EL ESCRITOR Y SUS SÚBDITOSLa imposible rebeldía de los personajes en Antonio Soler y Juan Carlos OnettiJuan Carlos Onetti, uno de los dos autores estudiados en este trabajo, nos refirió en su día una divertida anécdota que ilustra adecuadamente este asunto y la opinión que a nosotros nos merece. En una reunión de intelectuales a la que él asistió, una amiga escritora contó muy ufana y perpleja que en su nueva novela los personajes habían comenzado ya a hacer de las suyas y que ella, incapaz de controlarlos, se limitaba a trasladar al papel lo que ellos le iban dictando, convencida como estaba de que el novelista debe escuchar y atender las revelaciones que le hacen a diario sus personajes. En una situación como ésta, yo me imagino a Onetti haciendo acopio de toda su piedad e ironía para mantenerse en silencio y no soltar un sarcasmo ante tamaño disparate. Cuando unos meses después recibió por fin la esperada novela dedicada de su amiga escritora, Onetti pudo comprobar tras la primera lectura que, efectivamente, un extraño fenómeno había ocurrido en aquella obra. Sin duda alguna los personajes actuaban por propia voluntad, y seguramente, en algún momento del proceso creativo habían celebrado reuniones clandestinas y organizado un verdadero complot entre todos para estropearle la novela que, como no podía ser de otro modo, era malísima. Resumo así la tesis principal de este trabajo: el buen escritor, el autor dominante que controla su obra y no se deja avasallar por otra ambición que la que le dicta el deseo de alcanzar la excelencia, mantiene con sus personajes una relación de superioridad dictatorial; debe ser el demiurgo tirano que decide por sí mismo el destino de sus personajes, el creador que en sus relatos trata de emular a Dios y hace sólo lo que le dicta su voluntad, el rey que castiga y recompensa a sus súbditos desde su trono haciendo valer en todo momento su poder absoluto. Para defender esta postura me valgo de los relatos de dos autores de indudable calidad: Juan Carlos Onetti y Antonio Soler. Son muchas las
similitudes entre uno y otro.
Pertenecen por méritos propios a la estirpe de los
novelistas de la fatalidad,
en el sentido en el que lo pueda ser también un Faulkner o
un Kafka. En ambos
persiste la conciencia extenuante de la precariedad de la
condición humana. En
los dos hay una continua indagación en los
límites más oscuros de la
conciencia. Quizá con mayor lucidez y experiencia en Onetti.
Tal vez en Antonio
Soler con mayor atención al ejercicio de memoria que
realizan los personajes,
que en ambos autores son seres exhaustos, aislados, al borde de
sí mismos, con
poca o ninguna capacidad de elección, que no se rebelan ante
el destino
implacable que les amenaza, que aceptan con indiferencia y pasividad
las
desgracias a las que sucumben, que admiten sin rebeldía su
irremediable
condición de piltrafa humana, sin salida posible, con el
fracaso y la
desilusión como únicos finales. La derrota como
destino. Lo comentaba el propio
Onetti en una entrevista con María Esther Gilio: "Todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota[1]." En las narraciones que conforman la saga de Santa María, y también en el resto de su obra, Onetti impuso a sus personajes una aventura marcada por la visión cruda y amarga que él mismo tenía sobre el hombre y su existencia, acorralándolos así en historias que circunvalan sus propias obsesiones y fantasmas sin otra salida que la lucidez. En Antonio Soler observamos el mismo fenómeno; de nuevo el creador se vale de sus súbditos para expresar su negrísima tinta interior. Los personajes se convierten en simples marionetas cuyos hilos están en manos de sus creadores. En buena medida, son proyecciones de la visión que de la realidad va teniendo el creador que controla sus destinos. Se trata, en definitiva, de dos escritores con ambición totalizadora. Nada más controlador que una ficción que pretende relacionar episodios y situaciones a lo largo y ancho de las distintas obras. La rebelión es imposible en unos personajes que fueron concebidos para vivir sin libertad, supeditados al destino inmodificable que el autor concibió para ellos. No es posible la desobediencia ante la profunda voluntad unificadora que rige las relaciones de los personajes en Onetti y Soler. Un relato de Antonio
Soler, titulado El triste
caso de Azucena Beltrán, contiene en
síntesis una explicación de esta
manera de entender la literatura, donde el escritor cumple su
función de
caprichoso destino, dotado con los mecanismos de
manipulación de las vidas de
sus personajes, con albedrío para escoger sólo
una de entre las muchas
soluciones posibles. En su larga reflexión sobre los sucesos
que marcaron la
vida de varios personajes veinte años atrás, el
Rata, el limpiabotas que
arrastra su fracaso por los territorios de la obra de Soler, elucubra
al final
de su narración, casi como un entendido, sobre las
posibilidades que ofrece la
creación literaria: "Todas las historias posibles habrían parecido obra del destino, pero sólo existió una verdadera, ésta, y las demás sólo existirán en los sueños, en otros mundos. La tarea del destino es la de escoger a ciegas una versión entre las infinitas posibles, sólo una[2]." Es lo que hace el
escritor ante las varias
posibilidades que le brinda una historia. Algunas líneas
más abajo, Solé, con
tilde y sin “r”, el narrador de varias historias de
Antonio Soler, y a quien el
Rata ha ido con el cuento para que lo ponga por escrito, le explica al
limpiabotas las razones de este ingrediente de la cocina literaria: "...son muchas las versiones que existen de cada hecho y que todas crecen y cohabitan a la vez, y que la verdad vive parcialmente en todas y en ninguna de ellas por completo[3]." "Y para que ésta quede bien recogida, para que de tarde en tarde alguien que sepa descifrar las letras con soltura me lea lo que ha ocurrido y reviva lo que he disfrutado y el miedo que he sentido delante de Machuca, para mi gloria y recuerdo, he venido con el cuento a Solé, el viejo que me escribía las cartas cuando aún vivía mi hermano, para que él, Solé, con sus maneras, recoja y califique y le dé el sello que merece a esta historia seleccionada por el destino, desmereciendo todas las demás, que sólo pertenecen a la imaginación y a lo supuesto[5]." Lo dice Hugo Verani en uno de sus ensayos sobre el autor uruguayo: "Para una tumba sin nombre es un libro que testimonia, como única certidumbre, la primacía del lenguaje y el carácter subjetivo de toda afirmación humana[6]." Estamos de acuerdo con este estudioso en su interpretación del libro de Onetti. Añadiremos tan sólo que ese carácter subjetivo proporciona la posibilidad de alargar hasta el infinito el argumento de la historia según el capricho o la voluntad de su autor. La historia que se nos propone es muy simple, tanto, que en ello radica la esencia de su propuesta creadora. Se nos habla de Rita, una muchacha que mendiga en Buenos Aires acompañada de un chivo. Se nos dirá que se prostituye, que cae enferma y que al fin muere. Asimismo sabremos que Rita trabajó como criada en la casa de los padres de Jorge Malabia, que fue sirvienta de su cuñada Julita y amante de Marcos Bergner, el hermano de ésta, lo que nos devuelve también al mundo imaginado en Juntacadáveres. Poco más. Lo que ocurre es que esta simple anécdota se alarga y distorsiona en cinco versiones distintas según los deseos de cinco narradores diferentes: el comisionista Godoy, el doctor Díaz Grey, un jovencísimo Jorge Malabia, su amigo Tito Perotti y un narrador en tercera persona que en el tercer capítulo elucubra sobre un posible origen del chivo y la evolución de la vida de Rita con el animal. A lo que asiste el lector a medida que lee, de modo inevitable, es a ese carácter subjetivo de historia inventada dentro de la ficción, de mentira continua, de farsa hábilmente elaborada entre todos los personajes que participan de un modo o de otro en la narración y que Onetti, con mano maestra, interpone entre el lector y una historia que se modifica a medida que avanza. Los personajes no sólo no se le rebelan al autor, sino que obedecen ciegamente sus mandatos, orientados esta vez a constituir una metáfora de un centenar de páginas sobre la creación literaria. Aquí habría que colocar un “sin duda alguna”. No es prudente cuestionar esto. Ni esto, ni la conciencia que tienen los distintos narradores de estar participando en un acto creador. Casi al final del libro, se lo revela Jorge Malabia a Díaz Grey en los siguientes términos: Algunos años
después de aparecida la novela, y
refiriéndose al papel del narrador, el propio autor
confesó sus intenciones y
la propuesta que le hace al lector en los siguientes
términos: "...el lector no tiene otro camino que aceptar su versión. Y jugar al descarte. El lector tiene que meterse en la historia, tiene que participar, como se dice ahora, y nunca estará seguro de nada, salvo de los hechos primarios. Pero, ¿qué significan los hechos en su crudeza total, en su desnudez? Nada. Son simples gestos que es preciso traducir, descifrar, darles sentido. No hay trampa en la novela. El lector se convierte en cómplice[8]." Da un poco de pudor afirmarlo con tal rotundidad teniendo en cuenta lo evidente del asunto, pero forma parte de la tesis que venimos defendiendo. En Los adioses, los personajes no sólo no se le rebelan al autor, sino que ni siquiera conocen íntegramente la verdad última de la historia que están contando. En numerosas ocasiones
a lo largo de toda su obra,
los personajes de Onetti parecen aceptar su condición de
súbditos, de criaturas
sin libertad; se someten a la voluntad de su creador, al que ellos
llaman
Brausen, Dios Brausen. Otras veces, incluso, parecen ser conscientes de
su condición
de personajes de ficción en manos de un demiurgo caprichoso.
En Dejemos
hablar al viento, el comisario Medina le pregunta a
Díaz Grey por el
Colorado, y éste le comenta: "- Oh, historia vieja. Estuvimos un tiempo en una casa en la arena. Tipo raro. Hace de esto muchas páginas. Cientos[9]." "Vuelto a la pluma y a su manejo para contar la historia del ciego Rinela y para escribir por encargo del Rata su encuentro con Machuca, al avanzar por los sucesos de otro tiempo me he dado cuenta de que al ponerlos en el papel uno tiene la sensación de vivirlos por vez primera en toda su plenitud, que aquel esbozo de vida que tuvimos no es más que un apunte, un primer calco necesitado de un repaso para cobrar su verdadera dimensión y relieve[10]." "Las personas que han seguido mi obra, que me conocen desde hace años, saben que mañana, a lo mejor, resucito un chivo enterrado donde se me ocurra, y donde me dé la gana[11]." "Lo que realmente sé es que por un oscuro arrebato maté a Larsen en El astillero y no me resigno a su muerte. Si el tiempo me lo permite estoy seguro que Larsen reaparecerá, indudablemente más viejo, posiblemente agusanado y disfrutando los triunfos de que fue despojado en las anteriores novelas[12]." Y concluyo. Con estos pocos comentarios he querido demostrar una cuestión que me resulta una perogrullada, pero que deja de serlo cada vez que surge un autor ingenuo afirmando muy resuelto que los personajes se le rebelan cuando la novela va por la mitad, más o menos. Los personajes no se rebelan. Ni pueden ni deben rebelárseles a un escritor auténtico. Si un escritor sospecha en algún momento que un personaje urde alguna clase de insurrección contra él, ahí falla algo. En la obra acabada de Onetti nunca ocurre esto. A Onetti nunca le ocurrió esto. En la obra en marcha de Soler tampoco sucede. Los ejemplos comentados son sólo eso, unos pocos ejemplos. Pero mañana, o pasado mañana, cuando yo lea y relea cualquiera de los relatos de Onetti o de Soler, surgirán otros tantos ejemplos que podrían servir para ampliar infinitamente este trabajo. Lo dejamos así. El tiempo del que dispongo para abusar de la paciencia de ustedes no da para más, salvo mejor opinión. [1] María Esther Gilio, “Onetti y sus demonios interiores”, Marcha, 1º de julio de 1966, p. 25. [2] Antonio Soler, “El triste caso de Azucena Beltrán”, en Extranjeros en la noche, Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1999, p. 126. [3] Ibid, pp. 126-127. [4] Ibid, p. 127. [5] Ibid, p. 126. [6] Hugo Verani, Onetti, el ritual de la impostura, Monte Ávila editores, Caracas, 1981, p. 44. [7] Juan Carlos Onetti, Para una tumba sin nombre, en Obras Completas, Prólogo de Emir Rodríguez Monegal , Ed. Aguilar, México, 1970, p. 1044. [8] Omar Prego Gadea, “Onetti”, Ahora, 3 de junio de 1973, 2ª sección, p. 1. [9] Juan Carlos Onetti, Dejemos hablar al viento, Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1999, p. 193. [10] Antonio Soler “Las puertas del Infierno”, op. Cit., p. 163. [11] Emir Rodríguez Monegal, “Conversaciones con J.C. Onetti”, en Onetti, Biblioteca de Marcha, Colección Puño y Letra, 1973. [12] Juan Carlos Onetti, “Por culpa de Fantomas”, Cuadernos Hispanoamericanos Nº 284 (1974), p. 228. |