GIOVANNI
FALCONE
UN JUEZ
CONTRA LA MAFIA
Antes de
hablar del papel protagonista que el juez Giovanni Falcone tuvo en la
lucha
contra la
Mafia
siciliana debemos aclarar una cuestión de capital
importancia. Si hoy por hoy
podemos reseñar los éxitos de una serie de jueces
italianos que prácticamente
han acabado con el sistema criminal de la Cosa Nostra,
ello se
debe al original planteamiento con el que se enfrentaron al
fenómeno mafioso,
no sin antes superar numerosas dificultades aun con riesgo de perder la
vida en
el intento, tal y como ocurrió con Chinnici, Scopelliti,
Saetta, Falcone,
Borsellino y tantos otros. Y es que por primera vez en la historia de
la lucha
contra la criminalidad organizada, una serie de jueces,
pero sobre todo los magistrados que formaban
el grupo Antimafia de la Fiscalía
de Palermo, fueron conscientes de que para
desarticular el entramado criminal con el que se enfrentaban
había que
coordinar todas los esfuerzos en una empresa de mayor enjundia, y que
pasaba
por imponer la ley a todo el complejo y podrido sistema de poder
italiano en el
que la criminalidad de la Cosa Nostra
constituía sólo una parte. Sin duda fue el juez
Rocco Chinnici el primero en advertir la necesidad de un nuevo
planteamiento,
pero debido a su asesinato en 1983, fue su sucesor en el cargo, el juez
Antonino Caponnetto, quien formó el
“consorcio” de jueces especializados en la
lucha contra la mafia, coordinados entre sí con el
propósito de compartir toda
la información. Este “pool antimafia”
estuvo constituido por Giovanni Falcone,
Paolo Borsellino, Giuseppe Di Lello y Leonardo Guarnotta, a los que se
unirían
los magistrados Giuseppe Ayala y Giacomo Conte. Muchos años
después, y tras
algunos fracasos y no pocas intrigas de pasillo, se sumarían
en la lucha contra la
Mafia, con
felices resultados, los jueces Guido Lo Forte, Roberto Scarpinato,
Antonella
Consiglio, Alfredo Montalto, Teresa Principato y muchos otros, hasta
llegar a
la última fase dirigida por Gian Carlo Caselli, el juez que
envío al Senado la
solicitud, en marzo de 1993, para proceder contra Giulio Andreotti por
supuesta
asociación mafiosa, y el responsable de las detenciones de
los últimos grandes
capos de la
Cosa Nostra.
Que una personalidad tan relevante en la vida política
italiana como Giulio
Andreotti fuera juzgado por sus coqueteos con la Mafia constituye
la
principal prueba de que la iniciativa emprendida por estos jueces no se
limitaba únicamente a reprimir la criminalidad, tal y como
se había venido
haciendo durante más de un siglo, sino que su
propósito era sentar en el
banquillo a todo el sistema político mafioso.
Sólo teniendo
en cuenta este original planteamiento, se puede entender las
dificultades que
debieron superar los jueces antimafia hasta culminar su proyecto. Y
así las
cosas, resulta imposible escribir el perfil de Giovanni Falcone sin
repasar
también todas esas dificultades.
En el tramo
de tiempo comprendido desde que Giovanni Falcone llega al Palacio de
Justicia
en 1978 hasta su muerte en 1992, hay varios acontecimientos que van a
marcar un
antes y un después no sólo en la lucha contra la
mafia, sino también en la
propia concepción que de la mafia tenía la
sociedad civil, pero sobre todo los
jueces que se enfrentaban con ella.
Ya hemos
nombrado la importancia que tiene el año 1983 con la
creación del “pool
antimafia” por iniciativa del juez Caponnetto. Por primera
vez en la historia
se instituía un organismo destinado a crear un mapa completo
en el que
contemplar el mundo de la mafia, un proyecto que en aquella
época resultaba
ambiciosísimo, pues para llevarlo a buen puerto no bastaba
con reprimir la
criminalidad, sino que había que golpear en el
corazón de la Mafia, agrietando
aquello
que constituye su razón de ser y que la diferencia de otras
organizaciones
criminales, el rígido código de la omertà,
la ley del silencio, el muro
que se alza entre el universo ilegal de la Cosa Nostra
y el
universo legal del resto de la sociedad.
Sin duda
ninguna esa fue la gran obra maestra de Giovanni Falcone. Con toda
probabilidad, fue su conocimiento de la realidad siciliana lo que le
hizo
atisbar que había llegado el momento de intentar romper la omertà,
pues
la guerra que acababa de librar la mafia por causa de los corleoneses
había
dejado los suficientes espacios abiertos por los que poder penetrar en
los
secretos del sistema mafioso.
Sólo un año
después de la creación del consorcio antimafia,
el 29 de septiembre de 1984,
Antonino Caponneto dio una rueda de prensa para informar de que el
mafioso
Tommaso Buscetta había accedido a hablar con el juez
Giovanni Falcone. En el
transcurso de aquellas conversaciones entre dos hombres de mundos
paralelos,
Tommaso Buscetta se revelaría como un auténtico
torrente de relevaciones que
abrió el primer gran agujero en el muro de la omertà.
Con posterioridad,
un número creciente de hombres de honor se declararon
arrepentidos y comenzaron
a colaborar con la justicia, proporcionando los datos necesarios para
instruir
el gran proceso a la mafia de 1986.
El llamado
maxiproceso se inició el 10 de febrero de 1986 en la
cárcel de Ucciardone, en
una sala búnquer creada
para tal fin, y
estuvo presidido por el juez Alfonso Giordano, con Giuseppe Ayala y
Domenico
Signorino como fiscales. Durante los casi dos años que
duró el proceso, cientos
de mafiosos fueron sentados en el banquillo, y cuando por fin se
anunció la
sentencia el 16 de diciembre de 1987, se impusieron 28 cadenas
perpetuas y
miles de años de cárcel para más de
300 imputados, aunque también 114 mafiosos
fueron absueltos por falta de pruebas, entre ellos algunos de los
más famosos
criminales, como Luciano Liggio.
Sea como
fuere, el macrojuicio a la Mafia
se vivió como un gran logro de la antimafia, y durante un
tiempo pareció que
renacía la adormecida sociedad civil italiana. Durante esos
años hubo
innumerables manifestaciones contra la Cosa Nostra,
en las escuelas públicas se abrían
debates sobre la mafia, existía una creciente voluntad de
saber y entender qué
era por fin eso de la mafiosidad siciliana, incluso en Palermo
parecía que
empezaban a cambiar las cosas; en 1985 se había alzado con
la alcaldía Leoluca
Orlando, un abierto adversario de la Mafia que hizo
que el ayuntamiento de la ciudad estuviese
representado como acusación particular en el macrojuicio.
Sin embargo,
no todo fueron elogios y parabienes. A la vez que despertaba la
sociedad civil,
se fue creando también una corriente de
escépticos y detractores del
macrojuicio y de los jueces antimafia. El propio Giovanni Falcone y su
compañero Paolo Borsellino fueron dos de los más
castigados por esta nueva
corriente crítica. A Borsellino se le llegó a
acusar de arribista, y sobre el
juez Falcone pesó la acusación de que alrededor
de su figura se había iniciado
un “culto a la personalidad” que en nada
favorecía la lucha contra la
criminalidad.
Sorprendentemente,
los años que siguieron al maxiproceso fueron de una gran
incertidumbre. De
repente pareció que todo el edificio construido por el pool
antimafia se
venía abajo. El juez Caponnetto, al que ya en 1983
sólo le faltaban dos meses
para jubilarse, decidió que había llegado la hora
de su retiro. Abandonó su
puesto como jefe de la oficina de instrucción en el Palacio
de Justicia y
regresó a su Florencia natal. Todo parecía
indicar que Giovanni Falcone sería
su sucesor, pero increíblemente el elegido fue Antonino
Meli, un juez ajeno a
la lucha contra la mafia que en los años que siguieron, sin
duda por ignorancia
y no por connivencia con la Cosa Nostra,
prácticamente acabó con el proyecto iniciado por
Chinnici y Caponneto. Para terminar de rematar la faena, desde su
puesto de
presidente del Tribunal de Casación, el juez Corrado
Carnevale, esta vez sí en
completa connivencia con la Mafia, se
dedicó a absolver a los mafiosos en el proceso de
las apelaciones, alegando defectos técnicos. Como
él mismo diría en más de una
ocasión, quizá aplicaba la ley de una manera
excesivamente puntillosa. Por ese
motivo ha pasado a la historia como “el
Matasentencias”.
De modo muy
significativo, el juez Paolo Borsellino acertó de pleno en
su diagnóstico
cuando se atrevió a hacer pública su
preocupación por lo que estaba ocurriendo:
“Tengo la desagradable sensación”, dijo, “de que alguien
desea que el reloj ande hacia atrás”.
Sin duda los
dos últimos años de la década de 1980
fueron años muy críticos para Giovanni
Falcone. De repente se había convertido en un personaje
vulnerable, tal y como
él mismo llegaría a confesarle a algunos de sus
amigos. El problema no radicaba
en que hubiera sido humillado y arrinconado en el Palacio de Justicia,
sino en
el hecho de que la Cosa Nostra,
al advertir que el Estado no respaldaba las
iniciativas de Falcone, tenía la vía libre para
acabar con su vida. Y
efectivamente, como luego han declarado algunos pentiti,
la
Mafia de Totò Riina barajó
distintas posibilidades para eliminar de la partida de juego a un
adversario
tan peligroso como Falcone. Una de estas posibilidades, que no
llegó a
materializarse, consistía en utilizar a un hombre-bomba tal
y como hacía el
terrorismo islámico. Incluso disponían del
candidato, el padre de un mafioso
gravemente enfermo de cáncer. La idea pasaba por crear la
situación para que el
anciano, cargado de tritol, pudiera acercarse a Falcone y abrazarlo,
momento
que aprovecharían para que los dos saltaran por los aires en pedazos. Pero finalmente
este plan fue
desechado. Sin embargo, en 1989 sí hubo una intentona que
acabó en fracaso. El
atentado fue confiado a Antonino Madonia, que utilizó una
bolsa de deporte
llena de explosivos que dejó junto a un chalet que Falcone y
su esposa habían
alquilado para pasar unas breves vacaciones en la playa. Por fortuna,
la bolsa,
colocada entre unas piedras, despertó los recelos de Falcone
y todo quedó en
nada. En esta ocasión, Giovanni Falcone llegaría
a declarar abiertamente su
sospecha de que había políticos implicados en la
planificación de aquel
atentado.
No obstante, las cosas
cambiarían radicalmente en
1991. Aquel año, el nuevo ministro de Justicia le hizo a
Falcone una oferta que
no pudo rechazar. Le propuso ocupar el cargo de director de Asuntos
Penales en
el ministerio de Justicia, lo que significaba disponer de plenos
poderes desde
Roma para coordinar la lucha contra el crimen organizado en todo el
país. Y es
a partir de entonces cuando comienzan a sucederse los grandes logros en
la lucha
contra la
Mafia,
con el definitivo apoyo por parte del Estado italiano, que por primera
vez en
toda su historia se situó abiertamente en el lado de la
Antimafia. Entre
esos logros se encuentra la creación de dos organismos
fundamentales de la
lucha contra el crimen organizado; la Dirección
de Investigación Antimafia (DIA) y la Dirección
Nacional
Antimafia (DNA). Pero también en el campo judicial se impuso
el sentido común y
finalmente se apartó al juez Carnevale, más
conocido como “el Matasentencias”,
de la dirección del Tribunal de Casación. Como
consecuencia de esta fundamental
maniobra, el 31 de enero de 1992, la Corte de
Casación revocaría el veredicto del Tribunal de
Apelación sobre el macrojuicio y muchos de los condenados
que habían sido
absueltos regresaron a prisión.
Eso sí, con
estas medidas Giovanni Falcone se convirtió definitivamente
en el objetivo
número uno de la Cosa Nostra
de Totò Riina, que estaba empeñado en acabar con
su
vida. Ocurrió poco antes de las seis de la tarde del 23 de
mayo de 1992 en un
tramo de la autopista que une el aeropuerto de Punta Raisi con Palermo,
justo
antes del desvío a la población de Capaci, hacia
donde se dirigía para pasar
unos días de descanso con su esposa. Cuatrocientos kilos de
tritol fueron
colocados en unas tuberías de desagüe situadas bajo
el asfalto y accionados con
un detonador a distancia al paso del convoy en el que iba el juez
Falcone. A
consecuencia de la explosión murieron cinco personas:
Giovanni Falcone; su
esposa, la también magistrada Francesca Morvillo; y tres
miembros de su
escolta, los agentes Rocco Di Cillo, Antonio Montinari y Vito Schifani.
Cinco
años
más tarde, el 26 de septiembre de 1997, la Sala
de lo Penal de Caltanisetta condenaría a los
implicados en la matanza imponiendo 24 cadenas perpetuas; entre ellas
las de
Totò Riina, Pietro Aglieri, Bernardo Brusca, Leoluca
Bagarella y Filippo
Graviano. A Giovanni Brusca, que fue quien accionó el
detonador, le cayeron tan
sólo 26 años de cárcel porque se
había prestado a colaborar con la justicia.
En
1999 la historia del juez Falcone fue llevada al cine con Chazz
Palminteri como Falcone y F. Murray Abraham en el papel de Tommaso
Buscetta. La película, dirigida por Ricky Tognazzi, tiene un
título sugerente: Excellent cadavers,
aunque en España se le cambió por otro mucho
más explícito: Falcone: un juez contra
la Mafia.
En
el año 2004 el mundo de la justicia italiana se vio sacudido
por el escándalo al saberse que Giovanni Brusca, el asesino
de Falcone y de más de cien personas, estaba disfrutando de
beneficios penitenciarios por su colaboración con la
justicia tras declararse arrepentido. La hermana del magistrado
asesinado elevó una protesta ante las autoridades judiciales
italianas y calificó la medida de
“decisión indecente”.
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