MARIANO
JOSÉ DE LARRA
LA PASIÓN DE UN
SUICIDA
Según
parece Mariano
José de Larra fue un hombre cargado de frustraciones. Desde
muy joven se
presenta como un niño reflexivo, dado a la
introspección, disolvente,
solitario. Parece que Larra fue un hombre sin amigos, o con pocos
amigos. Para
quien lee toda su obra y ojea su correspondencia someramente tratando
de buscar
al hombre, se encuentra con un tipo empeñado en preparar
durante toda su vida
la pistola que le iba a levantar la tapa de los sesos.
 |
| Pistola con
la que se suicidó Larra |
Su
primera y su última frustración
fueron amorosas. Resulta curioso encontrar en un talento literario de
tal
magnitud un comportamiento sentimental tan bisoño, una
inestabilidad emocional
tan desmedida. Todo esto le cargó de frustraciones. Pero no
sólo fueron
amorosas. La lista es copiosa. Larra es el hombre que
intentó mil cosas y sólo
acertó en una. “En cada artículo
entierro una esperanza o una ilusión”, nos
dice en uno de ellos. Sólo en esto acertó.
A los
20 años se casa con Josefina Wetoret, una joven de la
burguesía madrileña, una
joven sin sustancia, superficial, aniñada y
ridícula, una mujer que poco o nada
iba a aportar en la vida de un hombre con inquietudes literarias que
todavía
entonces no tenía asegurada su situación
económica. Sin duda éste fue el gran
error sentimental de Larra, pero no su primera decepción.
Ésta le sobrevino
pronto. En los años de estudiante en Valladolid Larra se
enamoró de una mujer
bastante mayor que él. Nos imaginamos a ese Larra
todavía estudiante, apasionado,
practicando los obligados rituales masculinos y enamorado, con la
ilusión
puesta en una mujer que finalmente se revelaría como la
amante de su propio
padre, el señor Larra. No hay que darle mayor importancia a
este incidente, es
sólo un capítulo más en una
desordenada serie de fracasos de un pisaverde
cínico, de un escéptico con ilusiones, de un
descreído con creencias muy
arraigadas que no pudo sustraerse nunca a sus propias dudas.
Todos
los iniciados en la corta vida de Larra parecen estar de acuerdo en que
hubo
varias mujeres en su vida. Tuvo amores con una conocida actriz de la
época, la
señorita Grisi, e incluso se sospecha que fue una mujer la
causa de un
discutido duelo en la época mundana de este escritor,
probablemente en los
meses que participó en la célebre
“Partida del Trueno” de Espronceda. Una
calaverada más en la vida escéptica de un
pensador con mucho de dandy. Poco más
se sabe de este incidente, mera anécdota, pero sin duda
debió de ser por
razones de amoríos, único móvil capaz
de hacer mella en la voluntad de un
desengañado como Larra.
Pero
entremos ya en el gran amor de su vida, excusa y
razón de ser de este
artículo. Se llamaba Dolores Armijo y estaba casada con el
hijo de un conocido
abogado afrancesado, Manuel María Cambronero.
Relación adúltera por tanto entre
ambas partes. Pertenecía Dolores a ese tipo de mujer
elegante que interesa y
rinde, cultivada, discreta, graciosa, atrevida, eterna
añorante de una gran
pasión que nunca termina de llegar y que cuando llega, ni
pronto ni tarde,
viene siempre acompañada de inconvenientes que ella prefiere
evitar
refugiándose en el sereno aburrimiento de su vida conyugal.
La mujer que, en
fin, rigiéndose por las leyes de previsión y
economía, termina prefiriendo la
seguridad del funcionario al pálpito dudoso del genio que la
puede hacer
inmortal. La mujer que primero se revela ambiciosa y vehemente en su
pasión
para luego negar el desafío y exigirle a su amante la
tranquilidad de un amor
discreto y duradero.
Resumimos
así el drama amoroso de Larra con Dolores Armijo.
La
conoce en un salón madrileño y pronto se reconoce
trastornado. Corre el año de
1830. Sólo hace uno de su boda con Pepita Wetoret, como la
llamaría todo el
mundo, incluso sus hijos. Dolores es la Elvira
de
su novela El Doncel de Don Enrique el Doliente.
 |
| Retrato
de Dolores Armijo |
En
1834 Larra se separa de su mujer, y otro tanto ocurre entre Dolores y
su
marido, el Cambronero, tras obligado numerito de descubrimiento y
sorpresa.
Pepita sospechaba de las continuas infidelidades de su marido,
así que un día
decidió aclarar sus dudas abriendo el pupitre en el que
Larra había guardado
una carta que acababa de recibir por la mañana, descubriendo
así la cita para
ese día entre los dos amantes. Despechada y celosa,
decidió vengarse. Remitió
la carta al marido de Dolores, el Cambronero, que se fue con ella a
consultar a
una querida a la que finalmente desoyó para
protagonizar la escena que
desembocó en ruptura. Ambas parejas se separan, Cambronero
se va a Manila para
ocupar un alto cargo y su mujer se retira de los chismes de Madrid,
primero en
Extremadura, luego en Ávila, donde se establece en casa de
un tío
suyo.
Todo
el año de 1835 lo pasa Larra fuera de España,
viajando por Europa. Según la
chismografía madrileña de la época
nuestro escritor siguió a Dolores hasta
Extremadura, invitado por su amigo el conde de Campo Alanje, que
tenía allí
unas tierras. Pero lo cierto es que no se encontraron, pese a coincidir
en
Badajoz. De allí partió hacia Lisboa, donde se
embarcó hacia Londres tras una
estancia de 20 días.
¿Reanudaron
Dolores y Larra su relación al regreso de éste en
diciembre de 1835? Todo
parece indicar que sí. Pese a la euforia de Larra tras su
regreso de París,
donde se había codeado con toda la crema
romántica del momento, el año de 1836
fue desastroso para nuestro escritor. Así lo dejan ver al
menos sus artículos.
La penúltima gran decepción sobreviene en agosto.
En el Boletín Oficial
de la provincia de Ávila del día 21 de Junio se
presentaba la candidatura de
Larra por aquella provincia para las elecciones de diputados a Cortes
convocadas por el ministerio de Istúriz. Precisamente por
Ávila, donde por
aquel entonces vivía Dolores.
Son
tiempos difíciles en la política
española: regencia de María Cristina,
exacerbación del carlismo, inestabilidad ministerial. Larra
sale elegido el 6
de Agosto diputado por Ávila. ¿Hubiese sido una
solución en su turbulenta vida
emocional la entrada de Larra en la política activa junto a
Dolores en Ávila?
Nunca lo sabremos. El 12 de Agosto un motín de sargentos en La Granja
exige
a la reina la proclamación de la
Constitución
de 1812 y la caída del gabinete de Istúriz, con
la inmediata anulación de
aquellos resultados. Larra deja de ser diputado sin haber llegado a
serlo.
Cabe
preguntarse, ¿qué llevó a Dolores en
Febrero de 1837 a tomar la decisión de
volver junto a su marido en Manila, tras dos años de
separación? ¿Barruntaba ya
desde antes esta posibilidad?, y sobre todo,
¿habría tomado esta decisión de no
haberse producido la sargentada de La Granja?
Es
inútil especular con esa posibilidad, como con otras. Por
ejemplo: ¿Buscó Larra
tras su fracaso político una última
razón de ser en su inestable relación con
Dolores?
El 13
de Febrero de 1837, por la tarde, y acompañada de una de sus
cuñadas, Dolores
Armijo visita a Larra en su casa de la calle de Santa Clara, cerca de
la plaza
de Oriente, esquina a la calle de la
Amnistía,
para pedirle unos documentos privados, probablemente cartas que
pudieran
comprometerla. Es la tarde de la ruptura. Dolores tiene decidido ya
viajar a
Filipinas.
Es
inútil preguntarse por las razones del suicidio de Larra.
Desde meses atrás
venían repitiéndose en sus artículos
(auténticas confesiones de un hombre
desesperado) alusiones veladas a un posible deseo de quitarse la vida.
Por
decirlo con un tópico, la visita de Dolores fue la gota que
colmó el vaso de su
desesperación. Poco después de la despedida Larra
se descerrajó un tiro en la
cabeza. La bala penetró entre la oreja y la sien derecha,
salió por encima de
la sien izquierda, atravesó una puerta vidriera y
se instaló en la pared.
 |
| Tumba de Larra |
¿Qué
ocurrió con Dolores? ¿Llegó a escuchar
el disparo? ¿Acaso se detuvo un
instante en la calle de Santa Clara a preguntarse por las razones de
esa
detonación que no ofrecía mayores dudas?
¿Precipitó su viaje a Manila para huir
de las murmuraciones de un Madrid donde su amante era una figura de
sobras
conocida? ¿Jugó el azar algún papel en
el desenlace de toda esta historia?
Qué
duda
cabe, Dolores Armijo no imaginaba que tan sólo unos meses
después sería víctima
de un desastre inesperado. No sabía que el viejo mercante en
el que se embarcó
para iniciar una nueva vida no llegaría a Filipinas. No
sabía que aquel barco
se hundiría a la altura de la costa de Buena Esperanza.
Ignoraba que no habría
supervivientes.
Recomendación Web: |
 |
Mariano José de Larra en la Biblioteca
virtual Miguel de Cervantes
|
|