AGUSTÍN CELIS SÁNCHEZ
PERFILES Y SEMBLANZAS


GIORDANO BRUNO

HEREJE IMPENITENTE, PERTINAZ  Y OBSTINADO

 Comencemos por el final de la historia. En la sentencia que le fue leída a Giordano Bruno el 8 de febrero del año 1600 nos encontramos con lo siguiente: 

“Invocado el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su muy gloriosa Madre siempre virgen María, en la presente causa y causas llegadas a este Santo Oficio y que oponen al reverendo Giulio Monterentii, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte, y a ti hermano Giordano Bruno, reo interrogado, procesado, hallado culpable, impenitente, obstinado y pertinaz por la otra: por esto nuestra definitiva sentencia, según consejo y parecer de los reverendos padres maestros de sacra teología y doctores de una y otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos, pronunciamos, sentimos y declaramos que tú, hermano Giordano Bruno, eres hereje impenitente, pertinaz y obstinado”. 

Y un poco más adelante concluye:

 “Debes ser entregado a la Corte secular, y por eso te entregamos a la Corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para castigarte con las debidas penas, rogándole eficazmente que quiera mitigar el rigor de la ley en la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro”. 

He aquí un perfecto ejemplo de la santa hipocresía inquisitorial. El reo, procesado, interrogado, torturado y sentenciado por el Santo Oficio era finalmente entregado a la autoridad civil, al poder secular, para que fuese ejecutado sin demora. Pero en la sentencia condenatoria se incluía una petición de clemencia para que su relajación se llevara a cabo “sin peligro de muerte o mutilación de miembro”, aun a sabiendas de que tal cosa es imposible. Como sin duda intuirán nuestros perspicaces lectores, nadie puede ser arrojado al quemadero “sin peligro de muerte”. Pero esta era la forma que el tribunal inquisitorial tenía de lavarse las manos. Con total hipocresía, como hemos dicho. Aún así, algún que otro historiador con puntas de capellán reivindicativo se acoge a dicha petición para afirmar, muy resuelto, que no pueden ser atribuidas a la Iglesia de Roma las ejecuciones de los reos, pues éstas eran verificadas por la autoridad civil. Lo que no añaden es que el poder secular carecía de potestad para revocar tales sentencias. Y aún más, ¿se atrevería un juez seglar a indultar a un condenado, afirmando, con riesgo de incurrir en herejía, que el hereje no es hereje?

Pero entremos ya en harina para ver cómo un filósofo se convierte en hereje y es llevado a la hoguera por un exceso de pensamiento.

Giordano Bruno nació en Nola, cerca de Nápoles, en 1548. Su verdadero nombre era Filippo, pero lo cambió por el de Giordano a los diecisiete años, cuando vistió el hábito de novicio de la Orden de los Hermanos Predicadores en el Monasterio de San Doménico Maggiore, sito en la ciudad de Nápoles. Allí se ordenó sacerdote en 1573, y dos años más tarde se graduó en teología.

Ahora bien, a este personaje no se le puede considerar un religioso en sentido estricto. A diferencia de otros teólogos que se deslizaron hacia la herejía por su heterodoxia en materia de fe, Giordano se desvincula muy pronto de sus pretensiones teológicas, derivando hacia un pensamiento puramente filosófico. Pero por aquel entonces la filosofía era una senda paralela a la de la religión, con la que en muchos momentos se cruza de modo inevitable. Y así, ya en 1576 va a entrar en disputas con sus compañeros dominicos por ciertas dudas doctrinales que le suscitaron las doctrinas protestantes, motivo por el cual abandona la vida monástica e inicia una verdadera peregrinación por Europa.

Desde este año, y hasta 1592, en que será encarcelado en una prisión inquisitorial, Giordano Bruno viaja por Roma, Lyon, Ginebra, Toulouse, París, Londres y finalmente Frankfurt. Son los años en que desarrolla toda su actividad como filósofo. Así se convierte en un pensador libre con ciertas preocupaciones en materia de fe, en el autentico iniciador del racionalismo moderno. Por toda Europa va dejando las huellas de su pensamiento, que publica aquí y allá en forma de libro. Los títulos de sus más importantes obras son éstos: De umbris idearum, Cantus circaeus, Sigillus sigillorum, Il candelaio, Cena delle ceneri, De la causa, Principio e Uno, De l'infinito, universo e modi, Spaccio della bestia trionfante, Cabala del Cavallo Pegaso e del Asino Cillenico, De gli eroici furori, De minimo, De monade, De inmenso et innumerabilibus y De imaginum compositione, que giran alrededor de cuestiones como el arte de la memoria artificial, el monismo panteísta, la negación de la autoridad filosófica del clero, las dudas sobre la Trinidad y la Encarnación del Verbo, la existencia de un alma universal, la infinitud del universo en contraposición a las tesis aristotélicas, la defensa del sistema copernicano o la exaltación de las virtudes civiles.

La filosofía de Bruno es compleja y sobrepasa las pretensiones de esta crónica, por lo que me limitaré a decir que su conflicto con la iglesia de Roma, e incluso con la protestante, va a surgir de su planteamiento panteísta y de la valoración que él hace de la “religión natural” y de la “ética racional”. Para Bruno el universo es concebido como un todo unitario pero infinito, donde Dios coincide con la naturaleza, que va a ser considerada como un gran ser animado del que todos formamos parte. Así concebido, el universo no tiene centro, lo infinitamente grande coincide con lo infinitamente pequeño, pues es la expresión más acabada del infinito poder de Dios. En cuanto a la religión, Giordano Bruno parece entenderla como una herramienta necesaria para organizar la vida cívica de las masas que son incapaces de regirse por la razón, pero subordinada siempre al ámbito de lo racional, de la filosofía, de la que forma parte. Esta idea resulta ya totalmente revolucionaria, pues niega los postulados de Santo Tomás de Aquino, que consideraba a la filosofía como “esclava de la religión”.

Giordano Bruno, desde su absoluto racionalismo, venía a proponer una especie de pacto social entre los dos grupos de individuos capaces de hacer un uso adecuado de la racionalidad; al otorgarle a la religión una función cívica, los filósofos no debían implicarse en el gobierno de las masas populares, competencia que le dejaba a la teología, y los teólogos no debían entrometerse ni en la labor ni  en la vida de los filósofos, destinados a ampliar el ámbito de conocimiento del ser humano. Establecía de este modo una distinción entre la dimensión de la duda filosófica y la dimensión de la fe. Por supuesto que una persona puede tener dudas teológicas sobre los dogmas de la Iglesia, venía a decir Giordano, pero este es un problema individual de un ser pensante, y en nada perjudica ni al poder de la Iglesia ni a la gloria de Dios. Mucho antes que Galileo, ya el filósofo Bruno había planteado la saludable necesidad de distinguir entre esas dos esferas. Y ya entonces se encontró con la incomprensión de las autoridades eclesiásticas. Varias décadas después, Galileo Galilei, desde su absoluto cientifismo, intentará inútilmente proponer lo mismo, planteando la distinción entre la investigación científica de la naturaleza y la verdad de la fe. Pero de Galileo hablaremos en el próximo capítulo.

En una Europa en guerra y dividida por las cuestiones religiosas, Giordano Bruno viajó a Ginebra en 1579 para estudiar en profundidad el calvinismo, pues sentía curiosidad por esta reforma opuesta al dogmatismo de Roma. Pero allí, en Ginebra, en la ciudad de Calvino, vivió su primer proceso y fue obligado a una retractación pública. No tuvo tan mala suerte como Miguel Servet, pero comprendió que la reforma protestante era tan autoritaria y fanática en sus fundamentos como la Iglesia Católica. De Suiza pasó a Francia; en Toulouse dio clases de filosofía durante dos años, y de allí viajó a París, donde se le concedió una cátedra de lector en el Collége de France. Comienza a ser reconocido como filósofo, pero también como “mago” interesado en las cuestiones astrológicas. Los estudios de mnemotecnia que había realizado Bruno desde su más temprana juventud lo relacionaban con ciertas tendencias esotéricas de mucho predicamento en la época. Según parece, su memoria era prodigiosa, y esto va a despertar interés en los círculos relacionados con el esoterismo y la magia, lo que le proporciona igual número de elogios que de censuras. Y posteriormente, cuando se complique la situación con las autoridades, preocupadísimas por el mantenimiento del orden establecido, se verá obligado a viajar a Inglaterra, donde escribe algunas de sus obras más famosas y donde permanece bajo el mecenazgo y la protección de Michel de Castelnau, el embajador del rey de Francia en Londres.

No se sabe con seguridad el motivo por el cual Giordano Bruno abandona Inglaterra, pero lo cierto es que en 1590 nos lo encontramos en la ciudad de Frankfurt, que ya entonces era lo que es hoy, el mayor mercado de libros de toda Europa. Puede ser que lo hubiese llevado hasta allí el deseo de buscar un editor para sus obras futuras. Pero son simples especulaciones. Lo único cierto es que Bruno se encuentra en Frankfurt cuando conoce a Giovanni Mocenigo, el hombre que precipitará su caída delatándolo por herejía ante el Santo Oficio.

El tal Mocenigo era un patricio veneciano de gran fortuna. Se había leído algún que otro libro de Giordano y había quedado asombrado por su portentosa sabiduría, pero sobre todo por el curioso aprovechamiento del arte de la memoria artificial. Giordano había escrito varios libros de mnemotecnia donde explicaba las maneras de potenciar la memoria, complejísimas, por otra parte, y que relacionaban esta difícil habilidad con la astrología y la magia. El tal Mocenigo debió de creer que la inteligencia de Bruno se debía a algún arcano misterioso que podía ser aprendido en varias lecciones. Sin duda, no tuvo en cuenta ni los años de esfuerzo ni los años de estudio. Creyó en el atractivo encanto del secreto, y pensó que cualquier secreto se puede comprar con dinero. Y él, claro, estaba en inmejorables condiciones como comprador. Decidió, por tanto, contratar a Giordano Bruno como maestro.

Desde agosto de 1591 hasta mayo de 1592, Giordano vive instalado en la casa de Mocenigo, en San Samuele, Venecia, donde se dedica a enseñarle a su discípulo las técnicas que se deben utilizar para potenciar la memoria, para convertirse en un verdadero memorión. Pero el otro es impaciente, desea poseer la cultura de Bruno, pero ya mismo, en pocos meses, por arte de magia. Y claro, como es lógico, no lo consigue. Por tanto, se siente engañado. Enseguida adopta la pose del que ha pagado por una mercancía que no posee. En una carta escrita de su puño y letra, comenta: 

“Tengo aquí quien a mis expensas me ha prometido enseñarme muchas cosas, y ha tenido trajes y dinero en cantidad por esto; no puedo llegar a una conclusión; dudo si es un hombre de bien”.   

Mocenigo es el paradigma del alumno que todo profesor debe evitar. Como es un hombre rico, no posee la rendida humildad que el que aprende debe mostrar ante quien enseña. Tampoco siente ningún respeto por Giordano. Por el contrario, Mocenigo se siente superior por ser el otro quien está a su servicio. La sabiduría la considera un trueque, una mera transacción comercial. Él es el que paga, y además ha pagado por adelantado; cree merecer una satisfacción. A todo esto se añade la envidia; siente el dolor por el bien ajeno. Giordano posee algo que él no posee, pero se siente con derecho a poseerlo. Los dos han contraído un compromiso, los términos del contrato están claros: dinero a cambio de sabiduría. Pero en los nueve meses de enseñanza la sabiduría no ha entrado en él. Mocenigo se siente engañado. Sólo falta que Bruno le dé una excusa y precipitará su caída. En esos nueve meses no se habrá convertido en un sabio, pero ha escuchado tantas cosas de boca de su profesor, tantas reflexiones alarmantes, que la Santa Inquisición estaría encantada de conocer a quien tales ideas propaga y defiende.

En mayo de 1592 Giordano manifiesta su deseo de volver a Frankfurt; quiere publicar una nueva obra, y así se lo dice a Mocenigo. Según el filósofo, no hay motivo para continuar con las clases. Mocenigo guarda silencio. No dice nada. Pero el 22 de mayo, por la noche, entra en la alcoba de su profesor con un criado y cinco gondoleros, y allí mismo lo atan para luego encerrarlo en un granero. A la mañana siguiente lo denunciará ante el Tribunal de la Inquisición de Venecia, y ese mismo día empapelan a Giordano en la Cárcel de San Doménico di Castello. Nunca más volverá a ser libre.

Comienza así su largo proceso, que finalizará el 17 de febrero de 1600 con la relajación en la hoguera.  Durante estos ocho años la actitud de Giordano va a ser variable, o más bien voluble, aunque quizá fuese sólo prudente, en un intento frustrado de salvar la vida hasta que llegó al convencimiento de que sería imposible hacerlo. Podríamos, incluso, establecer distintos periodos en su proceso a partir de la manera que tuvo de estar ante el tribunal. Entre mayo de 1592 y febrero de 1593 se halla en Venecia, interrogado por el tribunal veneciano, que tiene fama de clemente y compasivo, templado en el rigor hacia el reo, en comparación con el Santo Oficio romano. Pero eso sí, los métodos inquisitoriales son los mismos. Al haber sido denunciado por herejía se le presupone culpable. En ningún momento se le carea con su acusador, Giovanni Mocenigo. Y cuando por fin da inicio el primero de los interrogatorios, a Bruno, como reo, antes de leérsele las acusaciones, se le invita a exponerse, se le pregunta si sabe por qué ha sido arrestado. Ésta era la primera de las trampas de la inquisición. Una respuesta afirmativa del reo echaba por tierra cualquier posible defensa posterior. Que una persona acusada de herejía conociera o sospechara los terribles cargos que se le imputaban, constituía, para los inquisidores, una indudable prueba de culpabilidad.

No hay que olvidar, además, que el delator había sido un rico patricio veneciano, Giovanni Mocenigo, quien lo había tenido hospedado en su casa durante muchos meses, y que por tanto había tenido ocasión de oír, en boca del propio Bruno, afirmaciones tan heréticas como las siguientes. Siempre, por supuesto, según la interpretación del propio Mocenigo: 

“que es un gran error por parte de los católicos afirmar que el pan se transustancie en carne, que él es enemigo de la misa; que ninguna religión le gusta; que Cristo fue un pérfido que como hacía sus tristes obras para seducir a los pueblos, podía predecir que sería detenido; que en Dios no hay distinción de personas, porque esto sería imperfección de Dios; que el mundo es eterno, y que hay infinitos mundos, y que Dios los crea continuamente, porque dice que quiere tantos como pueda; que Cristo hacía milagros aparentes y que era un mago, al igual que los apóstoles y que él mismo podría hacer tanto y más que ellos; que Cristo no murió de buena gana y que escapó en cuanto pudo; que no hay un castigo de los pecados, etc., que las almas creadas por obra de la naturaleza pasan de un animal a otro.” 

Y un poco más adelante: 

“que no tenemos prueba de que nuestra fe agrade a Dios; y que no hacer a los otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros no basta para vivir bien y que se ríe de todos los otros pecados; y que se maravilla de que Dios soporte tantas herejías de los católicos”. 

Son sólo algunas de las acusaciones que Mocenigo pronunció contra Giordano. Y ya éstas bastaban para abrirle una severa causa. Pero además de la denuncia del patricio, sobre Bruno pesaban dos manchones imborrables. A saber:

Primero: en su juventud se había ordenado dominico, había disputado con sus hermanos de orden y, para colmo de osadías, había protagonizado una espantada escandalosa del monasterio en que se hallaba; no sólo renunció al hábito de los hermanos predicadores, sino que lo hizo de modo ofensivo, por su propia cuenta y riesgo. Lógicamente, era inadmisible. Para los inquisidores venecianos Giordano Bruno no era simplemente un hereje que se las daba de filósofo, escritor y poeta. Era ante todo un dominico disidente que había deshonrado el hábito que había vestido y que ahora, además, incurría en herejía de forma escandalosa.

Y segundo: el tal Giordano Bruno había estado viviendo durante muchos años en tierra de herejes. Había residido en la Alemania de Lutero y en la Ginebra de Calvino. Se había granjeado fama imperecedera en la Inglaterra anglicana, en la herética Londres, y sin duda estaba contaminado. ¿O es acaso posible salir sin mancha de tal fango? ¿Se puede vivir en tan heréticos territorios y no adherirse a sus prácticas religiosas? No. Giordano Bruno era sin duda culpable. O ese al menos debía de ser el parecer de los inquisidores. Y hacia una sentencia de culpabilidad encaminaron todos sus esfuerzos.

Ahora bien. Durante esta primera fase, Giordano mantuvo una actitud de humilde contrición. Conocía de sobra los métodos inquisitoriales y el final que le estaba reservado si no se andaba con mucho ojo. Cualquiera diría que buscaba, consciente y astutamente, la reconciliación. Ante los inquisidores de Venecia se muestra sinceramente arrepentido de los posibles errores que hubiera podido cometer. Pero eso sí, niega firmemente las acusaciones más vulgares (todas aquellas que rozan la blasfemia), a la vez que reconoce haber tenido dudas de carácter teológico.

Su defensa, en esta primera fase, es muy hábil. Comienza declarándose arrepentido de cualquier error, niega las más burdas acusaciones, se humilla ante los inquisidores, incluso se arrodilla ante ellos, los llama “Vuestras Señorías ilustrísimas”, y promete, después de haber reconocido sus dudas, una completa rectificación: 

“Y si de la misericordia de Dios y de Vuestras Señorías ilustrísimas me es concedida la vida, prometo hacer una reforma notable de mi vida, recompensar el escándalo que he dado con otros tantos hechos edificantes”. 

En esta primera fase de su proceso Bruno confía en poder ser rehabilitado en su antigua orden. Quiere salvar la vida, y nada le cuesta pedir disculpas. Puede que crea que el tribunal que lo está juzgando lo va a condenar a unos cuantos años de clausura en un monasterio dominico. Pero a la vez se ha mostrado como teólogo y filósofo. Ha expresado sus dudas teológicas abiertamente, ha expuesto sus teorías filosóficas ante un tribunal de la inquisición, aclarando que se trata de las dudas de un filósofo. Establece así una clara distinción entre el pensamiento racional y la fe. Sutilmente, está invitando a los inquisidores a sumarse al debate. Les propone unos argumentos, y les está pidiendo veladamente que los rebatan. Es más, en un momento de los interrogatorios, sugiere la posibilidad de ir a Roma para entrevistarse con el nuevo Papa, Clemente VIII, en cuya sensibilidad cultural confiará Bruno hasta el final de su vida. Sencillamente, los inquisidores venecianos se encuentran sobrepasados. No están juzgando a un vulgar hereje. Están ante un pensador profundo que posee vastísimos conocimientos de teología, que conoce la patrística, que nombra con soltura a Santo Tomás y a San Agustín, y que conoce a la perfección las Sagradas Escrituras. El proceso a Bruno sobrepasa al Tribunal de Venecia. Los inquisidores venecianos no se sienten capacitados para señalar dónde se encuentran los errores heréticos dentro de las tesis defendidas por Giordano. Así que deciden remitir la causa al Santo Oficio de Roma.

En Roma se abre para Bruno una esperanza que acabará finalmente frustrada. Ingresa en el Palacio de la Inquisición el día 27 de febrero de 1593, y en otoño de ese mismo año un nuevo acusador se añade a la acusación de Mocenigo. Se trata de Celestino de Verona, un monje capuchino que estuvo con él preso en las cárceles venecianas y ahora se encuentra preso en Roma. Esta nueva denuncia complica su proceso. Hasta entonces sólo había un testigo de las supuestas blasfemias heréticas del filósofo. A partir de ahora hay dos, y muy pronto se suman otros cuatro, que delatan a Bruno alegando que también ellos han oído de su boca afirmaciones injuriosas contra la religión. Sus nombres son éstos: Giulio da Saló, Francesco Vaia, Mateo de Silvestris y Francesco Graziano.

Entre las nuevas acusaciones hay algunas realmente originales. Según los nuevos testigos, en la celda le han oído afirmar cosas tales como que Moisés fue un mago muy astuto, que mintió al decir que había hablado con Dios y que las leyes que entregó al pueblo de Israel se las había inventado él solito; o que Caín hizo muy bien en matar a Abel, que era un simple carnicero de animales; o que es ridículo encomendarse a los santos; y otras blasfemias por el estilo. Encontramos en ello una buena muestra de la neurosis que se vivía en la prisión inquisitorial. Es la típica cadena de testimonios injuriosos que propiciaban los interrogatorios de los tribunales de la Fe. Creo conveniente incluir aquí una reflexión de Benazzi y D’Amico:

“este incidente revela el clima que se desarrolla entre las víctimas de la Inquisición: la sospecha recíproca, el abatimiento físico y espiritual, doblegan finalmente las conciencias de los menos fuertes, creando un clima que es el caldo de cultivo ideal para la delación, el engaño, la mentira, donde cualquier medio puede usarse para mejorar la posición, aun a costa de empeorar la de los otros”. 

A partir de aquí comienza el juicio propiamente dicho. Una y otra vez, y durante meses, se sucede el cruce de acusaciones y defensas. Se interroga a los testigos, se toma nota de cuanto dicen, se hacen copias de las actas procesales y se le entrega a Bruno un ejemplar para que prepare su defensa. Giordano se dedica a la tarea con verdadera pasión de estudioso. Por primera vez desde que lo encerraron tiene derecho a papel y tinta. Al menos puede entregarse al estudio, aunque sea al estudio de los veintitrés cargos que se le imputan. Y el 20 de diciembre de 1594 entrega una memoria de ochenta páginas rebatiendo todas las acusaciones.

Ha terminado la causa. Sólo queda esperar la sentencia. Si en Venecia se mostró arrepentido y suplicante, en esta segunda fase se revela animoso y dispuesto a rebatir dialécticamente a sus enemigos. Es el hombre pensante, el orador que se cree capaz de convencer a sus jueces. Le ha dedicado seis meses a su defensa y cree haber hecho un buen trabajo. Uno a uno, los cargos contra él han quedado en nada, puro humo. Giordano confía en la sentencia del tribunal, en la justicia de los inquisidores.

Pero la sentencia no llega. El 16 de febrero de 1595, el Papa Clemente VIII, en quien tanto había confiado Bruno, declara que no es posible sentenciar al reo sin conocer cabalmente toda su filosofía, de modo que solicita a los inquisidores que realicen una investigación exhaustiva de sus obras, para que éstas sean evaluadas.

Comienza así la última fase del proceso, la más rabiosamente disputada. Y es entonces cuando surge el hereje impenitente, pertinaz y obstinado. A partir de ahora ya no se trata de defenderse de las calumnias de unos testigos miserables. Ahora es su pensamiento lo que va a juzgar la Inquisición.

En el mes de diciembre de 1596, se le entregan a Bruno las tesis que han sido consideradas heréticas, y se le pide que prepare su defensa. Los inquisidores han hecho bien su trabajo. Allí están sus argumentaciones filosóficas, puestas en entredicho, sobre todo su teoría del universo infinito con infinidad de mundos, la tesis central de toda su obra. Y Giordano Bruno se defiende, no acepta las censuras del tribunal. Tres meses dedica al estudio de las nuevas acusaciones, y el 24 de marzo de 1597 entra en la sala de audiencia del Colegio de Jueces dispuesto a mantener sus posturas, distinguiendo entre los dos planos de los que ya hemos hablado aquí: el plano de la razón, destinado a la comprensión de la naturaleza; y el plano de la fe, mediante el cual se puede vislumbrar la palabra revelada por Dios.

Pero los jueces no aceptan sus argumentos. Ya no están dispuestos a tolerar lo que llaman las “vanidades” del filósofo. Pero tampoco Bruno está dispuesto a retractarse. Quien siete años antes había pedido perdón de rodillas por supuestos errores que no habían quedado definidos por los jueces, se empecina ahora en seguir manteniendo sus tesis filosóficas, ya declaradas oficialmente heréticas. Giordano se obstina. Los jueces le amenazan con el tormento. Giordano persiste. Después de siete años de prisión durísima, y a las puertas de la cámara de tortura, el filósofo se niega a aceptar que su filosofía sea errónea.

A finales de marzo de 1597 llega el tormento por vez primera. La sesión de tortura queda reflejada en el acta procesal con la fórmula “Interrogatur stricte”. Pero tampoco así se alcanza la retractación del procesado.

Lo que resta hasta el día de su muerte es más de lo mismo, pese a los tres años que hay entre la fecha de la primera tortura y el día de su ejecución. La evaluación de la defensa escrita por Giordano Bruno duró varios meses, y después quedó interrumpido el proceso debido a un viaje de toda la Corte Pontificia a Ferrara. En 1599 se retoma la causa. En el último año se repiten las torturas y se le conmina repetidas veces a abjurar de sus proposiciones heréticas. Los inquisidores dan muestras de paciencia y buena voluntad. Se diría que quieren privarle del tormento en la hoguera. Saben que será condenado, no puede ser de otro modo, pero preferirían que el castigo no fuese la máxima pena. El asunto es tan complejo que debe intervenir, en persona, el célebre cardenal y teólogo Roberto Bellarmino, quien, diplomáticamente, propone una solución intermedia. De todo el sumario se extraen ocho aseveraciones principales y se le invita a que abjure de ellas. Se trata de una especie de trueque: la abjuración a cambio de la vida. Si reniega de su filosofía no será condenado a la pena capital.

La respuesta de Giordano resulta asombrosa. En su penosa circunstancia aún se permite el lujo de plantear una negociación: abjurará de las ocho aseveraciones, las considerará como errores, pero con la condición de que tales errores sean considerados ex nunc, es decir, “por ahora”, ya que se trata de posturas que nunca antes se había planteado la Iglesia Católica y que aún tendrá que valorar cuidadosamente. Pero los jueces no aceptan. Aún continuarán las idas y venidas de Bruno ante ellos. Hasta que por fin toma una decisión: se rinde, aceptará las condiciones, se retractará por fin.

Pero tampoco esta vez lo hace de modo definitivo. Es el 5 de abril de 1599. Bruno entrega un memorial a los Inquisidores donde expresa sus reservas sobre dos de las proposiciones que han considerado heréticas. Su entrega no es definitiva. El tribunal se exaspera. Le están dando demasiadas oportunidades y no las aprovecha. El 16 de septiembre vuelve a las andadas. Entrega un nuevo memorial, esta vez dirigido al Papa. No sólo no se retracta de las dos últimas aseveraciones, sino que vuelve a manifestar su simpatía por las otras tesis ya condenadas. La situación es insostenible. La paciencia de los inquisidores se agota. A finales de noviembre le exigen la abjuración definitiva de toda su filosofía y Giordano se niega. Le dan un plazo de cuarenta días y lo ignora. Giordano considera que los jueces ni siquiera han intentado comprender sus tesis. Se niega a abjurar porque no hay nada de lo que retractarse. Todo es un gran malentendido. Sencillamente, Giordano Bruno estaba postulando una filosofía que sólo sería entendida dos siglos más tarde.

Cuando ya la causa está más que concluida y lista para sentencia, aún hay dos tentativas de que se retracte. La primera por parte de los propios inquisidores; la segunda por dos autoridades de la Orden de los dominicos. Pero la obstinación de Bruno es irreductible.

El 20 de enero de 1600 el Papa ordena que se emita su sentencia de muerte. El 8 de febrero se le lee a Bruno el dictamen definitivo. Entregado al brazo secular, el 17 del mismo mes sale hacia la plaza Campo de Fiori. Se le somete a la humillación pública del sambenito y al paseo a la vista del pueblo vociferante y ruidoso. Ya en la plaza, Bruno es atado al poste alzado en medio de la leña. El verdugo le colocará la mordaza y le prenderá fuego a la pira.

Dice la leyenda, y yo me la creo, que el día que se leyó el temible veredicto, Giordano Bruno escuchó en silencio las palabras que lo condenaban, arrodillado ante sus jueces. Y que sus únicas palabras fueron éstas: 

“Tal vez tenéis más temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla”.


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.


© Agustín Celis Sánchez