con disciplina, en mujeres díscolas y a la vez obstinadas, que se niegan casi siempre por sistema, porque han aprendido a ocultar su naturaleza, a resolver su deseo en secreto, a abonar el precio de sus vapores a oscuras, protegidas por la sábana en la noche pérfida de unos sueños endiablados. Es en la infancia cuando el sexo está libre de influencias, lo supe entonces y lo sé ahora, y es en la infancia cuando se deberían recoger sus frutos, si no fuera esto un delito o si no nos dijeran los padres que está mal hecho. Aunque siempre queda el recurso del recato, la emboscada o el escondite.

Eso hacíamos Patricia y yo en su habitación con el pestillo echado, recurrir al disimulo, al disfraz del juego, porque en ninguna edad del hombre es tan propicia la mentira como en la infancia.

Patricia y yo, poseídos por la perversión o la curiosidad, explorábamos nuestros cuerpos ya desnudos, conscientes de que los mayores, a menudo, hipotecan la seguridad o el bienestar de sus hijos por unas horas de descanso, y los abandonan a su suerte o su experiencia. Patricia y yo éramos amantes en su cama, y nuestra curiosidad indagaba todo el cuerpo, lo recorría con minuciosidad niña, en vista, olfato y sabor. Lo mirábamos todo, lo olíamos todo, seguros de encontrar una sorpresa en todas partes. Lo chupábamos todo y todo era nuevo en nuestra boca, porque éramos niños y no sabíamos nada aún del mundo.

Así pasamos la noche hasta que se interrumpió con un beso.

No sé bien cómo sobrevino el ataque, pero me subió de dentro, del estómago. Patricia me había besado o me había echado aire caliente en la boca, no lo sé, pero el pulmón quedó colgando y me ahogaba. Recorrido por la urgencia me vestí y abrí la puerta en mi asfixia. Trataba de respirar y no me llegaba el aire, como si un gato me lo estuviera robando. El silencio se hizo espeso y un ruido de ultratumba me salió rodando del intestino, parecido a un vómito bilioso. Patricia llamaba a sus padres y yo me arrastraba por el suelo como un actor de cine en una película del oeste al que hubieran herido de muerte. Comprendí que el sexo acabaría matándome, porque ésa era mi úlcera. Sentí aún cómo mi padre me cogía en brazos y me llevaba hacia la puerta. Me subiría al coche para ir al hospital si no moría antes en el camino, como suele ocurrirle a los toreros atropellados por el pitón del toro. Aún tuve tiempo de ver entre la bruma del sueño, mientras me desmayaba, una sonrisa pérfida, cruel y sostenida; era Patricia, que me sonreía desde su atalaya, enseñándome su boca alegre y su colmillo, y supe en aquel momento que me había robado el alma y el aliento.

 

                                                                                                                                                            Julio de 1996


 


© Agustín Celis Sánchez