GALILEO GALILEI
Cuenta una piadosa
leyenda que Galileo Galilei, en 1633, después de abjurar
públicamente de sus ideas ante el tribunal de En
1543 Nicolás Copérnico publicó su obra
De revolutionibus orbium celestium,
libro al que debemos considerar como el punto de arranque de una nueva
manera
de acercarse a los fenómenos naturales. En ella
Copérnico aventuraba, como
hipótesis de trabajo, la tesis de que Ticho
Brahe, todavía en el siglo XVI, ya había
cuestionado la visión del mundo de
inspiración aristotélica, recogida de su Física,
la canónica y aceptada
por En
ese año llega a conocimiento de Galileo un nuevo objeto
óptico, especie de
catalejo, creado por un artesano holandés, que es capaz de
agrandar los objetos
por muy alejados que éstos se encuentren. Enseguida se
interesa por él y
comienzan sus investigaciones. Basándose en la
teoría de la refracción, Galileo
perfecciona el instrumento y crea el primer telescopio. Por aquel
entonces es
profesor de matemáticas en la ciudad de Padua, y el primer
uso que le da al
objeto inventado es puramente militar. Durante una ceremonia a la que
fue
invitado, entregó su telescopio al Dogo de Venecia, que
quedó maravillado ante
el hecho de que los navíos enemigos pudieran ser avistados
desde tan lejos, lo
que daría enormes ventajas a su armada. El telescopio fue
presentado ante el
senado, y Galileo obtuvo notoriedad inmediata. Desde ese momento se
convirtió
en una de las máximas autoridades del momento. Ahora
bien, sólo era un primer paso hacia su revolución
científica. Galileo no
tardaría demasiado tiempo en volver su telescopio hacia el
cielo y comprobar
con sus propios ojos cómo la humanidad había
estado equivocada durante miles de
años. Ya en 1601 nuestro hombre había escrito un
folleto en el que simpatizaba
con las ideas de Copérnico, y en una carta dirigida a Kepler
le había
manifestado su propósito de encaminar sus estudios hacia la
demostración de la
hipótesis copernicana. Cuando en 1610 descubra
cómo los satélites de Júpiter
giran alrededor de ese planeta, obtendrá la primera prueba
del error que mora
en la astronomía tolemaica, que afirmaba que todos los
cuerpos celestes giran
alrededor de A
partir de este momento comienza a publicar una serie de obras que van
sucesivamente argumentando a favor del sistema copernicano. En su libro
Sidereus
Nuncius explora la relación entre Llegamos
así a una situación delicada. Los descubrimientos
de Galileo no afectaban
únicamente al ámbito de la ciencia, sino que
perturbaban también la concepción
teológica que se tenía del mundo en aquella
época. Por decirlo de otro modo,
sus estudios sobrepasaban el terreno científico e
interferían, quebraban o
conmovían los cimientos de las convicciones
teológicas. Lógicamente, enseguida
se metió La
primera amonestación le llegó en 1613. El padre
dominico Niccolo Lorini ataca
por escrito a Galileo. Pero el científico cuenta con apoyos
importantes. Otro
sacerdote, el padre Castelli, sale en su defensa y previene a Galileo
del
peligro latente que se cierne sobre su obra, y nuestro hombre, que se
considera
un buen católico y no alberga la menor duda en materia de
fe, se adelanta a
dejar claras sus posturas. Por primera vez, argumenta a favor de la
necesidad
de distinguir entre el plano científico y el
teológico. Para Galileo no existe
maldad alguna en esta diferenciación; las demostraciones
científicas no tienen
por qué afectar a las cuestiones de la fe. Es
más, la ciencia puede ampliar el
conocimiento de la obra de Dios. La buena voluntad del
científico, cuya fe es
sincera, resulta evidente. Pero claro, quizá ignora o no
prevé que al hacer
tales afirmaciones se está deslizando por una pendiente
resbaladiza. ¿Acaso no
está abandonando el ámbito de lo puramente
científico para entrometerse en
cuestiones teológicas que no le competen? Y sobre todo,
¿no está anteponiendo
lo que dicta la ciencia a lo que impone la exégesis
teológica? ¿Acaso está
insinuando que Peligrosísima postura ésta de Galileo, quien en una carta a Castelli se muestra así de seguro o radical: “Si
bien Intentemos
razonar con la perversa lógica de los inquisidores:
¡Qué está diciendo este
hombre, Dios mío! ¿Será posible que
esté insinuando que nosotros, los humildes
siervos de Dios, incurrimos en herejía y blasfemia por tomar
en sentido literal
las Sagradas Escrituras? ¿Acaso se nos puede comparar a
nosotros, meros
intérpretes de la gloria divina, con la
“estólida plebe” y el
“numeroso vulgo”,
por aceptar como ciertas las verdades leídas en Tolomeo y
Aristóteles,
universalmente reconocidas por la verdadera Iglesia de Dios? Porque si
es así,
por muy sabio que sea nuestro hermano en Cristo Galileo Galilei, es un
hereje
impertinente al que hay que llamar al orden sin demora, no ya
sólo para
mantener el buen nombre de la muy Santa, Católica,
Apostólica y Romana Iglesia,
sino sobre todo por la salvación de su pobre y desdichada
alma. Y así se
hizo.
En 1614 interviene el fraile dominico Tommaso Caccini con una violenta
prédica
contra las tesis de Copérnico y Galileo, y al año
siguiente, en el mes de febrero,
el ya nombrado Niccolo Lorini envía una delatora
carta-denuncia al prefecto del
Santo Oficio en la que además adjuntaba una copia de la
misiva del científico a
Castelli. De inmediato, Nuestro hombre,
anticipándose a lo que le puede caer encima, decide viajar a
Roma para aclarar
el asunto. Aquí hay que tener en cuenta la enorme fama de la
que disfruta ya
Galileo. Además, mantiene magníficas relaciones
con altas personalidad de la
vida política y eclesial, sobre todo con el cardenal Maffeo
Barberini, del que
se considera amigo personal. Al igual que Giordano Bruno unos
años antes,
Galileo cree poder hacer entrar en razón a las autoridades
de El de 1616 es un
año especialmente importante en el proceso de Galileo. En
este año tuvo dos
encuentros que van a ser fundamentales en su vida, y que explican el
excepcional trato que recibió y lo rápido que se
resolvió este primer escollo
en su causa. La primera entrevista la tuvo con el famoso cardenal
Bellarmino,
al que ya conocemos por su intervención en el proceso de
Giordano Bruno. Por
mandato del papa Pablo V, Bellarmino llama a Galileo y le invita a
abandonar
sus opiniones sobre el Sol y La segunda
entrevista la mantiene con el mismísimo papa, Pablo V. El
pontífice recibe en
Roma a Galileo y pasea durante una hora con él
amigablemente. Se muestra
cordial con el científico. Es más, incluso llega
a tranquilizarlo. Mientras él
viva, le dice Pablo V a Galileo, ni Este encuentro
ha despertado diversas interpretaciones por parte de los estudiosos de
la vida
y milagros de Galileo Galilei. Efectivamente, Pablo V murió
en 1623, y en todo
ese tiempo Galileo no fue molestado. Es más, ni siquiera se
incluyeron sus
obras en el Índice de libros prohibidos. Por tanto, son
muchos los estudiosos
que sostienen que la actitud del papa fue ejemplar y sincera. No
obstante, me
parece interesante incluir aquí la interpretación
que de ese encuentro y de las
amables palabras del papa, dan Benazzi y D’Amico: “Palabras
curiosamente tranquilizadoras, que en realidad
forman parte de una estrategia bien conocida por los mismos
inquisidores:
alternativamente amenazar y tranquilizar, mostrarse protectores con
quien está
en su poder”. Por nuestra
parte, preferimos no adherirnos a ninguna tesis. Quizá
desconfiar de la buena voluntad del pontífice resulte
excesivo, pero sin duda
conviene recordar que en los documentos del proceso de Galileo Galilei,
cuando
Pablo V ordena a Bellarmino que llame ante él al
científico, dictamina que: “lo
conmine a abandonar dichas opiniones; y si se niega a
obedecer, el Padre Comisario, ante un notario y dos testigos, lo
intimará con
la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras a
enseñar o defender
esta doctrina y opinión, o a tratar sobre ésta;
si no lo aceptara será
encarcelado”. Ya hemos visto que no hizo falta llegar a métodos tan drásticos. Galileo aceptó la propuesta de Bellarmino, lo que significa que no hizo falta intimidarlo con “la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras”. Nuestro hombre
contaba por aquel entonces con cincuenta y dos años. Estaba
en plena posesión
de sus facultades mentales. Se siente con la razón y sabe
que no está todo
perdido. A partir de este momento pondrá todos sus esfuerzos
en continuar con
sus investigaciones, pero sin ofender a Roma. No abandonará
sus tesis
copernicanas heliocéntricas, pero el modo de exponerlas
será mucho más sutil
que antes. No las dará abiertamente, pero las
dará igualmente. Confía en poder
ganarse, poco a poco, a En 1623, Galileo publica su ensayo Il Saggiatore, una obra en la que reivindica el método científico para alcanzar las verdades ocultas en la naturaleza. La verdad, viene a decir en su tratado, sólo se obtiene de la unión de la experiencia y la comprobación racional de los hechos, de las demostraciones palpables. Ese mismo año muere el papa Pablo V. Y lo va a suceder el cardenal Maffeo Barberini, de quien dijimos que era amigo personal Galileo, que le dedica su obra. El nuevo pontífice se hará llamar Urbano VIII. Entre 1624 y
1629, Galileo escribe la que será su obra maestra, I
Dialoghi sopra i due
massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano. Y esta
sí es ya una
obra atrevida. Se trata de un diálogo lucianesco en el que
hablan y polemizan
tres personajes de nombres simbólicos: Salviati, Simplicio y
Sagredo, que en cuatro
jornadas discuten sobre astronomía, manteniendo las dos
posturas en disputa; la
tolemaica, que defiende Simplicio; y la copernicana, que defiende
Salviati; en
cuanto a Sagredo, es el moderador en el diálogo, pero
también quien aviva la
disputa y va planteando las diferentes cuestiones en las que los otros
dos se
enzarzan. La estrategia de Galileo salta a la vista. Como se
entenderá con
facilidad, ni defiende ni enseña las tesis de
Copérnico, pero las expone en su
obra magistralmente, se diría que pertinazmente.
¿Ha desobedecido el mandato de Enseguida
causó
revuelo. La comunidad científica de Europa lo
acogió con entusiasmo, pero Aún
así, parte
hacia Roma el 20 de enero de 1633, a donde llega el 13 de febrero. El
primer
interrogatorio tiene lugar el 12 de abril. Ese mismo día es
encerrado en la
prisión del Santo Oficio, donde permanecerá
durante todo el tiempo que duran
los interrogatorios, en realidad hasta su abjuración a
finales de junio de ese
mismo año. Resulta un misterio irresoluble saber si Galileo
fue o no torturado
por sus inquisidores. Hay opiniones para todos los gustos. Quienes lo
niegan,
alegan que la vejez del procesado impediría tales
métodos o, por decirlo con el
lenguaje utilizado en los manuales para uso de inquisidores: tales
“medicinas
para el alma”. Pero no es un argumento convincente. Es cierto
que en los
ancianos no se utilizaba la tortura habitual de la cuerda, que
habría
destrozado los miembros, pero había otras soluciones
eficaces: las quemaduras
en las plantas de los pies, la aplicación del torno en los
tobillos y otras
semejantes. Quienes sí creen que fue torturado, ofrecen una
prueba difícil de
rebatir. Acudiendo a los documentos de su proceso, y cuando
aún no había
aceptado la retractación, podemos leer este
párrafo tan revelador: “Y
pareciéndonos que no has dicho toda la verdad sobre
tus intenciones, juzgamos necesario aplicar contra ti el examen
riguroso; en el
cual, sin prejuicio alguno de las cosas que has confesado y contra ti
usadas
como antes acerca de tu intención, respondiste
católicamente”. El “examen
riguroso” al que se hace alusión, por supuesto,
era la tortura. Queda, no
obstante, una duda última. Quizá
aceptó retractarse a las puertas del tormento.
Sea como fuere, Galileo Galilei abjuró de la
razón que le asistía el 22 de
junio de 1633. “Por
lo cual estamos contentos de que seas absuelto,
aunque antes, con corazón sincero y fe no fingida, nos
abjures, maldigas y
detestes dichos errores y herejías y cualquier otro error y
herejía contraria a
la católica y apostólica Iglesia, en el modo y
forma que por nosotros te será
dado”. Eso dice un
párrafo de la sentencia que le fue leída poco
antes de que él se retractara. El
suyo es el más claro paradigma de la verdad aplastada por el
poder, del genio
silenciado por la ignorancia. La razón humillada,
así hemos subtitulado este
capítulo. Resulta imposible creer en la veracidad del famoso
eppur si muove
de la leyenda después de conocer la humillante
retractación que él tuvo que
leer de rodillas: "Yo,
Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo
Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, siendo
citado personalmente a
juicio y arrodillado ante vosotros, los eminentes y reverendos
cardenales,
inquisidores generales de En
Roma, en el convento de |
De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.
© Agustín Celis Sánchez