LA
INVENCIÓN DE LA
HEREJÍA
ENSAYO PRELIMINAR A MODO DE
INTRODUCCIÓN
Resulta
curioso e instructivo saber que, etimológicamente, la
palabra herejía deriva
del griego hairesis, que significa doctrina o
creencia. Así entendido,
el hereje sería, por tanto, un simple creyente, un
doctrinario que hace uso de
su libertad de conciencia para acoger o aceptar una determinada
confesión
religiosa. En cambio, lo que en este libro vamos a tratar de estudiar
es el
sentido histórico que la
Iglesia Católica le dio a la palabra
herejía, entendiéndola
como una disidencia en materia de fe, como un desvío del
dogma. El hereje será
el disidente, el rebelde que acepta pero no acepta del todo la verdad
revelada,
aquel que se sale del tiesto, quien no reconoce la autoridad, el
disolvente
individuo que se atreve a negar los principios formulados desde Roma,
el
heterodoxo por cuenta propia, impenitente y obstinado, que sostiene sus
posturas a pesar de las amonestaciones o amenazas, el cuestionador de
lo
establecido, ese molesto y pertinaz sujeto que interpreta a su modo las
Sagradas Escrituras, el que, ignorando la tan repetida infalibilidad
del
pontífice como vicario de Cristo, osa proponer un
desvío del credo dogmático,
canónico y oficial, quien incurre en un error de
carácter doctrinal según el
parecer de la siempre Santa, Católica, Apostólica
y Romana Iglesia nacida de
las predicaciones de Jesús de Nazaret.
Ahora
bien,
este ensayo está planteado como una serie de sucesivas
aproximaciones al tema
de la herejía. No pretende ser ni exhaustivo ni definitivo.
Podría considerarse,
más bien, como una primera, y
pequeñísima, introducción a una
ambiciosa Historia
Universal de la Herejía
que examinara con más detalle el apasionante asunto de los
disidentes. Pero tal
empresa la dejaremos para otra ocasión. Poco importan las
ausencias conscientes
que pueda haber en este libro, por muy importantes que parezcan. Como la Historia
es una materia
flotante y elástica, creemos que su estudio es una
prisión perpetua, condenada
a la inevitable adición o corrección de lo dicho,
y lo que aquí hay escrito es
tan sólo lo dicho hasta ahora, y con eso basta por el
momento.
¿Por
qué he
colocado en el título, junto a la palabra herejes,
el vocablo malditos?
Muy sencillo. He llegado a la caprichosa conclusión de que
el perfil de un
hereje es el de un hombre en inútil pero reconfortante
rebeldía. Su disidencia,
considerada históricamente como destructiva, no es
más, pero tampoco menos, que
una fuerza disolvente con camino de ida y vuelta que ni destruye ni
rasga
aquello que amenaza, sino que, por el contrario, se vuelve del
revés
destruyendo a quien disiente. Hasta el más superficial
repaso a las actuaciones
de los más famosos herejes nos revela que su
actuación es un suicidio diferido.
El hereje, como el maldito, es un suicida que acaba
destruyéndose a sí mismo al
no encontrar asiento en el orden social impuesto.
Lógicamente, el concepto
decimonónico del malditismo, de raigambre
romántica, no es más que una revisión
literaria, adaptada a una época y a unos fines, de la vieja
actitud del
heterodoxo en materia de fe. Los poetas malditos del XIX comparten con
los
herejes algunas importantes señas de identidad; por supuesto
la rebeldía, pero
también la insolencia, la disparidad ideológica,
la negación de lo establecido,
la inadaptación social, el desahucio y, finalmente, el final
trágico y casi
baldío. Y digo casi porque siempre, o casi siempre, dejaron
algo para el
recuerdo o el estudio. Los poetas malditos, antes del suicidio,
solían dejarnos
una obra. Los herejes, antes de su relajación, con hoguera o
sin hoguera, nos
legaron una sombra de duda, unas actitudes, una filosofía
que ensancha nuestro
norte ético, una teología que abre nuevos
horizontes, otra manera de estar en
el mismo sitio y, en ocasiones, algunas verdades como puños
que, tarde o
temprano, acaban siendo aceptadas.
Por
tanto, la
invención de la herejía es también la
invención del malditismo. Herejes y
malditos van cogidos de la mano. De cara a la Iglesia
de Roma, los
herejes fueron, en tantos casos, disidentes tentados por el mal, e
incluso por
el maligno, y, paradógicamente, la historia de su
invención corre pareja a la
historia de la violencia en el seno del credo católico.
Érase
que se
era la religión de la paz y el amor, fundada por Cristo,
quien sufrió tormento
en la cruz por causa del fanatismo de los hombres. Los cristianos
santificaban
la vida y abominaban de la violencia. Para ellos, el derramamiento de
sangre
era un pecado atroz. Por este mismo motivo, se negaron a luchar en los
circos
de Roma. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que no hubo
gladiadores
entre los primeros cristianos. Los emperadores romanos exaltaban la
lucha en
los campos de batalla y los cristianos ignoraban la ley. Por ello,
fueron
perseguidos. En su huida para salvar la vida, llevaron la buena nueva a
todos los
confines del Imperio. Sus continuos ejercicios de proselitismo
extendieron el
salvífico credo por todo el mundo conocido y, al cabo,
lograrían ser aceptados.
Ocurrió a principios del siglo IV. Mientras fueron una
piedra de disidencia en
las entrañas de Roma, sufrieron idéntico tormento
que el fundador de la
doctrina que ellos practicaban. En cambio, cuando se convirtieron en
una fuerza
que amenazaba con destruir la gloria de Roma, fueron acogidos con
entusiasmo.
La actitud de las autoridades de la época resulta razonable
en todo momento
desde una perspectiva política. ¿Cómo
no iban los romanos a hostigar a la
minoría cristiana que se negaba a luchar por la gloria de
Roma? Pero cuando la
minoría se convirtió en mayoría,
¿cómo podían no ser bien recibidos
esos
súbditos del Imperio? Cuando el emperador Constantino, en el
año 313, abjuró de
su paganismo y aceptó la fe de Cristo, introdujo en la Iglesia
una novedad de
gravísimas consecuencias futuras. Cuando Roma se hizo
cristiana, la
Iglesia de Cristo se
convirtió en Imperio Romano, y al hacerlo heredó
también, a modo de perverso
milagro, todo su legado represor. Esto, que en el siglo II era
inconcebible, se
volvió una realidad en el siglo IV. El apologista y
teólogo romano Tertuliano
lo dejó dicho en una de sus obras. Al valorar la
inconciliable diferencia entre
el cristianismo y los valores tradicionales de Roma, afirmó:
“El
mundo puede que requiera de césares, pero el
emperador nunca puede ser cristiano, ni un cristiano puede ser
emperador”.
Lo
que
resultaba tan incontestable hacia el año197, no lo fue sin
embargo en el año
313. Con olvido de toda obviedad, el emperador se hizo cristiano, pero
el mundo
siguió necesitando de los césares. Poco a poco,
en la religión de Cristo se fue
introduciendo la violencia de Roma. Si en la época de
Tertuliano no había ni un
solo soldado cristiano, hacia el año 416 el emperador de
oriente Teodosio II
decretaría, mediante edicto, que sólo los
cristianos tenían derecho a alistarse
en el ejército. Si los primeros cristianos estaban
dispuestos a morir antes que
matar, después de Constantino estarán dispuestos
a matar ad maiorem Dei
Gloriam. Desde entonces, la historia de la
Iglesia Católica
es también la historia de sus crímenes. El relato
de esos crímenes constituyen
lo que habremos de llamar la Historia
Universal de la
Herejía.
La
cristiandad experimentó una transformación
radical. En el mismo momento en que
dejó de estar perseguida, se convirtió en
perseguidora. Se podría decir,
incluso, que a partir de ese momento fue ya otra Iglesia, una Iglesia
más
preocupada en seguir existiendo que en la santidad de la existencia. Se
podría
decir, también, que su preocupación
máxima no fue ya la predicación del
sermón
de la montaña, el mensaje de los Evangelios
o la
Gloria de Dios, sino el mantenimiento
de la gloria de la propia Iglesia. Y así, todo aquel que
amenazara con
desestabilizarla sería condenado, represaliado, torturado y,
finalmente,
aniquilado. Cualquier clase de desavenencia sería declarada
herética. Su
ambición de universalidad sería su peor
consejera. Y en nombre de esa
universalidad irá traicionando, con el paso de los siglos,
sus iniciales
propuestas hasta convertirse, a partir de la Edad Media,
con la
triste iniciativa de la Inquisición,
en la mayor organización represiva que ha
conocido el mundo. Todavía en el siglo IV existía
la aversión por el
derramamiento de sangre. San Agustín, que fue un
enérgico luchador contra las
primeras herejías que socavaban los cimientos de la Iglesia,
abominaba de las
ejecuciones, y se enfrentó a donatistas y pelagianos con la
fuerza de la
palabra y la razón. Las primeras herejías,
anatematizadas en diferentes
concilios, fueron depuradas sin violencia, pero no así las
que siguieron. De
algunas de ellas hablaremos en sucesivos capítulos.
Ahora
bien,
la exaltación de la violencia no fue lo único que
heredó del Imperio Romano la
cristiandad. Resulta de lo más sarcástico
comprobar el camino que ha seguido la Iglesia
de Cristo desde el
Calvario hasta el Vaticano. Si su fundador sólo
ostentó el burlesco título que
le otorgó Pilatos como “Rey de los
judíos”, su principal representante en la Tierra
lucirá títulos tan
fastuosos y solemnes como Vicario de Cristo, Sucesor de los
Apóstoles, Sumo
Pontífice, Patriarca, Primado de Italia y hasta Soberano de la Ciudad
del Vaticano. Pero
sin duda el más irónico de todos, por lo
difícil que le ha sido llevarlo con
dignidad a tantos papas como ha habido, es el de Siervo de los siervos
de Dios.
A lo largo de estas páginas tendremos ocasión de
apreciar lo poco servidores de
sus siervos que fueron tantos pontífices a lo largo de la Historia,
si es que
alguna vez hubo alguno. ¿Y qué decir del clero de
todos los tiempos hasta
nuestros días? Nada más alejado de las
predicaciones de Jesús de Nazaret que
los títulos que engolosinan y engolosinaron a sus
representantes: eminencia,
ilustrísimo, señoría,
reverendísimo, excelencia, y tantos otros. La Historia
de las
disidencias nos confirma que todo aquel que hizo notar estos excesos de
la
clerigalla, sería declarado herético.
Y
así
llegamos a uno de los puntos más sensibles de la
Iglesia Católica,
y que tuvo su momento más álgido en plena Edad
Media, la época que está
considerada como una auténtica corrala de herejes que
reivindicaban la tan
discutida como traicionada pobreza de Cristo. Todo el que puso el dedo
en la
llaga sería considerado hereje. Motivo de herejía
fue vivir conforme a las
palabras del maestro:
“Atesorad
para vosotros bienes en el cielo, donde nada se
corrompe ni hay polilla que los deteriore”.
Así
ocurrió
con Gioacchino de Fiore, Gherardo Segalelli, Dulcino de Novara, Pedro
Valdo de
Lyon y hasta con el campeón de la pobreza, San Francisco de
Asís, a quien
debemos considerar un cuasi hereje por las continuas sospechas que
sufrió ya en
vida. La orden por él creada, la de los Franciscanos, no
tardaría en dividirse
por la distinta interpretación que hicieron los hermanos
menores del capítulo
sexto de la
Regla
de San Francisco, que determinaba que debía quedar excluida
tanto la posesión
privada como la posesión comunitaria de bienes, y que
sólo está permitido el
simple usufructo de las cosas. Los llamados hermanos
“conventuales”, quienes
admitían la propiedad de bienes comunitarios, la
aceptación de rentas fijas y
la posesión de bienes raíces, serán
los aceptados por la Iglesia de Roma. En
cambio, los hermanos “espirituales”, que rechazaban
absolutamente la posesión
de cualquier bien, serían condenados como herejes.
Más tarde, de los
espirituales surgiría una sección aún
más controvertida y combativa, los
llamados “Ermitaños pobres”,
también conocidos popularmente como Fraticelli,
quienes serían considerados oficialmente como
“hijos de la temeridad y de la
impiedad”. Estos últimos tuvieron la
osadía de equiparar la regla del capítulo
sexto de su fundador con el mismísimo Evangelio
y, tras ser condenados
por el Papa Juan XXII, afirmaron, en consecuencia, que el
pontífice había
perdido definitivamente su potestad de jurisdicción y de
orden. Por ello,
serían relajados en la hoguera. Irónicamente, hoy
día, los parciales ejercicios
de rectificación llevados a cabo desde Roma, han deplorado
la actuación del
Papa Juan XXII. Es una triste burla que la Iglesia
creada por quien afirmó, palabras más,
palabras menos, que antes entraría un camello por el ojal de
una aguja que un
rico en el reino de los cielos, se convirtiera en una de las mayores
empresas
económicas del mundo. Lo fue siempre y lo sigue siendo
aún hoy. Podríamos
lamentarnos de todo ello con estas palabras de Petrarca, quien
debió decirlo en
voz baja para no despertar susceptibilidades:
“Me
sorprendo cuando recuerdo a los predecesores del
papa, contemplando a estos hombres cargados de oro y vestidos de
púrpura.
Parece que nos encontremos entre los reyes de Persia y Partia, ante los
cuales
hemos de inclinarnos y rendirles culto. ¡Oh,
apóstoles y primeros papas!,
toscos y demacrados como erais, ¿es para esto por lo que os
afanasteis?”
Pero
la
Iglesia de Roma no alzó su
látigo justiciero únicamente entre sus adeptos
alborotadores. Enemigos fueron
los judíos y los musulmanes, a quienes, obviamente, no se
les puede considerar
como herejes, pero de los que conviene hablar aquí, no
obstante, ya que
jugarían un importantísimo papel en la
represión de la herejía, tal y como
iremos viendo. El odio desplegado por los cristianos contra los
judíos a lo
largo de la historia es de sobras conocido, y por eso no me
detendré ahora en
estudiarlo. Algo diremos cuando llegue el momento. Más
interesante, y de más
terribles consecuencias para el progresivo deterioro de la Iglesia,
me parece el caso
musulmán.
A partir del siglo VII un nuevo, e
imparable credo,
ensombrece el horizonte cristiano. El Islam, la religión
predicada por Mahoma,
se extiende como la pólvora de modo milagroso.
África, Asia, y la Hispania visigoda, caen
bajo su influjo rápidamente. Desde los tiempos del Imperio
romano, ninguna otra
fuerza militar había amenazado a la cristiandad con tan
belicosa acometida. Ni
siquiera los hunos de Atila habían supuesto un peligro
semejante. Sólo Carlos
Martel, el abuelo del emperador Carlomagno, conseguirá
detenerlos en Poitiers.
Occidente estaba a salvo, pero medio mundo había
caído bajo el poder del Islam.
Resultaba comprensible. La fe
predicada por Mahoma
exaltaba la violencia y prometía un cielo sensual para todo
aquel que luchara y
muriera en nombre de Alá.
Para los
musulmanes, la espada era la llave que abría las puertas del
séptimo cielo,
donde aguardaban las huríes, dulces doncellas virginales de
mirada de gacela y
exquisita sensibilidad que harían las delicias de todo aquel
que muriera en el
fragor de la batalla. Era una tentación irresistible, una
promesa sin parangón,
una oferta inmejorable. Frente a ella, el ideal cristiano
sólo anunciaba un
cielo casto, angelical, de difícil acceso y donde quedaba
reservado el derecho
de admisión. No había color. Su
expansión fue extraordinaria. En el año 637,
Jerusalén fue conquistada por el Califa Omar I. A partir de
entonces, la
situación de los cristianos en Tierra Santa se fue volviendo
cada vez más
precaria, y cuando en 1071 la ciudad sea conquistada por los turcos
selyúcidas,
que destruyeron el Santo Sepulcro, se pondrá la primera
piedra sobre la que se
alzará otra Iglesia, nuevamente renovada, y cuya
transformación será aún más
perversa que la experimentada a partir del siglo IV.
En el año 1095, el papa
Urbano II, en la ciudad
francesa de Clermont-Ferrand, predicó la primera cruzada
contra el infiel
frente a un numeroso grupo de seglares y clérigos. Por arte
de paradoja, el
cristianismo heredará del Islam el concepto de la Jihad,
la guerra santa,
la aniquilación del enemigo en nombre de Dios. A
imitación de las promesas
eternas de Mahoma a sus creyentes, el papa de Roma otorgaría
indulgencias
plenarias al guerrero que muriera por la causa. El cielo estaba
garantizado. La
espada de líneas cruciformes se llenará de sangre
por la gloria del Cristo que
murió en la cruz. Los cruzados se convirtieron
así en los muyaidines del
cristianismo. Se exaltará la violencia. Todo
estará permitido. De camino a
Tierra Santa, los cruzados dejaron un reguero de sangre. A todo aquel
que no
comulgaba con la fe del Señor, se le ofrecía el
bautismo o la muerte. Los
judíos fueron una presa fácil. En el
año 1096, todos los judíos de la ciudad de
Worms fueron masacrados. En 1099 fue reconquistada
Jerusalén. La victoria fue gloriosa.
¿Qué duda podía caber
después de esto? Dios debía de estar de parte del
papa.
Aunque Jesucristo sólo predicó la paz y la
mansedumbre, el papa de Roma
prefirió ser, como Mahoma, un comandante de
ejércitos, un administrador de
justicia. No puede imaginarse mayor traición a las nueve
promesas que Jesús
hizo en su sermón de la montaña:
“Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los
Cielos.
Bienaventurados
los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos
serán saciados.
Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los
hijos de Dios.
Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino
de los
Cielos.
Bienaventurados
seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira
toda clase de mal
contra vosotros por mi causa”.
¿Qué
terrible influencia tuvieron las cruzadas de
cara al tema de la herejía? Muy sencillo. Se creó
un precedente. La Iglesia de Cristo
dejó,
definitivamente, de santificar la vida. Los ministros de Cristo
proclamaron el
derramamiento de sangre. La violencia fue exaltada. Se dio un paso
decisivo. A
partir de entonces, no habría misericordia para el enemigo.
Todo aquel que
amenazara, de palabra o acción, con destruir esta nueva
Iglesia, tan alejada ya
de su fundador, sería depurado. Al hereje, que siempre
había estado condenado,
se le otorgó la categoría de enemigo y, como tal,
debía ser aniquilado.
Después de mil
años de existencia, la Iglesia
estaba corrompida
desde su raíz romana. Las disidencias eran inevitables. Los
grupúsculos que
proponían un retorno a una espiritualidad más
auténtica, más cercana a la
primitiva Iglesia, comenzaron a multiplicarse. Como abominaban de lo
impuesto
desde Roma, serían declarados heréticos. Es la
época del movimiento patarino,
del bogomilismo y del catarismo. Pero también de las
hermandades pietistas como
las beguinas y los begardos, condenados por su exaltación de
una espiritualidad
exacerbada. El poder del papa comienza a estar en entredicho. El clero,
considerado corrupto por su tendencia a la simonía y el
nicolaísmo, pierde
puntos en favor de quienes predican una fe más indulgente,
menos severa. Poco a
poco, en el mundo cristiano, se van creando nuevas alternativas. La
disidencia se
hace fuerte. En el sur de Francia y norte de Italia, los
cátaros hacen
estragos. La autoridad de Roma se tambalea. Las herejías
amenazan por vez
primera con destruir el orden impuesto por los papas. A partir de
principios
del siglo XIII, se da otro paso decisivo. La Iglesia
se aleja definitivamente de Cristo.
En 1209, el papa Inocencio III
predica la cruzada
contra el hereje. Ahora ya no serán los infieles quienes
mueran a manos de la
espada cruciforme, sino los propios cristianos. En poco menos de medio
siglo,
la herejía cátara es aniquilada por la fuerza de
las armas. En 1231, otro papa,
Gregorio IX, instituye la
Inquisición. Todo sea por el
mantenimiento del orden social.
Con ella, comienza el verdadero desconeje. En alianza con la autoridad
civil,
será condenado a la hoguera o asesinado en la horca toda
persona que se oponga
a los enunciados pontificios o simplemente moleste. En 1252, el papa
Inocencio
IV instaura oficialmente el uso de la tortura en su bula Ad
extirpanda.
Los herejes carecen de derechos. En los manuales para uso de
inquisidores que
se escribieron en la época, podemos leer preceptivas como
ésta:
“Mejor
que mueran cien personas
inocentes que un solo hereje quede en libertad”.
Comienza la era del terror. Todo
le está permitido a
los inquisidores, quienes, en tantos casos, se comportarían
como auténticos
psicópatas. Parecería que ellos no
podían equivocarse. Se diría que nada
podían
hacer que fuera reprensible. Quienes se atrevieron a cuestionar su
autoridad,
fueron declarados herejes. Intelectuales católicos como
Siger de Brabante,
Meister Eckhart, Guillermo de Ockham o Marsilio de Padua, entre otros
muchos,
estuvieron bajo sospecha o fueron condenados, y sus obras declaradas
heréticas.
En muchos casos, la herejía adopta la forma de protesta
social. Muy poco hemos
dicho de ellas en nuestro libro. Son las herejías
nacionales. En Inglaterra
estuvieron los lolardistas de John Wicliff; en Bohemia, los husitas al
abrigo
de la memoria de Jan Huss; en España, los herejes de Durango
con Alonso de Mella
a la cabeza.
Es
también la
era de las brujas. Europa vivió una auténtica
orgía de destrucción. Lo veremos
en el capítulo que hemos titulado “Las grandes
herejías”. El 1 de noviembre de
1478 nace la famosísima Inquisición
española, que estaría vigente hasta el 15
de julio de 1834. Sus víctimas predilectas fueron los
conversos de judíos y
moros, los judaizantes y moriscos. Y cuando faltaron estos grandes
herejes,
fueron perseguidos los protestantes, los alumbrados y quietistas, los
fornicadores simples, los sodomitas, los bígamos y, en
general, todo aquel que
fuera tenido como diferente, amenazara el orden social establecido o
adoptara
una actitud heterodoxa en el plano social o en la vida religiosa. Hasta
los
místicos estuvieron en el punto de mira de los inquisidores.
Poco
a poco,
Europa fue preparándose para vivir una reforma espiritual.
Era inevitable y
fatal que ocurriera. Reformadores como Lutero, Calvino o Zuinglio
serían
condenados como herejes. No obstante, ya estos no pueden ser tenidos
como tales.
Comparten con los verdaderos herejes el anatema, la
persecución, pero son ya
cismáticos, representantes de una Iglesia paralela, de una
auténtica
alternativa a Roma. Ocasión tendremos, al estudiar el caso
de Miguel Servet, de
comprobar que dicha alternativa supuso un cambio de perspectiva, pero
un cambio
igualmente represivo para la libertad de conciencia del individuo.
Por
último,
en 1542 se creó la
Inquisición romana, el Santo Oficio,
la única que pervive aún
hoy bajo el amable distintivo de Congregación para la Doctrina
de la
Fe. A partir del siglo
XVIII, el concepto de herejía quedará bastante
mitigado, e incluso llegará a
desaparecer. En nuestra “Galería de
Penitenciados” estudiaremos dos casos
importantes, el de Melchor de Macanaz y el de Pablo de Olavide. Pero
son ya
casos tardíos. Poco a poco se va dejando de hablar de
herejes. El siglo XIX
traerá nuevas condenas, pero ya no se les da el
título de herejes a los
condenados, o sólo como excepción. Algunas de las
más famosas condenas recaen
sobre el naturalismo, el marxismo, el socialismo, el anarquismo o la
masonería.
Con la definitiva pérdida del poder temporal de la
Iglesia Católica
en 1870, se quiebra la vieja alianza entre Roma y la autoridad secular
de los
Estados europeos. ¡Bendita quiebra! Con ella, y por fin, a
una condena del
Pontífice no tendrá por qué suceder
una persecución civil, y mucho menos una
ejecución secular.
Pero eso sí, la
Iglesia Católica
sigue condenando. Todavía hoy, y en el año en el
que escribo, 2005, sigue
habiendo personas condenadas por Roma, pero ya a éstos no se
les llama herejes;
aunque tal vez, pero sólo tal vez, sigan siéndolo.
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