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GIORDANO
BRUNO HEREJE
IMPENITENTE, PERTINAZ Y OBSTINADO Comencemos
por el final de la historia. En la sentencia que le fue
leída a Giordano Bruno el 8 de febrero del año
1600 nos encontramos con lo
siguiente: “Invocado
el nombre de Nuestro Señor
Jesucristo y de su muy gloriosa Madre siempre virgen María,
en la presente
causa y causas llegadas a este Santo Oficio y que oponen al reverendo
Giulio
Monterentii, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio,
por una
parte, y a ti hermano Giordano Bruno, reo interrogado, procesado,
hallado
culpable, impenitente, obstinado y pertinaz por la otra: por esto
nuestra
definitiva sentencia, según consejo y parecer de los
reverendos padres maestros
de sacra teología y doctores de una y otra ley, nuestros
consultores,
proferimos en estos escritos, decimos, pronunciamos, sentimos y
declaramos que
tú, hermano Giordano Bruno, eres hereje impenitente,
pertinaz y obstinado”. Y
un poco más adelante concluye: “Debes
ser entregado a He
aquí un perfecto ejemplo de la santa hipocresía
inquisitorial. El reo,
procesado, interrogado, torturado y sentenciado por el Santo Oficio era
finalmente entregado a la autoridad civil, al poder secular, para que
fuese
ejecutado sin demora. Pero en la sentencia condenatoria se
incluía una petición
de clemencia para que su relajación se llevara a cabo
“sin peligro de muerte o
mutilación de miembro”, aun a sabiendas de que tal
cosa es imposible. Como sin
duda intuirán nuestros perspicaces lectores, nadie puede ser
arrojado al
quemadero “sin peligro de muerte”. Pero esta era la
forma que el tribunal
inquisitorial tenía de lavarse las manos. Con total
hipocresía, como hemos
dicho. Aún así, algún que otro
historiador con puntas de capellán
reivindicativo se acoge a dicha petición para afirmar, muy
resuelto, que no
pueden ser atribuidas a Pero
entremos ya en harina para ver cómo un filósofo
se convierte en hereje y es
llevado a la hoguera por un exceso de pensamiento. Giordano
Bruno nació en Nola, cerca de Nápoles, en 1548.
Su verdadero nombre era
Filippo, pero lo cambió por el de Giordano a los diecisiete
años, cuando vistió
el hábito de novicio de Ahora
bien, a este personaje no se le puede considerar un religioso en
sentido
estricto. A diferencia de otros teólogos que se deslizaron
hacia la herejía por
su heterodoxia en materia de fe, Giordano se desvincula muy pronto de
sus
pretensiones teológicas, derivando hacia un pensamiento
puramente filosófico.
Pero por aquel entonces la filosofía era una senda paralela
a la de la
religión, con la que en muchos momentos se cruza de modo
inevitable. Y así, ya
en 1576 va a entrar en disputas con sus compañeros dominicos
por ciertas dudas
doctrinales que le suscitaron las doctrinas protestantes, motivo por el
cual
abandona la vida monástica e inicia una verdadera
peregrinación por Europa. Desde
este año, y hasta 1592, en que será encarcelado
en una prisión inquisitorial,
Giordano Bruno viaja por Roma, Lyon, Ginebra, Toulouse,
París, Londres y
finalmente Frankfurt. Son los años en que desarrolla toda su
actividad como
filósofo. Así se convierte en un pensador libre
con ciertas preocupaciones en
materia de fe, en el autentico iniciador del racionalismo moderno. Por
toda
Europa va dejando las huellas de su pensamiento, que publica
aquí y allá en
forma de libro. Los títulos de sus más
importantes obras son éstos: De
umbris idearum, Cantus circaeus, Sigillus
sigillorum, Il
candelaio, Cena delle ceneri, De la causa,
Principio e Uno, De
l'infinito, universo e modi, Spaccio della bestia
trionfante, Cabala
del Cavallo Pegaso e del Asino Cillenico, De gli eroici furori, De
minimo, De
monade, De inmenso et innumerabilibus y De imaginum
compositione,
que giran alrededor de cuestiones como el arte de la memoria
artificial, el monismo
panteísta, la negación de la autoridad
filosófica del clero, las dudas sobre La
filosofía de Bruno es compleja y sobrepasa las pretensiones
de
esta crónica,
por lo que me limitaré a decir que su conflicto con la
iglesia
de Roma, e
incluso con la protestante, va a surgir de su planteamiento
panteísta y de la
valoración que él hace de la
“religión
natural” y de la “ética
racional”. Para
Bruno el universo es concebido como un todo unitario pero infinito,
donde Dios
coincide con la naturaleza, que va a ser considerada como un gran ser
animado
del que todos formamos parte. Así concebido, el universo no
tiene centro, lo
infinitamente grande coincide con lo infinitamente pequeño,
pues
es la
expresión más acabada del infinito poder de Dios.
En
cuanto a la religión,
Giordano Bruno parece entenderla como una herramienta necesaria para
organizar
la vida cívica de las masas que son incapaces de regirse por
la
razón, pero
subordinada siempre al ámbito de lo racional, de la
filosofía, de la que forma
parte. Esta idea resulta ya totalmente revolucionaria, pues niega los
postulados de Santo Tomás de Aquino, que consideraba a la
filosofía como
“esclava de la religión”. Giordano
Bruno, desde su absoluto racionalismo, venía a proponer una
especie de pacto
social entre los dos grupos de individuos capaces de hacer un uso
adecuado de
la racionalidad; al otorgarle a la religión una
función cívica, los filósofos
no debían implicarse en el gobierno de las masas populares,
competencia que le
dejaba a la teología, y los teólogos no
debían entrometerse ni en la labor
ni en la vida de los filósofos, destinados a
ampliar el ámbito de
conocimiento del ser humano. Establecía de este modo una
distinción entre la
dimensión de la duda filosófica y la
dimensión de la fe. Por supuesto que una
persona puede tener dudas teológicas sobre los dogmas de En
una Europa en guerra y dividida por las cuestiones religiosas, Giordano
Bruno
viajó a Ginebra en 1579 para estudiar en profundidad el
calvinismo, pues sentía
curiosidad por esta reforma opuesta al dogmatismo de Roma. Pero
allí, en
Ginebra, en la ciudad de Calvino, vivió su primer proceso y
fue obligado a una
retractación pública. No tuvo tan mala suerte
como Miguel Servet, pero
comprendió que la reforma protestante era tan autoritaria y
fanática en sus
fundamentos como No
se sabe con seguridad el motivo por el cual Giordano Bruno abandona
Inglaterra,
pero lo cierto es que en 1590 nos lo encontramos en la ciudad de
Frankfurt, que
ya entonces era lo que es hoy, el mayor mercado de libros de toda
Europa. Puede
ser que lo hubiese llevado hasta allí el deseo de buscar un
editor para sus
obras futuras. Pero son simples especulaciones. Lo único
cierto es que Bruno se
encuentra en Frankfurt cuando conoce a Giovanni Mocenigo, el hombre que
precipitará su caída delatándolo por
herejía ante el Santo Oficio. El
tal Mocenigo era un patricio veneciano de gran fortuna. Se
había leído algún
que otro libro de Giordano y había quedado asombrado por su
portentosa
sabiduría, pero sobre todo por el curioso aprovechamiento
del arte de la
memoria artificial. Giordano había escrito varios libros de
mnemotecnia donde
explicaba las maneras de potenciar la memoria,
complejísimas, por otra parte, y
que relacionaban esta difícil habilidad con la
astrología y la magia. El tal
Mocenigo debió de creer que la inteligencia de Bruno se
debía a algún arcano
misterioso que podía ser aprendido en varias lecciones. Sin
duda, no tuvo en
cuenta ni los años de esfuerzo ni los años de
estudio. Creyó en el atractivo
encanto del secreto, y pensó que cualquier secreto se puede
comprar con dinero.
Y él, claro, estaba en inmejorables condiciones como
comprador. Decidió, por
tanto, contratar a Giordano Bruno como maestro. Desde
agosto de 1591 hasta mayo de 1592, Giordano vive instalado en la casa
de
Mocenigo, en San Samuele, Venecia, donde se dedica a
enseñarle a su discípulo
las técnicas que se deben utilizar para potenciar la
memoria, para convertirse
en un verdadero memorión. Pero el otro es impaciente, desea
poseer la cultura
de Bruno, pero ya mismo, en pocos meses, por arte de magia. Y claro,
como es
lógico, no lo consigue. Por tanto, se siente
engañado. Enseguida adopta la pose
del que ha pagado por una mercancía que no posee. En una
carta escrita de su
puño y letra, comenta: “Tengo aquí quien
a mis expensas me ha prometido
enseñarme muchas cosas, y ha tenido trajes y dinero en
cantidad por esto; no
puedo llegar a una conclusión; dudo si es un hombre de
bien”. Mocenigo
es el paradigma del alumno que todo profesor debe evitar. Como es un
hombre
rico, no posee la rendida humildad que el que aprende debe mostrar ante
quien
enseña. Tampoco siente ningún respeto por
Giordano. Por el contrario, Mocenigo
se siente superior por ser el otro quien está a su servicio.
La sabiduría la
considera un trueque, una mera transacción comercial.
Él es el que paga, y
además ha pagado por adelantado; cree merecer una
satisfacción. A todo esto se
añade la envidia; siente el dolor por el bien ajeno.
Giordano posee algo que él
no posee, pero se siente con derecho a poseerlo. Los dos han
contraído un
compromiso, los términos del contrato están
claros: dinero a cambio de
sabiduría. Pero en los nueve meses de enseñanza
la sabiduría no ha entrado en
él. Mocenigo se siente engañado. Sólo
falta que Bruno le dé una excusa y
precipitará su caída. En esos nueve meses no se
habrá convertido en un sabio,
pero ha escuchado tantas cosas de boca de su profesor, tantas
reflexiones
alarmantes, que En
mayo de 1592 Giordano manifiesta su deseo de volver a Frankfurt; quiere
publicar una nueva obra, y así se lo dice a Mocenigo.
Según el filósofo, no hay
motivo para continuar con las clases. Mocenigo guarda silencio. No dice
nada.
Pero el 22 de mayo, por la noche, entra en la alcoba de su profesor con
un
criado y cinco gondoleros, y allí mismo lo atan para luego
encerrarlo en un
granero. A la mañana siguiente lo denunciará ante
el Tribunal de Comienza
así su largo proceso, que finalizará el 17 de
febrero de 1600 con la relajación
en la hoguera. Durante estos ocho años la actitud
de Giordano va a ser
variable, o más bien voluble, aunque quizá fuese
sólo prudente, en un intento
frustrado de salvar la vida hasta que llegó al
convencimiento de que sería
imposible hacerlo. Podríamos, incluso, establecer distintos
periodos en su
proceso a partir de la manera que tuvo de estar ante el tribunal. Entre
mayo de
1592 y febrero de 1593 se halla en Venecia, interrogado por el tribunal
veneciano, que tiene fama de clemente y compasivo, templado en el rigor
hacia
el reo, en comparación con el Santo Oficio romano. Pero eso
sí, los métodos
inquisitoriales son los mismos. Al haber sido denunciado por
herejía se le
presupone culpable. En ningún momento se le carea con su
acusador, Giovanni
Mocenigo. Y cuando por fin da inicio el primero de los interrogatorios,
a
Bruno, como reo, antes de leérsele las acusaciones, se le
invita a exponerse,
se le pregunta si sabe por qué ha sido arrestado.
Ésta era la primera de las
trampas de la inquisición. Una respuesta afirmativa del reo
echaba por tierra
cualquier posible defensa posterior. Que una persona acusada de
herejía
conociera o sospechara los terribles cargos que se le imputaban,
constituía,
para los inquisidores, una indudable prueba de culpabilidad. No
hay que olvidar, además, que el delator había
sido un rico patricio veneciano,
Giovanni Mocenigo, quien lo había tenido hospedado en su
casa durante muchos
meses, y que por tanto había tenido ocasión de
oír, en boca del propio Bruno,
afirmaciones tan heréticas como las siguientes. Siempre, por
supuesto, según la
interpretación del propio Mocenigo: “que es un gran error por
parte de los católicos afirmar
que el pan se transustancie en carne, que él es enemigo de
la misa; que ninguna
religión le gusta; que Cristo fue un pérfido que
como hacía sus tristes obras
para seducir a los pueblos, podía predecir que
sería detenido; que en Dios no
hay distinción de personas, porque esto sería
imperfección de Dios; que el
mundo es eterno, y que hay infinitos mundos, y que Dios los crea
continuamente,
porque dice que quiere tantos como pueda; que Cristo hacía
milagros aparentes y
que era un mago, al igual que los apóstoles y que
él mismo podría hacer tanto y
más que ellos; que Cristo no murió de buena gana
y que escapó en cuanto pudo;
que no hay un castigo de los pecados, etc., que las almas creadas por
obra de
la naturaleza pasan de un animal a otro.” Y
un poco más adelante: “que
no tenemos prueba de que nuestra
fe agrade a Dios; y que no hacer a los otros lo que no queremos que nos
hagan a
nosotros no basta para vivir bien y que se ríe de todos los
otros pecados; y
que se maravilla de que Dios soporte tantas herejías de los
católicos”. Son
sólo algunas de las acusaciones que Mocenigo
pronunció contra Giordano. Y ya
éstas bastaban para abrirle una severa causa. Pero
además de la denuncia del
patricio, sobre Bruno pesaban dos manchones imborrables. A saber: Primero:
en su juventud se había ordenado dominico, había
disputado con sus hermanos de
orden y, para colmo de osadías, había
protagonizado una espantada escandalosa
del monasterio en que se hallaba; no sólo
renunció al hábito de los hermanos
predicadores, sino que lo hizo de modo ofensivo, por su propia cuenta y
riesgo.
Lógicamente, era inadmisible. Para los inquisidores
venecianos Giordano Bruno
no era simplemente un hereje que se las daba de filósofo,
escritor y poeta. Era
ante todo un dominico disidente que había deshonrado el
hábito que había
vestido y que ahora, además, incurría en
herejía de forma escandalosa. Y
segundo: el tal Giordano Bruno había estado viviendo durante
muchos años en
tierra de herejes. Había residido en Ahora
bien. Durante esta primera fase, Giordano mantuvo una actitud de
humilde
contrición. Conocía de sobra los
métodos inquisitoriales y el final que le
estaba reservado si no se andaba con mucho ojo. Cualquiera
diría que buscaba,
consciente y astutamente, la reconciliación. Ante los
inquisidores de Venecia
se muestra sinceramente arrepentido de los posibles errores que hubiera
podido
cometer. Pero eso sí, niega firmemente las acusaciones
más vulgares (todas
aquellas que rozan la blasfemia), a la vez que reconoce haber tenido
dudas de
carácter teológico. Su
defensa, en esta primera fase, es muy hábil. Comienza
declarándose arrepentido
de cualquier error, niega las más burdas acusaciones, se
humilla ante los
inquisidores, incluso se arrodilla ante ellos, los llama
“Vuestras Señorías
ilustrísimas”, y promete, después de
haber reconocido sus dudas, una completa
rectificación: “Y si de la misericordia de
Dios y de Vuestras Señorías
ilustrísimas me es concedida la vida, prometo hacer una
reforma notable de mi
vida, recompensar el escándalo que he dado con otros tantos
hechos
edificantes”. En
esta primera fase de su proceso Bruno confía en poder ser
rehabilitado en su
antigua orden. Quiere salvar la vida, y nada le cuesta pedir disculpas.
Puede
que crea que el tribunal que lo está juzgando lo va a
condenar a unos cuantos
años de clausura en un monasterio dominico. Pero a la vez se
ha mostrado como
teólogo y filósofo. Ha expresado sus dudas
teológicas abiertamente, ha expuesto
sus teorías filosóficas ante un tribunal de la
inquisición, aclarando que se
trata de las dudas de un filósofo. Establece así
una clara distinción entre el
pensamiento racional y la fe. Sutilmente, está invitando a
los inquisidores a
sumarse al debate. Les propone unos argumentos, y les está
pidiendo veladamente
que los rebatan. Es más, en un momento de los
interrogatorios, sugiere la
posibilidad de ir a Roma para entrevistarse con el nuevo Papa, Clemente
VIII,
en cuya sensibilidad cultural confiará Bruno hasta el final
de su vida.
Sencillamente, los inquisidores venecianos se encuentran sobrepasados.
No están
juzgando a un vulgar hereje. Están ante un pensador profundo
que posee
vastísimos conocimientos de teología, que conoce
la patrística, que nombra con
soltura a Santo Tomás y a San Agustín, y que
conoce a la perfección las
Sagradas Escrituras. El proceso a Bruno sobrepasa al Tribunal de
Venecia. Los
inquisidores venecianos no se sienten capacitados para
señalar dónde se encuentran
los errores heréticos dentro de las tesis defendidas por
Giordano. Así que
deciden remitir la causa al Santo Oficio de Roma. En
Roma se abre para Bruno una esperanza que acabará finalmente
frustrada. Ingresa
en el Palacio de Entre
las nuevas acusaciones hay algunas realmente originales.
Según los nuevos
testigos, en la celda le han oído afirmar cosas tales como
que Moisés fue un
mago muy astuto, que mintió al decir que había
hablado con Dios y que las leyes
que entregó al pueblo de Israel se las había
inventado él solito; o que Caín
hizo muy bien en matar a Abel, que era un simple carnicero de animales;
o que
es ridículo encomendarse a los santos; y otras blasfemias
por el estilo.
Encontramos en ello una buena muestra de la neurosis que se
vivía en la prisión
inquisitorial. Es la típica cadena de testimonios injuriosos
que propiciaban
los interrogatorios de los tribunales de “este
incidente revela el clima que se desarrolla entre las
víctimas de A
partir de aquí comienza el juicio propiamente dicho. Una y
otra vez, y durante
meses, se sucede el cruce de acusaciones y defensas. Se interroga a los
testigos, se toma nota de cuanto dicen, se hacen copias de las actas
procesales
y se le entrega a Bruno un ejemplar para que prepare su defensa.
Giordano se
dedica a la tarea con verdadera pasión de estudioso. Por
primera vez desde que
lo encerraron tiene derecho a papel y tinta. Al menos puede entregarse
al
estudio, aunque sea al estudio de los veintitrés cargos que
se le imputan. Y el
20 de diciembre de 1594 entrega una memoria de ochenta
páginas rebatiendo todas
las acusaciones. Ha
terminado la causa. Sólo queda esperar la sentencia. Si en
Venecia se mostró
arrepentido y suplicante, en esta segunda fase se revela animoso y
dispuesto a
rebatir dialécticamente a sus enemigos. Es el hombre
pensante, el orador que se
cree capaz de convencer a sus jueces. Le ha dedicado seis meses a su
defensa y
cree haber hecho un buen trabajo. Uno a uno, los cargos contra
él han quedado
en nada, puro humo. Giordano confía en la sentencia del
tribunal, en la
justicia de los inquisidores. Pero
la sentencia no llega. El 16 de febrero de 1595, el Papa Clemente VIII,
en
quien tanto había confiado Bruno, declara que no es posible
sentenciar al reo
sin conocer cabalmente toda su filosofía, de modo que
solicita a los
inquisidores que realicen una investigación exhaustiva de
sus obras, para que
éstas sean evaluadas. Comienza
así la última fase del proceso, la más
rabiosamente disputada. Y es entonces
cuando surge el hereje impenitente, pertinaz y obstinado. A partir de
ahora ya
no se trata de defenderse de las calumnias de unos testigos miserables.
Ahora
es su pensamiento lo que va a juzgar En
el mes de diciembre de 1596, se le entregan a Bruno las tesis que han
sido
consideradas heréticas, y se le pide que prepare su defensa.
Los inquisidores
han hecho bien su trabajo. Allí están sus
argumentaciones filosóficas, puestas
en entredicho, sobre todo su teoría del universo infinito
con infinidad de
mundos, la tesis central de toda su obra. Y Giordano Bruno se defiende,
no
acepta las censuras del tribunal. Tres meses dedica al estudio de las
nuevas
acusaciones, y el 24 de marzo de 1597 entra en la sala de audiencia del
Colegio
de Jueces dispuesto a mantener sus posturas, distinguiendo entre los
dos planos
de los que ya hemos hablado aquí: el plano de la
razón, destinado a la
comprensión de la naturaleza; y el plano de la fe, mediante
el cual se puede
vislumbrar la palabra revelada por Dios. Pero
los jueces no aceptan sus argumentos. Ya no están dispuestos
a tolerar lo que
llaman las “vanidades” del filósofo.
Pero tampoco Bruno está dispuesto a
retractarse. Quien siete años antes había pedido
perdón de rodillas por
supuestos errores que no habían quedado definidos por los
jueces, se empecina
ahora en seguir manteniendo sus tesis filosóficas, ya
declaradas oficialmente
heréticas. Giordano se obstina. Los jueces le amenazan con
el tormento.
Giordano persiste. Después de siete años de
prisión durísima, y a las puertas
de la cámara de tortura, el filósofo se niega a
aceptar que su filosofía sea
errónea. A
finales de marzo de 1597 llega el tormento por vez primera. La
sesión de
tortura queda reflejada en el acta procesal con la fórmula
“Interrogatur
stricte”. Pero tampoco así se alcanza la
retractación del procesado. Lo
que resta hasta el día de su muerte es más de lo
mismo, pese a los tres años
que hay entre la fecha de la primera tortura y el día de su
ejecución. La
evaluación de la defensa escrita por Giordano Bruno
duró varios meses, y
después quedó interrumpido el proceso debido a un
viaje de toda La
respuesta de Giordano resulta asombrosa. En su penosa circunstancia
aún se
permite el lujo de plantear una negociación:
abjurará de las ocho
aseveraciones, las considerará como errores, pero con la
condición de que tales
errores sean considerados ex nunc, es decir,
“por ahora”, ya que se
trata de posturas que nunca antes se había planteado Pero
tampoco esta vez lo hace de modo definitivo. Es el 5 de abril de 1599.
Bruno
entrega un memorial a los Inquisidores donde expresa sus reservas sobre
dos de
las proposiciones que han considerado heréticas. Su entrega
no es definitiva.
El tribunal se exaspera. Le están dando demasiadas
oportunidades y no las
aprovecha. El 16 de septiembre vuelve a las andadas. Entrega un nuevo
memorial,
esta vez dirigido al Papa. No sólo no se retracta de las dos
últimas
aseveraciones, sino que vuelve a manifestar su simpatía por
las otras tesis ya
condenadas. La situación es insostenible. La paciencia de
los inquisidores se
agota. A finales de noviembre le exigen la abjuración
definitiva de toda su
filosofía y Giordano se niega. Le dan un plazo de cuarenta
días y lo ignora.
Giordano considera que los jueces ni siquiera han intentado comprender
sus
tesis. Se niega a abjurar porque no hay nada de lo que retractarse.
Todo es un
gran malentendido. Sencillamente, Giordano Bruno estaba postulando una
filosofía que sólo sería entendida dos
siglos más tarde. Cuando
ya la causa está más que concluida y lista para
sentencia, aún hay dos
tentativas de que se retracte. La primera por parte de los propios
inquisidores; la segunda por dos autoridades de El
20 de enero de 1600 el Papa ordena que se emita su sentencia de muerte.
El 8 de
febrero se le lee a Bruno el dictamen definitivo. Entregado al brazo
secular,
el 17 del mismo mes sale hacia la plaza Campo de Fiori. Se le somete a
la
humillación pública del sambenito y al paseo a la
vista del pueblo vociferante
y ruidoso. Ya en la plaza, Bruno es atado al poste alzado en medio de
la leña.
El verdugo le colocará la mordaza y le prenderá
fuego a la pira. Dice
la leyenda, y yo me la creo, que el día que se
leyó el temible veredicto,
Giordano Bruno escuchó en silencio las palabras que lo
condenaban, arrodillado
ante sus jueces. Y que sus únicas palabras fueron
éstas: “Tal vez
tenéis más
temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al
recibirla”.
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De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.
© Agustín Celis Sánchez